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10 Jul

Nuria Capdevila-Argüelles: “Hay un nexo entre identidad, palabra, mujer y futuro”

nuria capdevila

Fotografía de portada: La Tribu.

«Y lo más difícil es saber vivir». Elena Fortún deslizó estas palabras en una disertación sobre los cuentos infantiles que leyó en la Institución Libre de Enseñanza el 27 de agosto de 1946. Nuria Capdevila-Argüelles las destaca, encabezando con ellas su introducción a El arte de contar cuentos a los niños, como una muestra de la «honestidad preclara» de esta mujer con cuya obra y persona guarda un compromiso riguroso y apasionado. Y de quien nos hace ver una valentía de la que, quizá, la propia Elena Fortún no fuera consciente.

Nada hay más difícil que tratar de vivir sin acomodarse en engaños, sin esquivar la necesidad de desobedecer. Y esto es lo que acató Elena Fortún. Y lo que acata también María Luisa, la protagonista de Oculto sendero: voz individual que alberga el doloroso conflicto y desafío que, en el complejo escenario de un mundo que traspasaba del encorsetamiento decimonónico al despertar moderno de las primeras décadas del siglo XX, suponía afirmar la emancipación femenina y el reconocimiento de las identidades homosexuales. Demasiados de los peores resabios de ese mundo persisten. Por eso este libro es algo más que un valioso documento literario. En él late intacta la misma pura fuerza emocional que había en aquella limpia mirada disconforme de Celia o Cuchifritín, instintivamente en rebelión contra lo hipócrita y estúpido. Aquella alma contagiosa que era espejo y refugio.

Conversar con Nuria Capdevila-Argüelles es reconocer, aún más intensificada, la enorme humanidad de Elena Fortún. Su honrada entrega a la tarea de vivir. Y constatar en su espíritu y pensamiento una vigencia que aún puede seguir infundiendo lucidez y empuje.

Catedrática asociada de Estudios Hispánicos y Estudios de Género en la Universidad de Exeter (Gran Bretaña), Nuria Capdevila-Argüelles ha centrado su tarea investigadora en la historia del pensamiento feminista y la autoría femenina en España. Entre otras, ha editado las obras de Elena Fortún Oculto sendero y El arte de contar cuentos a los niños, así como su correspondencia con Carmen Laforet, De corazón y alma (1947-1952).

Especificas siempre que usas indistintamente los nombres de Encarnación (Aragoneses Urquijo) y de Elena (Fortún). ¿Cómo describir la compleja identidad de la persona que vivió bajo ambos nombres?

Siempre lo hago porque ella lo hacía. He leído más de cien cartas suyas y he podido constatar cómo alternaba las dos firmas dependiendo de la destinataria de las cartas y también de la época de su vida. Creo que pocas escritoras se han apropiado tanto de su pseudónimo, tanto que incluso es el nombre que está en su tumba.

En cuanto a su fascinante identidad, para que se nos revele plenamente necesitamos estudiar su literatura inédita y su obra con rigor y con una sólida perspectiva de género, sin la cual nos perderíamos el valor testimonial que tiene para acercarnos a la historia de la vida íntima de las mujeres.

«Siempre puso lo mejor y más importante de sí misma en la palabra escrita», dices sobre ella.

Hay que entender que la escritura fue para Elena Fortún un recurso existencial, una posibilidad de explorar su propia vida y, simultáneamente, extenderla hacia otros ámbitos potenciales de vivencia. Aunque no de forma compensatoria (es decir: para culminar en el territorio de la ficción lo no realizado en la «vida real»). Lo pone de manifiesto la trayectoria vital de Celia, que surge como una niña feliz y privilegiada y que, al ir creciendo, se ve obligada a afrontar dificultades y vicisitudes que truncan su sueño de llegar a ser escritora.

¿De qué manera hemos de ver ese sueño truncado de Celia como un reflejo interior de la propia Encarnación-Elena?

El tema de la autoría articula las vivencias de Celia. Me interesa especialmente en la trilogía formada por Celia madrecita, Celia en la revolución y Celia institutriz en América y también en Oculto sendero. El yo de escritora, sustentado a su vez en la no ortodoxia genérica, y el tema de la escritura son el puente entre la subjetividad del personaje y la de la autora, indudablemente.

Yo interpreto el matrimonio, final que la autora da a la voz de Celia en Celia se casa como un acto de armarización y como una derrota. Fortún está enferma y cansada. Es la entrada en el silencio y en el olvido de su generación. Celia regresa del exilio y se calla. Por suerte, empieza a hablar Mila… con su propia disidencia.

En esta concepción de la escritura como ámbito de exploración interior y ampliación del territorio de la «vida real», ¿cómo considerar la dimensión íntima que posee Oculto sendero, que describes como una «síntesis autobiográfica no complaciente»? Al parecer, fue un escrito que Encarnación deseó que fuera destruido, y que firmó además bajo otro pseudónimo, Rosa María Castaños.

Sabemos que Encarna pidió que se quemase el manuscrito en un contexto muy claro: la organización de un posible regreso a España en el que evidentemente tanto Celia en la revolución como Oculto sendero y El pensionado de Santa Casilda eran textos comprometedores, ya no solamente porque jamás podrían pasar la censura y ser publicados, sino porque echarían por tierra definitivamente el buen nombre de la autora.

Fortún continuó viviendo de su literatura desde el exilio y sus simpatías republicanas no se tuvieron en cuenta. Era una escritora muy rentable, siempre y cuando continuara escribiendo, y esto lo sabían tanto ella como su editor. Manuel Aguilar había dado informes de ella al régimen para poder seguir publicándola. En estos documentos la retrata como persona apolítica. Así se protegió él, la protegió a ella y la editorial y la autora continuaron ganando dinero.

Personalmente no me atrevería a asegurar que Fortún no quiso que Oculto sendero saliese a la luz nunca jamás. No creo que fuese el caso. Oculto sendero estaba terminado, encuadernado, listo para ir a la imprenta y con un seudónimo diferente. ¿Por qué no podemos argumentar que una mujer tan leída como Fortún conocería La garzona del francés Victor Margueritte y otros textos de sus contemporáneas, que abordan temas de índole sexual así como el nacimiento y desarrollo de la identidad de la mujer moderna y culturalmente activa? Otra cosa es que en España el manuscrito no fuese publicable pero… ¿en Argentina? Además, me llama mucho la atención que pidiese a Inés Field que quemase el libro en el margen de una carta, como de pasada, como diciendo «si te olvidas no pasa nada, no me hagas mucho caso».

Tres de las obras de Fortún publicadas en 2017

Adviertes que estudiosas de la obra de Fortún, como Marisol Dorao o Carmen Martín Gaite, eludieron su homosexualidad. ¿Pudiera esto haber obedecido a una voluntad de «proteger» su figura, intuyendo la hostilidad que podría haber suscitado «sacarla del armario»? O más bien, ¿sería esa decisión el reflejo de un bloqueo o una voluntad de negación, de un cierto temor por su parte ante la idea de una sexualidad considerada no ortodoxa? Si así fuera, pondría de manifiesto que ha existido un importante temor y represión entre las propias mujeres para afrontar y exponer la dimensión de sus realidades.

A Marisol Dorao, con quien me carteé al principio de mi carrera académica, le superaba el tema de Oculto sendero, y no tenía ningún problema en admitirlo. Ella ni siquiera hubiese hablado de sacar a Fortún del armario. No estaba segura de cómo abordar la identidad sexual de Encarna, como ella la llamaba, y lo veía como algo que tendría que hacer mi generación. Y eso para Marisol fue razón suficiente, ese convencimiento de que el análisis y la publicación del libro ocurrirían más adelante.

En cuanto a Martín Gaite, comentó el asunto con Marisol pero no fue más allá. Y eso sí que me llama la atención, porque en la investigación que hace sobre la autora en sus ensayos del libro Pido la palabra se acerca al mundo sáfico de Elena Fortún y tengo la impresión, supongo que influida por la lectura de otras partes de su obra y por el trabajo crítico de algunas colegas, de que elige no adentrarse en el tema.

Indicas que Martín Gaite prefirió también obviar el lesbianismo al examinar la figura de la «chica rara» en el artículo que, con ese mismo título, publicó en 1986. ¿De qué manera comprendes tú que está presente ese componente, o el de unos planteamientos controvertidos respecto a la sexualidad o género?

Como te comentaba, no me cabe en la cabeza que una autora tan inteligente y perspicaz como Martín Gaite no llegase a la ambigüedad genérica y a la homosexualidad en sus pesquisas sobre el tipo narrativo más recurrente de la ficción española escrita por mujeres. De hecho, pienso que ese es el límite de sus análisis, lo que nos llevaría a argumentar la presencia del pánico homosexual en su escritura. El ensayo de la chica rara es brillante tanto por lo que dice como por lo que calla. Si viviese hoy, le preguntaría a Martín Gaite dos cosas: primero, ¿qué hacemos con la orfandad de la chica rara y, por extensión, con las madres muertas y abuelas fantasmales que pueblan los libros de ellas? Y segundo, ¿qué hacemos con la disidencia genérica de la chica rara? La chica rara hace su género mal. Como ella ya no vive, me he visto en la necesidad de dar respuesta a estas preguntas en mi trabajo crítico.

¿Existe también el arquetipo del «chico raro» en la literatura española de ese mismo período? Me viene a la cabeza Martín, el protagonista de La insolación de Laforet. Incluso el propio Cuchifritín, el hermano de Celia.

Claro que existen chicos raros en la literatura, en todas. Lo que pasa es que el tipo de la chica rara española ya es clásico dentro del hispanismo y de la historia del feminismo en nuestro país, y como tal lo estudiamos. Eso no impide que evidentemente haya disidencias masculinas en la literatura y que estas tengan un componente de género, como ha estudiado Alberto Mira.

De todas formas, y ya en un nivel más general, pensemos en Los raros de Rubén Darío, por ejemplo, y también en el hecho básico de que narradores y narradoras de textos en primera persona nos ofrecen un retrato de una sociedad de la que no participan plenamente, de la que se sienten excluidos en mayor o menor medida… Desde Lázaro de Tormes, la pícara Justina, Holden Caulfield en El guardián entre el centeno, Matia en Primera memoria… Tantos y tantas. Ah, y piensa en Walter, el niño al que cuida Celia en Celia institutriz.

Como dices, la «chica rara» es el filtro íntimo e introspectivo desde el que se plantea el cuestionamiento a una estructura. María Luisa, la protagonista de Oculto sendero, efectúa una crítica firme y amarga contra la entrega pasiva de las niñas, las jóvenes y las mujeres a esas convenciones. Uno de los aspectos más interesantes de Oculto sendero es la atención que Fortún presta a la entrada del sexo en la vida de las mujeres jóvenes, que enmarca dentro del contexto de la vida rural. Retrata la tosca picardía con la que las muchachas aluden al acto sexual, el pavoneo de aquellas que ya han vivido su noche de bodas, su censura hacia la masturbación… Es un retrato que refleja el desagrado y rechazo de Fortún hacia ese modelo de mujer quizá taimada, pero profundamente ignorante e incapaz de concebir y buscar la libertad y sinceridad con la que desarrollarse emocional e intelectualmente.

Es también relevante la observación que efectúa acerca del cambio físico que la mujer experimenta tras el matrimonio y la maternidad. Creo que Fortún lo percibe como una forma del abandono de la individualidad de la mujer, de sus propias energías vitales. En síntesis, un abandono a una idea de mujer cuyas únicas finalidades son la reproductiva y la de satisfacer las pulsiones sexuales de su marido. El desprecio que le causa esta convención queda potentemente resumido en estas palabras, con las que expresa qué es para ella ese modelo de estructura familiar: «Casas honradas llenas de lujuria, lloros de chicos y olor de pañales».

Vaya cita que has escogido, Alicia. Me parece de una genialidad y una coherencia muy actuales. Este es un libro sobre el heteropatriarcado y la narradora, por supuesto, lo acaba condenando en ese fragmento, aunque esa palabra no esté en su lenguaje. En los últimos meses, y en relación a la edición de la correspondencia entre Laforet y Fortún y a la lectura de otras cartas de Fortún y de Oculto sendero, he estado reflexionando sobre la compasión que la autora sentía hacia la mujer casada joven. Y es un tema fascinante porque enlaza con otros escritos de autoras amigas, como por ejemplo la novela El sembrador sembró su semilla de Isabel Oyarzábal de Palencia.

Los primeros tiempos del matrimonio son duros no solamente porque haya poco dinero, la mujer esté empezando a administrar una casa, tenga nuevas responsabilidades, etcétera, sino también porque el inicio de su vida sexual es traumático. Si la mujer se ha casado con un hombre bueno y «limpio», es decir, sano, que no ha estado con prostitutas, ella es responsable de la continuación de esa virtud prestándose a saciar los apetitos del varón con la frecuencia que él desee y empezando la incierta sucesión de embarazos sobre los que la generación de Fortún poco o ningún control tenía. En este sentido, me ha interesado muchísimo investigar la ignorancia sexual de la generación de las modernas así como aquellos limitados conocimientos sobre sexualidad que sí poseían.

elena fortun en buenos aires

Elena Fortún en Buenos Aires en los años 40

Otra cuestión crucial en relación a la «chica rara» es la difícil relación con la figura de la madre, que hallamos en Celia, en María Luisa y también en la propia Encarnación. En Oculto Sendero, la madre es el primer punto de dolor emocional y de conflicto. Fortún traza un personaje hosco y amargado pero al que no quiere condenar, permitiendo que al final de su vida haya una reconciliación de la hija con la madre. Sin embargo, para María Luisa, su madre es una enemiga: una mujer dispuesta a desconfiar de ella, a despreciar sus gestos de afecto y respeto, y que llega incluso al punto de la crueldad. Es una figura torturada, y a la que se puede acusar de gran parte de la angustia interna que María Luisa ha de sufrir y de errores que comete y la abocan a la infelicidad. La madre es la despiadada garante de la sujeción de su hija a las convenciones tradicionales sobre la mujer.

Cuando salió el libro, Benjamín de Prado hizo en el programa En obras una lectura de la madre como víctima que me ayudó a reconciliarme con ella.

Creo que es muy importante lo que hace Fortún con este personaje en la novela. Una mujer víctima de su género, que castiga a su hija durante la infancia y la adolescencia porque no sabe ser niña, no puede hacerlo bien, y que una vez que esa hija está atrapada en el rol de esposa y madre, una vez que el género la atrapa en el mismo calabozo, llega a cuidarla y a quererla. Vela por ella como no lo hizo en la infancia. Les une el dolor de la alienación porque al final lo único que les queda, como mujeres, es «aguantar». Los pilares del hogar aguantan… sea pesada o ligera la carga. Las figuras maternales merecen análisis aparte en este libro. La madre de María Luisa no sabe pensar fuera de su género y se convierte en tirana y autoritaria. Perpetúa, creo, lo que desdeña. Y además es una mujer nerviosa, constantemente fatigada, neurótica, con mala salud, una muñeca rota: en ella comprobamos que los roles de género tradicionales enferman, disminuyen, alienan. Entonces y hoy. Y llegaríamos a otro tema: el uso que Fortún hace de la enfermedad en el libro.

¿Cuál es ese uso? ¿En qué radica su importancia dentro del libro?

¿Te has fijado en una secuencia del libro en la que la narradora exige que nadie le impida salir a la calle? Se lo exige a su marido y a su hija y, claro, por lo que le ocurre a la niña después se acabará arrepintiendo. Pero en el momento en que lo hace defiende su identidad de ser social que no quiere el aislamiento y que no va a consentir que se lo impongan por ser esposa y madre. Necesita sentir que puede escapar. Lo necesita para estar sana, lo sabe y lo dice.

También la tía Manuelita, personaje secundario importante, en un momento dado echará en cara a la madre de María Luisa su neurosis, su fatiga constante, sus nervios, sus ganas de estar en la cama, su autoritarismo y al padre, por otra parte, le echará en cara que se lo consienta, que se pliegue a la premisa de que la mujer es un ser histérico, que la disminuya aún más al tratarla como una muñeca rota.

La madre de María Luisa es, con todo lo insoportable que puede llegar a parecernos en la infancia de la protagonista, una víctima de unas convenciones que décadas más tarde Hannah Gavron discutiría en La esposa cautiva. No puede pensar fuera de su género. Insisto en esta frase: no puede pensar fuera de la feminidad burguesa. No sabe, es incapaz. Y no entiende que su hija se resista a la norma, aunque a ella misma le convierta en un ser insatisfecho.

El intento de violación que María Luisa sufre es un suceso a través del cual Fortún insiste en una cara degradada del deseo masculino, pero sobre todo expone la penosa visión de las mujeres respecto a su rol: a la madre parece únicamente preocuparle la posible pérdida de la «honra», no lo traumática que la agresión haya podido ser para su hija, aún una niña. Sin embargo, la narración de María Luisa mantiene constante, a lo largo de todo el relato, la atención a las implicaciones que el contacto sexual tiene sobre la psique.

La de Oculto sendero es una sociedad que va llegando la modernidad pero es aún una sociedad precapitalista. En las sociedades precapitalistas el honor reside en el cuerpo de la mujer, como muy bien sabe la madre. Una mujer deshonrada es una catástrofe familiar. Así que hubo suerte, el juez no violó a la niña. La voz que narra quiere que reaccionemos ante la brutalidad del suceso y el sinsentido de la reacción de la madre y otras personas. En ese sentido comprobamos lo visionario de la autora. El sexo heterosexual en el libro no tiene nada de trascendente ni de espiritual ni de placentero.

El sexo en el matrimonio es, claro, una obligación y en el libro se nos explica la dimensión de este hecho especialmente bien a través del personaje de Consuelo. Las otras sexualidades no pueden ser tan simples y prosaicas. Pero eso no significa que el libro llegue a conclusiones claras sobre ellas. Creo que queda clara la condena a esa sexualidad matrimonial que solamente tiene en cuenta el placer del macho.

Jorge (un trasunto de Eusebio de Gorbea, marido de Encarnación y hombre atormentado por su propia mediocridad) transforma completamente su actitud hacia María Luisa tras el matrimonio. De haber representado una figura masculina luminosa y protectora, que la alienta a desarrollar su potencial artístico, se transforma en un marido insoportablemente aferrado a las convenciones más conservadoras sobre el papel de la mujer, desvelándose asimismo como un homófobo. A mi parecer, en la vida de María Luisa, Jorge pasa a convertirse en ese opresor casi destructivo que antes fue la madre. Al igual que la madre, es una persona víctima de las represiones y convenciones impuestas. Creo que un mérito de Fortún es hacer percibir, entre la crítica que efectúa a ese sistema que inferioriza y oculta a la mujer, las implicaciones psicológicas que ello conllevaba a nivel individual. Nos hace comprender la inconsciente indefensión de estas personas frente a lo destructivo y menoscabador de su capacidad para amar, para actuar con una bondad respetuosa y libre.

Tanto Jorge como la madre son personajes muy complejos. Y creo que es un acto de generosidad por parte de la voz que narra no demonizarlos, sino mostrar esa complejidad. Como crítica, yo lo agradezco porque gracias a esta complejidad puedo estudiar un mundo afectivo en el que choca lo que se dice y lo que se calla, la norma y la disidencia, la represión y la imposibilidad de la misma porque los mecanismos de represión requieren de trabajo constante. La represión completa es imposible. Siempre se conoce lo que se esconde. Las convenciones existen. Lo que se reprime también. Tanto el hombre como la mujer son presas de las convenciones de su género. Todos. Incluso el padre de la narradora… el paterfamilias burgués que se debe a esa identidad base de un modelo familiar castrante, de rígidas normas de género en el que se castiga severamente la disidencia, un modelo que no hace feliz a nadie y que produce seres insatisfechos que ni se entienden a sí mismos ni a los demás pero que más tarde o más temprano, si todo funciona, acabarán perpetuando esos mismos modelos tradicionales que se han de percibir inmutables, resistentes al progreso, inalterables, la base de quienes somos, de nuestra identidad individual, colectiva, nacional…

En la narración se introduce el tema de la patologización de la «mujer nueva» y de la homosexualidad, esta última entendida además como uno de los «síntomas» o «efectos secundarios» del artista o persona creativa. Si bien María Luisa persiste tenaz y rebelde para mantenerse fiel a lo que identifica como su propio y verdadero yo, integrando esto su dimensión como ser intelectual y emocionalmente complejo y libre, ¿cabe ver a Fortún como una persona influida, consciente o inconscientemente, por el peso de esas concepciones que situaban en la «anormalidad» la homosexualidad y la rebelión contra los estereotipos de la feminidad que planteó la mujer nueva? Relaciono esta pregunta con un aspecto que remarcas en una entrevista: Elena Fortún no separó sexo de género, estableció una relación esencialista entre ambos y que ése es el límite de su feminismo.

Evidentemente hoy no igualamos lesbianismo con mujer masculina ni pensamos que la androginia o lo camp sea patrimonio de la homosexualidad. Una amiga trans hace poco me dijo que anhelaba un futuro sin género. Y no sé si eso será alguna vez posible, pues el género es un poderosísimo hecho cultural. Sin embargo, nosotros, hoy, jugamos con el género y lo separamos del sexo. La feminidad no es la esencia de la hembra y la masculinidad no es la esencia del varón. Para Fortún, sexo y carácter no eran tan claramente desligables. Pero de esta no separación nace una confusión, una argumentación, un pensamiento, un análisis… y, en definitiva, Oculto sendero.

La novela describe y denuncia cómo la mujer está determinada por los condicionantes de una estructura burguesa. Podía acceder a su realización si una figura masculina (padre, marido) la validaba y facilitaba su acceso a los círculos intelectuales y creativos. En Oculto sendero encontramos a Julieta, la hija del maestro Galiano. Una figura silenciosa, misteriosa e introvertida, que intuimos interiormente liberada, gracias a lo que suponemos la delicadeza intelectual y emocional de su padre. Algo excepcional, ya que, como has explicado, la mujer era «armarizada», desposeída de su capacidad para proclamarse autora de pleno derecho e, incluso, parasitizada –tal fue el caso, de Isabel Oyarzabal o María de la O Lejarraga.

La hostilidad hacia la mujer moderna, la nueva feminista, está sobradamente documentada. Marañón, Ramón y Cajal, Novoa Santos, Saldaña, Cansinos Assens, Edmundo Blanco, Ortega y Gasset… Nuestros ilustres misóginos eran grandes autores y desde esa autoridad señalaban la problemática unión entre mujer y progreso. Y enredaban tramposamente esa unión en el problema de España, de tal manera que la cuestión femenina era un pilar clave de la regeneración nacional. La mujer española era resistente a la modernidad. La mujer moderna se convertía poco menos que en la anti-España. Un argumento importante era: si el progreso es imparable, si la España imperial ya no existe y ha de regenerarse, ¿cómo hacer que esto ocurra sin que la mujer, pilar básico de la familia y la sociedad, cambie? Como decía Mangini, abundaba el terrorismo antifeminista que a veces se escudaba en argumentos desternillantes como el de Ramón y Cajal de que a más estudio, senos más pequeños, menos leche materna y más biberón, luego degeneración de la raza…

¿Qué factores de este contexto consideras que persisten o que incluso se han agravado hoy?

La violencia machista descansa en los mismos esquemas. Idénticos. Y si repunta es porque nos estamos defendiendo. Ojalá se conociese más nuestra historia para arrancar el esencialismo que aún veo, oigo y leo en la cultura española.

¿Cuáles son los canales desde los que crees que debería difundirse el conocimiento de esa historia? ¿No te parece que es crucial que los debates en torno al género sean evacuados lo más urgentemente posible del territorio del sensacionalismo mediático desde el que hoy son acercados a la sociedad, generando discursos esquemáticos y tramposos?

Estoy de acuerdo contigo en que el sensacionalismo mediático no es bueno en especial si ese sensacionalismo se convierte en la tapadera de la falta de rigor informativo, porque dificulta la divulgación y el conocimiento de la perspectiva de género, a menudo mentada por sectores conservadores como «ideología» destructora. La ideología es el feminismo, yo diría. Y no destruye, construye. A mí me preocupa más esta demonización que nace del desconocimiento de lo que es el género, un hecho cultural de sobra explorado ya en política, medicina, humanidades, economía… cuando veo que figuras relevantes de nuestra política, de nuestra cultura, de la radio, de la prensa, no saben de qué hablamos cuando hablamos de violencia de género me echo a temblar. Me parece brutal.

La androginia es un tema de enorme peso en Oculto sendero. Sobre la búsqueda de expresión de la identidad a través del aspecto y la indumentaria, hay dos episodios en concreto que albergan algo profundamente trágico: el primero, cuando María Luisa puede vestirse con ropas masculinas gracias al rescatado disfraz de un niño muerto. El otro sucede cuando, ya adulta, se contempla en un espejo y, con amargo sarcasmo hacia sí misma, dice que pronto parecerá un hombre flaco y feo. Tengo tres fotos de ella vestida de hombre. En las tres me parece que está guapísima. La última es de cuando ya era mayor y me recuerda a lo que has mencionado. Además en esta cita dice «solamente un hombre», creo recordar, lo que me hace pensar que ella sabe que es mucho más, un ser humano mucho más complejo e interesante que un hombre o mujer genéricamente correctos.

De todas formas, te diré que esa indumentaria masculina se convierte en una manera de representar la valía intelectual. Es una manifestación de autoría. Muchas se vistieron de hombre. Hubo de hecho un dandismo a la española… pienso por ejemplo en las institucionistas con sus bombachos de pana, botas de montar y cárdigan. Se las reconocía por su aspecto.

La novela concluye con una afirmación de resistencia, de reivindicación, de adhesión a esas personas (consideradas «parias») que escogían vivir fuera de los márgenes de la sociedad, rehusando contribuir a su construcción. ¿Cómo se manifestó esto en la biografía de Encarnación Aragoneses?

Se manifestó en el deseo de divorciarse, que acabaría no llevando a cabo. De la misma manera que la guerra cercena la identidad de la mujer moderna, Fortún inmola su proyecto de emancipación y cargará con Eusebio en el exilio.

¿Efectuó Fortún también en esta novela una crítica a determinados comportamientos o clichés instalados dentro del mundo homosexual? ¿O quizá es más adecuado ver un lamento a la dificultad para poder establecer relaciones fuertes y auténticas, a poder recorrer un camino recto y honrado?

Nadie sabe amar en el libro, ¿verdad? Es tan triste… Quizás ante una homosexualidad armarizada y una heterosexualidad patriarcal, ante el choque entre ambas, la víctima es el amor. Nadie ama plenamente. De ahí la defensa del amor casto, el amor al arte y a Dios.

Elena Fortún y Carmen Laforet

Elena Fortún y Carmen Laforet, que mantuvieron una significativa relación epistolar

En Oculto sendero hallamos esa repulsa hacia la noción de la familia tradicional como convención excluyente para todo el que no se ajuste a sus parámetros. Encontramos también una mirada crítica hacia las consecuencias de la maternidad. No obstante, la maternidad es una experiencia esencial y feliz en la vida de María Luisa. Tras el fallecimiento de su hija, traslada su sentimiento de maternidad a la actividad artística. En la correspondencia que Fortún mantiene con Laforet hallamos algunos importantes comentarios relativos a la maternidad y la escritura. Laforet explica cómo creyó, cuando iba a tener su primera hija, que ya no necesitaría volver a escribir y que después comprendió que no iba a ser así. Menciona que el embarazo la dejaba sin facultades creativas para otras cosas. En las cartas de Fortún suele haber un saludo cariñoso para los hijos de Laforet. Se percibe respeto y afecto por la vida familiar que se sugiere en las cartas de esta última, como reconociendo y valorando la confirmación de una armonía familiar en la que ella consideraba haber fracasado.

Por otro lado, es muy notable la importancia que Elena Fortún otorga a las mujeres como narradoras de cuentos, patente en El arte de contar cuentos a los niños. «Hay un nexo entre identidad, palabra, mujer y futuro. Es un nexo a respetar y preservar», escribes. ¿Cómo describir o sintetizar las reflexiones de Elena Fortún sobre la maternidad como un integrante de la realidad femenina y su trascendencia en la construcción del individuo y, por consiguiente, de la sociedad?

Antes mencionaba la importancia del pensamiento esencialista en aquella España posterior al desastre de 1898. Pienso además, y es algo sobre lo que suelo reflexionar en voz alta en mis clases, que la cultura española es muy esencialista a día de hoy. Entonces la maternidad se entendía como valor esencial de la identidad femenina. La mujer debe ser madre, la mujer ha de querer ser madre por encima de todo, se oían y se escribían mil variantes de esta afirmación que hoy cuestionamos porque a nadie se le ocurre afirmar que una mujer es menos mujer por no ser madre. Me corrijo: Alberto Ruiz Gallardón lo vino a afirmar hace bien pocos años en el congreso y fue vergonzoso, aunque una diputada le dio una réplica admirable. Él dijo que la maternidad nos hacia auténticas. He ahí una formulación esencialista.

Lo que intento decir es que el vínculo entre maternidad y esencia de mujer no lo hemos roto aún y ya no solo porque un misógino de hoy repita lo que dijeron los de hace 100 años. Fortún no permaneció inmune al pensamiento esencialista tampoco, aunque sí que separó maternidad de matrimonio y familia convencional. Esa construcción de la madre como identidad esencial entronca con otras ideas como la de la madre y por tanto la mujer como portadora de la historia no oficial, la intrahistoria, el saber oculto transmitido oralmente, los cuentos. En El arte de contar cuentos Fortún apuesta por una modernidad en la que la esencia de la mujer-madre permanezca. La generación de feministas a la que perteneció argumentó como pudo que la modernidad mejoraría la mujer sin que ella dejase de «serlo», es decir, sin que su esencia, esencia maternal claro, se perdiese.

En La mujer y su expresión, una radioconferencia emitida en agosto de 1936, Victoria Ocampo vincula la idea metafórica de maternidad a la lucha de las mujeres por lograr una autorrealización sin trabas: «Es ese sentimiento de maternidad hacia la humanidad femenina futura el que debe sostenernos hoy». Decía que la lucha privada y anónima de cada mujer quizá parezca insignificante en sí misma pero que, reunida la incidencia de todas esas vidas, tendrá un peso tan decisivo que ayudará a modificar la historia. Auguraba también que ese triunfo tardaría tres generaciones en realizarse, pero que a las personas que pertenecieran a esas generaciones correspondería preparar el terreno para que «ese milagro» se volviera inminente.

No fue Ocampo la única en formular estas premisas. En primer lugar, acude a la maternidad para explicar la emancipación femenina, argumento lógico si se piensa que los intelectuales varones alertaban de la ausencia de esencia materna en la mujer moderna. No ha de extrañarnos la respuesta de Ocampo, Lejárraga, Oyarzábal y tantas otras que contra-argumentan, que es precisamente la capacidad maternal la que hace que las mujeres quieran evolucionar para expandir esa dimensión identitaria y no destruirla.

En segundo lugar, al hacer referencia a diferentes generaciones, Ocampo entronca con un componente clave del pensar de su época: la idea de que la mujer es el pilar clave de un proceso de regeneración social, lo que hoy llamamos, progreso o modernización, y que para que triunfe y se genere una sociedad mejor, la mujer ha de cambiar. Una especie de reformulación de ese «la revolución será feminista o no será» que a mi tanto me gusta, pero dicho más bien para apaciguar los miedos del patriarcado, porque el patriarcado tenía (y tiene) el poder y ellas mucho menos del que tenemos ahora.

En sus cartas a Fortún, Laforet reincide en la fuerte compañía espiritual que encontró en ella a través de sus libros y de los relatos publicados en Blanco y negro. No hay carta en la que no le agradezca esa compañía, el hecho de que se convirtiera en su confidente, aun sin conocerse en persona. ¿Cómo habla Elena Fortún hoy? ¿Cómo su experiencia vital, difícil y valiente, sigue teniendo vigencia para todas las personas que rechazan los parámetros de la heteronormativización, para seguir alentándolas a la subversión?

En los últimos años, desde que arrancamos con Biblioteca Elena Fortún tras el éxito de El camino es nuestro, me han sorprendido los lectores y lectoras que no conocían a Fortún pero sí a Celia (por la serie de Borau que emitió TVE, no por los libros). Desde la serie han ido a la literatura y han encontrado en la Celia de la pantalla, esa niña protestona y traviesa, y en los libros, un referente cultural importante.

Sin haberlo pretendido Fortún ha creado una obra que nos acerca a nuestra historia, a nuestro convulso siglo XX, a un pasado significativo porque es nuestro. Creo además que la mayor sensibilización y entendimiento de los lectores hacia la perspectiva de género hace que este resurgir de la autora esté siendo recibido tan magníficamente.

Alicia Guerrero Yeste

Estudió Historia del Arte. Su labor profesional se ha centrado en el ámbito de la arquitectura, pero su interés fundamental está en esos espacios que Gaston Bachelard denominó 'la inmensidad íntima'.

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