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10 Oct

El pulso de la desmesura, de Amelia Pérez de Villar

amelia perez de villar

el-pulso-de-la-desmesuraAmelia Pérez de Villar, escritora y traductora del inglés y del italiano para editoriales como Galaxia Gutenberg o Impedimenta, asume en El pulso de la desmesura, su primera novela publicada, un largo, intenso y desgarrador monólogo a través de los pensamientos, obsesiones y manías de su protagonista, Lola B. Toda la obra está centrada en la espera de un acontecimiento concreto: la inminente llegada de su pareja. En ese sentido, como si de una Penélope moderna se tratara, la protagonista transforma el telar por el dolor autoinflingido, como puede verse en el fragmento citado más adelante, y toda una serie de pensamientos negativos que buscan retrasar ese momento, acaso porque la realidad impone su verdad inefable y punzante. Las palabras, de este modo, adquieren matices fundamentales, pues es en el lenguaje, en la externalización de los sentimientos y de la identidad, donde Lola B. se juega su propia vida, como bien nos recuerda en un poema Sergio Algora: «Ella da su palabra en / estado cristalino, por eso / nadie anda descalzo en su / presencia. (Aunque según / la palabra que se haya / hecho añicos en el suelo / puede ser un placer / cortarse las plantas de los / pies caminando sobre ella)» (Otro rey, la misma reina).

Como consecuencia, una cierta aura de desesperanza domina casi todo el relato provocando que sea el lector, entre líneas, el que tenga que discernir los límites entre la realidad y la ficción, los hechos y las invenciones creadas por la protagonista como baluarte en el que guarecerse. Dicha narración comienza con unos tintes poéticos muy cercanos al no decir y al vacío del desengaño amoroso de la poesía hispanoamericana (Pizarnik o Vilariño), observables en fragmentos como «Y el alma hecha jirones. / Y el cuerpo, ya, qué import, «Y yo envié a esa mujer. / Yo envidio a todas las mujeres que se saben amadas. / Todos los días de mi vida». Poco a poco va desplegándose y enroscándose sobre sí misma de una manera abierta y flexible que recuerda, también, la obsesión de autores como Thomas Bernhard, Tomás Sánchez Bellocchio o Alejandro Hermosilla.

Si hubiera perdido la facultad de andar.

O la vista.

O el oído.

Entonces todo el mundo se compadecería de mí, y todos me querrían o tratarían de mostrar que lo hacen.

Estar solo, en esta sociedad egoísta, no es una desgracia.

Pero ser despojado es un estigma.

[…]

A veces, me siento como si me hubieras comprado en una subasta y, una vez en tu poder, me hubieras arrinconado.

Como un trofeo que, después de conseguido, sólo sirve para exhibirse: poco más.

De esta manera, Pérez de Villar también desgaja en su largo monólogo una serie de reflexiones existenciales que cuestionan la vida y, por decirlo de alguna manera, su sentido dentro de la maraña confusa y acelerada que nos ofrece: «Podemos vivir sin las cosas principales, sin las más grandes o las más importantes. / Pero no sin lo más insignificante», «El tiempo es unidireccional, unívoco, unilateral. / Y ni siquiera es nuestro». No obstante, y a pesar de otras reflexiones de cariz tecnológico, que ahondan en la dependencia de los sujetos con las imágenes idealizadas de los medios de comunicación, el relato de la protagonista tiene, hacia la mitad del libro, un límite, una cota a la que llegada en cierto momento no permite profundizar más en su personalidad. Como consecuencia, pasada la primera mitad de la historia, se acaba produciendo una resonancia irregular que termina por difuminar el impulso inicial.

En última instancia, Amelia Pérez de Villar nos ofrece una novela en la que asistimos a la fragmentación emocional e identitaria de una persona ante la incapacidad de afrontar los obstáculos de la vida lo que complica aún más las cosas, lo que las hace insoportables, es la desilusión»), ante la dura batalla que se establece en el corazón de una persona al verse inmersa en la más oscura de las soledades y, por encima de todo, en esa paradoja oxidante que supone la espera: «Cada uno desea la espera que no tiene, / apuntándose dichoso a la del prójimo / y maldiciendo con saña la que es suya. / Pero no olvidemos que ese mal es mal de muchos, / ya el muy grande Baudelaire lo dejó escrito: / la vida es un hospital, donde cada enfermo tiene / el deseo irresistible de cambiar de cama» (Miguel Alberto, Lista de esperas).

Héctor Tarancón Royo

Graduado en Historia del Arte, máster en Filosofía Contemporánea y especialista en Gestión y Economía de la Cultura por la Universidad de Murcia. Ha fundado la asociación cultural AHARMUR y forma parte del comité de redacción de Tebeosfera. Colabora puntualmente en medios como Culturamas, Détour, El Coloquio de los Perros, La Opinión de Murcia o Revista de Letras. Ha sido antólogo en 2/2, antología poética de Juan Andrés García Román, y ha escrito para exposiciones de arte contemporáneo. Su línea de investigación explora las relaciones entre el arte contemporáneo, la literatura, la identidad y la cultura de masas.

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