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12 Mar

El claustro rojo, de Juan Vico

juan vico

El claustro rojoEl claustro rojo (Sloper, 2014) es el último libro de Juan Vico, una colección de once relatos con los que el escritor obtuvo el XI Premio Café 1916 (antes Premio Cafè Món). Cada una de las piezas que componen esta obra se adentra en anécdotas de la vida de diferentes artistas, momentos de una aparente cotidianidad que albergan la capacidad de desvelar un matiz de trascendencia. En este sentido, su contenido se encuentra en una armónica comunión con la forma breve del cuento, y se podría decir que el escritor se mueve de manera notable en este género, aunque considero que el tema y la perspectiva tomada –el arte y la creación, o la conciencia de la realidad y su expresión artística- facilitan el que Vico se desenvuelva bien por estos derroteros.

La colección toma el título de uno de sus relatos –el tercero que aparece en el libro, el primero si los disponemos en sucesión cronológica- ambientado en un monasterio belga en los años bisagra entre la Edad Media y la Moderna. Que el conjunto tome el nombre de este relato, me parece cualquier cosa menos casual. Considero que esta pieza sirve a Vico de pórtico para el que presumo es el tema central del libro: la relación entre el sentido del arte y el contexto socio histórico, o la creación y la aspiración del artista y su relación con la realidad. Que no esté situado al inicio del libro creo que no afecta al conjunto, y más bien refuerza su sentido general, ya que las inquietudes y la materia narrativa de cada uno de los relatos tejen una urdimbre semántica que lo cohesionan y dan unidad.

Claustro rojoEl relato “El claustro rojo” tiene como personaje al pintor flamenco Hugo van der Goes. En esta pieza, un monje en sus últimos minutos de vida cuenta a un novicio el verdadero sentido de la vida y obra del pintor de Gante, hermano lego con el que convivió en el monasterio, que supuso un punto de inflexión para el entendimiento y la percepción del sentido de las cosas para aquellos monjes:

“Para el rencoroso hermano Gaspar, su prodigioso talento fue una prueba impuesta por Dios para que asumiese su insignificancia, el camino hacia el sacrificio, un peligroso regalo al que debía renunciar en su condición de miserable siervo. Pero qué equivocado está, joven Bernardo (…) El arte de van der Goes no fue un castigo de nuestro Señor, sino otra simple y maravillosa evidencia de su presencia en el mundo. Una muestra de su luz (…) para que nos guiase entre las tinieblas de esta mezquina existencia.”

De alguna forma, el retrato de van der Goes podría servir como ejemplo de la deriva y conclusión que tomó la Querella entre Antiguos y Modernos que Curtius describe en su obra Literatura europea y Edad Media Latina. Una disputa generada a principios del siglo XII y que llega hasta el final de la Edad Media, confrontando dos actitudes estéticas que desembocaron en un nuevo paradigma de la relación del ser humano y su historia. Hugo van der Goes aparece en el relato como una manifestación de una nueva sensibilidad artística, principio de modernidad, que apela a la fuerza de una inteligencia creadora, que apoyada en la tradición, propone nuevas formas de ver y entender la realidad y su relación con el individuo. De la confrontación de estas dos visiones surge la locura como síntoma de ese carácter visionario. Enanos modernos a hombros de antiguos gigantes los llamaría Matei Calinescu.

A partir de este relato, considero que el resto funcionan a modo de sismógrafo de esta sensibilidad artística, propia de una estética de la modernidad, que recorre diferentes lugares a lo largo de un periodo que comienza a finales del siglo XV y llega prácticamente a la actualidad. Podríamos aventurarnos e incluso decir que Vico llega a realizar un retrato de esa sensibilidad como un ejercicio metalingüístico, en la medida en que el cauce de expresión que toma es también el de la creación, en este caso literaria.

De esta forma en “Krumau” Vico refleja el conflicto entre moralidad y arte, pero sobre todo muestra cómo la posesión de la realidad por parte del artista hace que el objeto se sublime gracias a su intervención; en “Fleurs” trata sobre el carácter objetual y mundano de la creación frente a lo inasible de una realidad que se muestra inaprensible: “Decirlo todo sin apenas decir nada, esa debe ser la clave (…) Y aún así decirlo todo de nuevo”; la angustia de la influencia y la locura como síndromes de la desavenencia de un impulso creador resultado del enfrentamiento con la tradición: “No soy en consecuencia sino un artista escasamente dotado, obstinado en edificar tranquilizadoras certezas sobre temblorosos pilares en ruinas” en “La herida mineral”; o en “Cuerpo presente” donde conviene la necesidad del arte como una simple manifestación de la vida, una forma de responder al miedo que genera el mutismo del tiempo y la discontinuidad de las cosas: “Se hace tarde, y aun así necesito seguir sentado aquí un poco más contándote el trampantojo de mi vida (…) en el único idioma que conozco: la ficción”.

La perspectiva de Vico está claramente interesada e influenciada por una visión del arte propia de la modernidad, afectada por el romanticismo, y en su caso sobre todo por un impulso propio del simbolismo. En algunas de sus piezas se distingue una angustia similar a la de poetas franceses de fin de siglo: el acercamiento a lo inasible, el deseo de posesión de una realidad que solo alcanzan a intuir por el camino de la creación, un empeño que acaba por convertir al artista en un ser poseso. Y de esta forma, los personajes de Vico parecen asumir una tragedia ínsita en el hecho artístico, la creación como manifestación de la vida y su medio de conocimiento, que desemboca en un fracaso continuo en ese empeño.

Creo que merecen ser aplaudidos tanto el libro, como un ejercicio de creación y reflexión artística, como su autor, que ha demostrado su oficio de escritor en el manejo del género del cuento en el contexto de la unidad del libro. Quizá, y como única pega, las inquietudes y reflexiones esbozadas en cada una de estas piezas escritas apuntan excesivamente hacia las mismas raíces. Vico deja más que suficientemente clara su posición y perspectiva frente a una idea del arte y la creación, que mira más hacia la tradición que a su actual contexto. Y esto tiene como consecuencia una mirada que resulta exageradamente nostálgica, quizá afectada de cierta melancolía hacia sus influencias, que no le permite actualizar el estado de la cuestión y dibujar los efectos que han tenido las corrientes estéticas del siglo XX en la aún pertinente y vigente visión moderna.

Daniel López García

Durante años trabajó la acción social vinculada a la creación artística en campos de refugiados de Bosnia y Herzegovina, en el norte de Marruecos y el sur del Peloponeso. En la actualidad, es escritor de comentarios sobre literatura y artes plásticas que pueden leerse en revistas como Quimera, Revista de Letras o Maasåi Magazine, entre otras. Ha entrevistado a más de una treintena de escritores en lengua española, y a otros tantos artistas y fotógrafos. Está realizando un documental sobre literatura y creación joven junto con Carolina Cebrino y Daniel de Zayas, y redacta su tesis en estudios comparados de literatura los fines de semana.

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