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15 Feb

Éste es el mar, de Mariana Enríquez

Vito Rivelli

Fotografía de portada: Vito Rivelli

9789873987564

Durante la última ceremonia de entrega de los premios Grammy hubo un hecho que no pasó desapercibido para muchos: ninguna de las categorías vinculadas al rock fue premiada durante la transmisión del evento, teniendo que compartir lugar con los premios menos notorios. Lo que podría considerarse una afrenta a todo un género musical, no es más que un síntoma más de su lugar cada vez más reducido en el mercado global. Durante los últimos años, ha cedido en ventas frente al pop o el hip-hop, perdiendo su hegemonía entre los jóvenes de las nuevas generaciones. Enríquez (Buenos Aires, 1979) consciente de este contexto, nos traslada mediante la ficción a una etapa cuando el rock era aún capaz de generar pasiones y devociones, con una intensidad capaz de llevar a locura o la mismísima muerte, mediante la historia de James, destinado a convertirse en su último vestigio:

“Los tiempos se aceleran. Hay aburrimiento. James es el último. ¿La era del rock? Así le dirían ellos. Nosotras no usamos esos nombres, solamente reconocemos los cambios.” (Pág. 23)

En la presente nouvelle, hay tres nítidas personalidades sobre las que gira la trama. En primer lugar, la estrella de rock. Seres frágiles, vulnerables y expuestos constantemente a la posibilidad de extinguirse fugazmente si llegan a perder el fervor absoluto de sus fans, quienes con su entrega total dan vida a una relación rabiosa, juvenil y llena de energía. Es en el medio de esta relación que Enríquez, posiciona al ‘Enjambre’ y ‘Las Luminosas’, seres eternos que, en una clara evocación de los mitos griegos, dedican su inmortalidad a mantener vigente esta religiosidad. Helena, es la encargada de acompañar a James en su tránsito a convertirse en leyenda, tarea que además le proporcionará a ella la posibilidad de acceder a un nivel de vida que ha anhelado desde siempre. Para ello, no tendrá reparos en provocar el sacrificio de una joven o ataques en el cuerpo de James para lograr su mitificación, misión en la que tiene éxito hasta que se topa con el límite más humano posible: el deseo amoroso.

Los últimos años se han caracterizado por la digitalización, la aceleración y la disolución del sentido de la experiencia, fenómenos que provocaron cambios radicales en el mundo musical. Desde las plataformas de reproducción hasta la justificación de un estrellato. No es casualidad que un detalle importante de la fama de James,  y que se destaca en muchos pasajes, es el consenso sobre su nula calidad musical. Es capaz de volver histéricas a un buen número de fanáticas con canciones horribles, piensa Helena constantemente, la Luminosa encargada de volverlo Leyenda a pesar de ese detalle en lo que obviamente es un señalamiento a la banalización progresiva de un arte al  que la industria a la que responde, exige un sinfín de requisitos menos uno que debería ser el principal: la música misma. Una que sea capaz de trastocar los espíritus de sus oyentes de forma profunda. La instantaneidad es el enemigo en esta novela, al que todos quieren enfrentar, ya sea mediante la inmortalidad corporal en el mundo en el caso de los seres fantásticos, o través de la persistencia del mito en el caso de las Estrellas del rock, como Lennon, Presley, Morrison, Vicious o Cobain.

Y si hay un mito, hay una tragedia detrás. El deseo amoroso que mencioné anteriormente provoca que Helena conozca el doloroso pasado de James y la relación nefasta que tiene este con su madre debido a los eventos sórdidos de su pasado en un sector de Los Ángeles donde conviven la pobreza, el desahucio y el abandono. La humanización de un dios o un semidiós empieza por la compasión, sentimiento que en este caso, se confronta con el sentido del deber ancestral y la persistencia de una comunidad unida por la intolerancia  de la que ha sido víctima y la huida constante que ello provoca. Y digo semidiós, pero podría decir monstruo, lo cual remitiría, por supuesto, al clásico Frankenstein, o el moderno Prometeo de Mary Shelley (de cuya aparición se cumplen 200 años), en el que al igual que Helena, es la imposibilidad de ser aceptado como humano lo que desencadena los cuestionamientos internos sobre su papel y función en el mundo. La figura del monstruo que nace a partir del rechazo de los demás.

Enríquez convierte la nostalgia por una era en una breve y notable ficción en el que los elementos fantásticos, al igual que en sus dos notables conjuntos de relatos anteriores, son un vehículo para narrarnos una atrapante historia que permite vislumbrar nuestras obsesiones colectivas, paranoias sociales y  sobre todo, el miedo por uno de nuestros mayores enemigos: el paso del tiempo.

Sebastián Uribe Díaz

Lima,1992. Bachiller en Economía por la Universidad de Piura y Licenciado en Administración por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Estuvo en el curso de Economía Avanzada del Banco Central de Reserva. Es director de la sección de Cultura del portal web "Punto y Coma". Ha publicado reseñas literarias en "El Dominical" del diario El Comercio y los portales "El Roommate" y "Solo Tempestad". Su blog personal es "Un perro romántico". Se encuentra buscando espacio para sus libros.

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