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23 Nov

A Virginia le gustaba Vita, de Pilar Bellver

Vita Sackville-West broadcasting for BBC Radio, 1934

a-virginia-le-gustaba-vitaVirginia Woolf y Vita Sackville se conocieron a principios de 1923 en el transcurso de una cena. La impresión que Vita y su esposo Harold Nicolson causaron en la escritora no fue muy prometedora, según dejó constancia en su diario: “Ambos nos parecieron tontos sin remedio”.

Victoria Sackville West, Vita, era integrante de una de las familias aristocráticas más prestigiosas de Inglaterra. Los Nicolson reinaban con derecho propio entre lo más culto y exquisito de la sociedad londinense del momento. Vita escribía novela y poesía, hablaba con fluidez varios idiomas y era aficionada al diseño de jardines. Su esposo pertenecía al mundo diplomático y ambos disfrutaban de un matrimonio abierto que se mantuvo inalterable con el paso de los años. Tuvieron cuatro hijos, algo que no obstaculizó las múltiples relaciones homosexuales que mantuvieron cada uno por su lado, como relató su hijo Nigel Nicolson en Retrato de un matrimonio.

Es de suponer que ni Virginia ni, por supuesto, nadie del selecto y cultivado círculo de Bloomsbury se dejase impresionar por las maneras señoriales de los Nicolson. Vita, en cambio, se rindió sin condiciones al encanto intelectual de Virginia y puso todo su empeño en conquistarla. La amistad entre ambas mujeres fue cocinándose a fuego lento a través de una intensa relación epistolar en la que la pasión compartida por la literatura acabó encendiendo otros fuegos más íntimos. A Vita le atraía la personalidad de Virginia, la admiraba intelectualmente y seducirla suponía para ella un reto irresistible. Con todas sus reservas y fantasmas personales, Virginia se sintió atraída por la tradición familiar de su amiga, por la desbordante vitalidad y energía que demostraba en todos los ámbitos de la vida. Le fascinaba el aura romántica de Vita, cuya abuela materna había sido una bailarina española de origen gitano, Josefa Durán, famosa en toda Europa.

No es de extrañar, pues, que el cauteloso acercamiento culminase en diciembre de 1925. Virginia tenía cuarenta y tres años y Vita treinta y tres.

El idilio se mantuvo con cierta intensidad durante tres años en los que planean pequeños viajes y se suceden breves estancias de una en casa de la otra. La espléndida mansión de Knole House –en la que Vita había nacido- causará un vivo impacto en Virginia Woolf que inmortalizará sus fastuosos salones en su novela Orlando. El relato se convertirá asimismo en un homenaje a su amante o, como dejó escrito Nigel Nicolson, en “la más larga y encantadora carta de amor en la literatura”.

Tanto Leonard Woolf como Harold Nicolson fueron conocedores, cómplices y hasta confidentes de la relación amorosa entre las dos mujeres. Algo completamente natural en los liberales ambientes en que se desenvolvían pero que no dejó de escandalizar a la puritana sociedad de la época.

En la década de los treinta, los constantes viajes de Vita y otras relaciones amorosas de la aristócrata, junto a las reticencias de Virginia, van enfriando poco a poco la pasión hasta convertirla en una afectuosa amistad. Se ven por última vez en febrero de 1941. El resto de la historia termina trágicamente en el fondo del río Ouse.

Con estos mimbres teje Pilar Bellver la novela A Virginia le gustaba Vita, publicada en septiembre de este mismo año por la editorial Dos Bigotes. La historia había visto ya la luz como relato breve, incluida en la antología de autoras españolas Ábreme con cuidado publicada en 2015 por la misma editorial.

Diarios personales, cartas, biografías y novelas constituyen el alimento de esta ficción documentada o realidad ficcionada. Esta imprecisión respecto al género, el hallarse a medio camino entre la realidad y la invención -pienso ahora en El abrecartas de Molina Foix- no es algo novedoso en nuestra literatura; los juegos literarios siempre resultan enriquecedores para el lector, aunque también es cierto que pueden ser causa de una leve inquietud. En cierta forma es posible sentirse desprotegida ante la inverosimilitud de lo narrado y tómese esta apreciación como absolutamente subjetiva y personal.

El texto consta de dos partes bien diferenciadas. La primera la constituyen cuatro cartas: dos de Virginia a Vita y otras dos de Vita, una dirigida a su esposo y otra a Virginia. La autora se enfrenta aquí a un gran desafío creador: dotar de voz no sólo a una de las figuras más sobresalientes de la literatura, sino a una escritora con una sensibilidad inconfundible, una imaginación desbordante y un gran talento lingüístico. Y dotar de voz, por supuesto, a su amante Vita Sackville, que si bien no podía compararse con Virginia Woolf, también fue escritora de éxito y una mujer brillante y excepcional.

El intercambio epistolar comienza en diciembre de 1925, poco después del primer encuentro sexual entre ambas mujeres, por lo que las cartas exploran no sólo los hechos acaecidos a partir de esa fechas sino los entresijos íntimos de las amantes, las dudas, las reticencias, el despertar de la sexualidad femenina a la experiencia lésbica, el duelo dialéctico, los recuerdos o las vivencias previas a conocerse, reflexiones literarias, dulces reproches de enamoradas…

En este aspecto resulta interesante el rastreo biográfico como motor de la creación literaria. La mención a episodios reales (he aquí la documentación) reflejados luego en las novelas de Virginia Woolf proporcionan, a mi parecer, algunos de los momentos más gratos de la lectura, según expresa la propia Virginia (he aquí la ficción): “Escribo novelas que no son menos verdaderas que mis diarios, a veces lo son más, más comprometidas y más sinceras, pero no me exponen tan desnuda a los ojos indiscriminados de quienes las leen como me expondría un diario.”

En las cartas de Vita, concretamente en la que dirige a su esposo Harold, es donde el artificio narrativo se resiente más, llegando incluso a resultar inverosímil. En la misiva, Vita describe a su esposo con detalle el primer encuentro íntimo con su amante en la mansión de Knole. En dicha narración se reproduce la conversación entre ellas en estilo directo, incluyendo un larguísimo episodio referido por Virginia en el que explica lo ocurrido en un viaje a España con su hermano Adrián y que incluye, a su vez, más diálogos en estilo directo. A estas alturas, confieso, que esta especie de matrioska narrativa acabó por confundirme y sacarme del juego. ¿Resulta verosímil que Vita sea

capaz de transcribir no sólo las palabras exactas de Virginia, sino los diálogos que aquella reprodujo en un relato acaecido en 1905?

La segunda parte del libro la integran, además de una breve bibliografía comentada bastante útil y esencial, un apéndice que bien podría constituir por sí mismo otro relato independiente. Como la misma autora indica, la necesidad de dar salida a la información acumulada durante la búsqueda de datos para la novela le lleva a este pequeño “artificio instrumental”: una ficticia prologuista del libro conversa con su sobrina adolescente, ávida de información sobre las figuras de Virginia Woolf y su aristocrática amante. La pertinencia o no de este apéndice la justifica Pilar Bellver en una nota a pie de página:

Y lo he escrito así pensando especialmente en las/os adolescentes y jóvenes que no han leído todavía a Virginia Woolf y que quizá hayan encontrado aquí por primera vez los nombres de Vita, Harold, Leonard o los miembros del grupo de Bloomsbury… Puede que les resulte interesante ampliar datos.

Mención aparte merecen las notas a pie de página, un elemento curioso dentro del conjunto. Si bien en un primer momento parecen ralentizar la lectura con constantes interrupciones, también es verdad que el tono casi conversacional -que incluye incluso consejos al lector- las alejan de un registro engolado y erudito que siempre es de agradecer. En ese sentido me ha resultado muy interesante la precisión sobre las traducciones de Borges a la obra de Virginia Woolf, en las que el argentino neutralizó el lenguaje de la escritora hasta llegar a subvertir el matiz feminista de muchos de sus escritos.

En definitiva, es evidente la filiación pedagógica del texto sin que eso sea un demérito para el mismo. Las posibles sombras de inverosimilitud que pueden encontrarse no ocultan una historia que se lee con gusto y curiosidad y que constituye una magnífica oportunidad para retomar la lectura de Virginia Woolf o, en mi caso, descubrir la literatura de Vita Sackville.

Isabel Parreño

Licenciada en Filología Hispánica. Colabora con la revista literaria La Caja de Pandora. Entre 2007 y 2014, llevó los blogs Lula Fortune y Blu Palinuro. También publica traducciones (fundamentalmente de literatura italiana) en De traiciones y otros demonios. Es responsable de la edición de Cartas a Galdós, el epistolario entre Emilia Pardo Bazán y el escritor canario (Turner, 2013).

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