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26 Jun

29 cartas: Autobiografía en silencio, de Julio Paredes

JULIO PAREDES

Fotografía de portada: Luis Ángel (El Espectador).

29 cartasCartas escritas al pulso de la mano, en viejas hojas de papel desvencijado, con una caligrafía temblorosa, de a momentos incomprensible, de a momentos lúcida. Renglones asimétricos sobre un papel de color blanco incierto, con una que otra arruga sobre las esquinas, nos hablan de un pasado casi perdido en el tiempo. Este librito de Julio Paredes, cuidadosamente editado por Babel Libros, me devolvió esa bella nostalgia que me asalta cada vez que encuentro una carta escrita a mano en las profundidades de algún recóndito cajón. Tropezarse con ese perfume del viejo papel, ya amarillento y deteriorado por el paso de los años, es siempre un agradable descubrimiento de épocas pasadas que a lo mejor no conocíamos: una carta íntima que le había escrito el abuelo a la abuela, las tristezas más hondas de un hijo que se encontraba lejos de casa, o las tragedias de alguna hermana terriblemente enferma al otro lado del océano.

Julio Paredes, en su nueva obra, retoma esa linda sensación de descubrir el pasado a través de las cartas, que se revelan siempre como una hermosa sorpresa, como un bello testimonio de aquello que forma parte de nuestra historia y que de alguna manera hemos desconocido hasta toparnos con esa afortunada pieza de papel. Así le ocurre a J., el protagonista de esta cuidadosa novela epistolar. Después de un colapso cerebral que borra de su mente todo su pasado y su personalidad previa, J. se ve en la obligación de reconstruir su historia, pero sobre todo de labrarse una nueva identidad que le permita continuar con su vida. Un día encuentra una carta escrita por una tal Inés, una mujer a la que en algún momento había amado, pero que como otros hechos y personas, se había perdido en los abismos de su mente. J. decide responder a la carta de Inés escribiéndole una serie de epístolas, a través de las cuales logra reconstruirse en parte, pero sobre todo aceptar la pérdida de quien fue alguna vez para emprender con audacia un nuevo camino.

Con la historia de J., Paredes no solo demuestra que la escritura puede ayudarnos a recordar quiénes somos, o que de alguna manera escribir tiene también propósitos salvíficos, sino que además, la escritura nos da la posibilidad de reinventarnos por completo, de surgir de las páginas como si fuéramos personajes que le dan vida a nuevas obras literarias traducidas al lenguaje de la realidad. Este proceso de extrañamiento y reinvención es capturado en las páginas de Paredes, que complementándose con las bellas fotografías tomadas por el autor, cuentan una historia de sanación que encuentra sus más preciados caminos en el puño y la letra de la escritura de una carta.

Primera etapa de sanación: de la bestia humana a la metamorfosis espiritual

Paredes abre su novela compilando una serie de epígrafes que, como fragmentos de un pasado arrinconado, se suman para reconstruir el mundo de la dimensión epistolar. Entre todos estos fragmentos, algunos han llamado mi atención de forma particular. El primero pertenece a la colección Cartas a Milena de Kafka, y dice lo siguiente: «Escribir cartas significa desnudarse ante los fantasmas». Me ha llamado la atención porque habla de cómo las cartas ponen en vilo nuestra identidad, dejándola expuesta, pero sobre todo me ha gustado porque Kafka, como ningún otro escritor de su tiempo, se ha puesto a la tarea de descubrir los quiebres de la sólida identidad humana. De hecho, con La metamorfosis, Kafka muestra cómo gran parte de nuestra dignidad nos la concede el mundo que nos rodea, y cómo nuestro amor propio queda frecuentemente en manos de nuestros seres más queridos. No es gratuito que Gregorio Samsa, al descubrirse como un gigantesco y horrendo insecto, quede privado de los afectos y del amor familiares.

Algo similar le ocurre a J. con su colapso cerebral: no solo se despierta una mañana sin ser él mismo, sino que poco a poco va percibiendo la distancia que cada día se suma entre su nuevo yo y sus familiares y amigos más cercanos. En un momento de áspera reconstrucción, J. le cuenta a Inés del monstruo abnegado que un día brotó de su antiguo cuerpo: «Imagino que si usted ahora escuchara los galimatías que armaba al tratar de responder cualquier pregunta simple podría reírse conmigo. Pero como identificaba en la mirada de los otros un sobresalto constante cada vez que oían mi voz pienso que sería como escuchar las frases de una aparición». Ese terror que J. despierta en sus allegados lo convierte en un completo extraño ante los ojos de los demás, infringiéndole cada vez más preguntas sobre su identidad y sus orígenes, abandonado con desdén por casi todos aquellos que en su pasado le ayudaron a labrar un inquebrantable «yo».

El protagonista percibe ese extrañamiento externo en varios momentos de la novela, pero rodeado de los pocos afectos más significativos, comienza a oír los murmullos de su interior que se vuelcan en cada trazo de tinta que J. envía a la dimensión epistolar. Cuando el mundo exterior se acalla, sorprendentemente, el mundo interior comienza a hablar, y ayuda al protagonista a emprender una ruta espiritual que lo lleve a reencontrarse consigo mismo.

Segunda etapa de sanación: de la amnesia a la escritura

Al leer 29 cartas: autobiografía en silencio, para mí fue inevitable recordar a García Márquez cuando en Cien años de soledad contaba cómo llegó la amnesia a Macondo. Cuando Rebeca llega al pueblo trae consigo la enfermedad del insomnio, pero lo más impactante es que dicha enfermedad trae como efecto colateral la implacable fuerza del olvido: «Cuando el enfermo se acostumbraba a su estado de vigilia, empezaban a borrarse de su memoria los recuerdos de la infancia, luego el nombre y la noción de las cosas, y por último la identidad de las personas y aún la conciencia del propio ser, hasta hundirse en una especie de idiotez sin pasado». Dicha enfermedad, que trae consigo también las consecuencias más nefastas del contagio, es combatida a través del lenguaje, que a manos de Aureliano Buendía logra recobrar al menos el nombre de las cosas y la utilidad que tenían en el mundo.

J., el protagonista de Paredes, había sido un reconocido lingüista que no sólo desenterraba los símbolos más complejos de las lenguas muertas, sino que también observaba la realidad presente a través de las alteraciones del lenguaje moderno. Con su inesperada enfermedad, las publicaciones que tenía en curso y los viejos textos de su antigua profesión quedan completamente olvidados y desaprendidos, y J., como un historiador demente, intenta reconstruirlos y retomarlos sin tener mucho éxito. Ese viejo lenguaje, como en Cien años de soledad, queda completamente invalidado, viéndose J. en la refrescante obligación de construir un nuevo universo a través del lenguaje de las cartas.

De hecho, otro de los epígrafes que utiliza el autor (de la colección Cartas del verano de 1926 de Marina Msietáieva) hace alusión al cosmos paralelo de las cartas. Lo define de la siguiente manera: «Una carta es una forma de comunicación fuera de este mundo, menos perfecta que el sueño». En este epígrafe, como en toda la novela, la dimensión epistolar es un nuevo universo construido a través del lenguaje, que en la realidad se refleja en nuestro florecer espiritual y en nuestro conocimiento interno.

Tercera etapa de sanación: alegorías de la naturaleza y el regreso a lo esencial

Usualmente, las cartas que nuestro pasado olvida en los cajones más secretos de nuestra casa vienen acompañadas de una u otra fotografía, de una u otra imagen de aquello que fuimos y no volveremos a ser. Paredes también utiliza el recurso fotográfico para mostrar una realidad fragmentaria que, como los recuerdos, se van juntando para construir una historia coherente. Estas fotografías muchas veces aluden a la naturaleza, y a las etapas e imágenes del movimiento natural con las que el protagonista se identifica durante su curación.

La imagen más viva de la confusión del protagonista y de sus instantes de lucidez es la de las nubes, que en múltiples ocasiones aparecen en las fotografías. El mismo J., en una de sus cartas, nos explica por qué las nubes son la alegoría más perfecta de su estado mental: «Cada vez más, por períodos más prolongados, me dejo arrastrar por esas nubes que parecen siempre una misma en constante inquietud, buscando sin descanso su forma definitiva, pero que, de manera simultánea, a mi me deja inmóvil, en una posición única». De hecho, las nubes, en varios momentos, se convierten en la metáfora de esa búsqueda paciente que intercede a favor de una forma y de una claridad constante.

Los atributos de las nubes se juntan a menudo con otras metáforas naturales. A mi modo de ver la más bella es la del árbol, que para J. resucita de uno de sus escritos del pasado. Dice su yo anterior: «Cada uno de nosotros (…) es una especie de árbol que también echa raíces con dificultad (…) con el único propósito de bifurcarse en la memoria y el corazón de todos los otros que (…) se hayan cruzado con su sombra».

Después de descubrir cómo su entera identidad poco a poco se ha despojado de la vanidad del pasado, J. se convierte en una nueva sombra que con lentitud va perdiéndose en los linderos del cielo o adentrándose en las raíces del bosque.

Con 29 cartas: autobiografía en silencio, Paredes nos entrega un relato de belleza inconmensurable que no solo cuenta la historia de un hombre que paulatinamente redescubre los placeres de la vida, sino que además se despoja de la vanidad y el engaño para encontrarse con la mejor versión de sí mismo.

Valentina Coccia

Literata de la Universidad de los Andes. Magíster en Historia de la misma universidad. Bailarina profesional. Aunque realizó investigaciones sobre el tema migratorio a nivel histórico, artístico, literario y político, se ha dedicado al periodismo cultural escribiendo para el diario El Espectador, uno de los dos cotidianos nacionales más importantes de Colombia. Con gran interés por difundir el consumo de arte, cultura y lectura en su país, ha emprendido proyectos televisivos para difundir la idea de que la educación y la cultura son para todos. En España escribe para las revistas Vísperas y Le Miau Noir.

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