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30 Sep

El amor del revés, de Luisgé Martín

luisgé martín 1984 ana lösher

Fotografía de portada: Ana Lösher (1984).

el amor del reves«Aprender a vivir es aprender a nombrar». Y durante muchos años, Luisgé Martín —Luis para los amigos— no supo cómo referirse a la vergonzosa atracción que sentía hacia personas de su mismo sexo. «Amor torcido», pensó en un principio. «Sexualidad torcida». Amor desviado, amor difícil. Amor del revés.

Luis supuso, o peor aún: lo asumió sin siquiera entenderlo, que era un bicho infecto y repulsivo. De modo que decidió permanecer oculto, agazapado en las cloacas de sus propios prejuicios y de la intolerancia social de aquella España en la que le tocó vivir y, con la solemnidad de «Scarlett O’Hara en Lo que el viento se llevó», juró que nadie descubriría jamás su terrible secreto. Así comienza la vida de un adolescente que se torna hombre en mitad de un mundo lleno de embustes. Un mundo en el que era necesario aprender a fumar con «gestualidad bogartiana, existencialista» para revestirse de una masculinidad postiza. Un mundo capaz de asfixiar a quienes son diferentes, hasta el punto de obligarlos a arrebujar su rostro, su cuerpo, la personalidad toda, bajo un disfraz grueso y dañino. Un mundo en el que «ni los más bárbaros y heterodoxos tenían el valor de desnudarse», como lo prueba el hecho, recordado en estas páginas, de que incluso personajes como Miguel Bosé o Pedro Almodóvar prefiriesen fingir —y declarar públicamente— que «su homosexualidad era sólo una pose provocadora».

En esta autobiografía, o como la llamaría hace unos días el autor en mi presencia: esta «novela que no es novela», el lector da de bruces con un personaje/protagonista atormentado, quien poco a poco, a través de una «metamorfosis inversa a la de Gregorio Samsa», se convierte en un ser humano. Por el camino, en efecto, abundan los trances kafkianos: jóvenes que se suicidan por culpa de esa misma opresión social, curas fisgoneando en la sexualidad de niños de doce años, encuentros furtivos en los baños de alguna estación o, lo más terrible de todo, los vanos intentos de Luis por remendar su orientación sexual a base de brutales, y me atrevería a decir que inhumanas, terapias conductistas. Su diario de juventud, escrito en mitad de pringosas tinieblas, deja cuenta de las intenciones del autor: «Quiero ser heterosexual y tengo ahora mismo esa fe ciega y esa intención clara».

El amor del revés es una novela, disculpen: «una novela que no es novela», que no les dejará indiferentes. En primer lugar porque Luis, lo afirmo con envidia sana, o quizás malsana, qué importa, posee un asombroso dominio del lenguaje —esa precisión cabal del cirujano léxico que lleva toda su vida operando con las palabras. (Para quienes le hayan leído antes, esto no es ningún secreto, por supuesto). En segundo lugar, porque el autor habla de su «sexualidad torcida» con una sinceridad encomiable, llamémosla brutal si quieren. Se trata de una autobiografía adictiva y morbosa; tan honesta, que resulta imposible no estremecerse. En tercer lugar, porque El amor del revés es un libro que, como toda buena literatura, rezuma ideas y reflexiones. Desconozco por dónde discurría el intelecto del autor al enzarzar su biografía de citas hermosas, de ésas que uno lee, relee y luego subraya, pero quien suscribe pensó en Nabokov al toparse con un personaje que pasa su vida buscando —y encuentra al final, en Axier— lo que deseó una vez siendo joven; o en Pessoa, aunque Luis se refiera más bien a su tocayo Cernuda, al abordar la mal llamada ética de la renuncia; o en Kundera, cuando se enuncia ese «principio literario insoslayable» según el cual «los actos insignificantes son los que determinan la médula de todo»; o incluso, y perdonen que haga sitio a mis propios fantasmas, en David Foster Wallace y su capacidad para ver la tragedia como un acto fundacional y potencialmente benéfico —poco importa que el autor mencione a este respecto al mismísimo Dostoievski.

En general, no soy muy aficionado a las autobiografías. De los escasos libros memorables dentro de este género que me vienen ahora a la cabeza, y puede que mis azarosas sinapsis se hayan dejado llevar por las similitudes temáticas, el único que se me antoja tan conmovedor como El amor del revés es el ya clásico Antes que anochezca, de Reinaldo Arenas. Mario Vargas Llosa se refirió a este último, y quien suscribe diría lo mismo acerca del primero, como una novela transgresora «que se lee con apetito incontenible». Ahora bien, a diferencia del libro de Arenas, el de Luis permite navegar sin censuras por los meandros de una mente atormentada. Antes que anochezca describe la lucha entre el individuo y la sociedad; El amor del revés encierra, además de lo anterior, un relato descarnado de la lucha del individuo contra sí mismo. Existe, claro está, otra diferencia entre ambas obras: mientras que la historia de Arenas concluye con un amargo suicidio, la de Luis acaba arribando, no les desvelo nada: la propia contraportada nos advierte que se trata de una metamorfosis inversa, a buen puerto. Final feliz donde los haya.

«Se ama a quien se puede amar», se lee en algún lugar de estas páginas, y con esa verdad, qué otra cosa más lúcida podría añadir yo, acabo.

Jose Serralvo

Escritor y jurista especializado en derecho internacional. Ha trabajado en el bufete Garrigues, en Naciones Unidas y en la ONG de derechos humanos Human Rights Watch. Actualmente es consejero jurídico en el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR). Publicó su primera novela, Los elegidos, en 2013. En mayo de 2015 vio la luz su segunda novela, El niño que se desnudó delante de una webcam. Es también colaborador habitual de varios medios, entre ellos el blog Un libro al día y la revista cultural Jot Down.

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