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15 Feb

El santo al cielo, Carlos Ortega Vilas

Carlos Ortega Vilas

978849461831«Una primera novela que no lo parece» es el marbete bajo el que se viene hablando y escribiendo sobre El santo al cielo (Dos bigotes, 2016) de Carlos Ortega Vilas (Las Palmas de Gran Canaria, 1972). Sí es cierto que Ortega Vilas era un escritor poco conocido hasta la fecha, asunto cuyo mérito recae fundamentalmente en un espacio literario en ocasiones algo saturado por nuevos nombres, pero con una intensa y amplia relación con la literatura y la escritura (profesor de escritura creativa y de español, corrector profesional y de estilo, colaborador de prensa escrita, entre otras actividades). Es cierto que esta es su primera novela, aunque ya era autor de un libro de cuentos —Tuve que hacerlo y otros relatos (Baile de Sol, 2015)— y había participado en otras antologías del género. Con esta cuanto menos significativa trayectoria, cabe pensar que el escritor poseía credenciales de sobra para acometer esta empresa, eso sí, fundadas estas con más fuerza en la dilatada experiencia que en la propia bibliografía.

El núcleo de la historia de El santo al cielo recorre algo más veinte días en una investigación policial, desde el descubrimiento del caso hasta la resolución del mismo. Su primera parte —50 páginas de un total de 557— simultanea dos acciones que suceden con un mes de diferencia: de un lado, el acometimiento del crimen; y de otro, su hallazgo y la presentación de sus investigadores, los personajes del inspector Aldo Monteiro y Julio Mataró, teniente y enlace con la Guardia Civil, más una de las sospechosas, Silvia Manzanares, hija del asesinado. El resto de la novela discurrirá de manera lineal (con la excepción de las últimas seis páginas), repasando cada uno de los días hasta que se decrete el fin del caso.

Podría establecer la hipótesis de que en el uso de las estrategias narrativas que se ponen en marcha y la arquitectura interna sobre la que se asienta esta obra, Carlos Ortega Vilas se revela un escritor profundamente educado con el lector. Su fin principal parece que tiene como centro el entretenimiento de este, mantener la tensión narrativa entre las páginas, los días y los capítulos de la historia sin que la lectura desfallezca; como si su propósito estuviera cifrado en tratar de disimular las huellas de su creación para que el lector asista al origen de un mundo de ficción capaz de presentarse por sí solo. Les adelanto mi conclusión: dando por válida la hipótesis, el objetivo se ha logrado.

A continuación, señalaré algunos de los recursos presentes en la obra que apuntan hacia ese fin. Por un lado, destaca el uso de un narrador omnisciente emparentando con la tradición galdosiana, en concreto con el presente en su ciclo de «novelas de la materia». Se trata de un narrador con capacidad de abarcar todos los planos de la realidad que circunda a los personajes, competente incluso de describir los sueños, que de una forma similar a Galdós en novelas como Miau, sirve a modo de presagio del porvenir en El santo al cielo. También cabe anotar la creación de un espacio en la novela indefinido pero fácilmente identificable con alguna capital de provincia española. Esto lo hace posible una sucesión de «no-lugares» en la obra, espacios transitorios y fácilmente reconocibles, que, además, conceden que la acción tome el verdadero protagonismo, siendo esta la responsable de la trama y la tensión narrativa, así como de los giros en la historia. En este sentido, las descripciones del signo espacial son utilizadas casi en exclusiva por el reclamo de una acción (en este sentido, se muestra especialmente destacable el uso del diálogo). Por otro lado, a la línea de argumento principal —la investigación, motor de la trama—, se le van sumando nuevas subtramas y acciones secundarias con, al menos, dos consecuencias: la primera, la introducción de nuevos elementos y personajes que generan suspense e inéditas incógnitas; la segunda, el apuntar hacia ciertos problemas y dinámicas contemporáneos al lector como la corrupción en las instituciones, la especulación inmobiliaria o el blanqueo de capitales a través de paraísos fiscales y aseguradoras. A estos mecanismos desde lo formal, se suma la creación de tres personajes principales —los ya citados Aldo Monteiro, Julio Mataró y Silvia Manzanares— como elementos que dan cohesión al conjunto el relato. Los dos primeros reflejan dos actitudes diferentes frente a la investigación. Mientras que el inspector Monteiro está marcado por la «recta opinión» en su acercamiento, defensa y esclarecimiento de una verdad final en el caso; Julio Mataró se muestra ante el mismo hecho de manera más ambivalente, como expresión del cuestionamiento del sentido de esa única certeza en un caso en el que es difícil establecer dónde comenzó la víctima y cuándo el verdugo. Al mismo tiempo, entre los dos se establece una tensión latente durante toda la obra de corte afectivo-sexual, que permite relajar la acción alrededor del caso sin que cese la curiosidad en el lector. El personaje de Silvia está construido como la intersección donde se dan encuentro casi todas las tramas y será ese el motivo por el que ambos agentes centren sus miradas en ella. Los encuentros y desencuentros motivados tanto entre la pareja de agentes como entre los tres personajes dotan de agilidad, dinamismo y suspense al conjunto. Por último, dentro de la arquitectura de esta obra, tocaré la forma en la que se ensamblan las diferentes partes. Más que de capítulos, debemos hablar casi de secuencias, de un modo similar a Eduardo Mendoza en la primera mitad de La verdad sobre el caso Savolta. De esta forma, las acciones se dividen y organizan en dos grupos: por un lado, las relacionadas con Aldo Monteiro y Julio Mataró, y por otro, las que tienen a Silvia Manzanares como eje; que se intercalan de manera sucesiva hasta casi las últimas páginas, de forma que la expresión final adquiere una elasticidad propia del montaje cinematográfico.

No obstante, si como ya he expuesto, el escritor consigue un relato de calidad, ágil y dinámico, que hace que la vastedad del libro no pese en su lectura ni que durante esta mermen la curiosidad o el interés del lector; la obra presenta algunas cuestiones que me resultan interesantes para el debate, ya que hubieran generado diferentes marcas de autoría relacionadas con el propio arte del escritor. Una de ellas es la construcción del inspector Monteiro. Frente a su pareja durante toda la novela, el teniente Mataró (que se presenta asaeteado por las dudas en cuanto a la necesidad de una única resolución final, cuestionado por el cuerpo al que pertenece y la tensión que le produce la existencia de un deseo latente, aspectos que dotan de profundidad psicológica al personaje), Aldo Monteiro se esboza más cercano al arquetipo de este perfil de personajes, de una manera más estática y menos permeable a las realidades circundantes más allá del propio caso. De una manera parecida, la construcción del espacio adolece de cierto esquematismo. Si como decía antes, la decisión de no situar la novela en un espacio fácilmente reconocible tenía efectos positivos en la acción, por otro lado, produce en la lectura un efecto parecido al que se tiene con los libros pop-up, como si el avance de la acción fuera lo que posibilita el espacio reconstruyéndolo en cada página, en detrimento de la interrelación espacio-acción. Y por último, la resolución del caso apunta a dinámicas y realidades que hacen contemporáneo el relato, pero esto se da de manera muy somera, poco analítica, dejando de lado la capacidad que hubiera tenido esta fábula para conectar con la «Historia».

Daniel López García

Durante años trabajó la acción social vinculada a la creación artística en campos de refugiados de Bosnia y Herzegovina, en el norte de Marruecos y el sur del Peloponeso. En la actualidad, es escritor de comentarios sobre literatura y artes plásticas que pueden leerse en revistas como Quimera, Revista de Letras o Maasåi Magazine, entre otras. Ha entrevistado a más de una treintena de escritores en lengua española, y a otros tantos artistas y fotógrafos. Está realizando un documental sobre literatura y creación joven junto con Carolina Cebrino y Daniel de Zayas, y redacta su tesis en estudios comparados de literatura los fines de semana.

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