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8 Feb

Cuarta aproximación a lo breve: Inés Bortagaray

Scarpulla

Fotografía de portada: Alison Scarpulla 

 

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Creo que no me equivoco si planteo que Inés Bortagaray (1975) es una escritora prácticamente desconocida en España. Bortagaray es uruguaya, originaria de la ciudad de Salto, aunque en la actualidad reside en Montevideo. En su haber cuenta con dos obras publicadas: el libro de relatos Ahora tendré que matarte (2001) -prácticamente inaccesible a día de hoy, al menos desde este lado del océano- y Pronto, listos, ya (2006, reeditado en 2010). Otras crónicas y relatos suyos han sido publicados en diversas antologías y revistas. Inés Bortagaray es, además, co-guionista de los largometrajes Una novia errante y Mi amiga del parque de la directora Ana Katz, de 2006 y 2015, respectivamente; y La vida útil de Federico Viroj, de 2015. A excepción de una breve pieza suya incluida en el volumen Pequeñas resistencias 3, una antología del nuevo cuento sudamericano, publicado por Páginas de Espuma en 2004, el conjunto de la obra de está autora se encuentra hoy todavía inédita en España.

Esta pieza que escribo trata sobre su segundo libro como única autora, Prontos, listos, ya, que no alcanza las ochenta página, y por naturaleza ocupa ese espacio genéricamente indefinido entre el cuento extenso y la novela breve o nouvelle. En definitiva, perteneciente al género de lo breve.

Tanto desde el punto de vista técnico como desde el tratamiento de los contenidos, si acaso es posible analizar ambas esferas por separado en una obra como ésta, Inés Bortagaray realiza un ejercicio sobresaliente. El primer hallazgo  de su escritura se halla en la construcción de la voz que hilvana y edifica todo el relato: la de una niña. El segundo, en el signo espacio-temporal: el relato transcurre en el claustrofóbico interior de un coche que transporta a esa niña de su lugar de residencia al de vacaciones, en el inicio del verano. El tercero, en el sistema de relaciones en el que sitúa a esa voz: la familia, que la acompaña en dicho trayecto y define las tensiones en la narración.

Podríamos configurar así los tres vértices formales sobre los que Bortagaray condensa los motivos de la obra, que giran en torno a dos ejes temáticos: por un lado, el relativo al paso del tiempo, la persistencia de la memoria en el presente y la entidad que poseen las cosas ya vividas; y por otro, el que pone en juego aspectos  vinculados con la formación de la identidad, el descubrimiento de lo limitado de nuestra acciones, la necesaria aceptación de la frustración y el mecanismo de máscaras que articulamos en nuestras relaciones personales.

Pero, como decía antes, Bortagaray lo hace desde una perspectiva  muy poco frecuentada, y hasta cierto punto extraña. La responsable de esa rareza proviene de la voz elegida por la escritora. El relato es recreado por la voz de una niña en torno a un libre discurrir de conciencia, anclado por un trayecto en coche, por el que describe lo que ve y lo que rememora a partir de lo observado, a la vez que relata las acciones y diálogos del resto de personajes. En este sentido, Bortagaray logra el reto de construir la verosimilitud de esta voz sin caer en la caricatura y la falta de decoro. De esta forma, la escritora no emula ni el pensamiento ni el lenguaje de una niña, sino que se centra en la recreación del mundo de la infancia a través de un sistema de imágenes, sensaciones y emociones que parten tanto de lo que observa como de su conciencia, así como de las relaciones que establece con el resto de personajes que la acompañan y definen.

 

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Inés Bortagaray. Foto: Magela Ferrero.

 

Desde las características del discurso de esta narradora, Bortagaray toma decisiones en el uso del lenguaje encaminadas a la selección de estructuras sencillas y la repetición de elementos con el objetivo de generar una visión de la infancia como un tiempo cíclico. Obviamente, el cronotopo en el que se instala, termina por dar soporte semántico al mundo referencial de la voz, y sirve a su vez para apuntalar los temas. Por un lado, el inicio del verano como fin del ciclo escolar y remanso en el discurrir del tiempo para un niño, así como el viaje entendido como trayecto en curso. Desde su inicio, el librito comienza planteando estas ideas:

Veo un poste que pasa y se va hasta que veo otro poste que pasa y se va pero nunca se va del todo, porque en la ida se queda la estela.

La escritura de Bortagaray, con la reproducción de ese juego de contar postes de eléctricos desde la ventanilla del coche, recrea el continuo e imparable paso del tiempo al que solapa el sentido de la memoria. Y es ahí donde establezco uno  de los aciertos en la narrativa de esta autora: cómo a partir de esa aparente sencillez, y el juego de imágenes y acciones infantiles, es capaz de articular cuestiones de complejidad más profunda que entroncan con la tradición literaria, señalando a obras como Las olas de Virginia Woolf.

En la imbricación del signo espacio-temporal con otros aspectos como la voz o los temas del relato, destaca el papel que éste juega como marco de las relaciones entre los personajes. Bortagaray los sitúa en el ámbito familiar, condensando el grupo en el interior de un coche durante unas ocho horas de trayecto. La disposición de los padres en los asientos delanteros y los pequeños en los de atrás, -donde siguen reglas establecidas por un juego para que los cuatro hermanos disfruten de las ventanillas por turnos, pero que los mayores se saltan abusando del privilegio de la edad-, es el resorte de la segunda área temática de esta obra: la primera conciencia de una identidad en contraste con el contexto más cercano –el familiar-, la asunción de las limitaciones propias y, por tanto, la necesidad de  hacer de una frustración un valor personal. En este sentido, en el ejemplo que extracto, cabe destacar cómo, además de esto, la voz de la niña evidencia, desde el universo de lo infantil, incluso una conciencia de género en relación al cuerpo como objeto de deseo:  

Las rodillas de mis hermanas son mucho más lindas que las mías (…) Yo tengo las rodilla del mismo tamaño que los muslos y que las pantorrillas. Entonces parezco una gordita. No es que sea gordita, pero es que las rodillas las tengo con esa forma que engaña. No voy a ser modelo. Si ellas quieren ser modelos yo las voy a aplaudir cuando ellas pasen por la pasarela. Chau, chau, chau. Alguien les va a gritar ¡hermosas!, y yo voy a decir: de acuerdo, pero momentito, no les faltes el respeto. Seré la misionera que aplaude y mi cruz de madera será austera.

En resumen, sostengo que es justo admirar y celebrar el hallazgo llamado Inés Bortagaray por varias razones: primero, por su capacidad para edificar en la extrañeza de la voz narrativa el hecho literario, estableciendo en ella el pilar del conjunto de la pieza escrita; segundo, por la disposición de los elementos narrativos y el uso del lenguaje para dar verosimilitud al relato, que permiten apuntar hacia contenidos que conectan con aspectos de calado en la tradición literaria; y por último, porque el propio desarrollo de esos contenidos apuntan hacia la necesidad de que, para alabar la existencia humana, hay celebrar su paso, ya que ésta nunca deja de manifestar una conciencia de finitud y muerte, en este caso a través de los ojos de una niña.

Daniel López García

Durante años trabajó la acción social vinculada a la creación artística en campos de refugiados de Bosnia y Herzegovina, en el norte de Marruecos y el sur del Peloponeso. En la actualidad, es escritor de comentarios sobre literatura y artes plásticas que pueden leerse en revistas como Quimera, Revista de Letras o Maasåi Magazine, entre otras. Ha entrevistado a más de una treintena de escritores en lengua española, y a otros tantos artistas y fotógrafos. Está realizando un documental sobre literatura y creación joven junto con Carolina Cebrino y Daniel de Zayas, y redacta su tesis en estudios comparados de literatura los fines de semana.

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