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21 Abr

El silencio de las bestias, de Unai Velasco

Unai Velasco

El silencio de las bestiasPoco, muy poco sé yo de poesía. Primero, porque el asunto tiene su intríngulis. Y además, porque mantenerse al día en versos (materia cambiante como la astrofísica, la bolsa o la ley medioambiental) exige una dedicación de la que no puedo presumir. Dicen algunos que la poesía en estos tiempos va de capa caída. Debo de ser un completo enajenado mental, yo que me siento superado por el aguacero de novedades que pululan y proliferan sin clemencia ante todo aquel que aspire a ser un lector enterado. «La carne está triste y, ¡ay!, he leído todos los libros», escribió Mallarmé. No convirtamos ese estupendo verso en un absurdo (y jactancioso) reproche contra la industria editorial. Mejor, mantengámonos al pie del cañón. Mejor, leamos lo nuevo. Leamos, por ejemplo y entre muchos otr@s, a Unai Velasco.

Desde el mediodía en que me encamino a comprar el poemario El silencio de las bestias voy conformando una pequeña galaxia de referentes literarios extratextuales en la que sin querer queriendo lo inserto: la editorial La Bella Varsovia como hogar de ciertas nuevas hornadas poéticas; el eje Luna Miguel y los «veinteañeros locos»; una cita halagüeña de Gimferrer en la contraportada, el beneplácito de los viejos novísimos; en una entrevista de radio, el también poeta Ben Clark señalando a Velasco como punta de lanza; el Premio Nacional de Poesía Joven Miguel Hernández que ganó el autor en 2013. Para qué engañarnos: empiezo a leer con apetito de nueva generación y con una poética determinada en mente. (No son prejuicios, tecleen «horizonte de expectativas – Jauss» en Google.)

Luego leo el poemario. 63 páginas, 4 secciones, 13 extensos poemas en versos libres. Hay poeta.

Hay en El silencio de las bestias un interés arriesgado por indagar el ritmo, por coquetear con el fraseo, por dejar la prosodia en manos del lector, que avanza ante la amenaza de despeñarse por el precipicio de lo asintáctico. El imaginario que reina en el poemario es ecléctico: es una estética de hamburguesas, tornados yanquis, punkis y perros callejeros, Bob Dylan y borracheras en Andorra, todo ello en convivencia (y, lo que es más, en pie de igualdad) con las homilías, con la transustanciación del poeta, con los evangelios, los salmos y San Agustín. Una poética de lo culto y de lo popular, de los mass media maridados con la cultura de élite, que diría J. M. Castellet, cuyos Nueve novísimos poetas españoles de 1970 ejercen —según mi conocimiento esquemático de la historia de la literatura— de padres putativos para la obra de Velasco. Dicho eso, creo que la revalorización de materiales considerados tradicionalmente no poéticos es una constante literaria: está en Vázquez Montalbán, está y muy reivindicada en la neovanguardia italiana del 63 y está, saltando a lo bruto, en el Arciprestre de Hita. En Velasco, está con la naturalidad que traen los tiempos. «Lo viejo es lo nuevo, y lo culto lo popular», dice una canción de Astrud, quienes no figuran en ningún epígrafe del poemario, aunque a mi juicio estarían como en casa (si Vázquez Montalbán hacía collages de Karl Marx y El Dúo Dinámico…). Aclárese de paso que la posible fe religiosa del poeta no cobra peso alguno: me inclino a pensar que el papel protagónico que desempeña el cristianismo en El silencio de las bestias responde a una apropiación estética y simbólica de la experiencia religiosa para aplicarla a las vivencias del poeta, por lo demás tan laicas como un episodio de Buffy, cazavampiros.

Entre tanto referente católico y tanto juego con la sintaxis y la versificación me viene a la memoria la escritura continua del medievo. FuerteapuestaformalladeVelasco. Quizá la escritura digital (con sus hashtags y sus URLs sin espacios, con sus procesadores de texto en los que versificar puede ser una tarea de composición espacial) nos haya devuelto un poco de ese reto de recepción lectora. Un reto así es lo que sugiere el único poema en prosa de entre los trece que contiene el libro. Se titula «Monasterio», y es un hermoso y desdibujado diálogo sobre una familia de cinco y sus dientes, sus ciento sesenta dientes. El calibre lírico: «Cuando la verdad pierda raíz la pondré bajo la almohada para que los recojan».

No descarto tampoco que, en un léxico que apuesta por designar con precisión, haya un tanto de regodeo irónico. Gusta Velasco de «médanos», «haldas», «hogatas» [sic], «balaustres», «bovedillas» y «jaspes», algún que otro «atabal» y un «atrio». ¿Cómo no esbozarle una sonrisa al poeta que habla de «mutantes estreptococos» y «paralelepípedos»?

«La poesía de Unai Velasco es muy rara», me habían dicho. A mi modo de ver, esa extrañeza proviene de una desviación respecto a dos preceptos: la enunciación transparente y la complicidad con el lector. «No se entiende mucho», me dijeron, y es porque dicha desviación consiste en evitar el discurso lógico. Consiste, si remitimos de nuevo a J. M. Castellet, en crear un campo de ilógica razonada. ¿No es eso gran parte de la poesía, surrealista o no? Quizá me equivoque (en esto y en todo), pero dentro de ese campo ilógico, la jueza suprema es la potestad de la imagen. Hay versos como: «Cuando una casa se queda vacía / una hermosa ciudad desolada / florece». Pero también hay otros como: «Quién tuerce blandos los lomos de un palacio azul. / Quién restriega los cerdos contra un pizarral humeante, / como edificándolos». La diferencia es obvia.

Ahora bien: ¿en qué quiere cuajar la semántica de El silencio de las bestias? Con independencia de la apuesta formal en el verso, ¿cuál es la intersección que se propone entre las bestias del título y las liturgias que dan título a los distintos apartados? Más allá de hacer que la música electrónica de Baths le guiñe un ojo a la teología, ¿qué hay en el establo que habitan ciervos y jabalíes? Es más, ¿por qué es un establo? Podría decir que, tras las referencias crípticas, Velasco quiere tan solo invitar al lector, compartir con él su catálogo de recuerdos (cuando se quedó solo en casa; cuando vio películas como Twister, Somos los mejores, Karate Kid o Willow) y luego despedirlo, con aire de ceremonia. O que quiere homenajear al médico francés que inoculó la mixomatosis y erradicó por accidente la población de conejos de Francia. Podría decir que la clave se halla en el epígrafe que abre el libro, un pasaje del salmo 49: «En sus honores el hombre no comprende / como las bestias reducidas al silencio». (No se trata, hasta donde yo sé, de una traducción bíblica conocida; ¿versiona el propio poeta la Biblia?). Podría decir que toda la obra es un intento de «sacar el provecho de la sembradura / peleando el idioma». O que Velasco retrata a los humanos como pequeñas bestias (agnus dei, al fin y al cabo) perdidas en su silencio, en un ruido de significados herméticos, en un grito sordo que espejea el poemario al dejar al lector fuera. Pero no, mejor no. Mejor alegar que hypothesis non fingo, que no se me ocurre hipótesis alguna, pero que animo al lector esforzado a buscarla por su cuenta y riesgo.

«Yo de ti quiero la verdad la verdad y nada más que la verdad», dice un pasaje. A mí no me pidan eso.

Unai Velasco, El silencio de las bestias, La Bella Varsovia. Diciembre 2014. 63pp. 10€.

Fotografía: Laura Rosal

Gaizka Ramón Melendo

Graduado en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca, cursa actualmente el máster en Estudios Comparados de Literatura, Arte y Pensamiento (UPF - Barcelona). Ha vivido además en Berlín, Buenos Aires y Estados Unidos. Trabaja como corrector de estilo y como traductor (para el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona, para el festival de vídeoarte LOOP y para Ediciones Alfabia, entre otros). Escribe sobre literatura, cine y cultura local en revistas como Buensalvaje, BCN Més, La Casa de Los Horrores y La Linterna del Traductor. Cultiva el arte de la lasaña y es adicto a Quora.

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