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26 Sep

Chocar con algo, de Erika Martínez

ERIKA4

Fotografía de portada: Carolina Cebrino

9788416906369

Me une a Erika Martínez una relación forjada en la literatura y trasladada al espacio íntimo de la amistad. Esto no es una excusa a priori en la lectura crítica de su obra: es una manifestación más de la misma.

Con tres libros de poesía y uno de aforismos –Color carne (2009), El falso techo (2013) y este Chocar con algo (2017), más Lenguaraz (2011)- Erika Martínez se ha convertido en una de las propuestas poéticas más sólidas del actual panorama español. Y diciendo esto tan solo me sumo a lo que otros críticos como Martín López Vega o Antonio Rivero Taravillo vienen planteando.

En el conjunto de su poesía se pueden destacar algunas continuidades tanto temáticas como formales. En el plano del contenido, en todos está presente: una profundización en el tema de lo familiar y cómo sus diferentes lógicas acaban sedimentando en nuestras subjetividades; el desasosiego de la voz poética en la confrontación con su contexto, y la conexión que se establece como resultado entre el espacio de lo personal y el de lo político; y los temas del vacío y el hueco como una conclusión de lo anterior, que provienen de la necesidad de dar respuesta al silencio por medio del artefacto poético, aun a sabiendas de que la réplica obtenida conducirá a otro silencio.

Sin embargo, a la vez, cada libro ha encontrado un tono diferente. Color carne combinaba la ficción con la voz poética de corte más tradicional, y a la vez sus poemas tendían a adelgazarse y comprimirse a medida que el libro avanzaba, como antesala de su posterior libro de aforismos. El tono era abigarrado, y trazaba un camino que transitaba desde el humor hacia posturas de corte más existencial.

El falso techo fue un libro mucho más crudo. La pulsión de una historia íntima se manifestaba a través de espectros, en su primera parte; y en su segunda, tomaba el no-lugar del aeropuerto para manifestar la intemperie en la que se situaba la voz poética en un momento histórico y social concreto. El falso techo aceptaba finalmente un fracaso, necesario para llegar a un nuevo estado que despejara el horizonte vital y poético, que de alguna forma auguraba Chocar con algo.

Desde El falso techo, por tanto, nos introducimos en Chocar con algo. Francis Fukuyama en los años sesenta decreta el fin de la historia basándose en las bondades del Estado liberal y la consumación de la felicidad del hombre con la desaparición de la sociedad de clases. En 2013, Erika Martínez escribía «para que yo, miembro de una generación prescindible, pierda la fe en la emancipación, mire el techo de mi dormitorio y se me venga la casa encima». La poesía de Erika Martinez venía a confirmar que los espectros de Marx estaban más presentes que nunca, en palabras de Derrida, y que el fantasma (como visión) había sido creer que todos nos habíamos convertido en parte de la idílica clase media; y el espectro (como amenaza) consistía en el resurgir de la toma de conciencia de la aún presente división social en los sujetos de hoy. Chocar con algo manifiesta esto de una forma más contundente, y ya no desde el fracaso sino desde la asunción y la necesaria exposición de la experiencia y el conocimiento.

En segundo lugar hablábamos de la familia en la poesía de Erika Martínez. Si antes citaba a Marx, junto a este el otro gran filósofo que habita el pensamiento actual, a mi juicio, es Freud. Este intentó vislumbrar las estructuras simbólicas presentes en la especie humana manifestando que era en el contexto familiar donde estas tomaban forma en los primeros años. De alguna manera, en la poesía de Erika Martínez son expresadas estas pulsiones tratando de analizar y hacer frente a estos condicionantes: como si para afirmar la autonomía del sujeto no fuera suficiente solo el reconocer sus potencialidades sino también los determinantes de nuestra intimidad con los que permanentemente chocamos.

Pero la poesía de Erika Martínez sigue una estructura que supera la dialéctica del dos (aspecto que en otras ocasiones hemos comentado ella y yo) y se dirige hacia un tercer elemento de síntesis (en un esquema que recuerda el idealismo hegeliano). El tercer elemento no lo vinculo a un pensador sino a una tradición epistemológica y práctica, la de mayor calado en el pensamiento hoy: el feminismo. Sostendré que en la poesía de Erika Martínez hay un impulso por superar la estructura binómica de la diferenciación de género y es más cercana a planteamientos que reafirmando la autonomía e incluso la diferencia de género, apuesta por la capacidad del humano de recrear su esencia para poder ser a la vez lo uno y lo diverso (y en este sentido, sus planteamientos los encuentro más cercanos a Judith Butler que a pensadoras como Rosi Braidotti, aunque ambas se rocen en algún punto).

Aunque Chocar con algo se divida en cuatro partes, en su superestructura analizo, de nuevo, una forma trimembre más un epílogo (que no afecta al sentido global, puesto que mantiene una cohesión tanto estilística como de contenido). Es difícil hablar por partes del libro, pero creo que mi deber como crítico, y aquí sigo a la argentina Graciela Speranza, es aclarar el camino con mi interpretación en otro acto creativo para acercar la obra a otros lectores, y en este sentido, me dirijo a su hermenéutica.

La primera parte toma forma de prosa (no entraré en el posible debate entre el versículo y prosa poética, no me interesa) y en ella pareciera que Erika Martínez desgranara el pilar de su propia poética: la contradicción (y no solo en la cuestión de género, sino entre el peso de la tradición y el silencio, el método y la manufactura, lo universal y lo contingente).

Su segunda parte, que desde el punto de vista formal también sigue la estructura del poema en prosa combinada con el verso, es donde emerge de nuevo el tema familiar en el sentido que ya he tratado. En ella la memoria juega un papel fundamental, pero no en el sentido de memoria histórica, sino como hecho capaz de yuxtaponer los diferentes planos del tiempo (pasado, presente y futuro) a una misma vez, con capacidad también de concentrar lo extenso y lo ajeno en el metro cuadrado ocupado por el sujeto («Bajo el sol de la tarde convergemos, como las sombras en asta de un estadio»).

Y por último, en la tercera, la condición de nulípara es el cauce para conectar desde una intimidad, la expresada con mayor intensidad de toda su poesía, con un sentido político, recreando un lugar en el mundo y el sentido de la escritura como una forma de transitar tanto en la contingencia como en lo universal. Esta parte, a diferencia de todas las anteriores, formalmente retoma el verso, con tendencia al ritmo endecasilábico, donde predominan los endecasílabos alternados con dodecasílabos y decasílabos, combinados con otros más cortos de siete u ocho. En este sentido, recuerdan algunos poemas a la estructura de la silva, base del poema narrativo, y de alguna forma, cobra sentido puesto que en ocasiones la poesía de Erika Martínez parece fuertemente influenciada por el ritmo de la imagen y la secuencia propias del cine.

En una primera lectura quizá el lector de la poeta no identifique algún poema certero y directo como en sus anteriores libros. Pero Erika Martínez no da puntada sin hilo, y este libro gana en sentido y coherencia en las trayectorias ya marcadas en su poética y se encamina hacia unos derroteros de difícil expresión pero de lectura crónica.

Daniel López García

Durante años trabajó la acción social vinculada a la creación artística en campos de refugiados de Bosnia y Herzegovina, en el norte de Marruecos y el sur del Peloponeso. En la actualidad, es escritor de comentarios sobre literatura y artes plásticas que pueden leerse en revistas como Quimera, Revista de Letras o Maasåi Magazine, entre otras. Ha entrevistado a más de una treintena de escritores en lengua española, y a otros tantos artistas y fotógrafos. Está realizando un documental sobre literatura y creación joven junto con Carolina Cebrino y Daniel de Zayas, y redacta su tesis en estudios comparados de literatura los fines de semana.

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