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24 Ene

El desapego es una manera de querernos, de Selva Almada

selva almada

Fotografía de la portada: Irupé Tenorio.

el desapegoSelva Almada ha sido un descubrimiento: no la conocía y no había leído ningunos de sus libros anteriores. La escritora argentina nació en Entre Ríos en 1973 y, con anterioridad a El desapego es una manera de querernos, el libro que nos ocupa hoy, ha publicado las novelas El viento que arrasa y Ladrilleros, además de un poemario, una nouvelle, un libro de crónicas y otro de cuentos.

El desapego… es una recopilación de cuentos o pequeños relatos que ya habían sido publicados anteriormente, en los que puede distinguirse un tema central que los relaciona y liga entre sí: las relaciones familiares y los lazos afectivos que surgen de ellas. Cada uno quiere a su manera, y eso encontramos en las historias de Almada: diferentes formas de querer, incluido el desapego —que le da nombre al libro— como una de esas maneras. 

El desapego es una manera de querernos es también una historia local, rural, pues a ello remiten los arados, animales y tractores que habitan sus cuentos; pero también, y sobre todo, estamos ante un conjunto de relatos con un sentido universal, pues estas historias podrían darse en un pueblo del aljarafe sevillano, en «Villa Elisa» o en Entre Ríos (Argentina). En todas las narraciones apreciamos una corriente de fondo que les da unidad, ya sea en los relatos de la infancia —así en «Niños»— como en la vida de los pueblos, las costumbres y hasta en el tratamiento de la muerte. Este carácter global no es óbice para que los relatos estén llenos de localismos: «Mojarras», «sulky», «chúcaro»… con los que Almada apunta al fondo de la realidad que pretende desvelar y al sentido específico al que accedemos en sus textos. Una vez más debemos recordar el consejo de Tolstói: «Si quieres ser universal, describe tu aldea». Esto es lo que consigue Selva Almada, porque quedándose con lo provinciano es capaz de asomarnos al corazón de todo ser humano.

El punto de vista de los relatos es amplio y diferente: la narradora y los diversos personajes de los cuentos se van intercalando, describiendo sensaciones y ambientes. La voz narradora no se mantiene siempre focalizada en el mismo punto, y pasa de una tercera persona externa a los personajes a describirnos su consciencia, pensamiento, sentimientos e incluso sus expectativas. No podemos hablar en este sentido de omnisciencia, sino más bien de un juego de diferentes perspectivas que adopta ese narrador. Si algo podemos destacar de los relatos es la riqueza de la prosa, la calidad poética y, digamos, sensual de la misma: «Chorreando almíbar por los reventones de su finísima piel morada», «derramaba la catarata negra de su pelo», «las pantorrillas parecían bolsas donde se revolvían los gusanos azules de las varices». Esta proliferación de voces y puntos de vista tiene su culmen en los relatos de «En familia», con siete cuentos relacionados en los que se muestra la diferentes perspectivas ante la muerte de un ser querido: los padres, el hermano, la sobrina, la cuñada…

Como he dicho, el libro tiene cierta homogeneidad en la temática y en lo formal, a pesar de la distinta procedencia de las narraciones; es evidente que hay incluso algunas resonancias de unos relatos en otros. Ya hemos destacado Famila y dentro de ella diríamos que la fuerza de las historias es más potente en la primera parte del libro y flojea en el último relato. 

Selva Almada quizás aquí recuerde a algunas otras escritoras argentinas de su generación; pienso, por ejemplo, en Mariana Enríquez o Ariana Harwicz, pero también en otras más alejadas en el tiempo como Aurora Venturini o Hebe Uhart. Almada pertenece a una nueva generación de escritores argentinos, posterior a lo que se dio en llamar Nueva narrativa argentina. Las preocupaciones del nuevo grupo, si podemos hablar de tal cosa, se alejan de las de la época de la dictadura con su consiguiente crisis de identidad (personal y colectiva) para centrarse más en las historias personales recortadas sobre un tiempo diferente, aunque estemos ante un paisaje similar. Son, por decirlo así, más intimistas: interesa lo grande, siempre presente en la buena literatura, pero visto desde la óptica de lo pequeño e incluso de lo que se suele despreciar. Los personajes no son perdedores natos convertidos en héroes (aunque anónimos), no son prototipos ni seres perdidos…, pero precisamente por eso son universales «de otra manera»: a través de una realidad a veces sórdida («Denis no vuelve») o cotidiana en su insignificancia («Los conductores», «Las máquinas», «El camino»), se nos ofrece un mundo entero. Selva Almada, como todos, no puede evitar haber nacido en un lugar y en un tiempo concretos; sin duda, comparte por eso muchas de las inquietudes de los escritores de su generación, pero también sin duda tiene una voz propia que se manifiesta no sólo en su sensibilidad, sino en su manera de contar, que hace partícipe al lector de lo acontecido: miramos y, sin apenas darnos cuenta, nos sentimos conmovidos porque la ficción es tal vez la forma más pura de realidad.

Los relatos me han gustado mucho aunque quizás hay pocas pinceladas del ambiente y un exceso de interioridad. La familia, como ya señalamos, está muy presente, pero en casi todos está presente la muerte como hilo conductor. Hay así una presencia permanente de la finitud humana, que no es, al menos en mi lectura de la obra, rescatada, sino más bien abandonada: la casualidad rige nuestro destino y sólo nos queda narrarlo; pero entonces ¿para qué contar?

Si en estos cuentos Selva Almada era una escritora prometedora, imagino que en los siguientes habrá dado más profundidad al ambiente sobre el que se ubican los personajes. Estoy deseando leerlos, porque la voz de esta argentina me ha tocado y, sin que sepa exactamente por qué, sé que dirá mucho de mí sin conocerme; pero, claro, eso sucede siempre con la buena literatura.

Ernestina González Causse

Licenciada en Historia del Arte y profesora de esta disciplina. Se ha dedicado con preferencia a aquellas realidades cuyo contenido es fundamentalmente estético: arte, literatura, fotografía, música y cine. Ejemplo de esta dedicación son tanto su blog, La letra con salsa entra, en el que se aúna la reflexión sobre la belleza con la alimentación, cuanto su colaboración en Comida’s Magazine, revista en la que escribe y para la que hace fotografías. Actualmente, esta inmersa en un proyecto fotográfico y realiza colaboraciones literarias.

1Comentario
  • mercedes

    Leí Ladrillero, El viento… y Chicas Muertas.
    La voz de Almada es una genialidad

    25/01/2017 at 18:18 Responder

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