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10 Ene

Un padre extranjero, de Eduardo Berti

eduardo berti

un-padre-extranjero¿Son un padre y un hijo, en esencia, la misma persona? ¿Hay cierto interés del hijo en imitar al padre y del padre en imitar al hijo? ¿Buscamos continuamente a nuestro padre? ¿Lo buscamos en todas partes? Sin embargo, parece que hablamos con la boca de nuestra madre: ¿Es la lengua materna nuestra verdadera patria? Todas estas preguntas y muchas más se presentan ante la lectura de Un país extranjero de Eduardo Berti (Impedimenta, 2016); pero, ¿qué es lo decisivo: las preguntas que nos hace o a dónde nos lleva?

Vuelvo a Berti después de leer su maravillosa novela anterior: Un país imaginado, de la que dimos cuenta aquí. Recordemos que Eduardo Berti es un escritor y periodista argentino: ha colaborado con diversos medios de su país y es autor de varias novelas; ha vivido en Buenos Aires, París y Madrid, ciudad en la que reside actualmente; ha ganado el Premio Emecé, el Premio Las Américas de Novela y ha sido finalista del Premio Herralde. 

Un país extranjero ha sido escrita mientras el autor se beneficiaba de una beca de escritura en la región Aquitaine Limousin Poitou Charentes y editada, de nuevo magníficamente, por la editorial Impedimenta en el año 2016. 

La novela tiene una estructura compleja pues aparecen intercaladas tres historias: la personal del autor, la historia de su padrela de Josef (que no es otro que Joseph Conrad); dentro de ellas se nos ofrecen varias tramas narrativas: la de un polaco con más de diez hijos, la de un marinero y asesino de Conrad en potencia…; y en todas esas historias se nos ofrece un enigma, porque la identidad —y con esto juega Berti— es borrosa. Se trata de un relato en el que se combinan las notas de autoficción con el libro de viaje, la novela e incluso el ensayo. Podríamos decir que la historia se asemeja a una de esas muñecas rusas, una matrioska. Abres una y encuentras la historia de un escritor que escribe sobre otro escritor, abres una nueva y encuentras la historia del padre del escritor, abres otra y vuelve a aparecer otro escritor contando la vida de… y la historia más pequeña como en el caso de las muñecas, es maciza y pesada. La estructura es decisiva pues en estas historias «encajadas» quizás notemos las costuras; al final tenemos unos fragmentos reunidos más que una imagen completa y eso es algo que —aunque quizá no sea la intención del autor— contribuye a hacer más ambiguas las cuestiones de identidad.

Las historias están mezcladas y el lector va deshaciendo el ovillo enmarañado conforme avanza en la lectura. Se trata de una continúa interrogación y reflexión sobre quiénes somos y de dónde venimos. Es uno de los recursos que utiliza para llevarnos adelante, quizás un poco tramposo, la verdad, pues más que querer saber de los personajes, queremos saber qué pasa. Parece que la trama se ha tragado a los personajes, cuyo perfiles se hacen vaporosos. ¿Es un relato con una finalidad exclusivamente autobiográfica para aclarar la propia identidad? Nunca se tiene la vida de alguien (ni la propia: sólo recuerdos), pero Berti no ha renunciado a tenerla. Por otra parte, trata a los personajes con «cariño», como ya se había visto en su anterior novela. Incluso el dibujo de Meen (el personaje que quiere hacerle daño a Josef), de contornos borrosos, puede despertar no sólo curiosidad, sino la simpatía que suele inspirarnos el fracaso, que tiene una nobleza, según nos enseñó Borges, de la que carece la victoria.

El rompecabezas se va formando y nos damos cuenta de las continuas similitudes entre las historias: la búsqueda continua de la patria, la reflexión sobre la pérdida y el dolor, y de qué manera nos recuperamos, a causa del lenguaje. Este es un tema propio del siglo XX, en el que tantos escritores debieron trabajar con una lengua que se les había hecho imposible, pero a la vez necesaria. Pienso en Celan, pero también en Kafka y en Canetti.

Por otro lado, no he podido evitar fijarme en el papel de las mujeres en la novela. Podría decirse que tienen un papel revelador: conocen todos los secretos y hacen de mediadoras. Así, al menos, aparecen la madre de Berti; la segunda mujer del padre, Claudia; y Jessie, la mujer de Joseph Conrad. 

Comencé haciendo unas preguntas y la lectura de la novela me ha llevado a recordar a Freud, pues en Occidente la figura del padre ha sido decisiva. Aunque, por otro lado, ¿no es el hijo el que es extranjero para el padre? El padre siempre está en el pasado, mientras que el hijo forma parte ya del futuro, tierra a la que el padre no podrá entrar, una tierra extranjera.

Ernestina González Causse

Licenciada en Historia del Arte y profesora de esta disciplina. Se ha dedicado con preferencia a aquellas realidades cuyo contenido es fundamentalmente estético: arte, literatura, fotografía, música y cine. Ejemplo de esta dedicación son tanto su blog, La letra con salsa entra, en el que se aúna la reflexión sobre la belleza con la alimentación, cuanto su colaboración en Comida’s Magazine, revista en la que escribe y para la que hace fotografías. Actualmente, esta inmersa en un proyecto fotográfico y realiza colaboraciones literarias.

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