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12 Oct

Museo Animal, de Carlos Fonseca

carlos fonseca

museo animalDespués de una asombrosa opera prima publicada antes de los veintiocho años, Carlos Fonseca,  escritor de origen costarricense, vuelve al ruedo sólo dos años después con Museo animal, una novela radicalmente diferente pero no por ello menos merecedora de despertar el favor de los lectores y el entusiasmo de la crítica.

Para no empezar con titubeos, me atreveré a decir que Museo animal casi podría considerarse un “libro filosófico”, una novela que, de alguna manera, intenta ilustrar ciertos postulados de la filosofía francesa de la segunda mitad del siglo XX. Hay en el libro, como ya parece ser una seña de identidad de Fonseca, una multiplicidad de estallidos que conducen en direcciones diversas, pero también algunas improntas identificables en ese sentido.  Por ejemplo, de la “filosofía del acontecimiento” de Alan Badiou y su idea (a contracorriente de las modas actuales)  de que es preciso buscar en los hechos una verdad, aunque –como en Mundo animal – siempre parece faltarnos la última pieza para comprenderla completamente. Y del  Derrida que postula en cada acto la “huella” de un suceso anterior, trazas que funcionan como repeticiones, copias distorsionadas de un original que nunca llega a fundamentarse. Y como corolario inmediato, dos reflexiones que organizan el fondo significativo del texto: sobre la génesis de la “identidad”, un debate tan latinoamericano; y sobre la función del arte, que lejos de aferrarse a la idea de una autonomía impoluta penetra en el resto de la realidad, y por lo tanto no puede despojarse de sus responsabilidades éticas.

Las 425 páginas de esta novela ambiciosa como pocas podrían generar por sí solas un ensayo de interpretación tanto  o más extenso que la novela misma, pero por el momento  prefiero limitarme a esbozar el tránsito a través del libro de esas dos ideas que, al menos desde mi punto de vista, enhebran la narración.

“No hay arte sin juicio”, afirma Viviana Luxembourg (antes Virginia McAllister), juzgada por haber provocado el colapso de operadores económicos en base a la difusión de informaciones falsas o progresivamente distorsionadas. Un acto que ella concibe y ejecuta durante años como una actividad artística. Precisamente  el argumento que elige como línea de su defensa. ¿Dónde están las fronteras, y sobre todo, quién las decide, entre la obra de arte y el resto de la realidad? En el profuso despliegue de antecedentes, Viviana destaca casos notables: los tres artistas argentinos que, en los 60, generaron una polémica pública acerca de un “happening” que en realidad nunca había ocurrido; o el conocido “caso Brancusi”, que el artista italiano ganó frente a la administración aduanera norteamericana, que pretendía cobrarle como importación normal la introducción de una escultura llamada Pájaro en el espacio, con la argumentación de que no se parecía en nada a un pájaro (lo cual, como es evidente,  otorgaba a un funcionario de aduanas el papel de crítico de arte).

Todo esto nos lleva a temas tan vigentes como el de las fake news, la teoría de los  simulacros (Baudrillard y otros) o la omnipresencia de los medios masivos de comunicación en el diseño de la realidad.

Pero Fonseca va más allá: lo que Viviana Luxembourg pretende es demostrar que el arte no es un ejercicio autónomo, y que el gesto artístico invade siempre – aún a pesar del artista – territorios aparentemente tan lejanos como los de la economía y la política. Y acude a un sorprendente paralelismo: la figura del Subcomandante Marcos, el subversivo mexicano cuyos principios revolucionarios contienen innegables referencias artísticas. Un paralelismo nada arbitrario. Marcos – de quien nadie ha conocido nunca lo que Foucault llamaría su  “identidad de registro civil”, oculta tras su eterno pasamontañas –  hace desaparecer a su personaje en un determinado momento y se asume con una nueva identidad: el Subcomandante Galeano (adoptando la continuidad de un dirigente que ha muerto), al par que enuncia una de sus frases más cargadas de filosofía (y de poesía): “Así que aquí estamos, burlando a la muerte en la realidad”. Viviana Luxembourg, la enigmática artista del simulacro y simulacro ella misma, era en su juventud la modelo estadounidense Virginia McAllister, exitosa diva de la generación beat, quien repentina y misteriosamente ha desaparecido para siempre  en los años sesenta tras relacionarse con el fotógrafo israelí Yoav Toledano y concebir juntos una hija.

Sabremos en otras partes de la novela lo que ocurrió entre ambos momentos, historia de la que forma parte un alucinante viaje hacia sitios remotos de una jungla latinoamericana no tan ecológica como se la pinta, la deriva posterior de Toledano y el destino trágico de la niña –este último, en la trama de la novela, la primera pieza del rompecabezas narrativo que compone Museo animal. Formas de burlar a la muerte, simulacros y construcción de identidades que también asumen el fotógrafo Toledano (quien termina habitando bajo otro nombre un pueblo minero abandonado) y la propia niña transformada en exitosa diseñadora de moda también con un nuevo nombre.

Y he aquí el otro tema que he empezado mencionando: la construcción de la identidad, que más allá de sus ya de por sí complejas connotaciones filosóficas nos remite a una de las encrucijadas que de algún modo configuran el gran tema de toda la literatura latinoamericana: ¿existe un origen, el fundamento de una identidad latinoamericana que pueda desenmascararse apartando sucesivas capas de acumulación histórica, o en realidad ese Ser que funciona como una utopía hacia atrás no es más que un mito, un simulacro, una huella sin traza originaria (de nuevo Derrida)?

No son los únicos hilos por donde desentrañar la madeja de esta historia que, como un puzzle caleidoscópico, se despliega en las cinco partes – cinco historias – que componen el libro (¿herencia y homenaje a 2666, la enorme novela de Bolaño?). Conjeturemos  otra clave: la idea de que ciertos hechos que acaecen en un determinado contexto, suelen provocar un “desvío” – inesperado, imprevisto – en la trayectoria de una vida y modificarla por completo (¿otra vez Badiou y – por qué no – el Borges del Jardín de los senderos que se bifurcan?). Es lo que ocurre, en rigor, con todos los protagonistas de la novela: Virginia, Yoav, la propia Giovanna por defecto, frente a la alucinada decisión de la muchacha; el narrador, frente a la llamada de la diseñadora que cambia su propio destino; el detective Burgos, frente a la aparición de la enigmática artista en su carrera policial; el abogado Esquilín frente al inexplicable caso al que se ha visto abocado. Tancredo, el amigo periodista que se obliga a repetir cotidianamente las rutinas de Viviana. Desvíos, azares, aparentes encrucijadas en las que, como en la matemática figura del quincunce, es dable sin embargo esperar el alumbramiento de un patrón que resuelva la ecuación y ordene las figuras en el tapiz.

Y por último, la metáfora final: el camouflage, el mimetismo que los seres humanos y la sociedad misma practicamos convenientemente, a menudo sin ser conscientes de ello, como una estrategia de supervivencia que nos retrotrae a nuestra profunda raíz animal: pasar desapercibidos para hacernos invisibles ante la rapacidad de los otros. Esa Frontera final de las largas conversaciones nocturnas entre Giovanna y el narrador que se concreta en la muestra póstuma de la diseñadora.

No desespere el lector que haya logrado llegar hasta aquí: a pesar de este complejo alambique en que la narración de Carlos Fonseca se va desentrañando, nada resulta más apasionante y atractivo que su lectura. Entre intertextualidades y guiños filosóficos, Museo animal  es sobre todo una novela escrita en un lenguaje entretenido, ágil y deslumbrante, con el despliegue de una imaginación poderosa que nos transporta sin escalas a cada uno de sus escenarios y situaciones. Fonseca es, qué duda cabe ya, uno de los grandes escritores de esta generación que comienza a darse a conocer en las letras hispanoamericanas.  Y por lo que se va viendo,  tiene cuerda para rato.

 

Enrique D. Zattara

Enrique D. Zattara nació en 1954 en Argentina, y reside actualmente en Londres tras 25 años de vivir en Málaga, España. Periodista, escritor y crítico, ha publicado dieciséis libros en géneros como la narrativa, la poesía y el ensayo. Ha sido Director de cuatro publicaciones literarias: Arte Nova y Contrapelo en Buenos Aires (en la década de los 80), y Utopía Poética y Letras Axárquicas en España. Actualmente dirige el proyecto cultural multimedia El Ojo de la Cultura Hispanoamericana.

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