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13 Abr

Ramón Andrés: “No sabemos estar en silencio. Nos da miedo”.

ramon andres

Fotografía de portada: Judit Domènech (Social.cat).

Los libros de Ramón Andrés no son un territorio convencional. Hay en ellos una firme profundidad, una voluntad de reapertura de los ojos y el espíritu al mundo, un cavar para encontrar qué ha quedado perdido o abandonado. Por ello, tal vez, el fundamento de su ethos pudiera metaforizarse en la imagen del afinador: alguien que debe llevar a cabo su tarea mesurada y exigentemente; temperado por el rigor y la paciencia. Con atención. Con cuidado.

Tal vez, y aunque sea incurrir en lo manido, no pueda soslayarse la naturaleza de músico de Ramón Andrés. Tener presente que la conciencia del músico está conformada por la mayor sensibilidad de su oído y que, como él mismo escribe, ese órgano está profundamente vinculado a la interpretación del mundo y la naturaleza, profundamente unido al sentimiento de trascendencia. Que el oído está más cerca de lo secreto que la vista.

Simbólicamente (tomo aquí palabras suyas en El luthier de Delft) afinar es ir a la búsqueda del orden en el caos, desmentir lo confuso. Una tarea que requiere interiorizar.

Podríamos entender al afinador como un mediador entre lo material, lo humano, hacia lo trascendente. Su tarea, un estadio previo e indispensable para que sea posible el orden de la creación musical. Y, de alguna manera, así cabe interpretar la forma y propósito de Pensar y no caer. El recogimiento en una interioridad en la que (a través de la meditación sobre ciertos ensayos, un poema, un retablo, una pieza musical…) tratar de dilucidar cuál es este caos, el del estado del espíritu de la realidad contemporánea (ese sistema de ilusión que ha creado una sociedad en la que no hay papeles de reparto, sólo protagonistas para un mundo sobreactuado, como escribe en este libro).

Nos habla también del ethos de Ramón Andrés la imagen que crea en uno de sus aforismos en Puntos de fuga: «Quedar olvidado como la herramienta en el campo», acaso una alegoría honrando la humildad del apero, que no busca recompensa por sus fatigas.

Por algún motivo, esa misma imagen del aparejo que ha quedado a la intemperie reclama unirse a la del fundido a negro que cierra Pensar y no caer, y que embarga de la impresión de la finitud. Esa unión que ambas buscan pareciera querer expresar que no somos nada distinto a ese efímero aparejo que queda a la intemperie y que nuestro único sentido y dignidad radicará en el esfuerzo con que labremos la tierra que somos.

Eres músico y musicólogo. ¿Cómo se produjo tu tránsito hacia la escritura?

Después de casi una década como músico profesional dejé esa actividad porque me obligaba a viajar continuamente, algo que no me gustaba; me desordenaba mentalmente. Fue entonces cuando comencé a escribir sobre música, sobre su historia y su concepción filosófica, además de otros asuntos relacionados con ella.

Pese a todo no soy un musicólogo, como suele aparecer en la prensa; no he seguido un camino académico. Quizá sería mejor definirme como estudioso de la música o como un musicógrafo: es decir, como alguien que escribe sobre música.

¿Cómo fue el proceso de extensión de tu escritura hacia otros ámbitos más allá de la música, hacia el territorio amplio del pensamiento?

Siempre he sentido un profundo deseo de aprender, de estudiar e investigar. Nunca he podido estar quieto. Aunque prácticamente no me muevo de las cuatro paredes de mi estudio, mi cabeza siempre está dando vueltas, buscando y buscando. Eso ha hecho que mi medio natural sea la escritura y que haya abordado temas ciertamente distintos, desde, por ejemplo, un libro dedicado a Bach —con quien sentía una deuda; lo considero mi maestro, no sólo en música— hasta este último título, Pensar y no caer.

Es un libro que he escrito espoleado por los desmanes del poder a que está sometida la población. Es un compromiso, una denuncia, una forma de resistencia ante el expolio. Sin embargo, considero que escribir libros como, por ejemplo, El luthier de Delft, donde hablo de las manos del artesano, del tiempo y la lentitud, del silencio y el respeto por la materia… También son libros de carácter político, porque, en cierta manera, se oponen a lo que significa todo este tiempo depredador y vertiginoso.

Vivimos en tiempos sumamente contradictorios. Todo aquello que está erosionando el valor del tiempo en que vivimos es, paradójicamente, lo mismo que, en lugar de consumirlo, sigue apuntalando su construcción: la velocidad, el individualismo del que deriva el narcisismo desmesurado y espantosamente pueril de esta época, que criticas tan reiteradamente a lo largo de Pensar y no caer.

En él mencionas que las personas hoy claman buscando a los intelectuales. Una de estas contradicciones del tiempo actual es el hecho de que voces que, en apariencia, pertenecerían a un ámbito muy distinto al del opinólogo mediático acaban integradas y nutriendo toda la dinámica de estruendo vacuo que se genera en las redes sociales.

Tu serenidad, esta especie de voz baja que puede percibirse en tu escritura, es entonces una toma de posición consciente ante este estado.

Absolutamente consciente. Es cierto lo que señalas, sobre cómo se ha instalado esta rapidez de la opinión, el abuso del lenguaje; se opina de manera ligera y hasta arbitraria acerca de cualquier cosa. La opinión no debería ser un acto reflejo, un desecho de la mente, sino fruto de una sedimentación de las ideas.

Porque el verdadero conocimiento es lento, el saber es lento y ese ir despacio es el que va dejando un poso y una coherencia en el pensar. Esta rueda de sinrazón lo agita todo, por eso las opiniones se mueven como hojas de otoño: van, vienen… siempre secas. Escuchar, ver, leer los medios de comunicación es lo mismo que cruzar un gran mercado, ruidoso, donde cada vendedor quiere convencerte de que te quedes su producto, cuando en realidad quizá tú sólo tienes interés en comprar poca cosa y en taparte los oídos para que no te derruya el vocerío.

El nuestro es un mundo que muere cada día y se regenera al siguiente para volver a morir. Es un ave fénix con un ciclo de veinticuatro horas. En él no hay un proyecto más o menos estable. Ésa es nuestra realidad.

Creemos vivir en el presente, pero la realidad a veces parece probar que eso que creemos el presente es más bien un pasado atascado, encallado. En uno de tus aforismos en Puntos de fuga escribes que el siglo XIX lleva durando doscientos años.

Somos hijos de esas grandes ideas utópicas y de unas revoluciones que no han conducido a nada porque partieron de muchos equívocos, por razones muy profundas y que llevaría mucho tiempo diseccionar aquí. Este fracaso tiene que ver con un sentido erróneo de la libertad, de la libertad personal. Desde finales del XVIII, desde la Ilustración, las ideologías nos han encerrado en una percepción muy individualista de la vida, de la existencia. De manera que esas ideas utópicas, ese individualismo generador de un narcisismo sin precedentes, la primacía de lo autorreferencial, la victoria apabullante de la subjetividad… todo esto nos ha aislado y convertido en esclavos de nuestra propia voluntad. Esta situación ha conducido a una gran ignorancia moral, a sentirnos instalados cómodamente en una época que se autodenomina «de la comunicación», en la que todo está, como ahora se dice, globalizado, y esto una mentira despiadada, porque la realidad, la auténtica realidad, es que estamos aislados. El mundo ha sido globalizado por y para el dinero.

Si hace diez años ponías en entredicho la globalización eras tildado de reaccionario. Al cabo de este tiempo, muchos se están dando cuenta de que nos han mentido —y, lo que es peor, hemos legitimado a quienes nos han engañado y engañan. De la misma forma que, en siglos pasados, se afirmó que la máquina iba a liberar al hombre, cosa que durante generaciones se creyó ingenuamente, ahora podemos afirmar que, en buena medida, la máquina no sólo ha servido para el enriquecimiento de una minoría, sino para esclavizar y enajenar a quienes su día a día es un arduo sobrevivir.

La comprensión de progreso es la de un implacable movimiento hacia adelante.

La huida hacia delante, instigada por el miedo, es una enseña de nuestro tiempo. El miedo es el motor de todo. Miedo a no ser, miedo a no poder afirmarse, miedo a fracasar, a no lograr esas metas que nos han inculcado. Miedo al presente. El menosprecio del presente significa vivir con el telón de fondo de la muerte. Se trata de una idea muy cristiana, que invita a pensar continuamente en el futuro, en una vida mejor que nunca llega, porque lo único que llega es la muerte. El paraíso es siempre para mañana. Todo esto ha creado un nudo de contradicciones muy difícil de deshacer, entre otras cosas porque desatarlo implica fuertes contrasentidos morales e ideológicos.

ramón andrés

¿Cuál es tu imagen, tu concepto, sobre el ego individual y el ego colectivo de Occidente, del primer mundo?

Es un ego que se asemeja a una ratonera. El gran éxito del sistema ha sido que creamos que cada uno de nosotros es único, que tengamos la convicción de que uno es distinto de los demás. Esa auto-pertenencia, esa seguridad de que se es diferente, es el gran fracaso.

T.S. Eliot recurrió a un pensamiento de Heráclito como lema de los Cuatro Cuartetos: «Cada uno piensa que tiene un pensamiento propio y no sabe que la razón es común a todos». Algo de eso hay en este planteamiento moderno, un cultivo del ego que pasa por la ilusión de esa marca de distinción. Canetti decía que somos una masa de entidades individualistas. Así, troceada por individuos anclados en su idea de que son distintos, específicos, únicos, la masa se fragiliza, por eso las manifestaciones son cada vez menos eficaces desde un punto de vista político.

Este es un tiempo devorador, destructivo. Al trivializarse y banalizarse, todo se impregna cada vez más de una pátina más sucia de ignorancia. A veces pienso que se propaga un analfabetismo terrible y muy distinto del de tiempo atrás. Antaño las personas ignorantes eran las creadoras, depositarias y diseminadoras de una forma de cultura propia y valiosa, pero hoy estamos ante un analfabetismo totalmente hueco. Y me temo que, por muy enconadamente que uno trate de resistirse, a veces parece imposible escapar al contagio de este analfabetismo.

El analfabetismo de los tiempos pasados surgía de la carencia, de la falta de recursos y, por supuesto, del envenenamiento propagandístico de las autoridades. Había, como hoy, un interés en que la gente no tuviera conocimientos. Hoy se invierte mucho dinero en la siembra de la ignorancia, de una ignorancia que no detectamos porque su cultivo es muy sutil. Saber tres o cuatro idiomas no te exime del desconocimiento; el tener una colección de másters no garantiza el saber: lo garantizan la imaginación y la memoria. Quien no tiene memoria y carece de imaginación es un ser con los brazos caídos, incapaz de defenderse.

No es una novedad decir que la escuela, incluida la universidad, ha reforzado su papel de sistema de control. Los educativos no son entornos de formación sino centros de producción de mentes idénticas preparadas para obedecer y, sobre todo, para no detectar dónde están las fisuras del sistema y, cosa notable, las propias, las que uno tiene. Hoy los jóvenes son más violentos que rebeldes; es importante que nos demos cuenta de esto. Este país, y Europa en general, no han conocido una etapa en la que la población haya podido sedimentar unas ideas y un modo de hacer congruente; a falta de guerras, se ha sometido a la población a un profundo estrés, ya sea por razones económicas, de seguridad. Infundir el miedo es un arma de gran eficiencia.

Ciertamente, vivir en una sociedad neurotizada como la nuestra implica contradicciones continuas. Por ejemplo, los movimientos libertarios, los progresistas y todos aquellos que protestaron en los años 60 y 70 y clamaban por la muerte del estado, ahora lo defienden a ultranza porque el mundo neoliberal ha desmantelado todo aquello que podía ofrecer una seguridad a cada individuo, una protección «estatal». El estado está siendo devorado por las privatizaciones. Estas paradojas tan profundas son las que obligan a analizar los acontecimientos con seriedad y a no esgrimir meras y repentinas opiniones.

Pensar y no caer comienza con una reflexión a propósito del libro Nuestro pan de cada día, de Predrag Matvejević. Me parece un gesto muy significativo porque, en estos tiempos acelerados, desmemoriados y de veneración de los fastos y sofisticaciones efímeras, abres el libro señalando un olvido esencial: el del valor del pan. Olvidado ese valor, olvidamos por extensión que, hasta no hace tanto tiempo, sufrir hambre y frío, el miedo a la enfermedad (como señalas en otros capítulos) formaban parte de la existencia de la mayor parte de los individuos de Occidente.

Y de esa experiencia del hambre que sufrieron tantas generaciones se ha pasado a la ideología del derroche. En el caso particular de la comida, me parece obscena esa exaltación de la gastronomía y de sus estrellas ridículamente satisfechas tras unos sofisticados fogones. Incluso hay programas televisivos que incitan a los niños a soñar con estrellas Michelin. Existen restaurantes con listas de espera de meses donde se cobran precios desorbitados por los menús que ofrecen, a veces de 500 euros y más. No es posible seguir así. Que se haya impuesto una normalidad en el despilfarro, que se haya promovido la idea de lo desechable, porque con ellos tiras el objeto y así te liberas de él, tiene una gran importancia: nuestro inconsciente hace que nos sintamos habitantes de un mundo de usar y tirar.

Y, de nuevo, en el caso de que alguien alce la voz para señalar lo venenosamente delirante que es el hecho de pagar cientos de euros por unos platos de cocina experimental cualquiera de los episodios de despilfarro de dinero público en forma de arquitectura icónica, por ejemplo, se lo ataca. Por reaccionario, por «no entender»…

Y, en realidad, lo reaccionario es la destrucción. Lo que se está haciendo es destruir. Se fabrica para destruir.

Ha habido generaciones que han vivido, se diría, bajo los efectos de un anestésico: no han tenido jamás un problema económico, no han padecido nunca por llegar a fin de mes, no se han detenido a pensar en si era normal tener cuatro becas, toda suerte de facilidades, poseer maravillosos ordenadores, cadenas musicales de lujo, teléfonos móviles superiores a los dioses, segundas residencias, varios vehículos… Esto ha sido fomentado, desde luego, pero debe examinarse la responsabilidad de cada uno; no sólo es culpa del sistema que propicia este consumo destinado a adormecer y envenenar. Se supone que el ciudadano debe de tener, si no un criterio (quizá eso ya sería mucho pedir), sí cierta conciencia de sus actos. Pero supongo que esto pone de manifiesto que la humanidad es lo que es, no podemos pedir peras al olmo como pretendió Rousseau. Somos lo que somos. Es urgente poner fin a esas ideas de finales del siglo XVIII sobre la humanidad como una gran entidad universal y fraternal, porque nada de eso es cierto.

Pero el horizonte parece estar muy turbio. Cuesta pensar en que se pueda dar inicio a algo que comience a modificar las cosas. Desafortunadamente, pareciera que resignarse al pesimismo parece ser la única postura relativamente lúcida posible, al menos a corto plazo.

Lo que procuro decir en el libro no tiene que ver con la resignación, con el pesimismo, al contrario. El pesimista, de entrada, está diezmado. Lo que sugiero en estas páginas es que, sobre todo, evitemos los espejismos y nos neguemos a construir futuros maravillosos; que sepamos cuál es nuestro límite en tanto que humanos, en tanto que individuos; aprender que no hay panaceas. Y que seamos críticos con lo que tenemos delante, pero también con nosotros mismos. Papá-Estado nos ha desresponsabilizado mucho, creemos que por pagar impuestos tenemos derecho a no se cuántas cosas. Lo importante es hacernos responsables de nuestros actos y minimizar la presencia de un sistema sumamente discriminatorio. Pero para eso debemos tomar conciencia de nuestra responsabilidad individual.

Y con contundencia escribes: «Pensar y no caer significa pensar y no cejar, perseverar en la pregunta, no consolidarse, no quedarse ahí, no abonar lo estático, no poner el oído a la tonalidad de la complacencia, no darse por concluido, porque nunca se llega a ser. […] No tener reparo en hacer estallar la burbuja que nos ha envuelto en la asepsia».

En el capítulo a propósito de Has de cambiar tu vida de Peter Sloterdijk abordas bajo el concepto de «acróbatas» el papel de los gurús contemporáneos y la obsesiva necesidad que la sociedad tiene de ellos. Una necesidad que ciega a verlos como lo que habitualmente son: charlatanes que prometen humo, que orientan su discurso hacia allá donde soplen los buenos vientos, y que hacen persistir este estado de irresponsabilidad sobre las propias ideas y acciones. Estos gurús, que dictan y validan qué hay que pensar, los que no dejan atreverse a pensar, forman parte del sistema.

Hay un lema terrible, que se nos inculca: la obligación de ser superior a uno mismo. Se nos ha colado en el interior un lenguaje del deporte, de la autosuperación «debes estar por encima de los demás», «debes estar por encima de tus propias capacidades», «tú puedes», «lo conseguirás»… tienes que destacar, convertirte en una figura observada. Se vive con la necesidad de tener espectadores, con el miedo terrible al anonimato, que es una consecuencia directa del aferramiento al individualismo del que hablábamos. Esto obliga a hacer contorsiones, piruetas y a vivir por encima de lo que en realidad somos, en todos sentidos.

Raro es el que acepta sus posibilidades y cualidades y se conforma con ellas. Hay un entrenamiento personal diario de autosuperación demoledor, y esto produce una sociedad de neuróticos. Hemos dado una gran pirueta para la que no encontramos la posición de caída.

Analizas a través de la lectura de Lo abierto. El hombre y el animal de Giorgio Agamben la yuxtaposición entre lo animal y lo humano. Hemos cedido a ser domesticados, señalas en este capítulo. A lo largo de la lectura de estas páginas pensaba en que, seguramente por ese afán acrobático de tensarse físicamente, el narcisismo, el pavor a envejecer, la convicción inconsciente de que nuestro propio cuerpo es mercancía y espectáculo nos está llevando a una artificialización monstruosa.

Hace unos años, en la euforia de la revolución digital, el modelo era el cyborg. Hoy el modelo son esas personas alteradas por la cirugía plástica, adornadas a menudo además por un espectáculo casi pornográfico de ostentación de riqueza. Cedemos a la domesticación. ¿Estamos cediendo también a la anulación biológica, aceptamos cosificarnos dentro de un entorno dominado por la ideología neoliberal?

Es cosificarse. Es luchar contra tu propio cuerpo. No aceptar tu límite, es decir: lo que eres. Y, al cosificarnos, nos animalizamos porque, al haber caído en un olvido tan grande de lo que hemos sido y somos, al carecer de memoria (que para eso la tienen los discos duros), estamos totalmente entregados a la técnica, a una técnica que no hemos entendido bien y que a menudo usamos de manera precaria y para cosas ramplonas.

Las distopías escritas en los años 50 y 60 están cumpliéndose porque nos estamos animalizando. Ya no hay una necesidad de lo que es humano. Recogimiento, intimidad, empatía, reconocer al otro… Cosas elementales, como la generosidad, van formando parte del pasado. También la espera se ha perdido. Saber esperar es algo esencial en el ser humano: detenerse en los sentimientos, en la observación, en la formación intelectual… El desconocimiento de la espera ha creado el yugo de la inmediatez. Esto nos convierte en pura instintividad, en animales, en seres que han dejado atrás el poso humanista (de ese humanismo que ahora se dice superado), en unos seres que consideran que todo aquello que no es útil de inmediato no sirve.

El concepto de anarqueología de Sigfried Zielinski me parece una de las escasas formas de ejercicio intelectual y crítico actuales que alienta hacia una posibilidad de reconstruir nuestra posición en el presente, replanteando nuestra vinculación con el pasado. Creo que el planteamiento desde el que van construyéndose tus argumentaciones críticas Pensar y no caer tiene mucho que ver con lo que propone Zielinski. Ambos extendéis el tiempo y no lo observáis linealmente. Os rebeláis contra la idea de que el progreso es una línea de evolución de lo simple (en el pasado) a lo complejo (lo actual). En este libro haces converger múltiples momentos históricos, enlazas lo pasado y lo presente, trasladas el presente al pasado para exponer interpretaciones transtemporales sobre lo humano y, con ello, criticar a este presente. Si hay una posibilidad de recomponer el pensamiento, creo que ésa es una de las vías posibles, es una tarea mucho más compleja porque no exige inventar sino revisar.

Totalmente de acuerdo. Es una tarea que exige una actividad mental sin condiciones, una valiente toma de posición y un deseo innegociable de saber dónde estás, qué eres y de dónde vienes.

Zielinski habla de hallar «algo nuevo». Diría que en tu caso hay una intención distinta, que sería la de hallar algo inmanente.

No creo mucho en lo nuevo, al menos en eso que suele presentarse como «novedad» y que siempre es la misma cosa. Es innegable lo que puede aportar una innovación técnica, no debe satanizarse; pero nosotros esencialmente somos lo mismo, siempre somos lo mismo. Podemos estudiar el Antiguo Egipto, la cultura de Mongolia o la de los países nórdicos en los tiempos pre-cristianos y comprobar que la conducta sigue siendo muy parecida a la nuestra, me refiero a la que hoy tenemos. Existen unos universales, por eso se llaman así: el amor, la generosidad, el resentimiento, el miedo, la envidia… Todo esto ha estado y está en nosotros. Somos exactamente iguales que el que vivió en Mesopotamia hace cuatro mil años, es verdad que con mentalidades diferentes y una información técnica distinta, pero, esencialmente, somos muy parecidos.

Nuestra conducta apenas si ha variado, pero en Occidente se ha sumado un problema que afecta a nuestro proceder. La llegada del mundo de la razón, y esto es algo que Heidegger vio muy bien, ha hecho que ésta sólo se haya desarrollado como lógica. Y, sin embargo, la razón también son otras cosas, no sólo un pensamiento lógico. Esto ha hecho que todo lo que planteamos desde cualquier campo sea lineal. Una linealidad que nos extravía.

Es particularmente impresionante el modo en que expones cómo, en su origen, cada palabra alberga el germen de su significado profundo, simbólico. Lo haces tanto en Malas raíces, a través de aforismos, como en Pensar y no caer. Aquí, en el capítulo «La escritura y la tierra», en torno a Noventa años después, de Joseph Brodsky, analizas la relación entre la escritura y las relaciones humanas con la tierra, y cómo éstas guardan relación con el acto de cultivarla, ponerle márgenes o romperlos…

¿Cómo acuden a ti esas palabras cuyo significado profundo desbrozas? ¿Acuden, resuenan desde el silencio interior, las buscas?

En Malas raíces están buscadas deliberadamente porque son palabras con una connotación negativa. Otras forman parte de un aparato relacionado con el orden, entendido como represión. El lenguaje es algo tremendo. Conocer el laberinto de donde procede cada palabra es apasionante. En el fondo, muchas veces no sabemos qué estamos diciendo.

En anteriores escritos has reflexionado sobre la idea de silencio. Un silencio que no debe entenderse como el hecho de estar callado.

Es un silencio mental. El silencio frente al vocerío. Hay un silencio necesario frente al mundo, y es el que te ayuda a ordenarlo. El silencio ha tendido a ser asociado a la religión, pero no tiene por qué ser así. El mundo civil no ha hecho nada por el silencio. No sabemos estar en silencio. Da miedo estar en silencio, porque el silencio cuestiona. Y el silencio tampoco es “productivo”. Tenemos miedo al silencio porque tememos la nada, el vacío, un vacío que debemos llenar, sea como sea: con productos que no necesitamos o con un exceso de lenguaje que no lleva a lugar alguno. Figurémonos el despilfarro de lenguaje que se hace cada día. Lenguaje y lenguaje por todas partes y sin ningún contenido. Montaigne decía que, al acostarse, se asombraba porque, al reparar en ello, se daba cuenta de que apenas si había dicho algo útil a lo largo del día. Y es cierto. Podemos pasar una vida sin haber dicho casi nada, aun estando «hipercomunicados». O quizá por eso mismo.

El silencio nos ayudaría también a ser más conscientes del peso de cada palabra. Aún más en este tiempo «hipercomunicado», como dices. Y porque tantas palabras han perdido la esencia de su significado, se ha abusado tanto de ellas que, lamentablemente, agonizan, banalizadas.

Otra de esas cuestiones esenciales olvidadas a las que aludíamos al principio es la humildad, la voluntad de evitar hacer estruendosa nuestra presencia.

La humildad es una palabra que ha quedado en desuso, incluso se recela de ella.

A veces, mirando en torno a mi propia generación (nacida en los 70) contemplo la forma de su nostalgia. Supongo que cada generación es nostálgica del momento de su propia infancia o juventud y que la nostalgia siempre se ha convertido en una forma de mercancía, pero percibo un aferramiento insoportable a los fetiches idealizados de aquel tiempo, la necesidad de mantenerlos vivos y presentes. El deseo de imponerlos a los propios hijos, incluso. Resistirse a que sean memoria.

El mundo que viví a los 25 ha desaparecido, ha sido fulminado. Y, sin embargo, no siento nostalgia por nada. No soy de talante nostálgico, pero eso no me impide reconocer que hemos caído en una pobreza e ignorancia moral imprevisibles hace unos años. El llamado «bienestar», que nunca había provocado tanto malestar, ha propiciado la inmadurez de la población. La escuela también la ha abonado, como hemos visto. La vida fácil ha hecho que la mayoría añore los años en que se estaba protegido en casa de los padres, la comodidad que proporcionaban el sofá, la habitación propia (donde a veces hasta se tenía televisión), la comida en la mesa. Nuestra sociedad vive una nostalgia de la inmadurez.

Carecemos de referencias de trascendencia. Y carecemos también de objetos a través de los que podamos acceder a una cierta experiencia espiritual. De ello habla «El cuerpo», el capítulo donde, a propósito de Del Natural de W.G. Sebald, ahondas en Retablo de Isenheim de Grünewald.

Como señalas, hoy contemplamos las obras artísticas dentro de esa dimensión intelectual y razonada que impone el estudio de la historia de la arte, una perspectiva que despoja la finalidad simbólica y sagrada con que muchísimos de esos objetos fueron realizados y devinieron recipientes de energías, constructores de su propio tiempo, de vida.

Mencionas, en el capítulo dedicado al libro de Sloterdijk que antes citábamos, el Apolo del poema compuesto por Rilke, Du musst dein Leben ändern. La posibilidad de que suceda esa iluminación ante una obra artística trasciende la autoría de la mano que lo haya realizado, recordándonos también que la consciencia de creación de la que fueron fruto esas obras era algo muy distinto.

En el polo opuesto, pero que creo que también posee ese poder de contener las energías que hacen este tiempo, la calavera de Damien Hirst, de la que hablas en términos demoledores. Aquí la codicia, las ansias de vanagloria del artista, deja, paradójicamente, una obra que tal vez adquiera esa entidad de símbolo que vaya más allá de él en el tiempo, y hable más allá de él, albergando eternamente este espíritu de nuestro tiempo.

Querer llevar determinadas obras a un terreno crítico de la historia del arte las arranca de lo que son en realidad. El poema de Rilke, que es una hermosa respuesta a un torso de Apolo, es el ejemplo de lo que una obra de arte debe provocar, que una obra te hable diciéndote que «has de cambiar tu vida». En cuanto a los enfermos que acudían a ver el retablo de Grünewald, algunos se curaban, según se dice, por el efecto de esas visiones terribles. La catarsis, la curación a través de la imagen.

En cuanto a la conciencia de la creación, pienso, como un ejemplo, en Johann Sebastian Bach, quien no podía saber que su música trascendería. Él y sus contemporáneos eran todavía artesanos. El concepto de «artista» nace con la Ilustración. La Pasión de san Mateo es una obra de pura artesanía que iba a ser cantada una sola vez en la Iglesia. O Dido y Eneas, esa obra extraordinaria ópera de Henry Purcell, que fue escrita para un colegio mayor femenino y se interpretó un sábado por la tarde. No volvería a representarse hasta transcurrido mucho tiempo. ¿Cómo iba a prever Purcell que habría tantas versiones, tantas grabaciones, hasta convertirse en una obra icónica de la música? Ellos no pensaban en esos términos. Vermeer, Zurbarán… no existía la idea de artista, de genio. Eran artesanos que podían sentirse orgullosos de su destreza, que quizá tenían la ambición de una trascendencia metafísica, aunque era muy menor con respecto a la egolatría de los artistas que vendrán siglos más tarde. La creencia en su propio genio los ha desnaturalizado, de ahí que Jorge Oteiza no se cansara de decir que hoy el artista está domesticado.

En una carta de Beethoven encontramos un detalle muy hermoso, enternecedor, en la que le dice a un amigo: «Estoy seguro de que la Sonata Appasionatta se continuará tocando por lo menos diez años después de mi muerte». Eso permite que entendamos la idea de trascendencia que tenían de sí mismos.

Alicia Guerrero Yeste

Estudió Historia del Arte. Su labor profesional se ha centrado en el ámbito de la arquitectura, pero su interés fundamental está en esos espacios que Gaston Bachelard denominó 'la inmensidad íntima'.

5 Comments
  • María Victoria

    En ” El silencio antes de Bach” (P. Portobello) el recurso al afinador ( lo evoco por el de Deft) es un pórtico majestuoso para el film. Me emociona cuando se me presenta la ocasión de oir cómo los músicos templan sus instrumentos antes de que comience un concierto. De Ramón Andrés compré su Diccionario de la música hará un lustro. Una obra original, documentadísima, inteligente. En hora buena por entrevistar a un pensador que lo merece.

    13/04/2017 at 14:28 Responder
  • Joan Casas

    Este exótico P.Portobello, debe ser un catalanísimo Pere Portabella, ¿no?

    22/06/2017 at 10:19 Responder
  • Maria

    Me parece una nota muy interesante… un día la comentamos juntos!

    29/06/2017 at 19:13 Responder
  • Miguel

    Para el proyecto DASA

    29/06/2017 at 19:14 Responder
  • Philippe

    Interesante

    29/06/2017 at 19:15 Responder

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