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30 Dic

Anna, de Niccolò Ammaniti

Portrait de l'ecrivain italien Niccolo Ammaniti ©Effigie/Leemage

Anna Queremos tanto a Niccolò

La vita non ci appartiene, ci atraversa.

Existen algunos novelistas capaces de despertar en los lectores pasiones luminosas o innegociables rechazos. Tanto en una como en otra situación, además de múltiples factores culturales y estéticos, me atrevería a decir que subyace siempre una buena dosis de irracionalidad. Se entra o no se entra en el edificio narrativo que se convertirá en un espacio familiar o caerá en el olvido. Reconocida la calidad artística del autor en cuestión, su dominio de la técnica narrativa y la pericia en el manejo de los resortes lingüísticos, nuestros afectos literarios descansan a menudo en rincones inexplicables de nuestra memoria a los que gozosamente volvemos una y otra vez. Al caer el otoño, y casi de forma inconsciente, esperamos encontrar un nuevo relato en el escaparate de las librerías. Y como a un viejo amigo retornado del silencio, esperamos también reconocer en sus palabras aquello que nos hace quererlo y perdonar, si fuera el caso, sus posibles errores. Niccolò Ammaniti es uno de esos escritores.

Nacido en Roma en 1966 e integrante de la famosa antología de Einaudi Gioventù Cannibale alcanza su consagración como narrador dentro del panorama italiano al proclamarse vencedor del Premio Stega en 2009. Come dio commanda, la novela ganadora, sintetiza y eleva a la categoría de obra maestra las constantes temáticas y estructurales que singularizan al autor.

En primer lugar, el protagonista infantil o adolescente le proporciona a Ammaniti una mirada extrañada hacia el mundo de los adultos, incomprensible la mayoría de las veces. En esa búsqueda de entendimiento, de interpretación de ese mundo, radica el motor principal de su literatura. La pérdida de la inocencia resultará siempre dolorosa, el aprendizaje, brutal. Cristiano Zena (Come dio commanda) se enfrenta a los servicios sociales que quieren alejarlo de un padre violento, alcohólico, simpatizante neonazi pero a cuyo afecto animal se aferra desesperadamente. Pietro Moroni (Ti prendo e ti porto via) tímido, mal estudiante, con una familia problemática, enamorado de una muchacha de clase alta que simboliza todo aquello que él nunca podrá alcanzar. Lorenzo (Io e te) un joven intorvertido, asocial, que huye de las terapias a las que su madre lo somete aprendiendo a disimular normalidad, a ser invisible o a fingir un viaje que lo lleva a atrincherarse en la bodega de su casa.

Las peripecias de sus protagonistas suelen desenvolverse en lugares inhóspitos. Espacios imaginarios que, sin embargo, responden a realidades reconocibles. Poblachones olvidados en medio de dos autopistas, como el Ischiano Scalo de Ti prendo e ti porto via, el molino abandonado o las extensiones infinitas de un entorno rural empobrecido en Io non ho paura, la vivienda miserable entre naves industriales en los arrabales de una gran urbe en Come dio commanda o el sótano en el que se encierra el protagonista de Io e te.

La preferencia por personajes problemáticos, desheredados o ridículos se observa generalmente en la elección de sus protagonistas pero también en gran parte de los seres que transitan por una Italia en ruinas, desmitificada y absurda. Quattro Formaggi, un deficiente causante infeliz de la tragedia; Graziano Biglia, un gigoló de provincias venido a menos; o Mantos, el lider de una secta satánica que trabaja en la mueblería de su suegro.

Es en esta querencia por lo ridículo, por la caricatura, donde Niccolò Ammaniti roza la genialidad. Las situaciones rocambolescas en las que sumerge a muchos de su personajes responden a un dominio despiadado de la sátira que no deja títere con cabeza. Y es en estos casos cuando la complicidad con el lector exige el grado de locura necesario para despojarse de cualquier prejuicio. Sólo así puede disfrutarse la apocalipsis post-berlusconiana que supone Che la festa cominci o perder el aliento con las hilarantes situaciones planteadas en uno de sus primeros relatos, L’ultimo capodanno del mondo. Las “ammanitadas” constituyen la esencia gamberra de unos relatos conmovedores y absolutamente genuinos. Brutalidad y ternura, tragedia y sátira forman una amalgama indisoluble que el autor italiano suele modelar a la perfección con unas estructura narrativas sólidas capaces de soportar cualquier capricho argumental.

En su última novela, Anna, publicada en septiembre de 2015, Ammaniti plantea a sus lectores un nuevo desafío: “El salto requerido esta vez es más grande, seguirme en las paradojas de la novela de género, aceptarla y superarla. Porque esta es una larga historia de amor”. En efecto, el escritor entra de lleno en el género de ciencia ficción, por el que siente especial aprecio, planteando una especie de distopía cercana, un supuesto narrativo con el que busca responder algunas de las incógnitas que más le han interesado en los últimos años.

Una misteriosa enfermedad asola la tierra. Tan sólo los adultos son víctimas del virus mortífero que ataca al menor síntoma de desarrollo hormonal. Los únicos habitantes del planeta son los niños y el mundo se ha convertido en un paisaje apocalíptico de tierras calcinadas, casas vacías, cristales rotos y negocios saqueados. Es un mundo sin reglas, sin cobijo posible, sin protección, en el que la supervivencia se ha convertido en el único objetivo. Sin adultos que guíen sus pasos, existe la libertad pero también la barbarie. Bandas de niños semidesnudos recorren el país asaltando con ferocidad cualquier lugar donde haya agua potable o algún resto de comida. La crítica italiana ha vinculado las páginas de Ammaniti a El Señor de las moscas de Golding e incluso a la delirante The Walking Dead, aunque si hay una deuda evidente es con McCarthy y La carretera con la que comparte la devastación del mundo y la soledad más allá de cualquier esperanza.

Y la apuesta de Ammaniti es Anna, la joven de trece años cuya única misión es defender la vida con uñas y dientes y cuidar de su hermano pequeño Astor. En su mochila, el Cuaderno de las Cosas Importantes, donde su madre escribe poco antes de morir todo aquello que considera importante para la supervivencia de sus hijos, desde enseñar a leer a su hermano o aprender a identificar medicamentos hasta qué hacer con su propio cadáver. La búsqueda de su hermano, raptado por la banda de I Ragazzi Blue, la lleva a través una Sicilia destruida con una única esperanza: alcanzar el continente dónde tal vez exista la posibilidad de un antídoto.

No se trata en este caso de un antihéroe, sino de una heroína valiente, audaz, sin ápice de debilidad y sin elección posible: debe resistir, preservar todo aquello que fue la vida antes de la epidemia nefasta. Preservar, incluso, su propia adolescencia de la aniquilación y del desaliento.

Ammaniti abandona el humor. Los episodios estrambóticos tan característicos de su novelística, pierden aquí todo su sentido al producirse dentro de un género no realista donde se requiere una nueva lógica de lo posible. Los destellos de sátira surgen en algún momento de lo más profundo de la tragedia, del poco valor de las palabras o de los objetos, de la quiebra del mundo tal y como lo conocemos. Los gemelos tontorrones del supermercado sólo aceptan como pago a las pocas vituallas que conservan en sus estantes, Cds de Domenico Modugno. Bajo los escombros de un edificio en Palermo el cartel de una aseguradora aconseja: “Asegúrate un futuro tranquilo con nosotros”.

En sus breves trece años, Anna conoce la muerte, la violencia, la soledad, el amor, la ternura. Un dolor extraño le cubre el corazón de fango cuando no alcanza a comprender las idas y venidas de todos esos sentimientos. El absurdo que se apodera del mundo que le ha tocado vivir tal vez no sea tan diferente del absurdo del mundo que deja atrás. La necesidad de afecto sólo puede llenarse con la vida, esa fuerza imparable que la traspasa, la convierte de alguna manera en una heroína de aliento existencial:

En los últimos cuatro años de vida Anna había sufrido y superado dolores inmensos, fulgurantes como explosiones de un depósito de metano, que todavía debía restañar en el corazón. Después de la muerte de sus padres se había precipitado en una soledad tan ilimitada y obtusa que se había vuelto idiota durante meses, pero ni siquiera una vez, ni siquiera por un segundo, la idea de darse por vencida se le había pasado por la cabeza, porque se daba cuenta de que la vida era más fuerte que todo. La vida no nos pertenece, nos atraviesa.

Niccolò Ammaniti se arriesga con esta nueva novela. Acompaña a su personaje en el reconocimiento del vacío, en el aprendizaje del adiós. A los lectores corresponde el veredicto final.

 

Anna. Editorial Einaudi (2015). 274 páginas. 19 euros.

Isabel Parreño

Licenciada en Filología Hispánica. Colabora con la revista literaria La Caja de Pandora. Entre 2007 y 2014, llevó los blogs Lula Fortune y Blu Palinuro. También publica traducciones (fundamentalmente de literatura italiana) en De traiciones y otros demonios. Es responsable de la edición de Cartas a Galdós, el epistolario entre Emilia Pardo Bazán y el escritor canario (Turner, 2013).

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