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21 Dic

Criacuervo, de Orlando Echeverri Benedetti

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Tornados y tornados de arena que nublan la vista, que entierran los ojos bajo la horrible muchedumbre de lo incierto. Dunas, montañas de arena que se trasladan como viejos elefantes plagando el espacio de sus siluetas indefinidas, deformando el entorno, convirtiéndolo en otro, sembrando dudas sobre el aspecto impreciso del lugar que atravesamos. Rayos imparables de sol que marchitan la piel, que carcomen las manos de sequía y dolor; y la sed, que se manifiesta como un ávido monstruo imparable que transforma nuestros adentros arrodillándonos de un momento para otro en el lamentable estado de súplica.

Todas estas adversidades nos recuerdan la fatua imagen del desierto, que en el imaginario de varios pueblos y religiones, representa el tránsito inadmisible de la vida por las horas del desarraigo, de la incertidumbre y de la soledad. En la tradición bíblica, el desierto es ese lugar abandonado por Dios, ese entorno que la mano divina olvidó bendecir con los frutos de la fertilidad, plagándolo de hambre y privándolo del sosiego. Su inmensidad y sus formas imprecisas nos impiden saber dónde nos hallamos, haciéndonos creer que no hay un punto final, que extenderemos nuestra travesía sin llegar nunca a ninguna parte; y el hambre y la sed que continuamente gorgojean en nuestros adentros, también nublan nuestros sentidos, dándole vida a nuestro ser más monstruoso, que mataría por un pedazo de pan o por un sorbo de agua.

Orlando Echeverri Benedetti, joven escritor colombiano y autor de la novela Criacuervo (publicada en 2017 por Angosta Editores), utiliza la metáfora del desierto para hablar del desarraigo, de esa desesperación que no nos conduce a ningún destino, de ese hoyo negro en el que caen nuestras vidas deshabitadas cuando sabemos de dónde venimos pero no sabemos a dónde pertenecemos ni a donde vamos a parar, especialmente cuando el destino se presenta como un saco vacío en el que vamos a caer inevitablemente y en contra de nuestra voluntad.

Criacuervo es la historia de los hermanos Zweig, dos niños que tras la muerte a sus padres en un accidente automovilístico en los bosques alemanes, van a vivir a Hamburgo con un abuelo que nunca habían conocido. La muerte de los progenitores los obliga a abandonar su vida en Berlín y su amor por Cora, la chica que ambos amaron en algún momento. Con los años, Adler, el hermano menor se convierte en un talentoso nadador, y Klaus, el mayor, abandona el país persiguiendo la carrera militar, tras la cual termina estancado en Criacuervo, en el oneroso desierto de la Guajira, al norte de Colombia. Después de años de distancia, los dos hermanos, por medio de Cora, tratan de encontrarse de nuevo en Criacuervo, obedeciendo al llamado del arraigo y del amor ausente. El destino atraviesa sus vidas, acabando con la esperanza de las raíces, y el desierto, una vez más, se impone como el gran obstáculo que separa al hombre abandonado de su destino final.

Es así como la obra de Orlando Echeverri, el desierto como metáfora se convierte nuevamente en una parábola bíblica. En un sentido, habla de una travesía en la que el lugar de pertenencia se ha perdido y cada vez se ve más deformado. En el otro, el desierto se convierte en un viaje árido que nunca acaba y que nos impide llegar al destino que nos merecemos.

Primera Parábola: el desierto como símbolo del extravío

El desierto, en muchas culturas y religiones es símbolo de la desolación interna, del extravío, pero también es la metáfora más certera de la trashumancia. Todavía hoy, pueblos enteros migran por los desiertos africanos practicando el nomadismo, sin tener más arraigo que las cosas que llevan a cuestas y el sabio conocimiento que les ayuda a sobrevivir en un lugar tan inhóspito.

Cuando Echeverri nos narra la vida de los hermanos Zweig comienza su relato contándonos de su orfandad. La muerte de los padres, la pérdida del hogar, y la eventual convivencia con un abuelo que no conocían, determina el desprendimiento de los hermanos de una identidad firme y los condena no solo al desarraigo, sino a un andar sin rumbo fijo. Adler, atleta cansado de nadar, inmerso en una soledad inconstante, piensa en le muerte de sus padres: “Así, con los ojos cerrados vio el bosque que se había tragado a sus padres. Muchas veces pensó en ir a ese lugar. Llegó a creer que pasear por allí iba a brindarle cierta paz o un rumbo. Cualquier rumbo. Pero al final siempre se retractaba. (…) ¿Qué habría sido de él si no hubieran fallecido? Sabía que, con seguridad, algo completamente distinto de un nadador que ya no quería nadar”.  En este sentido la pérdida de las raíces que unen a los hermanos con su pasado, también implica la pérdida de un futuro y de un camino que los conduzca a su destino final.

La condena a vagar por el desierto, donde la el pasado y el futuro se condensan en un mismo espacio, trata de disolverse a través de un encuentro con el origen, con las sombras de aquellos que fueron antes de la pérdida de sus padres. Klaus propone un encuentro en el desierto que involucre también a Cora para resolver el extravío afectivo de ambos hermanos, que sin pensarlo, buscan en el recuerdo de Cora la estabilidad afectiva que perdieron en su niñez. En efecto, la mujer amada representa la posibilidad de reconstruir desde ceros, de sentar nuevas bases, de poner la primera piedra de un nuevo hogar. Después de que Adler tiene su primer encuentro con Cora en Alemania, revive en el arraigo la sensación de estar enamorado: “Despertar en esa casa le pareció inconcebible: No soy tu casa, soy tu hogar. Ese era el hogar que había buscado toda su  vida. Sintió como si hubiera vagado por senderos innombrables intentando hallar ese cuerpo, esa buhardilla. Supo que ya no podría estar en otra parte sin caer en el vacío”. El encuentro con esas raíces pone remedio al extravío de Adler, pero el amor de Cora, sin saberlo, también involucra la ruptura de su sino.

La disolución de la trashumancia cae en las fauces del destino: el amor que ambos hermanos comparten por Cora es el símbolo de esa monstruosidad interna que se aviva en el desierto, que no resiste las tentaciones desgarrando así las posibilidades de sosiego.

Segunda Parábola: el desierto como símbolo de los destinos quebrantados

Las tentaciones del desierto son innombrables: la argucia que la sed y el hambre despiertan nos conducen con sigilo a la traición, al asesinato, a la corrupción del amor al prójimo, a la ruptura del amor propio, determinando así nuestra muerte o la desgracia de convivir con la culpa. El paso por el extravío del desierto determina nuestro destino, pone a prueba nuestra virtud, comprobando si caeremos en la pequeñez de nuestros vicios, si repetiremos constantemente nuestros errores, o si podremos sobreponernos a cualquier prueba para merecer nuestra feliz ventura.

En el relato del accidente, Echeverri nos conduce por los andares del destino desde el primer momento. En los escombros del automóvil accidentado, en el naufragio de los padres de los hermanos Zweig, una calcomanía de automóvil reza lo siguiente: “Quizá el enigma de Dios sea tan vago y, sin embargo, tan cierto”. El relato de Echeverri está libre de espiritualidad: nunca sabemos si los hermanos profesan algún credo, si se asocian con algún tipo de religión, pero sí sentimos a lo largo de toda la novela que hay una presencia enigmática, un titiritero que conduce la vida de los hermanos hacia sus andariegas fortunas.

Cora, la bella mujer de la que ambos están enamorados está marcada con el signo de pertenencia: ¿de quién es su cuerpo? ¿De Klaus o de Adler? ¿A quién está irremediablemente unida? El libro responde a estas preguntas haciéndonos comprender que ese signo de pertenencia, esa marca que Cora tiene tatuada sobre la piel, no es más que un engaño, un espejismo del desierto: Cora no pertenece a ninguno de los dos, y justamente allí reside la ruptura del sino de los hermanos Zweig.

Cuando Adler en su profunda soledad por fin puede poseer el cuerpo de Cora, la perfidia alumbra los senderos de su mirada. Echeverri describe así ese encuentro: “Besó y mordió sus pezones con un apetito caníbal y ella lo apartó un instante, sorprendida, aduciendo que tenía cara de loco. Estaba fuera de sí, cegado por un deseo que había palpitado en las sombras de su corazón durante mucho tiempo. (…) Ya no es tu mujer, Klaus, pensó con una perversidad sublime…”.  La locura que se bate en el alma de Adler también será la misma que ahuyentará el amor de la vida de Klaus: “Escuchó el jadear desesperante de aquella mujer y el rasgar de su ropa, su aullido entrecortado pidiendo auxilio de la nada. Vio su mano salvaje aplastándole los labios contra los dientes, otra sujetándola del cuello con violencia”. El amor por Cora, que ambos creían un puerto salvavidas, los hunde en el naufragio de su propia monstruosidad. En ambos casos, Echeverri describe los encuentros con cierto aire de canibalismo, como si el amor de una mujer pudiera nutrir los fatigados cuerpos de los hermanos  después de padecer las inhumanas condiciones del extravío por el desierto.

En las divagaciones de Dios, en esos obstáculos que puso en el camino de los hermanos Zweig, Echeverri logra elucubrar sobre la noción del destino. En Criacuervo Cora es como ese ángel de la voluntad divina, que en cierto sentido profesa la terminación desafortunada de los hermanos Zweig. En un manuscrito que ella había elaborado en su época universitaria, Cora dice: “Lo que vemos en las fábulas tradicionales son animales ladinos, holgazanes o medrosos, cautivos en su propia naturaleza (…).  Y si hay una moraleja imbatible que nos ha sido concedida por esta tesis consiste en que estamos condenados a cometer los mismos errores una y otra vez”. Klaus y Adler, en cierto sentido, son cautivos de esa naturaleza mezquina que llevan dentro, e incapaces de trascender sobre sus corazones marchitos: ellos mismos trazan la pérdida de sus caminos.

El encuentro de ambos, la recuperación del amor fraterno era tal vez la salvación. Encontrar el resguardo del uno en el otro en medio de las tormentas de arena, apareciendo milagrosamente entre la bruma del desierto, abrazar el destino y no su ilusión, caminar juntos a través de la aridez, hubiera sido el final más grato para los hermanos Zweig. Pero una vez más, como en tantas obras que desde tiempos milenarios se han tomado la molestia de hablar del sino de los hombres, Echeverri nos anuda a la reflexión sobre el destino, lanzándonos hacia los mares del terror, donde extraviados, no sabemos qué manos obrarán para llevar nuestra historia a feliz término.

Valentina Coccia

Literata de la Universidad de los Andes. Magíster en Historia de la misma universidad. Bailarina profesional. Aunque realizó investigaciones sobre el tema migratorio a nivel histórico, artístico, literario y político, se ha dedicado al periodismo cultural escribiendo para el diario El Espectador, uno de los dos cotidianos nacionales más importantes de Colombia. Con gran interés por difundir el consumo de arte, cultura y lectura en su país, ha emprendido proyectos televisivos para difundir la idea de que la educación y la cultura son para todos. En España escribe para las revistas Vísperas y Le Miau Noir.

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