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5 May

Friquis, de Fernando Lobo

fernando lobo

friquisCuando la libertad de expresión se transformó en una revista de chismes

El cuerpo entero de la conductora de televisión Tania Monroy ha sido destrozado en favor de los estándares inalcanzables de belleza. Bien mirado, esas carnes nunca han sido suyas; las cedió hace mucho en favor de las ganancias de una empresa a la que poco le importa su integridad física o lo que haya adentro de su cráneo. El pueblo mexicano dice amarla, pero, si tuvieran la oportunidad, la devorarían como Las ménades de Julio Cortázar. Tampoco es que Tania sea una heroína, ha sabido utilizar para su beneficio económico a cada persona que ha pasado por su vida. Ni siquiera perece sentirse invadida cuando empieza el reality show en el que transmitirán en vivo la reconstrucción de su nariz, que perdió completa en una cirugía mal realizada; la conductora sabe que sus mansiones irreales y sus mascotas en peligro de extinción requieren cierto sacrificio.

Parece tratarse de una escena más del mundo del espectáculo mexicano, pero la historia proviene de la pluma de Fernando Lobo. Publicada en 2016, bajo el sello de la Editorial Almadía, Friquis es una novela sobre el pop como propuesta estética del capitalismo y la decadencia de la televisión. Mezclando deliberadamente elementos fantasiosos con la realidad, el autor pone el dedo en las llagas de una sociedad de consumo que lo mismo devora electrodomésticos que cuerpos. Las referencias a la actualidad mexicana son inevitables y el lector termina por saberse parte de un universo detestable, del que sólo podría escapar convirtiéndose en un ermitaño que viviera en lo más alto de una montaña.

Ejecutivo. Legislativo. Judicial. Televisión

Antes de iniciar, Fernando Lobo recuerda una cita de Guy Debord: «El espectáculo no conduce a ninguna parte, salvo a sí mismo». Esa parece ser la bandera que guiará a sus personajes, un grupo de artistillas decadentes y periodistas de quinta cuyo objetivo es llegar a ser obscenamente ricos. No importan las cabezas que tengan que cortar, ni toda la mierda que tengan que introducir en el cerebro de la gente.

Todos se encuentran inmersos en las dinámicas de poder de Telemanía, la más grande televisora de un país que por más ficticio que sea no puede evitar ser México. Si el lector no atrapara ninguna de las referencias, cosa difícil por ser el medio del espectáculo tan similar en todo el globo, podría pensar que se trata de una suerte de novela distópica. La forma en que Telemanía controla a sus empleados como piezas de ajedrez y a su público como zombies de la más baja categoría parece, francamente, sacada de la ciencia ficción.

No hay referencias políticas explícitas en Friquis y es justo ahí donde está el posicionamiento. Las leyes y los mandatarios de este país nunca aparecen, pero el espacio de su ausencia se siente en cada momento. No parece haber más regla que aquella que ponga Telemanía. La empresa elige quién existe o quién debe descender, de un día para el otro, del podio de las estrellas a las butacas del público. Puede ser el turno de cualquiera, no importa que su estatus parezca asegurado. Sólo basta que el rating caiga un poco para que la sangre corra. Telemanía parece encarnar, a su propia macabra manera, al Partido del que hablaba Orwell en 1984.

En la industria del espectáculo, el ascenso ocurre por rutas tan azarosas como las que llevan de bajada. «En este negocio cualquiera puede ganarse un Emmy», dice alguno de los personajes de Fernando Lobo, «si cuenta con padrinos y recomendaciones. Y si a esa sandía le colocas un par de neuronas para repetir lo que dicta el apuntador electrónico, puedes convertirla en una estrella. He visto llegar a la fama a personas que no hilan dos ideas coherentes». La base sobre la cual descansa el sistema de esta empresa es la misma que sostiene al capitalismo: cualquiera puede llegar a la cima, pero no todos pueden llegar a la cima. Es decir, que todos tenemos las mismas capacidades para llegar a ser Donald Trump; de este modo el sistema nos mantiene distraídos peleando entre nosotros por ocupar un día el lugar del magnate. Pero no todos podemos ser Donald Trump al mismo tiempo, de modo que la mano de obra barata se encuentre siempre asegurada.

«¿Acaso no es lo que todos deseamos? Una oportunidad. Apenas un instante en la vida que nos permita mostrar al mundo, de una vez y para siempre, el verdadero material del que estamos hechos». Los personajes de Lobo harán cualquier cosa por obtener ese momento; de manera que se mantiene el equilibrio en el ambiente. El sistema de Telemanía es perfecto porque permite que, cualquier enojo que podría sentirse hacia la cabeza, se descargue en los niveles más bajos. Los peones pocas veces atacan a los reyes porque están muy ocupados destruyéndose entre ellos y persiguiendo el sueño de convertirse en alfiles. Quizás sea así como escapen todos a la condición humana y a la revelación de lo absurda que es la vida. «El mundo es el engaño que oculta el hecho de que no hay verdad alguna», se lamenta una voz en la novela.

Los personajes comunes y corrientes no tienen lugar en Friquis más que como referencias indirectas. Pocas veces se acuerda uno de que existen, existimos, y de no ser por los comerciales o las mediciones del rating, esas pocas veces serían más bien ninguna. Hay un anuncio que parece condensar la razón de ser de la masa, desde la perspectiva de la empresa. «Si padeces hipertensión, anemia, estrés, migraña, artritis, hemorroides, gastritis, disfunción eréctil o cualquier otro síndrome de oficinista sedentario», dice el narrador, «los actores con bata blanca y estetoscopio que Telemanía coloca en tu pantalla, poseen facultades de diagnóstico y recomiendan fármacos accesibles sin receta médica que reducirán temporalmente los síntomas, de modo que puedas continuar tu existencia de oficinista sedentario». La empresa no necesita personas conscientes de sus cuerpos sino máquinas de consumir. Necesita gente enferma, patologizada, porque a su cúpula le conviene la inacción.

Como lector, uno se puede creer que el sistema en Friquis es un desastre, pero la cosa es más bien al contrario. El sistema es tan bueno que se repara solo, como solito desecha cualquier pieza que no le genere ganancias o que requiera recursos desproporcionados con respecto a los beneficios que provea.

El México de Friquis

El secreto está en fingir alianzas con el pueblo, de forma que la opresión les vaya entrando despacito. Lobo pinta una empresa que se regodea en la desgracia y en la mierda del país. Una empresa para la cual sus artistillas y el público valen lo mismo: todos son patiños que pueden utilizar para sus intereses comerciales. «Son estas tragedias las que nos retan a mirar hacia adelante», dice Pepe Ortigoza, vicepresidente de publicaciones de Telemanía, mientras anuncia el destino funesto de Mac Cervantes, uno de los periodistas de ética apestosa en Friquis. El discurso evoca el mismo que se escucha en le televisión mexicana cada vez que sucede alguna desgracia. Parece ser un mensaje de empatía y de unión, pero no es más que un anuncio que señala que la materia prima de los próximos días será el dolor del propio pueblo. «Soy un convencido de que la principal tarea de esta empresa es la de colaborar, mostrándole a México el camino del éxito».

«En 1982, la Cineteca Nacional se incendió, el peso mexicano acabó de derrumbarse en una devaluación de tres dígitos, López Portillo anunció llorando que nos habían saqueado, nacionalizó los bancos y le propuso matrimonio a Sasha, la fichera original. Era el fin de una época». Estos son los tiempos donde Lobo enmarca la raíz de su novela, la era que nació casi con su generación. El final del sueño revolucionario, la última gota que nunca ha terminado de derramar el vaso del autoritarismo. La época del temblor, del nacimiento de la sociedad civil organizada en México, y del clímax del matrimonio entre el Ejecutivo y el cuarto poder encarnado por las televisoras, donde a veces entran también el Legislativo y el Judicial en calidad de mistresses.

No hay diferencia esencial entre esa época y la anterior o la siguiente. La consciencia extendida sea acaso la única novedad. La consciencia de saberse parte de una cultura de masas, infiltrada hasta en los rincones más oscuros y peludos de nuestros cuerpos, de la que es imposible escaparse o esconderse. El mismo Lobo lo plantea dentro de la novela: ningún personaje de su universo, por ajeno que intente mantenerse a la historia, podrá escapar de conocer los detalles de los acontecimientos. La industria del entretenimiento encontrará siempre la manera de introducirse en su sistema.

Por instantes se antoja recordar la cinta La dictadura perfecta (Estrada, 2014), aunque Friquis se diferencie por no intentar ser una copia chistosona de la realidad. De ella toma sólo las leyes y los códigos de conducta, evaluando los comportamientos que sus personajes son capaces de tener en ese entorno. Lobo no hurga en los resquicios de las celebridades y los políticos famosos, labor que sólo tendría vigencia en un contexto y una temporalidad específicos; el autor quiere desentrañar las condiciones que permiten el nacimiento de estas personalidades, el medio de cultivo de la podredumbre humana que les encumbra y les permite delinquir impunemente.

El universo en Friquis evoca particularmente un programa de televisión que solía estar al aire hace unos 15 años. Hasta en las mejores familias era un talk show conducido por Carmen Salinas, actriz secundaria de las películas de ficheras y hoy, sin necesidad de haber demostrado experiencia alguna, diputada federal. El programa estaba dedicado a discutir los problemas más escabrosos de presuntos televidentes. Las filias y los engaños más retorcidos eran exhibidos en horario familiar. Sus protagonistas debían ser personas con discapacidad o personas LGBT para poder explotar el morbo de la diferencia. El mundo de este talk show y el de Friquis parecen intersecarse, buscando ambos rasgar en lo más hondo de la degradación, tanto de los protagonistas como del lector-televidente.

La libertad disuelta

Gran parte de la prensa en México está infectada por el virus de la industria del espectáculo. Claro que no toda; hay muchos grupos remando a contracorriente. Quizás ni siquiera sean los menos, pero sí que tienen menos recursos. Si te sales de la Ciudad de México y vas a un pueblo cualquiera, o una ciudad pequeña, es raro que en un puesto de periódicos encuentres alguna publicación que no se parezca a las descritas por Fernando Lobo.

«En algún momento de la historia, ciudadanos valientes derramaron su sangre para que en el siglo XXI cualquiera pudiera colocar cámaras en el patio de tu casa y grabar, por ejemplo, escenas explícitas de adulterio». Y a eso se reducen nuestra libertad de expresión y nuestro derecho a la información: a comprar el TV Notas, a pensar lo que nos diga Ciro Gómez Leyva, a escribir un tuit mentándole la madre a Peña Nieto, a votar por el malo o por el peor cada seis años, a decidir no hacerlo «para no mancharnos las manos» y ver cómo el resto elige y endiosa al peor.

Las tripas contra el asfalto

«Se preguntó si acaso habría un fondo del abismo o si uno puede seguir cayendo sin reventarse las tripas contra el asfalto». Para los personajes de Lobo parece no haber límites en cuanto a la degradación humana. Sólo la cárcel o la muerte son capaces de ponerle fin a aquella inercia. Y la primera no puede hacerlo más que temporalmente.

Friquis es una manera aterradora de vernos al espejo y ser brutalmente honestos con nuestra imagen. Cuando uno piensa que hemos tenido ya suficiente autoritarismo, suficiente muerte, suficiente televisión basura, suficiente atole con el dedo, llega algo que revoluciona nuestra capacidad de sorpresa y que nos hace darnos cuenta de que todavía no ha sido suficiente, de que el saqueo no ha llegado a su fin, de que hay un trocito de nuestra dignidad todavía sin pisotearse.

Aunque consuelo de muchos sea consuelo de tontos, lo cierto es que no seremos los únicos en vernos reflejados en las páginas de Lobo. Porque más que una instantánea de la cara de idiotas que ponemos cuando vemos la tele, Friquis es una historia sobre nuestro tiempo.

David Ledesma Feregrino

David Ledesma es activista en favor de las personas de la disidencia sexual y de género. Formó parte de la XIV promoción de la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores. Le dicen la Malquerida.

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