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9 Nov

Hamaca, de Constanza Ternicier

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La historia, en apariencia, es simple, se condensa en las primeras páginas, se termina por darle un sentido, otro sentido posible, en el último capítulo: Amparo vive con sus padres hasta que su madre, un día, abandona el lugar para, como dice, buscarse a sí misma. Amparo continúa con su vida, con un padre obsesionado por el silencio y por las piezas de un puzzle eterno, con una abuela que escapa a cualquier tópico sobre lo que debe o puede ser una abuela y con un grupo de gente -amigos, enamorados, marginales- que vive en una suerte de viaje iniciático sin punto de llegada. Porque Hamaca, la novela de Constanza Ternicier, despliega una historia que se mece alrededor de un vacío al que, sin nombrarlo, se evoca todo el tiempo, el vacío de lo que escapa a las palabras.

Es el recorrido y no el punto de llegada lo que importa, el transcurrir del tiempo en el que la niña se vuelve adolescente, en el que la adolescente se convierte en mujer. Más que de ritos de pasaje, más que las iniciaciones en el amor, en las separaciones, en el sexo, en las drogas, en suma, más que de una novela de formación, se trata de una historia tejida en los umbrales. Desde los umbrales se mira el pasado, pero también el futuro. Así se entiende, como se afirma en la contratapa, la manera en que la narradora puede ser, por momentos, una suerte de Alicia y, por momentos, una versión latinoamericana de Lolita. Por un lado, hay una fuga hacia adelante. Y en el universo de la fuga, aparecen los conciertos, las drogas, la amistad, el amor y el sexo. Pero, al mismo tiempo, con una fuerza que va más allá de Amparo, se produce el movimiento inverso, el que empuja a la narradora al punto ciego, a la partida de la madre y a los silencios del padre. En los regresos se busca un sentido, en las huidas, sin saberlo, en realidad, se pone en juego una repetición. Entre los dos movimientos, la novela se pregunta sobre qué es el amor, sobre sus condiciones, sus herencias, su relación con el destino.

Constanza Ternicier construye su novela a través de pequeñas historias dentro de las historias, perfilando sus personajes con trazo fino, dibujándolos entre tiernos y desamparos, entre ilusos y sagaces, entre divertidos y sumidos en la tristeza. En esos vaivenes, en ese mecer de la hamaca, el tiempo es impreciso; es el tiempo de la experiencia de la narradora que quiebra la cronología. Desde la escena de la partida de la madre hasta el final, pasan cinco años. Son años de experiencias, y entre las experiencias hay algunas que resultan determinantes. Por un lado, el impulso vitalista, que aleja a la narradora de la abulia del padre: “Podríamos haber sido piedras que ven pasar años y años de erosión por encima, pero que no saben qué decir porque no pueden hablar”. Amparo prefiere vivir, ser amada, hablar. En ese impulso, sin embargo, también hay reticencias, distancias, heridas: “Hubo un día del verano en que perdí del todo la liviandad, en que sentí el peso de las cosas y empecé a desconfiar de los demás”. En la desconfianza hacia los demás también aparece una sospecha sobre lo que puede decirse, sobre lo que sólo puede ser sugerido.

Hay, entonces un vacío, al que Amparo observa y que la encandila. Desde el encandilamiento, quizás por estar demasiado cerca de los hechos, de los hechos que, en ocasiones, son inexplicables o incomprensibles, se construye una voz. Dicen que tanto la muerte como la sexualidad escapan a la representación, que sólo tenemos acceso a ellas bordeándolas. Al igual que en su segunda novela, La trayectoria de los aviones en el aire, Constanza Ternicier enfrenta con alusiones y sugerencias aquello que escapa a toda representación directa; la muerte, la sexualidad, la locura son temas centrales en su obra. Ahí radica la potencia de su voz, en contar lo que no puede decirse.

Martín Lombardo

Martín Lombardo (1978) es psicólogo por la Universidad de Buenos Aires y doctor en estudios iberoamericanos por la Universidad de Burdeos. Se doctoró con una tesis sobre la literatura argentina contemporánea y su vínculo con la ley. En la actualidad vive en Francia, donde trabaja como profesor de literatura latinoamericana en la Universidad de Saboya. En 2010 publicó su primera novela, Locura circular, y en 2017 saldrá en Argentina su segunda novela. La mujer del olvido fue la obra ganadora del Premio Gregorio Samsa de Novela Breve 2016 de Ápeiron Ediciones.

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