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18 May

Familias de cereal, de Tomás Sánchez Bellocchio

Tomás Sánchez Bellocchio

Foto de portada: Delfina Sánchez Novas

Familias de cerealLa publicación de Familias de cereal continúa la titánica apuesta de la editorial Candaya por autores hispanoamericanos punteros, independientemente de su consagración, como recuperación de una rica tradición literaria, mayormente olvidada en España, que se muestra, en casos como este, con toda su potencia para revelar todo un mundo de expresiones, incertidumbres y situaciones impensables en otro contexto. Bellocchio despliega, desde diferentes perspectivas y emociones, una prosa obsesiva e implacable que impregna los ambientes y provoca que cada personaje, inevitablemente, vuelva una y otra vez sobre el mismo punto, sobre el hecho que marca un punto de inflexión, casi siempre ligado a un aspecto de la infancia, y su trayectoria posterior. De este modo, a través de cada uno de los doce relatos, los protagonistas, como sus lectores, testigos invisibles de sus peripecias y desgracias, asisten a una lógica que los empuja hacia un final incierto, desconocido, que deja un sabor amargo y ambiguo sobre la existencia del ser humano y su propia imposibilidad para escapar de los sistemas de control impuestos, lo que recuerda a la fatalidad y la extrañeza de la enigmática Casa tomada (1946), de Julio Cortázar.

Desde este punto de vista, cada historia se conforma como un intento de escapada hacia un lugar enmascarado, seguro, desde el que combatir el dolor. Los personajes tratan de construirse otros mundos, otros imaginarios desde los que agarrarse, resistir el envite del fracaso, aunque esas utopías acaben, previsiblemente, derrumbadas por la presión del exterior y el desgaste del tiempo. Pasado, presente y futuro se entremezclan bajo una nostalgia insondable, insoportable, que marca el carácter y la búsqueda final hacia la que se inclina cada narración. Así, el gesto de mirar hacia atrás lleva aparejado una suspensión, un espacio temporal abstracto, sesgado, que enturbia e inunda el presente difuminando la realidad y el acceso al triunfo sobre lo normativo. En ese sentido, cada gesto, emoción u objeto dejan una huella, una sensación de incumplimiento y óxido, muy en la línea de pensadores como Walter Benjamin. Bellocchio envuelve cada escenario con la fina capa de una pompa que, juguetona y libre, asciende y se deja llevar hasta explotar levemente, sin que nadie sepa por qué, sin que nadie pueda explicarse qué tipo de añoranzas había puestas en su vuelo.

“Historia de la caca” muestra un ambiente opresivo, muy diferente al concepto que tenemos de lo normal o estándar, en el que el niño, como intento de evadir su situación ridícula y triste, intenta imponer otra lógica: «Para Martín, pensar en clasificaciones era en realidad una manera de no pensar.» (p. 35), mientras que “Animales del imperio”, indaga en las maneras de ver el mundo desde una perspectiva más obsesiva, cuyo punto central se sitúa en las fábulas y los animales de corte borgiano. La historia, llena de elementos sugerentes y de metáforas misteriosas, muestra cómo lo fantástico es, en ocasiones, mucho más eficaz a la hora de desvelar la realidad que los acercamientos directos, punto central en Familias de cereal: «Este país que tenemos sólo puede explicarse mediante la fábula (…) …Escondían los huevos de los pájaros muertos y se los llevaban lejos, para que fueran criados en las costumbres de los reptiles y no supieran nunca lo que significaba volar…» (p. 43). De esta manera, lo infraleve, inexplicable, amenazante y ambiguo salpican los diferentes relatos hasta introducirnos en un mundo que no es el nuestro, ni tampoco el de los personajes, invitándonos a palpar los límites y la confusión, muy habitual, entre realidad y ficción.

“Disco rígido”, acaso uno de los pocos relatos con menos potencia, desvela el estancamiento ante una pérdida muy cercana. La incomunicación, presente aquí de una manera muy intensa, sirve como motor que enlaza la nostalgia del pasado con la rapidez de las nuevas tecnologías en busca de un elemento redentor que permita avanzar a uno de sus protagonistas. De hecho, esta sensación amarga, decepcionante, fracasada incluso, también inunda “Interrupción del servicio”, narración en la que predomina otra de las nociones clave de Bellocchio: la desmemoria y la irrupción del simulacro, que llena ese espacio con productos degradados y falsos, al igual que el “Hacedor de dinero”: «Llegó un punto en que el dinero se convirtió en algo abstracto: números, series de números.» (p.77).

Por otro lado, “Cuatro lunas” ahonda en las apariencias, la necesidad de atención y el carácter perverso de lo normal, que penetra a los personajes hasta tumbarlos como fichas de dominó. Aún más, el deseo de cambiar se erige aquí como un juego en el que el resultado es todo o nada, la supervivencia vital o la dominación invisible, concepto que en “Mitad de un hermano” lleva a su protagonista a acciones extremas con tal de cerrar la herida que se abrió en el pasado. Otros relatos como “Fidelidad de los perros”, en un tono más carveriano, o “Ciudad de cartón” se ubican en un sinsentido desasosegante en el que aparecen temas como la crisis económica y la soledad dentro de las familias, de la comunidad. En esta línea, “La chica del norte” toma el tema del Otro, tratado por autores como Johannes Fabian o Keith Moxey, en clave frustrante al transformar el choque entre civilizaciones y las acciones humanitarias en una destrucción de las expectativas, de las situaciones que nos vende a diario el entramado oficial: «Un desfasaje entre el recuerdo, lo que tienen ahora delante y la imagen que fabricaron en sueños.» (p. 148). El futuro es, a lo largo de estas historias, un lugar estéril, un campo lleno de huellas que perduran a través de sus objetos, como ocurre en “La nube y las muertas”, enmarcada dentro del acelerado cambio de vida que se ha producido en tan solo unos años a través de las nuevas tecnologías: «Para ellas, todo lo inventado a partir de los noventa era directamente ciencia ficción. Ese desapego por lo nuevo, además de conceptual e histórico era sensorial: nada les resultaba intuitivo.» (p. 164).

Todo esto nos conduce a “Familias de cereal”, el cuento inicial que da título al libro y que sintetiza, en cierta manera, todos los anteriores. En esta ocasión la pulsión de archivo, el brillo del objeto capitalista, el choque entre los anuncios y lo ordinario, el desgarro entre la felicidad prometida y la insatisfacción comercial y, por último, el distanciamiento y construcción de otro mundo paralelo como salvación, dan como resultado una sensación punzante, acaso realista, por contraste, del mundo en que nos movemos, queramos o no, deseando «una felicidad instantánea, sin peripecia ni perdedores.» (p. 32).

Héctor Tarancón Royo

Graduado en Historia del Arte, máster en Filosofía Contemporánea y especialista en Gestión y Economía de la Cultura por la Universidad de Murcia. Ha fundado la asociación cultural AHARMUR y forma parte del comité de redacción de Tebeosfera. Colabora puntualmente en medios como Culturamas, Détour, El Coloquio de los Perros, La Opinión de Murcia o Revista de Letras. Ha sido antólogo en 2/2, antología poética de Juan Andrés García Román, y ha escrito para exposiciones de arte contemporáneo. Su línea de investigación explora las relaciones entre el arte contemporáneo, la literatura, la identidad y la cultura de masas.

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