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13 Ago

El lugar de las lámparas, de Lydia Zárate

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Hay lugares en la Tierra con los que la muerte se encariña. La crueldad de su visita se vuelve una constante y nadie se sorprende ya al verla descargar su ira contra cualquier cuerpo inocente. Aquellos sitios, separados por la distancia y por el tiempo, no son similares entre sí por sus cultos ni por sus sistemas políticos, sino por haber brindado asilo al odio y a la impunidad, por haber desterrado a la memoria y por tratar con displicencia a la justicia.

El lugar de las lámparas es el más reciente poemario de la escritora, periodista y defensora de derechos humanos Lydia Zárate. Publicada en 2017 bajo el sello de Ediciones Torremozas, su obra da cuenta de la aparición de un enorme cementerio en el área donde antes se erigía un país. El tema, sin embargo, no es ajeno a cualquier otra habitante del mundo que se encuentre lejos de esa zona. Como tantos otros escritores que han creado desde el seno de la guerra, las dictaduras y las crisis humanitarias, el acierto no está en describir las particularidades de la tragedia, sino en mostrarnos sus similitudes con las dinámicas humanas que nos rigen y que han nublado por largo tiempo nuestra historia.

Zárate recibe a sus lectoras en un espacio de desolación. Es íntimo y, como tal, debería ser seguro; sin embargo, esa casa parece invadida por la peste, por un verdugo que no sabe ni de clase ni de religiones, porque a todas asesina sin discriminar. Se trata de un lugar donde apenas algunas tienen derecho al nombre propio; la mayoría serán procesadas sin que nadie guarde el registro de su cara. En ese rincón, tan parecido a México, no se puede más que “vivir como las huérfanas / con la muerte acodada en la mesa”, “sin señas particulares” que permitan a las madres agilizar la búsqueda de los restos después de la desaparición.

Muertas en potencia

La voz poética que adopta Zárate para escribir El lugar de las lámparas es una que comparten todas las mujeres del mundo, con especial acento en aquellas que transitan realidades particularmente azotadas por la violencia. Los versos que brotan del pecho de la autora podrían haber surgido en las mentes de cualquier ama de casa, de cualquier estudiante de Ecatepec, de cualquier mujer que toma el autobús en Ciudad Juárez, de una niña de doce años en Tamaulipas, de una maestra que camina afuera de la universidad, de cualquier pareja sentimental de un hombre-bestia. Zárate lo reconoce y se asume así la poseedora temporal de una inspiración que hay que transformar en belleza y en denuncia.

Zárate escribe por todas las mujeres que jamás tendrán un cuarto propio, por las poetas que no podrán plasmar sus versos puesto que quedarán antes enterradas en las paredes de algún taller de costura. La voz de El lugar de las lámparas se proclama “una gota de agua hecha muerte / cayendo en las sombras / como un segundo eterno / demacrado”. Escribe desde la miseria, desde la impotencia de ser siempre ninguna. Ella es “la que ronda las calles por las noches / de vuelta a casa / de camino a la vida / por dos centavos de hambre / con que seguir erigiendo esta suerte / de muerta invisible”.

ABC de la muerte

La autora ocupa “este trémulo paréntesis donde existimos” para hacer un homenaje a todas las heridas que han desfigurado el rostro de la sociedad mexicana. No por bella su poesía deja de ser dolorosa. En sus páginas nos encontramos con la memoria de las muertas de Juárez, de las del Estado de México, de los “daños colaterales” de la “guerra contra el narco” y de las víctimas del incendio en la guardería ABC. Su labor es arriesgada pero enfrentada con suma responsabilidad. “Los destinos calcinados no figuran en las auditorías”, declara la voz poética por quienes se han quedado sin ella.

Las imágenes nos asaltan sin pretender engañarnos o adormecernos en un falso confort. “Sus ojos hirvientes estallaron en serie, como burbujas”, golpea Zárate en la memoria colectiva. “Por las cuencas borboteantes brotan hadas en llamas”, escarba y la lectora se pregunta si el lugar de las lámparas en un desierto de cruces como faros, o es acaso la muerte, una vida mejor, o simplemente la maldición de la consciencia en un contexto de descomposición y purulencia. Sea como sea, El lugar de las lámparas es un libro al que hay que acudir. Para no olvidar, para reivindicar con las letras nuestro derecho a la memoria.

David Ledesma Feregrino

David Ledesma es activista en favor de las personas de la disidencia sexual y de género. Formó parte de la XIV promoción de la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores. Le dicen la Malquerida.

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