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15 Jun

Hombres que cantan nanas al amanecer y comen cebolla, de Sara Herrera Peralta

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Fotografía de portada: Samuel Capdeville.

Hombres-que-cantan-nanas-al-amanecer-y-comen-cebollaCon sus últimos libros, pienso sobre todo en Quien mire hacia abajo, pierde, Sara Herrera Peralta había logrado una voz, una concepción de la poesía como un trayecto del desarraigo a la solidaridad, acompañada de un tono luminoso que celebraba la existencia a pesar de sus encrucijadas más desgarradoras. Su anterior libro, Documentum, premio Carmen Conde 2014, buscaba puntos de apoyo, seguridades, en la familia, en un hogar que permanece en pie y al que se regresa. Entre la pérdida y los estragos del tiempo se erguía el amor como asidero: mi venganza, ahora, será vivir.

Hombres que cantan nanas al amanecer y comen cebolla es quizá su libro más complejo, el de más variados registros, también el más largo. Incluye poemas escritos entre 2010 y 2015 y, aunque no están ordenados cronológicamente, se detectan cambios en el discurso que apuntan a una evolución poética. Los temas siguen siendo los mismos: el paso del tiempo, la familia, el amor, los no-privilegiados, etc. Sin embargo, hay un cambio de significado que parece anunciar una nueva etapa en la poesía de la autora. Todos estos temas aparecen en este libro bajo el prisma de una crisis personal y poética que irrumpe, sobre todo en los poemas que componen el último tercio del libro, barriendo parte del vitalismo de su obra anterior.

En este libro también comparece la visión de los desafortunados, los que soportan el peso de las desigualdades extremas y sus contradicciones en África o Asia y esa necesidad de empatía y de tender la mano para compartir su destino: «Lloré por ti, niña negra,/ en Europa lloré por ti y me sentí egoista y me/ sentí inútil». En “El día de mi muerte”, una de las piezas indiscutibles del conjunto, se compendia ese discurso optimista que acompaña al oficio de vivir, al que nos hemos referido como característico de la obra previa de Sara Herrera Peralta: la familia como seguro, el amor como sentido: Que sepan que creí en el viaje/ como camino y creí en la familia/ como único hogar posible,/ y ese hogar siempre ha sido el mismo. […] Que amé la vida, eso es lo único/ que quiero que escriban en mi lápida,/ y si alguien lleva flores el día que me muera,/ que las eche al mar,/ porque es allí donde me descubrieron/ en infinito mundo en nuestros ojos,/ el olor a patria, el vértigo de la vida/ o el amor de la persona a la que amo.

Poco a poco, sin embargo, las seguridades se irán disolviendo y Sara Herrera Peralta nos va mostrando una poética más oscura y desesperanzada que constituye, a mi juicio, una novedad en su trayectoria, un nuevo trance estético y una moral con más fisuras, la fe en la condición humana se agita. En “Contra este mundo” escribe: De qué sirve un país muerto de tristeza/ un pájaro queriendo/ volar en una jaula, / tener apego a algo/ que mañana no tendremos.// De qué sirve la flor oscura, el poema,/ la madeja desecha,/ un lugar en el mundo/ cuando ya no es tu casa. A pesar del mensaje final: reclamo la alegría/ como alma y sostén/ contra este mundo, la crisis del yo poético ya es manifiesta.

Habrá una visión pesimista de la historia, del exilio, de la memoria. El desamor y lo efímero de los afectos y las seguridades personales dan paso a un replanteamiento de la creación poética, como en “La poesía tampoco sirve para nada”, cuyo título ya es en sí suficientemente expresivo. También aparece ahora la nostalgia, el paso del tiempo acarrea pérdidas irreparables, donde antes cumplía una función de consumación del ciclo vital que no impedía celebrar la existencia. Esta nostalgia emparenta, al menos temáticamente, los nuevos poemas de la autora con cierta poesía de la experiencia: Ahora se desparraman mis cantos/ en días sordos y nostálgicos:// en la vida,/ como en la guerra/ no hay nada que dé más miedo/ que aquello que ya no vuelve. La ternura parece venir de los extraños y no de los cercanos y conocidos: El cielo de Paris se diluye en vagones repletos/ de hombres/ que me miran con el corazón tierno y/ preguntan mi destino, como un efecto de la soledad de la mujer rota.

La única presencia segura, incontestable, que preside estos versos, aunque a veces solo apreciemos su sombra, es la de la muerte: Tan sola/ como todo lo abandonado en tu boca,/ vuelvo al silencio/ muda y frágil,/ perdida, sin hijos,/ pero en pie.// Acércame a la muerte:/ te responderé con lirios blancos.

Es necesario celebrar la aparición de esta obra importante, necesaria también, según creo, en la trayectoria de Sara Herrera Peralta, ya que abre una nueva etapa que puede ser muy fecunda en su obra futura. Este libro concluye, por una parte, un momento de su obra que ya dio lo mejor de si, y abre, por el otro, un nuevo camino que, según lo expuesto aquí, abunda menos en anclajes vitales y más en dudas e incertidumbres.

Daniel López García

Durante años trabajó la acción social vinculada a la creación artística en campos de refugiados de Bosnia y Herzegovina, en el norte de Marruecos y el sur del Peloponeso. En la actualidad, es escritor de comentarios sobre literatura y artes plásticas que pueden leerse en revistas como Quimera, Revista de Letras o Maasåi Magazine, entre otras. Ha entrevistado a más de una treintena de escritores en lengua española, y a otros tantos artistas y fotógrafos. Está realizando un documental sobre literatura y creación joven junto con Carolina Cebrino y Daniel de Zayas, y redacta su tesis en estudios comparados de literatura los fines de semana.

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