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27 May

Ego, de Paola Senseve

paola senseve

Fotografía: Francisco Salek.

EgoLo visual del Ego

Todos han dicho alguna vez que la poesía es lo único que salva. Lo único que puede decir algo nuevo cuando todo ya está dicho. Y puede que sea así. Y sin embargo, no sólo es importante decir, sino cómo se dicen las cosas y las cosas que suceden en el mundo, no son casualidades, son continuidades. Estamos cargados como nuestras letras y apariciones en escena de muchos eventos sucedidos en el pasado. Esa acumulación nos da sustancia en el presente.

Hace un año, el mundo de la literatura se estremeció lanzando por los aires a una novela, que experimentaba tanto con la forma como con el contenido. La casa de las hojas, se estaba convirtiendo en una novela de culto y las razones podrían haber sido muchas para que eso sucediera, pero una de ellas es importante. Una doble razón, como un nudo doble: la novela escrita como un largo informe a la academia tenía un lenguaje seco, distante y en cierto modo carente de un yo. O más concretamente de un yo lúdico, el suyo era un yo reflexivo y temeroso de su entorno donde nada es lo que parece.

Era la narración de una casa que se expande por dentro, mientras su estructura externa está intacta. Era la historia de muertes y asesinados. De ausencias, miedos y silencios. Una novela total que intentaba agarrar todo lo que nos perturba en la modernidad y todo aquello que nos es difícil nombrar cuando nuestros sentimientos nos rebasan; pero todo ello no hubiera sido suficiente para lograr la atención de todos los editores, traductores y lectores. Después de todo, siglos enteros dentro de la literatura se han dedicado a establecer aquello que Carver lanzó con el signo de una pregunta: ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor? Y es que La casa de las hojas, podría ser una forma de respuesta ante semejante pregunta.

La novela, escrita originalmente en inglés, se tradujo rápidamente al chino, al español, y al japonés y se respetaron todas y cada una de las formas visuales de la novela. Mark Z. Danielewki, hizo de La casa de las hojas un experimento visual. Allá donde las paredes se contraen, la sangría se contrae, allá donde los personajes caen por un abismo, las palabras descienden por la hoja. Allá donde se escuchan los pasos de algo extraño, se anota sólo una palabra por hoja hasta que sucede lo inevitable; y además de ello, las largas notas a pie de página construidas por otro narrador marcan el contrapunto de una asfixiante experiencia visual de lectura de la realidad que poco a poco se va confundiendo con aquella que impone la ficción.

Ese salto dentro de la narrativa aún no se sabe si tendrá algún efecto o si será agarrado por alguno que no sea el mismo Danielewski; lo que es seguro es que ese artefacto creado seguirá resonando entre aquellos entre los que se cuentan los que piensan que una historia ya no debe ser contada solamente con palabras.

Pero en el otro extremo, en el campo de la poesía particularmente, ese ejercicio de alguna manera no sólo goza de buena salud, como se suele decir usualmente, sino que arranca palabras de la realidad y las visita y revisa desde miradas desprejuiciadas e intimistas. La poesía francesa supo desde el inicio que el lenguaje era parte de un gran juego; que sólo con palabras no hacemos nada, que hay que jugar con ellas y ellas deben mostrar visualmente lo que quieren decir. Esa poesía experimental durante mucho tiempo fue la sobrina fea de la fiesta poética. Sin embargo, en Bolivia, país periférico que sólo ha exportado materia prima a todo el mundo, la poesía más que un acto de resistencia, es un acto de ruptura con el tiempo. Un tiempo no cíclico, más bien un tiempo que va como un péndulo, del pasado al presente y de ahí al futuro. Va de un extremo al otro. Quizá por ello, Eduardo Mitre haya sido uno de los primeros en apostar por la forma visual en la poesía.

Mirabilia del año 1979, era la posibilidad de querer ver las palabras. De ir a contra corriente, de decir con palabras lo que la realidad es. En ese libro Mitre mostraba por medio de palabras aquello que estaban diciendo. Las palabras eran herramientas con las cuales construir un mundo artesanal que denotaba complicidad con los demás. Las palabras forman sillas, escaleras, espirales; mundos no sólo imaginarios sino, sobre todo, mundos poéticos.

Jessica Freudenthal, el 2011, publicó Demo, un libro de poesía que va de camino a convertirse en artefacto político por su contenido casi ideológico sobre la metamorfosis que sufren las palabras al encontrase en la unión de demo-cracia, nación, país, territorio, pero, allá donde las imágenes logran convocar a las palabras, Demo, es un libro que debe ser leído en voz alta para ser entendido. Las palabras y su disposición sobre la hoja, su diagramación y su tipografía afectan sólo cuando el texto en sí es leído en voz alta. No cuando el texto es simplemente leído en silencio.

Esta diferencia marca cómo las palabras dan contenido a la realidad, pero que la voz es aquella que las convierte en algo más. En ese sentido, Demo podría anclarse en la larga estela de poesía oral que hay en países como Bolivia, Chile y Perú y en otros lados, como países europeos que han fundado lo oral con lo coral y con lo gramático. La voz como medio de expresión reclama para sí una sintaxis determinada y Demo se la entrega sin renunciar a la experimentación casi performativa.

Y muchos años después, cuando el frio de la poesía estaba desaparecido y cuando todo el mundo habla del nuevo boom de la narrativa en Bolivia, Ego (2014) de Paola Senseve, revisita ese lugar habitado por Mirabilia. La diferencia con el texto del escritor orureño es que donde Mitre ve las cosas externas, Senseve nombra y figura las cosas internas. El título en ese sentido no es otro juego del lenguaje, es la pulsión por el reconocimiento. Es mirarse por dentro bajo los efectos de la distorsión de un espejo que muestra nuestra virtualidad y nuestra realidad al mismo tiempo.

El Ego te comunica con los demás. El Ego te muestra cómo eres y cómo te deseas y de qué formas lo haces. Ego es una lengua que roza el cuerpo de su amante.

Cada una de sus páginas podrían ser arrancadas del libro para con ella empapelar la habitación de nuestro hogar. Sólo así habría una unidad entre el afuera y el adentro. Nuestro Ego, sería satisfecho por nuestro egocéntrico mundo interior.

El Ego para Seneseve no es un sentimiento, no es una mala forma de relacionarnos con los demás; no es nuestra parte menos visible. Es, más bien, nuestra única identidad. Lo más visual y frontal que tenemos. Es nuestro onanismo al descubierto, pero envuelto en luces fluorescentes en mitad de una noche o quizá a media mañana cuando alguien nos dice las primeras palabras del día.

Así, la poesía visual y la experiencia visual que conlleva son conjugadas dentro de un mismo libro y dentro de una misma dinámica, donde la periferia de nuestros sentidos se ensancha por el centro de nuestro yo.

Charly García, el mítico cantante de rock que ha vuelto mil veces del infierno para seguir atormentando a los demás, tituló un álbum suyo como: Demasiado ego. Es un disco en vivo, grabado en 1999, frente a 300.000 personas. En ese concierto García ejecuta sus grandes obras. Una de ellas, “Hablando a tu corazón” marca el ritmo del Ego. “No puedes ser feliz,/ con tanta gente hablando a tu alrededor, /dame tu amor a mí. /Estoy hablando a tu corazón. /No importa el lenguaje ni las palabras”. De eso se trata cuando habla desde el ego. Todo es reconocible, todo es transparente. Por eso la poesía visual está conjugando al ego desde distintas facetas y no sin ironía.

La base de todo acto es el ego y Senseve lo sabe y por eso Ego nos lo recuerda. Somos sólo seres egoístas. Ya no deberíamos decir que somos seres de palabras o hechos con palabras. Deberíamos afirmar nuestro egoísmo, porque sólo de ese modo, a la manera de Ego, seremos visibles. Sin distorsión y multifacéticos. Nuestro ego, según Ego, es nuestra mejor opción para estar y quedar en el mundo. Porque al final, para no parecer tan cínicos el Ego nos permite incluso reírnos de nosotros mismos, estar tranquilos con nuestros chistes internos y armar un mundo en común a base del Ego porque es el ego es lo único que nos alumbra a todos por igual.

Y esto es lo que hay en el substrato de Ego de Senseve; el ego, es sobre todo, un juego. Un juego que nos ayuda, a pesar del ego, a no tomarnos tan en serio. A reírnos de nuestro propio ego, porque al final, el Ego, es sólo una experiencia (visual y racional)  que nos ayuda a vernos y ver lo que ocurre con una sonrisa.

Y en estos momentos cuando todo parece destinado a la destrucción, el Ego y nuestro ego marcan la forma más feliz de estar en el mundo. Y ese, desde dónde se lo mire, es mérito de Senseve que supo ver ahí donde lo común nubla la razón, el origen de todo lo que somos y quizá podremos llegar a ser.

 

Christian J. Kanahuaty
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