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5 Dic

Meri Torras: “Es muy sano para una persona adulta leer lo que se llama literatura infantil”

meri torras

Desde hace ya años, pensar en feminismos, estudios literarios y teoría queer producida desde universidades españolas es nombrar a Meri Torras, que realiza su labor lectiva e investigadora desde la Universitat Autònoma de Barcelona. En su intensa actividad de difusión y producción de conocimiento, destaca su labor como investigadora principal del grupo de investigación “Cuerpo y Textualidad”, con impacto y reconocimiento internacional. Tanto en escritura ensayística como en proyectos coordinación editorial, Torras continúa trabajando con valentía, exigencia e insubordinación. Y lo hace en el terreno más bien árido que procuran las instituciones españolas a aquellxs investigadorxs que ‒como es el caso de quienes trabajan desde los estudios queer y de género‒ nos ofrecen lecturas subversivas de textos tradicionales a la vez que luchan por una ampliación del corpus visible.

En la conversación que sigue, nos habla con generosidad y apertura de su trabajo personal y de los frutos de su grupo investigador, dedicado al estudio de las conexiones entre cuerpo y texto. Así aparece el cuerpo como un espacio codificado, legible, pero que al mismo tiempo escapa a las interpretaciones y lenguajes que pretenden contenerlo. El cuerpo, conectado y afectivo, es responsable también de la escritura. Con Meri Torras charlamos sobre “corpo(re)alidades” desobedientes que nos ofrecen gemas literarias. No olvidamos, no obstante, señalar con firmeza crítica hacia esa barrera de cristal opaco que hoy en día sigue complicando nuestro acceso a la obra de algunxs escritorxs.

Cuerpo y Textualidad nace en el 2005 ligado al departamento de Filología Hispánica, ¿no es así? La revista Lectora, fundada en 1995, ¿ha funcionado siempre a través de este grupo de investigación? Impresiona positivamente el trabajo que estáis haciendo allí, incluida la traducción y diseminación de textos feministas clave que aún permanecen sin traducir al español o cuyas traducciones son inaccesibles.

Sí, Cuerpo y Textualidad está ligado al departamento de Filología Española de la Universidad Autónoma de Barcelona, sin embargo, siempre ha tenido y ha intentado mantener una perspectiva interdisciplinar: hay integrantes que vienen de filosofía, de arte, de literaturas en otras lenguas… Para mí, Cuerpo y Textualidad es la voluntad de crear un espacio para que estudiantes, investigadorxs, colegas, y yo misma, podamos trabajar esos temas en diálogo y compartiendo textos, descubrimientos, dudas, inquietudes y alegrías. También hay muchísima gente que viene de fuera, que hace estadías o que consigue becas, sobre todo de Latinoamérica. Ellxs también son Cuerpo y Textualidad, y se llevan la forma de trabajar del grupo por otros ámbitos académicos. Nosotrxs favorecemos el contacto con Latinoamérica, aunque ahora las instituciones favorecen sobre todo que tengas un contacto con Europa. Está bien estar en comunicación e intercambio con Europa, pero en cuanto a Latinoamérica: si compartimos una lengua, ¿cómo no vamos a promover ese contacto?

La revista Lectora fue fundada en la UAB, en 1995, por Neus Samblancat, Neus Carbonell y yo misma. Es previa a este grupo, y tuvo vínculo más bien con otro que teníamos con Carme Riera: Mujeres y Textualidad. Hubo cambios en las posibles dedicaciones y, por ese entonces yo, que tenía una plaza muy precaria, no podía hacerme cargo de la revista prácticamente sola. Buscamos alianza con el grupo de investigación Dona i Literatura, de la Universitat de Barcelona. para vincular la publicación a la Red Temática denominada Mujeres y Culturas; Marta Segarra contribuyó a hacer posible este buen entendimiento, que luego ha proseguido con colegas de la UB como Helena González, Cristina Alsina o Analisia Mirizio, entre otras. Han ido pasando cosas y al final la UB se está haciendo más cargo de la revista. Yo estuve como co-directora, porque lo que intentamos siempre es que hubiera alguien de la Autónoma y alguien de la UB. Es una revista que está creciendo y que está haciendo un trabajo impresionante. También con las labores de traducción: existen textos feministas que no están censurados, pero sin embargo no aparecen publicados en papel; esto es otra forma de censura. Traducirlos o subirlos a plataformas web de libre descarga, por el contrario, es una manera de tenerlos presentes.

Cuando los discursos que ponen su piedra madre en la «identidad» o en la «comunidad» ya no pueden sino estar bajo sospecha, los estudios queer y los feminismos deleuzianos ‒pienso en Elizabeth Grosz y Rosi Braidotti, entre otras‒ siguen enriqueciendo y multiplicando nuestras perspectivas a la hora de activar la idea de «cuerpo».

Esto sigue siendo un debate en los feminismos españoles, por poner una etiqueta. Anteriormente el cuerpo era un garante de la diferencia, en el cuerpo estaba depositada la condición de mujer. Era una identidad esencial y cerrada, con un principio y un fin en ese cuerpo. En realidad podíamos pensar que se estaba desplazando la pregunta: si ser mujer es tener un cuerpo sexuado femenino, ¿qué quiere decir tener un cuerpo sexuado femenino? Digamos que quedó ahí la cuestión del sexo-género y parecía que todo el discurso feminista giraba en torno a esa diferencia, a esa categoría «mujer», más o menos definible y más o menos conflictiva. La misma trayectoria del feminismo mostró y demostró que no es lo mismo ser mujer negra, lesbiana y pobre en el llamado tercer mundo, que ser una gringa, una norteamericana rica y blanca en el llamado primer mundo. Evidentemente son dos mujeres que tienen dos realidades muy distintas y que difícilmente se van a poner de acuerdo en maneras de organización política, prioridades de acción y transformación, o simplemente en las maneras de pensarse a sí mismas.

Lo apasionante es que ese cuerpo se volvió cada vez menos evidente. ¿Qué es? ¿Es algo acabado? ¿Completo? Dicho en breve, el cuerpo dejó de ser una categoría esencial cerrada y casi metafísica y pasó a ser una especie de encrucijada de discursos que se iban tejiendo y por tanto se iban materializando de formas distintas, una interfaz fronteriza. La identidad asociada a ese cuerpo, en consecuencia, pasó a ser una identidad más discursiva y post-metafísica; un proceso, un texto (que construye un significado transitorio e intertextual que no satura su capacidad de devenir). Y ahí está, el giro que tú marcabas ahora dentro de los discursos feministas que tiene que ver mucho con el giro queer es justamente entender la identidad como proceso. Eso es lo que, incluso ahora, me llevó a tener problemas en algunos congresos que nos han llegado a acusar, por ejemplo, de trabajar con una «identidad débil» o de debilitar una identidad mujer bajo la que presuntamente articularnos.

¿Una identidad débil? ¿Y a qué se refieren?

Se refieren a que consideramos una identidad mujer que no es la identidad mujer de los discursos de los siglos XVII y XVIII. Tampoco el yo autográfico es ni puede ser ahora como el que funda la autobiografía en las Confesiones de Jean-Jacques Rousseau. Se refieren a que nosotras, cuando hablamos de mujer, podemos estar hablando de una mujer trans, por ejemplo. Hay mucha resistencia a veces a la presencia de determinados cuerpos en determinadas posiciones que se autodenominan feministas. En realidad feminismos hay muchos y, juntos, no completan un puzle ni constituyen un coro armónico de voces: hay debate y tensión; lo cual a mi juicio es fundamental para mover, remover, transformar o atreverse a cambiar algo; para dar espacio a la diferencia; para aprender a enfrentarse tal vez con cuestiones irresolubles a las que debemos darles una articulación política, un curso, un lugar.

¿Es como decir que tu objeto de estudio es inestable?

Claro. Que es un discurso digamos «contaminado», por decirlo con adjetivos que yo no usaría. O sí, porque me gusta mucho «contaminado», pero con un uso subversivo, que es como decir que en realidad estás desbaratando o dispersando el foco de lo que algunos consideran que tendría que ser el feminismo. Tal y como yo lo entiendo el feminismo se ocupa del poder, de cómo este se ejerce y se delega, como se encarna (para retomar el cuerpo), como codifica las representaciones… Un feminismo como el que imaginábamos antes, que expulsa a los sujetos que no son puramente mujeres (no me preguntes por el puramente, que no se lo qué es) sería sólo para aquellos sujetos o sujetas que viven en un cuerpo sexuado femenino, inscritas en el registro civil como «hembras».

Y mira que el tiempo prescrito para efectuar el registro es relativamente corto, especialmente si pensamos en casos como el de los bebés intersexuales. Además es eso: no puedes inscribirte en el orden de la existencia si no vas asociado a un sexo-género. Hasta cierto punto me parece bastante incomprensible y gratuito. Imagina que te dicen: usted para inscribirse va a ser castaña de pelo y tiene que garantizarnos que no se va a teñir nunca de otro color, tendrá que respetar eso. Parece que hay categorías físicas que son esenciales y necesarias para existir bajo esa categoría. Evidentemente esto ocurre en un sistema que considera estas categorías como contrarias y complementarias, es decir; o eres hombre o eres mujer; no puedes ser las dos cosas pero tienes que ser una de las dos. Tampoco puedes no ser ninguna de las dos. Voilà el sistema sexo-género. Te inscribes con esa asociación y además la inscripción nunca será borrada. Aunque yo luego tenga otro DNI que diga que soy hombre, ha de quedar el registro que guarda memoria de «quien soy en realidad».

Una pregunta que es conflictiva por cualquiera de las vías posibles para plantearla: ¿En un supuesto, y aún improbable, mundo sin género, habría operaciones de cambio de sexo? Vamos a pensarlo como una utopía.

Si realmente estamos hablando de un mundo sin género, no. Aceptando que el sexo también es una construcción y que te estoy respondiendo con el viento de la utopía de tu pregunta a favor. La diferencia entre un sexo anatómico-biológico y un género socio-cultural la establecemos desde lo sociocultural: entonces no hay diferencia en absoluto, sino el mantenimiento de este dualismo que naturaliza ciertas cuestiones y comportamientos, como si fueran irrefutables, incuestionables, universales. Después hemos visto que nada de eso.

Tiendo a pensar que la transexualidad es producida por el sistema de género y a veces me da un poco de miedo que hoy los buenos padres, los comprensivos con las necesidades de sus hijos, sean los que, al reconocer en sus criaturas los gestos y la actuación asociada al género «opuesto», ya se preparen y preparen a sus hijos para una posible transición de sexo.

Sí, además, desde que nacen les metemos el sistema dual de género por todas partes. Estás poniendo sobre la mesa la cuestión que se ha llamado de «los menores trans». Recientemente hubo un reportaje en TV3 que fue muy criticado y con mucha razón por el mismo colectivo de menores trans, porque era verdaderamente reinscribidor de varias cosas. Primero el dos, la dualidad de género: un dos que es falso porque es en realidad uno, las dos caras contrarias y complementarias de una misma moneda, como comentábamos antes.

Creo que estamos de acuerdo en eso: materializamos y construimos a partir de discursos. Pensamos literariamente, construimos ficciones que a veces llamamos ciencia, pero la ciencia no es menos ficción que la literatura. Aunque luego se consuma y tenga unas consecuencias sociales distintas a las que tiene un discurso literario. Si comparamos dos discursos, por ejemplo, la historia y la literatura, vemos que están hechas de lo mismo, pero no podemos decir que Hitler no existió porque tiene consecuencias con la «verdad». La verdad es algo a lo que el discurso histórico no puede renunciar. El discurso literario claro que habla de verdad, crea verdades, crea mundos posibles, habla de los mundos que existen incluso cuando hace ciencia ficción, pero digamos que la relación de compromiso que tiene con esa verdad creada es distinta y pasa por otras vías.

Construimos discursos y esos discursos construyen realidades. No los construimos con plena posesión de agentividad, sino que los construimos en un tejido que algunos controlamos a veces de manera más agentiva y otros no, o apenas: los asumimos, los repetimos, no sabemos siquiera que los repetimos…

¿Qué pasa aquí? Pasa que tenemos un sistema dual: si a mí no me va bien siendo mujer puedo llegar a pensar que la situación puede mejorar siendo hombre. A no ser que ponga el sistema dual en crisis, va a seguir siendo posible pensar que la solución es «lo otro», «lo del otro lado de la barra». Hay también testimonios trans en los que la persona se arrepiente al ver que su situación no mejora. Es durísimo, las violencias por las que ha pasado ese cuerpo-ser son muchas y tiene consecuencias irreversibles. Quizás nada es reversible, pero hay irreversibilidades que tienen consecuencias mutiladoras, por ejemplo. Creo que hay que poner en crisis el sistema dual de sexo-género. Si los progenitores creen en el sistema dual y ven que su hijx no es feliz, van a favorecer que sea «lo otro», insisto, porque creen en ello y quieren que sea feliz, no porque sean malos padres-madres.

Por otro lado, si eres un padre-una madre que no crees en el sistema dual y tienes un bebé inter, tu problema será con el discurso médico y con la obligación de tener que inscribirlo bajo uno de los dos sexos. Este es un debate muy desarrollado ya, también dentro de las propuestas trans en España. A mí me interesan mucho, por ejemplo, las aportaciones de Miquel Missé. Es una de las personas que forman parte de esa comunidad española, catalana, trans que se resiste a la patologización inmediata de la transexualidad pero también a la normalización como necesidad de una intervención médica, quirúrgica, que te lleve inmediatamente del otro lado. También hay otros trans que dicen «no, no, la naturaleza cometió un error que he conseguido enmendar» y todo lo que es el tránsito en sí lo borran, porque no les aporta nada. Ocultar un error, borrarlo de la vida. Como decir: «Si el proceso de cambio me llevó siete años, esos me los robaron, no forman parte de mi historia». Estoy simplificando, por supuesto, pero lo importante acá es nuevamente qué genera el debate, y esto es a mi juicio capacidad de reflexión, de deconstruir verdades que parecían inmutables, de cuestionar protocolos mecánicos…

Es muy interesante y necesario lo que ofrecen las poéticas trans y sin embargo tienen muy poca visibilidad en España, incluso para las personas que de algún modo trabajamos en esto. Como ejemplo, ahora mismo pienso en Txus García.

Está Txus García, me declaro sin tapujos fan de sus textos y sus espectáculos. La Poesía para niñas bien es un magnífico ejemplo, que iba acompañada de un vídeo promocional que merecía mucho la pena. Para dar otro ejemplo, en 2012, Ian Bermúdez publicó Ser h(u)ome*∞(à), que además lo interesante de ese poemario es que traduce formalmente el participar sin pertenecer de las categorías en el bilingüismo, la mezcla en este caso de catalán y castellano. Va totalmente en contra de la secuencia y está a favor del mestizaje, de la mezcla significativa. Yo di con él porque todos los años hacen un cabaret trans y si puedo voy… tenemos nuestros Lee Mokobes, desde luego. Están las Mujeres al borde con su poesía trans recogida en Síntomas, que también actúan desde múltiples ámbitos artísticos. Latinoamérica también ofrece muchísimas cosas a las que deberíamos prestar atención, porque son muy potentes. Yo conozco más de cerca México, Argentina y en menor medida Ecuador. Pienso, por ejemplo, que Adrift’s Book, de Sayak Valencia, es muchas cosas simultáneamente: filosofía, un relato de detectives… también poesía, también una reflexión a propósito del tránsito. Me gusta el trabajo de Valeria Flores, entre otras cosas, con Fabi Tron y Andrea Lacombe, han compilado Las chonguitas, una colección de relatos de niñas que participan de la masculinidad de diversas maneras. Y muchas, muchas más. Poéticas disidentes y disconformes, haberlas las hay. En catalán reivindico siempre el caso de Mari Chordá, que lleva mucho tiempo produciendo, individual y colectivamente (eso me gusta mucho de ella). Su Quadern del cos i l’aigua, por ejemplo, lo recuperamos para el volumen Accions i reinvencions. Cultures lèsbiques a la Catalunya del tombant de segle XX-XXI. Y podría, obviamente, seguir citando.

Tanto desde la disidencia sexual como desde las tensiones en las que se inscribe la identidad mujer actualmente se están proponiendo, en mi opinión, textualidades mucho más arriesgadas y reveladoras que lo que se está escribiendo a veces desde los discursos clásicos y estables del «hombre blanco, heterosexual…».

Claro, sí que pienso que cuanto más incómodo/a esté uno/a con lo que podemos llamar «el sistema» (y esto quiere decir el sistema económico, de representación, lo normal) cuanto más incómodo esté más capaz será de producir (sin querer queriendo) una literatura desestabilizadora, que propone, que da vueltas… Con eso no quiero decir que esté de acuerdo con la interpretación simplista que se articuló alguna vez desde un pseudo-psicoanálisis: «Cuantas más taras tiene un sujeto más puntos tiene para ser un escritor, digamos, maldito». No tiene necesariamente que ver con las taras individuales que tenga un sujeto, sino con su acomodo a los procesos de subjetivización, su reconocerse en comunidad, su poética de escritura, y otras cosas.

Utilizando el principio de Tolstoi de «todas las familias felices son felices de la misma manera pero las familias infelices tienen una manera particular de ser infelices» podríamos decir: «todos tenemos una manera similar de ser felices, porque para ser feliz te casas, tienes hijos…». Esas cosas que en realidad no nos hacen felices per se y tal vez ni las querríamos, pero nos enseñan que hay que quererlas. Luego eso se suele venir abajo, dura el tiempo que dura, y quizás lo interesante sea ver cómo se viene abajo, sobre todo porque nunca se vino arriba. Ver cómo se viene abajo, y desde este venirse abajo, proponer otras cosas (que comprenden también unas prácticas heterosexuales creativas, por supuesto). Evidentemente la literatura es un campo muy importante y muy interesante, que normalmente se trivializa, por considerar que la literatura sólo habla de ficciones. Pero aquí se están confundiendo las ficciones con las mentiras. De hecho, fíjate que desde algunos discursos teóricos serios [risas] –como la historia o como, incluso, la sociología y la psicología–, cada vez se da más papel al analizar las narrativas. Es justamente desde la teoría literaria que se ha experimentado a propósito de un modo de análisis de las narrativas, con el objetivo de entender cómo se construyen. Para mí eso es un punto importante del comparatismo, poner el análisis narrativo al servicio del análisis histórico, o del análisis científico. Considero que los discursos de ciencias y los discursos de letras no están tan separados.

Además de tu trabajo académico, también has escrito cuentos para niños. Me parece muy importante, porque los contenidos que activan los estudios de género y los estudios queer parece que sólo empiezan a formar parte visible del mapa cuando uno empieza la universidad, la formación superior o, en muchos casos, ni eso. Gran parte del conocimiento se mantiene en la academia pero no llega a formar parte de los saberes comunes que son los que construyen sociedad. Tristemente, no permea en las etapas clave de la formación de un sujeto, en la educación más primaria. Vemos muy a menudo esta tendencia a proteger a los menores de la información sobre identidad y diversidad sexual.

Hay como una tranquilidad de, bueno, si yo soy lesbiana es que he nacido lesbiana y qué vamos a hacer, soy una criatura de Dios. Eso relaja a la gente, pensar que es un determinismo natural y no una elección. Luego están los que piensan que sus hijos se harán gays o bolleras si reciben una influencia. Es como el chiste que aparece en la película Fresa y Chocolate, cuando uno de los personajes cuenta que tenía un amigo al que no dejan aprender a tocar el piano porque su padre decía que era cosa de maricones: «Ahora mi amigo es maricón y no sabe tocar el piano», concluye el personaje de Diego. ¿Qué tendrá que ver? Luego también están los que piensan que dar modelos es reconocer a las personas que tienen una naturaleza «rara», pero que en el fondo les viene naturalmente asignada. Si mi hijo tiene algo esencial, localizado en el cuerpo, que le hace gay, entonces es mejor darle modelos de vida para poder ser así.

Creo que afortunadamente hay una mayor oferta ahora en las letras en español y en catalán. Ha cambiado mucho, en muy poco tiempo. Cuando yo publiqué los textos de literatura infantil fue a raíz del nacimiento del primer hijo de mi amiga Pepi, a modo de regalo de bienvenida para Arnau. A ella le pareció maravilloso y me animó a presentarlo a un concurso. Yo era bastante reticente, pero un día ella apareció diciendo: «Mira, hay este concurso, preséntalo». Yo lo presenté sin ver que el concurso no era para este tipo de cuento. Aun así me hicieron finalista y me lo publicaron en otra colección con unos dibujos de Mikel Valverde. El cuento se llama Mi hermana Aixa. Con él me di cuenta del poder de la literatura infantil. Aún se está reimprimiendo. Habla de las minas anti-persona desde la narración de un niño, el uso de la voz de un niño sirve para salir de todo ese discurso de la compasión, de la ética…

Recibió buenas críticas tanto de ámbitos muy de derechas como muy de izquierdas. Lo cierto es que me inquietó el hecho de que se pudiese leer desde una perspectiva muy cristiana, colonial, de cooperación mal entendida, de «pobrecita niña negrita, qué hubiera sido de ella si no la adopta una familia blanca de un país civilizado». El segundo cuento que publiqué fue una venganza. Es un cuento de bichos donde el bicho no tiene ninguna categoría reconocible, es medio cangrejo medio escorpión, un exiliado, un refugiado en una comunidad de bichos asquerosos. Se llama Valentino el clandestino, y es una reflexión a propósito de la migración y del gueto. Partió de un sueño de la ilustradora Luci Gutiérrez y ella se encargó de ilustrarlo. Ha tenido mucho menos éxito porque a las papás y a las mamás no les gusta. Pero a lxs niñxs sí, esto lo digo por mi experiencia trabajando directamente con ellos.

Una vez, en un intermedio de un taller que yo estaba impartiendo, vino una niña preciosa y me dijo: «A mí Tino (Valentino, el protagonista) me ha gustado mucho porque yo soy como Tino». Cuando terminé la profesora me comentó: claro, esa niña tiene una madre francesa y un padre latinoamericano. Ella, que era oscura pero no como las mezclas habituales en Francia, se había reconocido como Valentino, diferente en su grupo de compañeras y compañeros.

Si las ficciones son productivas, crean realidad, modos de ser en el mundo: ¿no será que visibilizar ciertas ficciones pueda tener consecuencias? Este argumento, que comparto, podría ser articulado precisamente para apoyar la idea de que es necesario ocultar a los niños la información que atenta contra el desarrollo de lo que llaman «normalidad»: una vida heterosexual, monógama, productiva y reproductiva…

Incluir una literatura que cubra los temas de género y diversidad sexual es fundamental. Y lo es porque, ya creas que vas a provocar que lxs niñxs se planteen diversas opciones, o pienses que esencialmente algunxs ya son queer —bien creas que la literatura lo va a producir, o que lo va a representar o reproducir—, tiene que estar ahí.

También yo pienso que es muy sano para una persona «adulta» leer lo que se llama «literatura infantil», especialmente si es buena y aporta algo. Clarice Lispector escribió algo que se llama «literatura infantil» y me parece interesantísimo. Tiene un cuento maravilloso, La mujer que mató a los peces. Esa mujer es ella misma, sus hijos se fueron y le dejaron los peces de colores bajo su cuidado. Evidentemente aprovechó que no estaban, se puso a escribir y durante la semana que estuvieron fuera no alimentó a los peces. Cuando los niños volvieron, sus mascotas estaban cadáver, y lo único que pudo hacer para compensarlo fue escribir un cuento maravilloso. ¿Es literatura infantil? No lo sé, es precioso. Hay grandes propuestas en esta literatura que debemos considerar pero: ¿qué pasa con ella? Pues que el mundo académico no la considera o la juzga subsidiaria. Desde los departamentos de lenguas modernas es considerada una literatura menor, marginal, y su análisis literario es un campo que está poco trabajado por lo que debería estarlo. También da la sensación de que en la literatura infantil no pueden aparecer según qué cosas, por cuestiones morales. En ese sentido, aplicaría lo mismo que con la literatura de adultos. ¿Puede aparecer todo? Pues en principio sí. Aunque tienes que pensar en el público y en los instrumentos que potencialmente tiene ese público para la lectura.

En los departamentos de lengua y literatura española, no hay muchos investigadores que trabajen desde lo queer, desde el psicoanálisis, desde lo interdisciplinar. ¿Por qué? Parece que cuando miramos los departamentos de filología inglesa sí que encontramos bastantes profesionales trabajando género, sexualidad, etc.

Es fácil. Primero porque en la tradición académica española no ha habido una diversificación de voces como la ha habido en la tradición anglosajona. Por ejemplo, si pensamos en el concepto «literatura inglesa», es un concepto que muy pronto se ha puesto en entredicho. Iba a hablar de las colonias, pero incluso antes, con la literatura producida en Estados Unidos. Pronto se ha reivindicado: «Eh, nosotros no somos literatura inglesa, somos literatura en inglés». Qué no decir de casos como el de Buchi Emecheta, que escribe en inglés desde Londres sobre realidades mestizas afro-anglófonas ¿Qué pasa con Buchi Emecheta, con Chinua Achebe? ¿Es literatura inglesa? Claro, es un concepto que se ha desmoronado como concepto de unidad.

En cambio, como las colonias españolas fueron anteriores: ¿existe la literatura -y ahora pongo interrogantes-, hispanoamericana, latinoamericana? Porque parece que latinoamericana no sea colonial, pero es la etiqueta que se inventaron los franceses para no decir hispanoamericana, es decir, sigue siendo una etiqueta colonial pero está mucho más naturalizada y normalizada. Lo que quiero decir es que la literatura española sigue sin tocar la latinonamericana y sigue teniendo cierta actitud colonial. Como vemos, este no dar espacio no sólo pasa con cuestiones queer. De las colonias africanas más recientes ni hablo, porque, ¿quién conoce la literatura de Guinea? Sus autorxs no se trabajan, no se les concede espacio ninguno pese a escribir en español.

Luego también porque el sistema a través del cual la universidad española ha dotado de plazas al profesorado ha sido un sistema que se le ha denominado endogámico y es peor que eso. La generación de los catedráticos que se están jubilando ahora fue una generación mucho más carca en sus planteamientos, si quieres, pero también mucho más declaradamente carca. Si tú hacías otra cosa, aunque no la entendieran y les pareciese que la hacías porque eres mujer, te decían: «Qué pena, te dedicas a eso pudiendo dedicarte a literatura medieval, a hacer cosas serias». Como eras buena en tu trabajo al menos te dejaban existir.

Pero es que luego la generación posterior no te deja existir. Te pone palos a las ruedas y, como cada vez se ha complicado más el acceso a la universidad como profesor/a, se aseguran de que los que entren sean «de los suyos», y de que no les hagan sombra. Esto no quiere decir que no esté entrando gente buena a la universidad, que entran, pero pagando unos peajes más altos. Diciendo: «Bueno, a mí me encantaría trabajar literatura infantil queer, pero es que con eso no voy a ninguna parte, ningún grupo importante me va a firmar una beca, no me van a dar una plaza si yo digo que mi tesis es sobre este tema, entonces me dedico a hacer una cosa más mainstream, más canónica y así me aseguro la firma de ese catedrático…». Luego está la cantidad enorme de personas que formamos acá y acaban trabajando fuera, en el extranjero, porque no les damos un lugar en condiciones.

En fin, lo de trabajar lo mainstream se agrava porque además hoy en día es necesario publicar en determinadas revistas, las indexadas, etc. A mi modo de ver lo que hace es homogeneizar de una forma bárbara y drástica la investigación de la gente. Porque saben que para publicar en la revista indexada de Literatura Española, por ejemplo, hay determinados temas que no entran de ningún modo. Si pones en Google «estudios de género, España» verás que hay muchos centros en distintas universidades. Pero, ¿qué pasa?, que la gente que está haciendo ese trabajo es mayormente de posgrado (máster y doctorado), pero difícilmente habrá esa línea de estudios desarrollada en el ámbito del grado. Para mí, ahí está la ceguera secular. Los estudios de género deberían estar «implementados» —esa es la palabra que últimamente gusta tanto— en toda la formación. Y en toda quiere decir en toda: bachillerato, grado y también en educación infantil. Todxs y cada unx de nosotrxs tenemos que negociar (arduamente) con cuestiones de sexo-género, sexualidad y cuerpo. Nos afecta a todxs.

Sara Torres

Sara Torres (Gijón, 1991) estudia teorías de la textualidad, psicoanálisis, estudios queer y feminismos, con un máster interdisciplinar en metodologías críticas en el King’s College de Londres. Es autora de los libros de poemas La otra genealogía (Premio Gloria Fuertes de Poesía Joven; Torremozas, 2014) y Conjuros y cantos (Kriller71, 2016). Formó parte de la XIV promoción de la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores, donde trabajó en su primera novela.

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