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3 May

En tierra ajena, de Josep Solanes

transito espiral

Fotografía de portada: detalle de Tránsito en espiral de Remedios Varo.

en-tierra-ajena«Etimológicamente exiliar significaría “arrancar las entrañas, destripar”». Hay muchas maneras de empezar a hablar de un libro. Una consiste en comenzar con una frase impactante y significativa, como la que encabeza este párrafo. Josep Solanes, autor de En tierra ajena, llega a esa conclusión tras aventurar que exilio podría provenir de la unión del ex privativo y de ilia (entrañas). Da igual si la etimología es exacta o no lo es: la explicación que propone es sugerente y evoca el desgarro de todo destierro.

Para la cultura española, tan pródiga en éxodos culturales, es cosa de agradecer que se publique un libro sobre la relación entre el exilio y la literatura. Primero, porque colmaría un vacío: el que presentan las historias literarias nacionales más conservadoras, que no suelen atender a los exilios, pero que son los relatos que siguen vigentes en la enseñanza obligatoria (y, por tanto, en las mentes de la mayoría de lectoras y lectores). Segundo, porque hace falta tener presentes las diásporas y desarraigos que sigue padeciendo una parte de la humanidad. Además, a En tierra ajena (Acantilado, 2016) lo amerita que su autor lo escribiera desde la experiencia: tras la guerra civil, estuvo exiliado en Francia y en Venezuela.

Lástima que su contenido no se corresponda del todo con lo que el subtítulo anuncia en portada: «Exilio y literatura desde la Odisea hasta Molloy». Porque En tierra ajena no se limita a pensar el exilio desde los estudios literarios, sino que da cabida a reflexiones de todo tipo: psicológicas, históricas, antropológicas y aun filosóficas. Claro que presenta referencias literarias (Ovidio, Saint-John Perse o Victor Hugo; mucho Victor Hugo), pero empañadas por otras tantas que no lo son. Y es una lástima porque esta sobreabundancia de perspectivas desencanta a cualquier letraherido o letraherida que emprenda la lectura.

El ensayo se divide en seis capítulos. Los dos primeros abordan las representaciones o metáforas del exilio, así como sus nombres: en esto me detendré algo más adelante. El tercer y cuarto libros caracterizan el espacio (o desespacio: frío, oscuro, opaco, inane, de fronteras elásticas) y el tiempo (o destiempo: detenido, alterado) exílicos, entremezclados y extraviados. El quinto capítulo se ocupa de las personas y personajes que lo viven, entre los que se esbozan varias tipologías: quien se limita a sobrevivir, quien adopta actitudes de coriolanismo, quien aspira a legarse a la posteridad cual José bíblico o quien lo concibe como adánico aprendizaje. El sexto concluye con la resolución del destierro (si es que la tiene, porque hay quien no regresa nunca de él).

Uno de los mayores aciertos del libro es la fina sensibilidad lingüística de Solanes. El autor recurre con agudeza a la etimología de las palabras (desterrado, exiliado, relegado, salido, peregrino, desnaturalizado, traspuesto, extrañado, retirante, despatriado, transterrado) y a las metáforas (muchas, vegetales: vegetar, trasplantar, desterrar) que nombran el exilio. Ello rubrica la riqueza de procedimientos de la lengua para nombrar lo extraño, lo Otro. Hay términos que son verdaderos hallazgos creativos: descielado, desterria. También son certeras algunas preguntas léxicas que Solanes plantea:

No debería uno tener que regresar del exilio con el mismo verbo que se regresa, por ejemplo, de una merienda en el campo. Si hay palabras para marcar la singularidad de la partida, ¿cómo no hay alguna con la que se marque lo que distingue de los demás el regreso del destierro? Desterrar es una palabra para la que no sabemos encontrar antónimo. (271)

Otra aportación valiosa es que el ensayo combine ideas de orden abstracto (el exilio como símil de la vida; la definición de las sociedades humanas por aquello que rechazan-exilian; la identidad basada en la exclusión…) con pinceladas de pequeña historia más vivencial: la gran atención que las personas exiliadas parecen prestar a los árboles (por su larga vida y su condición de hitos) es una observación que cabría en este apartado. Aquí —lo confieso— me hubiera gustado hallar un yo más nítido e íntimo, porque imprimiría fuerza. Sin embargo, el autor nunca se presta a la confidencia ni comparte experiencias personales.

Los aspectos menos convincentes del ensayo se pueden agrupar convencionalmente en cuestiones de fondo y de forma. En lo tocante al segundo aspecto, cabe consignar un estilo ocasionalmente poco legible por el uso de hipérbatos y, sobre todo —aunque esto no es imputable al autor— un trabajo de edición poco cuidado. En efecto, aparecen algunas faltas de ortografía, nombres mal citados, opciones léxicas infrecuentes, erratas y confusiones.

Tampoco me convence la tendencia a la miscelánea o el catálogo de curiosidades. Así, no se entiende el sentido de un pasaje gratuito como el siguiente:

Muy curioso nos parece que haya una especie de gasterópodos (los caracoles pertenecen a la clase) llamada Exilia pergracilis del género fósil Gasteropoda exilia, descrita en 1860 por T. A. Conrad. ¿Cómo fue a darse este nombre al extinto animal? Renunciamos a hacer conjeturas. (104)

Otros pasajes en que se recurre al argumento científico pueden hoy ser discutibles. Y es que este discurso, al contrario que el humanístico, envejece mal.

Pero lo que sobre todo se le puede objetar a En tierra ajena es que solo atienda a una de las caras del exilio: la que supone pérdida, nostalgia y escisión. No hay que olvidar que existe otra: la que presenta esta dura experiencia como oportunidad para el enriquecimiento, la apertura y la comunión con lo universal humano; como posibilidad para el encuentro y la mediación con la alteridad y, en punto a literatura, como catalizadora de la escritura, por la voluntad de dejar testimonio. Estudios hoy clásicos al respecto, como El sol de los desterrados: literatura y exilio, de Claudio Guillén, resultan mucho más matizados en este sentido.

Hoy seguimos necesitando nuevos relatos sobre el exilio; generales y específicamente literarios. Que cuenten al lectorado en general, y no solo a cenáculos académicos, cómo es ese transitar «con pie incierto» del exilio y cuál es su relación con la producción y circulación de literatura, la identidades culturales y lingüísticas, la traducción, los mestizajes o el chovinismo. Relación que —no descubro nada consignándolo aquí— resulta fundamental.

Lucía Azpeitia

Traductora especializada en literatura y revisora de textos. Incursiones en la docencia y la investigación universitarias, en las aulas de secundaria. Lecturas desordenadas en cinco lenguas.

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