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30 Ene

Como los pájaros aman el aire, de Martín Casariego

martín casariego

Fotografía de portada: Lucía Castillo.

como los pájaros aman el airePocas cosas hay más ventajosas en esta vida, y que den cierto estatus diferenciador sobre el resto de los mortales, que (saber) ser un perdedor. Una pátina social y psicológica que brilla por encima de su propia grisura y que, de forma inconsciente, alienta, protege y refuerza acciones, decisiones y errores.

Como los pájaros aman el aire, del madrileño Martín Casariego (colección Nuevos Tiempos, Siruela) es de esas novelas que el lector comienza con la extraña sensación de no saber si la faja con la que la editorial ha orlado el ejemplar solo responde a la necesidad de hacer apetecible su lectura o, por el contrario, responde a la realidad de su contenido. Las predicciones se confirman y el perdedor hace acto de presencia: Fernando, el protagonista de la novela, un hombre sencillo en una ciudad nada sencilla, como es Madrid, nos coloca a bocajarro frente a su vida. Una vida que empieza como un largo y lento peregrinaje hacia ningún sitio. Su mujer le abandona por su mejor amigo; la consecuente distancia con sus hijos; y, por fin, la dolorosa pérdida de su padre. De este último, de su padre, conserva con empeño un recuerdo trivial, cotidiano, pero muy significativo para él: sus gafas. Un objeto aparentemente inane pero que forma parte insustituible en la trama y el desarrollo de la novela, hasta el punto de que llega a convertirse en hilo conductor de la acción.

Se trata de las gafas que rescató como única pertenencia atesorable, entre los efectos personales de su progenitor, y que en sus manos y en su imaginación cobran una función muy especial.

Con esta excusa, Martín Casariego nos presenta la doble vida de Fernando: una, la que lleva día a día —su trabajo, sus rutinas, sus preocupaciones, sus angustias— y que llena con las fotografías que hace a las personas más diferentes, pidiéndoles que se coloquen las gafas de su padre fallecido. Con las imágenes capturadas, y con una selección muy estricta, compondrá una especia de collage con el que, metafóricamente, va recomponiendo la figura de su padre; y otra, en la que se cruza Irina, una chica que asalta su vida y que le otorga, por fin, una bocanada de aire fresco que le hacer recuperar la esperanza y el sentido.

Aunque aparentemente inconexas, estas dos facetas son capaces de otorgar unidad a la trama del texto. Esa poderosa visión de los transeúntes colocándose las gafas y reviviendo al padre de Fernando por unos segundos, permite ahondar en la necesidad de la recomposición casi física de una persona fallecida, por medio de un elemento tan simple como unas gafas. Una metáfora de la construcción y del afianzamiento del recuerdo de un bello contenido poético.

Y por otro lado, ese furtivismo creativo de Fernando es el que le permite conocer a Irina, que cumple el papel de chica misteriosa, hermosa y de pasado inconfesable, y que a ojos de cualquiera parecería inalcanzable para nuestro protagonista. Eso sí, si hay algo destacable en la novela de Casariego es la maestría con la que describe los encuentros de Fernando con la joven Irina, especialmente las escenas de —como diría el cinéfilo— tensión sexual no resuelta.

Con este argumento, Casariego concibe una novela abierta, inacabada, por escribir. Urdida como un guión de película de serie B, en la que todo aparentemente parece previsible, aunque en el fondo muestra una metáfora constante que todo lo impregna y que le da altura intelectual. Como los pájaros aman el aire presenta a un protagonista carente de atractivos remarcables, pero con una trama que nos va conduciendo hacia un desenlace (im)previsible que, sí o sí, debe continuar el lector.

Fernando, y eso es lo mejor de la novela, podemos ser cualquiera, porque representa, a ratos y no de forma constante, la esperanza, la tenacidad, la lucha por llenar de luz —esa luz que tantas veces aparece a lo largo de la novela— un instante, un día, un momento… una vida.

Luciano Vázquez

Licenciado en Derecho, en la UNED cursa las últimas asignaturas de Filosofía, su verdadera vocación junto con la escritura. Profesor de español como lengua extranjera titulado por el Instituto Cervantes, corrector de estilo y redactor de contenidos. De profunda devoción lectora, con especial admiración por la poesía, se inicia en la aventura de la crítica literaria de la mano de Vísperas. Seguidor de Montaigne y Russell en lo filosófico y de Gil de Biedma, Ángel González o Joan Margarit en poesía. Con algunos poemas publicados por la Editora Regional Extremeña, aspira a componer un poemario redondo y un ensayo sobre filosofía contemporánea.

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