Subir
3 Feb

Illa, de Salva López

salva lópez

Fotografía de portada: Yosigo.

En su primera novela, Arroz Montevideo, la poeta Sara Herrera Peralta viene a decir que, de la misma forma que el gesto en una imagen tiene la capacidad de devolvernos la esencia de lo que somos a la vez que reconocemos la otredad de la que formamos parte, usamos la palabra —a pesar de su manifiesta inutilidad— para acercarnos a aquello que sin capacidad de nombrar sentimos. Concluye que esa es la razón por la que «crea tan a ciegas que la fotografía y la poesía son la misma cosa». Partiré de estas ideas para comentar el libro Illa (Terranova, 2015) de Salva López (Barcelona, 1984), una publicación compuesta por imágenes y no palabras, para insistir, sin embargo, en que se trata de un libro de poesía.

Sostiene Fernando Pessoa que «El poeta es un fingidor», y lo es de tal forma, «que hasta finge que es dolor/ el dolor que en verdad siente». Desde el primer proyecto que conocí de Salva López —Roig 26—, considero que estos versos bien podrían servir como piedra angular de la poética del fotógrafo catalán, una teoría del fingimiento aplicada al arte de la fotografía. En aquella ocasión, Salva López fijó la mirada en sus abuelos, una pareja de ancianos con la que durante cinco años compartió piso, el mismo lugar donde nació uno de ellos. Para este proyecto, el propio fotógrafo explicaba que su intención no fue tanto crear un retrato fidedigno de la realidad de sus abuelos, que él mismo compartía, sino más bien recrear la experiencia de vivir junto a ellos. Con mi colega, la también fotógrafa Julia Córdoba, hace unos años tomamos de referencia este proyecto entre otros para implementar el uso de la imagen y la fotografía en ciclos de educación formativa superior orientados al trabajo social, con el fin de educar en el uso y la construcción de imágenes como reflejo y cauce del conocimiento de la sociedad, un trabajo que publicamos en el libro El mundo visible. Una reflexión sobre fotografía y educación (Muséu del Pueblu d’Asturies, 2016). Siendo honesto, siempre me interesó muy poco cuánto de autobiográfico y cuánto de artefacto tenían las imágenes de Salva —la relación entre la realidad y lo recreado por el artista—, y sinceramente creo que en tratar de dar respuesta a este acertijo se encontraba una trampa. Sin embargo, sí nos llamó poderosamente la atención la capacidad de conexión que tenían aquellas imágenes, y cómo Salva, desde la construcción de un mundo concreto, conseguía conectar de manera universal con las vidas de aquellos alumnos y con las nuestras. En estas coordenados es donde sitúo el «fingimiento» del fotógrafo, en el saber el punto al que llegar entre la expresión del motivo biográfico, y por tanto procedente de una «realidad» concreta, y la recreación de la experiencia a partir del uso del símbolo y la imaginación del artista, y de esta manera, como fingiendo, expresar y comunicar el verdadero sentimiento.

De alguna forma, Illa mantiene una raigambre común con este anterior proyecto, donde ese «fingimiento», tal y como lo he expresado, sigue siendo un principio estético que organiza la obra, aunque la solución creativa y el resultado son muy distintos. El motivo de Illa al igual que en Roig 26 parte de nuevo de la biografía del fotógrafo. No obstante, en esta ocasión la experiencia que organiza el conjunto de la obra es diferente, en concreto la ruptura de una relación sentimental. La ordenación del libro gira en torno a dos tipos de fotografías. Por un lado, una colección imágenes de paisajes volcánicos de la isla de Lanzarote, en blanco y negro, tomadas tras la ruptura y con tendencia a manchar la página al completo; por otro, una serie de fotografías en color que reflejan algunas anécdotas y episodios en un viaje de la pareja, de un formato en su mayoría inferior a las anteriores. Obviamente, desde un primer acercamiento desde la semiótica, el contraste emerge al comparar los formatos, el uso del color y su ausencia y los motivos de las fotografías, estableciendo dos mundos semánticos enfrentados en una relación de oposición. Pareciera como si Salva López se condenara a encontrar una solución entre tradiciones fotográficas antagónicas, un obligado diálogo entre Ansel Adams y Nan Goldin, como la manifestación de la propia solución en la biografía del artista, enfrentando en el mismo contexto las experiencias del amor y su negativo.

Salva López - Illa
salva lópez - illa (2)

Sin embargo, el motivo de que haya echado mano de la semiótica para el comentario crítico de este libro no es casual, y el mero contraste entre forma y contenido de las imágenes —entre un pasado compartido en color con tendencia al pequeño formato, que dibuja en diapositivas una relación a partir del detalle y el símbolo, casi siempre con el cuerpo humano en presencia; y un presente caracterizado por la aridez y soledad de un paisaje que se muestra ancho y ajeno como trasunto de la pérdida que se experimenta— es insuficiente. Será en la experiencia lectora, en la práctica de interacción del espectador/lector con las imágenes a través del formato del libro, donde se produzca un nuevo cierre de significados.

En este sentido, el trabajo de edición que Salva López y Eloi Gimeno han realizado en Illa se torna fundamental para la comprensión y el disfrute de la obra. Entre las diferentes estrategias que ponen en marcha, destaca en primer lugar la decisión del uso de edición francesa. De esta forma, las páginas aparecen unidas y sin acuchillar, quedando siempre en las caras exteriores las referentes a los paisajes en blanco y negro, y en la cara no vista las cromadas relacionadas con la relación rota. Ambos grupos de imágenes se van intercalando a lo largo del libro, proponiendo las dos líneas temporales (pasado y presente) que de forma simultánea configuran la historia que Salva López nos narra en Illa. La solución tomada en relación al formato de las páginas tiene, al menos, dos claras consecuencias. Por un lado, en el caso de los paisajes que se mantienen en la cara vista, la saja no se plantea necesaria y esto dota de un mayor peso a la imagen que se suma al formato, contenido y tratamiento del paisaje, en la medida en que el lector/espectador sostiene un mayor gramaje de página sobre las manos en el momento del visionado. Esta medida es inoperante en el caso de las imágenes pertenecientes al pasado, ya que para su disfrute el lector se verá obligado a su separación y rotura, lo que supondrá la división del gramaje aportando liviandad a la página. La segunda consecuencia estriba en acometer o no este hecho, que plantea al menos dos soluciones al receptor: una que consiste en un doble acto de violencia —el golpe de la guillotina sobre las páginas y la intromisión en la intimidad de la pareja—; la otra, la decisión de no entrar de forma directa en la exposición del pasado y, por tanto, la imposición de mirarlas a través del papel. Con este mecanismo, el fotógrafo deja en manos del receptor el tipo de experiencia al que desea enfrentarse. Según el itinerario elegido, el sentido de la obra resultará dispar. En el caso de la liberación de las imágenes del pasado, la pérdida de peso en la página apuntará al sentido de lo efímero del recuerdo a través de ese acto de liberación, mientras que el presente siempre se impondrá con una gravedad doble. En el caso contrario, el ayer quedará custodiado e intacto entre las páginas, solo visible a través de una nebulosa. Y sin embargo, sea cual sea el resultado, ambas experiencias terminan señalando el contraste entre los diferentes estados emocionales a los que apunta el libro, subrayando cómo la prueba del desamor puede ser tan intensa, o incluso más, que la experiencia del afecto compartido.

Junto a esta estrategia, aparecen en el formato del libro otras que refuerzan la relación comentada entre formato y contenido: como dejar las tripas vistas en el lomo, dilación del acto de exposición emocional por parte del fotógrafo, pero a la vez fingidas con pintura negra; el contraste entre las delicadas tapas barnizadas en negro y la rudeza del grapado del conjunto, a la vista, acometido desde la cubierta; o la dedicatoria que el fotógrafo deja manuscrita con grafito en la portada interna del libro «Lo siento mucho», jugando con la ambivalencia de ese verbo en español, que pivota entre la experimentación de una sensación profunda y el lamentar un hecho o acontecimiento, que vuelve a señalar esa dimensión de «fingimiento» en el intento de esbozar el dolor verdadero.

Illa está llamado a ser una de las mejores y más sofisticadas muestras del fotolibro y Salva López se confirma como un talento en la composición de narrativas de la experiencia a través de imágenes. Esta obra y su autor revelan al libro como un espacio expositivo fundamental y único, que permite una experiencia estética imposible en otros contextos, por la que contenido, forma y recepción mantienen intensas relaciones de interdependencia. Illa nos habla de la experiencia de la soledad tras la pareja y, por tanto, necesita de otra soledad en su lectura para que así sea posible comunicarla.

Daniel López García

Durante años trabajó la acción social vinculada a la creación artística en campos de refugiados de Bosnia y Herzegovina, en el norte de Marruecos y el sur del Peloponeso. En la actualidad, es escritor de comentarios sobre literatura y artes plásticas que pueden leerse en revistas como Quimera, Revista de Letras o Maasåi Magazine, entre otras. Ha entrevistado a más de una treintena de escritores en lengua española, y a otros tantos artistas y fotógrafos. Está realizando un documental sobre literatura y creación joven junto con Carolina Cebrino y Daniel de Zayas, y redacta su tesis en estudios comparados de literatura los fines de semana.

Todavía no hay comentarios

¡Danos tu opinión!