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6 Jul

Cronografías, de Graciela Speranza

Graciela Speranza

Prueba Cronografías.inddPreguntarse por el tiempo y el lenguaje, suele decir Giorgio Agamben, produce movimientos disruptivos. Quizás porque tanto el tiempo como el lenguaje regulan buena parte de la vida social y privada sea que las revoluciones han intentado transformar el estatuto y la consideración que tenemos de ambas dimensiones. Para Graciela Speranza la pregunta por el tiempo en el arte y las ficciones contemporáneas es una pregunta por las formas de vida, los modos de habitar el mundo y de encontrar otros bio-ritmos posibles en la era de la producción y el consumo que se apropia de las 24 horas del día.

El planteo de Speranza en Cronografías es simple y radical a la vez, rastrea objetos que trabajen con (y en) el tiempo poniéndolos en relación, expandiendo su sentido y generando nuevas lecturas y efectos a partir del montaje de obras que realiza. La escritura de Speranza hace del libro un ecosistema artificial en el que las obras se retroalimentan, se reclaman unas a otras y donde se mantiene un equilibrio inestable e imprevisible. Detectar cuál va a ser el próximo movimiento de Speranza es casi imposible, las conexiones son tan arbitrarias como precisas y muestran la intimidad lejana que guardan dos obras que solo el ojo crítico puede encontrar. Graciela Speranza a escribe un catálogo razonado y abierto del tiempo.

Hay un díptico de obras que funda el libro, que lo hace posible. Se trata de El tiempo apuñalado de Magritte y de Today We Reboot the Planet de Villar Rojas. Dos obras que en principio no tienen nada en común terminan componiendo una pregunta por el tiempo, pero no al modo de dos obras que trabajan juntas, que le apuntan a un mismo blanco de sentido, sino, por el contrario, dos obras friccionando, sacándose chispas, mostrando direcciones distintas de la misma flecha del tiempo y la técnica luego de haber atravesado casi un siglo entre ambas. Hay algo poético en el trabajo de Speranza, algo de cruzar lo inesperado, de un ensayo que, a su modo, sea «el encuentro fortuito de una máquina de coser y un paraguas en una mesa de disección».

Podría especularse que Cronografías esconde otro díptico, uno teórico, en su composición. Y es el que conforman las lecturas encontradas de Borges y Didi-Huberman sobre el tiempo (su conquista y su refutación), el corte anacrónico y las lecturas de más de un tiempo en un mismo objeto. En cualquier caso, Speranza no hace distinciones, utiliza obras y conceptos, ideas y objetos, en función de su propia literatura crítica expandida y expansiva.

Existe lo que podría llamarse un «método Speranza». La autora de Atlas portátil hace de la caracterización de un objeto el modo de abordarlo. Como si el hecho de «narrar» una obra sea una forma de auscultarla, de desmontarla, de convertir cada obra en una especie de Cosmic Thing (el automóvil Volkswagen desarmado y colgado por Damián Ortega, obra que también recolecta el libro). El método Speranza puede recordar, a quienes hayan explorado lecturas sociológicas o antropológicas, a la descripción densa de Clifford Geertz, a esa forma de reponer contextos de sentido, condiciones de lectura y de hacer una observación detallada del objeto en cuestión. Sin embargo, el método Speranza no se agota en ese movimiento. Hay una variable más que quizás sea la clave de su valor diferencial. Cronografías registra también la experiencia de quien escribe. La autora no está por fuera del libro, ni por encima del análisis, sino que su propia experiencia está ahí puesta como una variable crítica más.

Es probable que la lectura de Cronografías depare a más de un lector la tentación de agregar obras, de entablar sus propias conexiones, de sumar a la red de objetos, por caso, la pareja de relojes que colgó Félix Torres González con el título Perfect Lovers, las Cloud Cities o los trabajos con telarañas de Tomás Saraceno. Y quizás ahí resida una de las mayores virtudes del libro, en su carácter abierto y deliberadamente incompleto, en su forma de red sin centro a la cual siempre es posible agregar una obra más.

Para Graciela Speranza el tiempo puede serlo todo. El tiempo es un objeto y una máquina de producir otras temporalidades; The Clock, de Christian Marclay, será la obra crucial del libro desplegando un montaje de 24 horas de duración con fragmentos de películas que muestran o insinúan un reloj. El tiempo, por contradictorio que parezca, es un espacio donde moverse y construir un hábitat; Spiral Jetty de Robert Smithson es un gran espiral en el despierto de Utah que irrumpe en el territorio y se modifica con los cambios climáticos. La obra se transforma en un lugar y ese lugar es el resultado de la duración y la sucesión de efectos atmosféricos. El tiempo es una herramienta para poner en crisis el sentido; El tiempo apuñalado de Magritte es por excelencia esa obra para Cronografías, pero ese mismo comportamiento puede hallarse en Earlater de Fabio Kacero. El tiempo es un viaje que conecta lugares y épocas; el trabajo literario de Fernández Mallo y las instalaciones de González Foster pueden ser leídos con ese corte. Pero, sobre todo, el tiempo es la arena de la transformación, el lugar donde todo pareciera poder desbaratarse. El tiempo como factor del desconcierto.

Leonardo Sabbatella

Autor de tres novelas publicadas por la editorial Mardulce: Tipos móviles (2017), El pez rojo (2014, en vías de adaptación cinematográfica) y El modelo aéreo (2012, recientemente traducida al francés). Ejerce la crítica literaria en las revistas Ñ y Otra Parte, en el blog Los Efectos y en otros medios.

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