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29 Jun

Tuscumbia, de Lola Nieto

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tuscumbia lola nietoEn el temblor, la voz afectada por aquello con lo que existe en-contacto se des-localiza, se transfiere no a otro destino, sino a la continuidad del rebote encadenado; la percusión como fin en sí mismo. Lola Nieto, en su último libro, Tuscumbia (Harpo Libros, 2016), demuestra con gran belleza que es posible construir poéticamente, políticamente, mundos temblantes, resbaladizos, no deficitarios de las tradiciones del yo-identidad, yo dual mente-cuerpo.

Si tiemblo me escapo: / ¿qué forma tiene algo que tiembla? Si / tiemblo: / el límite se deshace se hace destello una línea mal / dibujada borrosa rota que palpita y / no señala no apresa o / contiene no contiene (p. 55)

En Tuscumbia, el yo enunciativo reconoce el límite del lenguaje y da paso a un yo siamés, esencialmente afectivo, inmanente, que Lola Nieto hace aparecer en la figura de dos niñas idénticas, animadas por una misma vida y unos deseos mismos; mamíferos y ciegos, de interior. Junto a las ¿niñas?, las hermanas, recorremos los pasillos de una casa-nido-estómago de imaginarios posibles. Ellas pronuncian y rastrean, voraces y livianas al unísono. Asertivas, perseverantes, son portadoras de un poder extraño.

Quisimos nacer a la vez y cogidas de la mano / quisieron separarnos / pero no / pudieron / los médicos / pensaron / que estábamos unidas por la / piel / pero eso es mentira / estamos unidas porque nos damos la / mano y nunca / nos hemos dejado de / tocar (p.11)

Tocando y pulsando suave, caliente, mullido, los cuerpos que habitan Tuscumbia despliegan voces oblicuas parpadeantes; son cajitas resonadoras de todos los objetos y de toda la materia viva con la que se encuentran. Manifiestan la sensibilidad más delicada, el oído más fino hacia lo esencial minúsculo: el lamido de un perro en la mano, el pelo de ardilla, las motas de polen de abeja zumbadora. Lola interpela a los lectores, nos invita a la casa de las hermanas, trae así el ladrido de los perros, su pelaje. Nos coloca en el fondo de un túnel y nos invita a mirar hacia fuera. A esperar pacientes dentro hasta percibir todos los detalles del hambre y del rasguño de sonidos pequeños. Otras presencias: mira, mira, escucha.

Estos cuerpos-presencia escapan al criterio, no son objeto del tipo de mirada deseante que nos congela en un estado ideal y nos exige la permanencia: «Dudurudú Dudú/ Deforme y libre nadie nos desea» (p.29). Cuerpos que contienen y abrazan todos los estados posibles de la carne, que se mantienen en una pureza anterior a la articulación de lo impuro o de la abyección. Se expanden sin pudor y sin sistemas de medida, reconocen lo anciano y lo enfermo como manifestaciones distintas de lo idéntico. Lo animal y lo humano tampoco existen como oposición en esta escritura que se enlentece para disfrutarse.

Hablar de lo liminal es referir al espacio de transición donde algo deja de ser para devenir. Puro movimiento y transformación, lo liminal habita no el tiempo, sino la duración como flujo que acoge solo lo disuelto, solo lo aún-ininteligible; aquello incierto y resbaladizo que pasa como el agua entre las redes del lenguaje. Desde lo lo liminal el racionalismo no puede articularse, no hay significado ni concepto que atrape lo que nace y lo que surge, que congele la red de relaciones posibles entre el animal que habla y el mundo de potencialidades con el que se relaciona a través de sus sentidos. Los discursos poéticos extraídos de las grandes ideologías no saben de este estar-entre una palabra que ya ha perdido el sentido y otra que aún no ha significado. Lola Nieto sí. Las voces-madriguera de Tuscumbia demuestran que en lo liminal también es posible «hacer la realidad» (p. 20). Más allá de los grandes relatos, en la inmanencia del placer, del trabajo más sencillo, del dolor y del estremecimiento, hacemos la realidad. El dedo sin dueña que palpa una parcela indeterminada de carne y la carne que responde erizándose hacen la realidad en su intercambio.

El segundo libro de Lola Nieto llega como una afortunada continuación-discontinua de su anterior Alambres (2014, Kriller71). El apetito lector inconformista y tierno lo recibirá como un regalo y sabrá hacerlo suyo desde la primera página. Y es que en este libro, tan exigente en sus horizontes, Lola ha dejado espacio para la vida: Desde un entender la vida que es subversivo y genuinamente respetuoso al mismo tiempo.

Negar la vida. Vivir y negar la vida. Vivir y hablar la doble sintaxis. Vivir sentido y sin-sentidamente. Inventar mentiras para no creerlas. Negar la importancia de mi vida. Negarme mi vida para vivir. Vivir en el equilibrio de querer y no querer. En el equilibrio de no querer y olvidarme de no querer. Vivir: no hablar de los enfermos, amar a los enfermos, abrazarlos, amarlos, comerme a pedacitos el dolor de sus heridas, escupirlo para resarcir. Perder mi casa y ensuciarme, perder mis dientes, vivir. Renunciar. Escribir esto no es importante (p.78)

Sara Torres

Sara Torres (Gijón, 1991) estudia teorías de la textualidad, psicoanálisis, estudios queer y feminismos, con un máster interdisciplinar en metodologías críticas en el King’s College de Londres. Es autora de los libros de poemas La otra genealogía (Premio Gloria Fuertes de Poesía Joven; Torremozas, 2014) y Conjuros y cantos (Kriller71, 2016). Formó parte de la XIV promoción de la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores, donde trabajó en su primera novela.

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