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30 Mar

El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan, de Patricio Pron

Patricio Pron (Silvina Salinas)

Fotografía de portada: Silvia Salinas.

el mundo sin las personas que lo afean y lo arruinanComo casi todos los comienzos de algo, la lectura de un libro suele iniciarse con buenas dosis de incertidumbre, de curiosidad y hasta, en algunos casos, de una imprecisa inquietud. Lo único que diferencia a la buena literatura de la que no lo es tanto permanece agazapado en el ámbito de la melancolía. Algunas veces, al cerrar un libro que he dosificado escrupulosamente para no acabarlo demasiado pronto, experimento una suerte de nostalgia de lo leído. La sensación de que no volveré a la misma intensidad ni al mismo descubrimiento, ni siquiera al mismo momento de abrir sus páginas por primera vez. A menudo son libros que no se terminan cuando los cierro: los personajes, las descripciones, los diálogos y las situaciones han dado el salto mortal hacia la vida y de una forma u otra sé que van a acompañarme siempre.

Si algo de bueno trae esta especie de languidez post-lectora es el convencimiento de que aquello que consideras Literatura, así, con mayúsculas, sigue existiendo. Y que basta uno de estos libros rescatadores para emerger del tedio, la pobreza expresiva, las tramas predecibles y la complacencia que se amontona en las librerías.

El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan del argentino Patricio Pron (Rosario, 1975) es un libro de dieciocho relatos publicado originariamente en 2010 y que reedita Literatura Random House en 2016. Estamos ante un libro «rescatador» y poderoso. No en vano, gran parte de los cuentos que se incluyen han sido premiados o antologados como lo más destacable del panorama narrativo argentino.

Una de las principales virtudes del libro la constituye su variedad. Variedad temática, de voces narrativas, de registros, de tramas argumentales… algo que se convierte también en el principal escollo para sintetizar en una reseña enfoques y movimientos compositivos tan dispares como gozosamente enriquecedores.

Sin embargo, también es evidente que gran parte del libro se siente atravesado por una cierta idea de desolación. El desamparo personal —soledad, incomunicación, desarraigo— a menudo se acompaña de la devastación espacial: ciudades absurdas, paisajes nevados o lugares cotidianos de una inquietante normalidad. La mayoría de los cuentos están ambientados en Alemania, un territorio gris y alienado, una Europa que se descompone a la sombra de unos ideales inexistentes.

Y donde mejor se observa esta quiebra emocional es en la familia o las relaciones en pareja. El protagonista de Tu madre bajo la nevada sin mirar atrás, a la vez que repasa un viejo álbum de fotos, indaga en la necesidad de compasión, en la inutilidad del arrepentimiento cuando ya no es posible rectificar. La elección de un tú autorreflexivo como voz narrativa incide todavía más en la tarea dolorosa que enfrenta al individuo con su propia verdad.

También el remordimiento roza de lleno las páginas de Una de las últimas cosas que me dijo mi padre, abordado con una sobriedad expresiva, heladora, algo que puede considerarse como una característica propia del autor.

El mecanismo de la historia es una inquietante narración en la que un viajero se ve atrapado en los ritos diarios de una familia que intenta averiguar el paradero de su padre desaparecido. En este caso, son las diapositivas del pasado las que en vano rastrean el presente, es la mentira asumida la que ejerce de placebo de una realidad sin esperanza.

En otras ocasiones, Pron sumerge la cabeza en lo más turbio de la condición humana, lo que incomoda, lo descabellado, lo que altera y desequilibra, lo que desnuda la fragilidad de cualquier certeza.

El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan resulta un demoledor retrato de la soledad. Escrito sin asomo de sentimentalismo, es precisamente esa especie de frialdad narrativa la que estremece y conmueve. Quizás no pueda contarse de otra manera el declive de una existencia que acaba diluyéndose en la más absoluta sordidez. En el caso de Exploradores del abismo el autor se adentra en alguno de los espacios más oscuros de las relaciones humanas. Es sin duda una historia turbadora e incómoda, con un final efectivo capaz de reconstruir vertiginosamente la historia que no se cuenta. Las palabras se incrustan entre ceja y ceja como una bala en la cabeza del protagonista.

Podría considerarse que la literatura abordada desde distintas perspectivas constituye el elemento vertebrador de otro grupo de relatos. Especialmente brillante me parece Es el realismo donde se disecciona de forma brutal no sólo el quehacer de la escritura, sino las servidumbres que lleva aparejado el empeño de algunos por tejer una carrera literaria. En el tránsito a una vida adulta («P. toma ansiolíticos, antidepresivos, pastillas para dormir (…) P. creía antes en la metafísica y ahora cree en la farmacéutica») un creador de cuentos fantásticos decide viajar a París y dejar atrás su pasado de escritor. En la ciudad mítica, sobre la que tantas páginas se han derramado, espera el acto definitivo de catarsis que lo arranque para siempre de su oficio. Este es el punto de partida con el que Pron se lanza a una sátira de gran parte del mundo literario. Si el Martín Romaña de Bryce Echenique viaja desde su Lima natal a París para convertirse en Proust, el enigmático P. intenta justo lo contrario.

Hilarante por momentos, corrosiva y certera, la parodia del recorrido profesional para brillar en el olimpo de los elegidos no tiene desperdicio: talleres literarios, concursos, autopublicaciones y hasta reseñas estratégicamente colocadas en periódicos de provincias. No obstante, la mirada burlona del autor sobre la literatura trivial y suntuaria no esconde un fondo de inevitable amargura: «Yeso que se deshace entre los dedos, yeso para disolver a los muertos y para hacerles estatuas». De ahí que renunciar al oficio de escritor, ascender a «una vida que no puede ser descrita con palabras», constituya en mayor o menor medida una manera honesta de ejercer la autocrítica.

Contribución breve a un diccionario biográfico del expresionismo y El estatuto particular participan también, aunque de forma radicalmente diferente, de este hilo conductor literario. El primero rompe de forma repentina con el formato tradicional del cuento ofreciendo una nómina de autores expresionistas —algunos reales, otros ficticios— en verdad sorprendente. El relatorio, que reproduce el estilo enciclopédico, comienza con Balduin Bählamm, poeta cuya obsesión es escribir el Fausto de Goethe, porque «la existencia de una determinada obra no debería ser un impedimento para escribir esa misma obra». Innegable el homenaje borgiano en su Pierre Menard, autor del Quijote mencionado en el propio texto. La relación más o menos transversal de este poeta con los demás expresionistas hace avanzar una lectura que asombra, interesa y divierte a partes iguales. Bählamm se convierte así en parábola «de la vida desdichada de los expresionistas y de muchos escritores que lo han deseado todo y sólo han conseguido algo o nada». La ironía, los destellos de humor presentes en muchas entradas de esta contribución breve encierran también la frustración de una búsqueda imposible.

La pareja protagonista de El estatuto particular bien podría considerarse una especie de negativo de los cortazarianos Maga y Oliveira. Si aquellos andaban sin buscarse pero sabiendo que andaban para encontrarse, los personajes de Pron, desprovistos de toda aura literaria, andan para buscarse pero no siempre se encuentran. En la impostura de este juego metaliterario se ceba la ironía del narrador, los zarpazos de una mordacidad despiadada.

Una mención especial merecen Abejas y El corte dos relatos que participan a mi parecer de un mismo fondo temático y un sutilísimo hilo narrativo. En ambos encontramos una Alemania aparentemente civilizada y sólida que ya no puede ocultar la decadencia del viejo continente. El idioma de la soledad, como piensa uno de los personajes «tenía que ser el alemán, pues en ninguna parte una persona estaba tan sola como en Alemania». Los relatos transcurren de forma inocua, delicada, haciéndonos creer en una armonía falsa, edificada sobre heridas que nadie fue capaz de cerrar. Difícil equilibrio que puede truncarse con tan sólo tres palabras: «Turca de mierda».

El estilo de Pron, envolvente la mayoría de las veces, con periodos largos y complejos, se transmuta en otros relatos en frases cortas, despojadas de todo artificio. La capacidad de parodia lingüística es, sin lugar a dudas, otro de los atractivos del libro. Los finales impactantes, sentenciadores, el dominio de numerosos registros de la lengua o la variedad de puntos de vista ofrecidos en cada narración son virtudes añadidas que convierten esta lectura en un acto imprescindible.

Pero más allá de la eficacia técnica hay algo que constituye un pegamento sólido y en cierta forma inexplicable. Algo de lo que se compone la mirada del autor, formado por todo lo que se dice, pero sobre todo, por lo que no se dice. Algo que se queda detrás de una palabra, levantando el visillo de la realidad para que los lectores hagamos el resto.

Como se expone en uno de los relatos es posible valorar una obra literaria de tres maneras: considerarla «un paso importante» en la carrera de su autor; estimar que tiene méritos pero revela todavía cierta «inmadurez»; y, por último, calificarla como una «llamativa colección de cuentos que exploran los terrenos de la literatura».

Pero puesta a robar un final, me quedo con esta cita de Bolaño que parece escrita especialmente para las páginas de Patricio Pron:

«La literatura, al contrario que la muerte, vive en la intemperie, en la desprotección, lejos de los gobiernos y de las leyes, salvo la ley de la literatura que sólo los mejores entre los mejores son capaces de romper».

Isabel Parreño

Licenciada en Filología Hispánica. Colabora con la revista literaria La Caja de Pandora. Entre 2007 y 2014, llevó los blogs Lula Fortune y Blu Palinuro. También publica traducciones (fundamentalmente de literatura italiana) en De traiciones y otros demonios. Es responsable de la edición de Cartas a Galdós, el epistolario entre Emilia Pardo Bazán y el escritor canario (Turner, 2013).

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