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13 Feb

El ser breve, de Azucena G. Blanco

azucena g. blanco

Fotografía de portada: Amanda Basler González.

el ser breve azucena g blancoDejémonos arrastrar por el llamamiento a la ensoñación que nos hace la fotografía de portada. Apenas hay vegetación, solo hierbas altas, quizá una cosecha que se ha perdido, tal vez un cultivo abandonado, no sé. Una carretera fuera de escena y una persona anónima para contemplarlo absolutamente todo. Mira a su alrededor los largos campos, que incluso a oscuras se aprecian manchados de amapolas. Hay un ligero órgano de coches en la distancia, acompañado por un olor a leña que llega de lejos, de alguna otra parte. Desde el coche se escabullen voces anónimas de la radio y resuenan en un cielo manchado de estrellas y algo de contaminación lumínica. Tras diez minutos fuera sin apenas ver nada, guarda el telescopio en el maletero, entendiendo que arriba es abajo, para estrenar su propia metafísica personal. Regresa al asiento y arranca el motor. Entonces se aparece el paisaje como nuevo, a estrenar.

Y ahora, alucinaciones aparte, seamos breves.

En este primer poemario, El ser breve, editado por La Bella Varsovia en las últimas semanas de 2016, vemos la experiencia del vacío enfrentada a una importante sobredosis de realidad. Mediante un lenguaje conciso, sin ornamento aparente, su autora, Azucena G. Blanco (Córdoba, 1978), dispara —a modo de fotografías— poemas de exposición lenta, donde cohabitan una visión macrocósmica con otra microscópica. En este contraste, la autora resume de forma mínima la evidencia de existir. Esto es, una permanente investigación a la caza de lo sublime en cualquiera de sus formas: ya sea una gota de lluvia o cualquier ritual humano. Podríamos llamarlo alquimia del verbo, pananimismo o incluso citar los antiguos principios herméticos: «Como es arriba, es abajo». Pero lo cierto es que resulta bastante más sencillo que todo eso.

Como quien merienda una granada, la autora disecciona la realidad con poemas que aúnan la tradición de otros grandes observadores de lo cotidiano como William Carlos Williams. De este modo tan próximo a la realidad objetiva, más que representar hay un afán por presentar los acontecimientos de manera fiel. Esto es, como por primera vez en los ojos de un niño. De esta forma nos propone destilar de la rutina lo extraordinario, para neutralizar su acción nociva.

Insiste

Lo pone todo de relieve

Esta luz

que el invierno se afanaba en esconder

La autora preserva el desconocimiento como estrategia. Porque es difícil perderse si no sabes dónde vas; y si tienes un objetivo, puedes descarrilar. Gracias a esta nueva lectura de la realidad podríamos hablar incluso de una búsqueda por lo paranormal en el ámbito cotidiano. Lo paranormal entendido como extraordinario y fuera de explicación. Cada uno de estos fragmentos de realidad persiguen a toda costa cualquier rastro de existencia. Una invitación a observar, a reflexionar, al ritmo de una lenta respiración. En las páginas de El ser breve hay un registro calmado de todo acontecimiento que pasa rápidamente de una fase inaugural a su extinción, a menudo inadvertidos y, actualmente, casi sepultados por toda la avalancha de información online. A lo largo del poemario se capturan todos esos instantes que se regalan en una permanente e ignorada mutación de la rutina diaria. Instantes capaces de lograr hacernos pasar por una percepción alterada sin un ápice de química.

Como una gota de agua se sublima

No hay nada oscuro

en mirarte de reojo

mientras escribes

Que gesto mas extraño

el de la ausente

el enajenado

Como inaugurar un paisaje con la mirada

No hay aquí una tendencia a la evasión, sino todo lo contrario. Como si de un Rothko se tratara, sus poemas son densas cápsulas de realidad que persiguen y consiguen hacernos cobrar conciencia gracias a toda una suerte de fragmentos con tendencia a lo universal, «eternas cosas», según decía Nietzsche.

En los versos de Azucena G. Blanco hay una respiración, más que una voz, una exhalación que nos acompaña hacia otra existencia; si cabe, una más fértil. Porque al margen de vuelos baratos, el mundo también está aquí. Y la lectura de El ser breve, propone una guía de «turismo zen» para debilitar el escenario de un mundo que tanto insiste en aparecer igual cada día. Contra todo pronóstico: lean, disfruten, vivan, porque la vida es breve.

Adrián A. Astorgano

Adrián A. Astorgano (León, España 1990) es ilustrador y diseñador gráfico. Licenciado en Bellas Artes y con un Máster que no viene al caso por la Universidad de Salamanca. Colabora activamente con publicaciones independientes como Revista Pangea, Sie7e, Revista El Humo, Mordistritus, La Fanzine, Errr Magazine o Obituario. Escribe reseñas literarias para Notodo.com. También dibuja o se aburre a la par que desempeña labores varias, como el ensamblaje de hamburguesas y las tareas de un impresor multicopista.

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