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22 Feb

La condición animal, de Valeria Correa Fiz

Valeria FIZ

Fotografía de portada: Nuria Soler (El Periódico de Aragón).

correa-coverCuando comienzo un libro, nunca quiero saber de qué va, así que no leo la contraportada. Si la hubiera leído, quizá no me hubiera atrevido con La condición animal, porque en ella se indica que la prosa de la autora es «visceral, física y cargada de turbiedades, para conducirnos hasta nuestros propios miedos (…). El ángulo más oscuro del ser humano (…). Un libro que duele». Lo hubiera rechazado para no sufrir, porque yo sufro mucho cuando leo, lo vivo intensamente. Y puedo decir que he vivido intensamente (casi) todos estos cuentos de Valeria Correa Fiz.

Lo que ha logrado la autora con su libro es la metáfora de una montaña rusa: te zarandea con los dos primeros relatos, «Una casa en las afueras» y «La vida interior en los probadores», y luego, el resto, es un vaivén de narraciones, subiendo y bajando esa fuerza hasta llegar al cierre con otros dos relatos que son un auténtico broche final, otra sacudida: «Leviatán» y «Criaturas». Así pues, por eso de la montaña rusa, cuando cierras el libro queda la sensación de no saber qué lectura ni qué escritor elegir después para que ese nivel se mantenga (y no hablo del mal que habita en el ser humano, hablo de la buena escritura).

La condición animal es el primer libro de la argentina Valeria Correa Fiz y lo ha publicado Páginas de Espuma, una editorial independiente fundada en 1999 y especializada en el género del cuento. Le he preguntado a uno de sus editores, Juan Casamayor, si publicar el primer libro de un autor es un riesgo elevado o si, tal vez, cuando vio que se trataba de un material tan bueno como el de Correa Fiz, consideró que ese riesgo merecía la pena. Y me ha respondido que, cuando editan un primer libro de alguien desconocido, comienzan una aventura, «pero una aventura maravillosa que justifica ser editor. Partimos de la convicción de que tenemos un gran libro y queremos llegar al mayor número de lectores. Y bajo esta premisa no considero que sea un riesgo, lo entiendo como mi labor. Ser editor es una forma de ejercicio de riesgo».

Este libro de Valeria Correa Fiz, cuya portada es una imagen de «La dama de las amapolas», de la ilustradora surrealista Daria Petrilli, está formado por doce relatos que se dividen en cuatro apartados, cada uno asociado con uno de los cuatro elementos de la naturaleza (Tierra, Aire, Fuego y Agua). No es que las historias estén directamente relacionadas con esos elementos, pero cada primer relato se sitúa dentro del elemento que le corresponde (excepto el último).

«Una casa en las afueras» abre Tierra y habla de lo que es habitar una casa a las afueras de Miami, en un lugar aislado en el que todo parece hostil y en el que ni tan siquiera la tierra se puede cultivar porque es arcillosa. Es uno de los relatos más impactantes que contiene esta colección. Late el miedo, la tensión. Como lectores, queremos saber más y miramos con los ojos abiertos como platos: «Todo a mi alrededor susurraba, igual que si muchas mujeres ancianas se contaran cosas horribles. Yo pensaba estas cosas sin entender muy bien por qué. Y afuera, el viento, que a ochenta kilómetros por hora aceleraba hasta la sangre de mis venas».

«Lo que queda en el aire» comienza el apartado Aire y es el propio título el que se queda anclado en ese elemento. Cosas de niños. La muerte involuntaria de un gorrión. Y una frase contundente: «Nunca entendemos el dolor del otro sino en la parte que se parece al propio».

Fuego lo abre el relato «Regreso a Villard». Aquí sí hay un incendio que acompaña la historia, un incendio que puede estar en la misma cabeza del personaje principal. La autora, tal y como sucede en el relato «La vida interior de los probadores», saca a relucir la enfermedad mental. Cuando el mal habita el cerebro y los pensamientos como una doble vida, ajena al propio cuerpo. «Yo era lo que se dice un buen muchacho. Hasta que un día algo se puso a aletear en mi cabeza», dice el protagonista de este relato.

En Agua, el último cuento es el que lleva este elemento incorporado, de manera que el libro queda cerrado en una especie de círculo. Se titula «Criaturas» y es, junto con el primer relato, uno de los mejores. Es un cuento inmerso en el agua, porque la humedad lo envuelve todo y, con esa humedad, una invasión de ranas que pone a prueba a todos los personajes. Humedad presente, incluso, en el líquido amniótico del bebé que esperan los protagonistas.

Y quién mejor que la propia autora, Valeria Correa Fiz, para que nos cuente cosas sobre este libro de relatos. Aquí tenéis esta pequeña entrevista:

¿Sorprendida de que tu primer libro no solo lo haya publicado una editorial como Páginas de Espuma sino de que además esté siendo un éxito?

Me siento muy afortunada por haber publicado La condición animal en Páginas de Espuma. El libro ha encontrado muchos más lectores de los que imaginaba que podía tener un primer libro de relatos. Creo que alguien que escribe desea siempre ser leído y comprendido en sus intenciones artísticas, y estoy muy agradecida con todos y cada uno de mis lectores.

En tus relatos nadie está libre del mal, ya sea porque vive en su interior (enfermedad, actos violentos, adicciones, recuerdos…) o porque son testigos directos o indirectos del mal de otros. ¿Crees que no tenemos escapatoria, que tarde o temprano esa oscuridad siempre nos atrapa?

Es cierto lo que dices. Somos seres frágiles, qué duda cabe, pero también somos capaces de amar aun en las situaciones menos favorables. La condición animal intenta sumergirse y bucear en los temblores, miedos e inseguridades de cada uno de los personajes; en ese sentido, diría que el tema que los vincula —además del mal que es la columna vertebral de libro— es que son exhibidos desde sus debilidades, pero también desde la ternura y el amor.

Son relatos en los que has trabajado a lo largo de los años. Dices, en la nota de agradecimientos, que estaban «ocultos en mis cajones; salieron de allí gracias a una pregunta que me hizo Clara Obligado, en una pizzería milanesa hace ya casi tres años». ¿Cuál fue esa pregunta? ¿Y cuál fue el siguiente paso que diste?

Coordino un club de lectura en el Instituto Cervantes de Milán. Hace unos tres años, luego de la reunión (debatimos El libro de los viajes equivocados), Clara Obligado me dijo: «Pero tú escribes». Le dije que sí, que lo hacía para mí, porque me divertía. Y Clara contraatacó: «Está muy bien, si crees que tener los cajones llenos de historias cuando tengas setenta años te hará feliz». No respondí, pero ese comentario me sacudió e inspiró a armar este primer libro y a buscar su publicación.

Hay un equilibrio en la voz que utilizas para narrar: la mitad de los relatos están escritos en primera persona (da igual si es hombre o mujer) y, la otra mitad, en tercera. ¿Con qué voz te notas más cómoda? ¿Tal vez te alejas más del sufrimiento cuando el narrador no es el personaje?

La elección del narrador tiene que ver con esa distancia que mencionas, pero también con la dosificación de la información que hace al ritmo y al suspense del relato. Creo que la forma tiene que estar al servicio del fondo, al servicio de lo que se cuenta. Por ejemplo, el último relato, «Criaturas», está escrito en la segunda persona del singular; es una segunda ficticia porque el personaje, Joaquín, se habla a sí mismo, pero no puede contar ni contarse (por la culpa que siente, por lo trágico del desenlace) en primera persona lo sucedido.

Creo que tu nuevo trabajo será un poemario. ¿Con qué temas nos encontraremos en él?

El invierno a deshoras (XI Premio Internacional de Poesía Claudio Rodríguez), es un poemario que busca ser una modesta cartografía de las cosas o situaciones que nos dejan a la intemperie, que nos dejan fríos —como se suele decir coloquialmente— de modo inesperado.El libro está dividido en tres partes, cuyos títulos están inspirados en un poema de Antonio Gamoneda: (i) «El cantor de las heridas», en donde se trata el desencuentro amoroso principalmente; (ii) «En el país del viento», que ahonda en el tema de la soledad; y (iii) «En la blancura de los sanatorios abandonados», que habla de las pérdidas. Parece un libro muy oscuro pero no lo es. Me gusta pensar que he vertido un poco de luz sobre temas oscuros. Si lo conseguí, podremos decir, como Nietzsche, que en ocasiones «la oscuridad puede tornarse luminosa».

Carmela Trujillo

Ha publicado “Esto no puede seguir así” (Premio de Narrativa Infantil Vila d’Ibi 2006. Anaya, 2007), “Un viaje pendiente” (Libresa. Ecuador, 2011), “Lo recuerdo perfectamente” (Anaya, 2011), “Cuando las vacas toman el té de las 5” (San Pablo, 2011), “En las nubes” (Anaya, 2012), “La lluvia llegó con Gabriela” (Algar, 2015) y también “Y de repente, echándola de menos” (Zonacuario. Ecuador, 2015).

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