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16 Jun

Inclúyanme afuera, de María Sonia Cristoff

María Sonia Cristoff

Cristoff alta

No sabía yo nada de María Sonia Cristoff el día en que su novela aterrizó dentro de un sobre semirrígido en el portal de mi casa. Ahora me alegro. Ahora me arrogo incluso el derecho de modificar su página en Wikipedia para añadir su último libro: Inclúyanme afuera, Buenos Aires: Editorial Mardulce, 2014. En la versión inglesa de dicha enciclopedia, hasta propongo un título traducido (Count Me Out). No por ir de listillo, no para dar pie a una borgiana confusión sobre traducciones que en realidad no existen, mucho menos para guiñarle el ojo, en busca de regalías, a futuros traductores. El gesto ha salido más bien como una respuesta protocolaria frente a la tendencia –extraña, bienintencionada– de ofrecer traducciones no oficiales, algo que los voluntariosos redactores de la Wikipedia en otras lenguas parecen haber pautado. Quizá eso sea ya una pequeña indicación (para el que no sepa que tiene varios libros traducidos al alemán) de lo bien que se mueve la literatura de Cristoff. En buena medida, me aventuro a intuir, puede tener que ver con su extenso conocimiento de la Patagonia (extremo sur del continente americano), que por su atractivo natural despierta el interés de muchos lectores internacionales, así como de más de un inversor multimillonario. Pero basta de digresiones; volvamos al original.

Inclúyanme afuera es la tercera novela de Cristoff, y se nota. Aunque quizá sea injusto decir eso. Primero porque no todo escritor logra tras tres intentos cuajar algo bueno (por mucho que trate de consolarnos el refranero); en segundo lugar, además, no sería prudente descartar la posibilidad de que el talento de Cristoff haya estado así de latente desde sus muy primeras páginas. Diré, mejor, simple y llanamente, que estamos ante una novela bien pensada, bien montada, bien escrita. A mi gusto, nada menos que una breve perlita narrativa que orbita en torno al personaje de Mara, vigilante de sala en un museo regional. Mara, una mujer harta del vulgar ser en sociedad, harta del arribismo epidémico en el ámbito laboral, cansada de la inercia hacia el diálogo vacuo y hacia las relaciones sociales falsarias. Mara, antaño una brillante profesional de la traducción simultánea, deviene una conversa al mutismo como forma de protesta, una especie de anacoreta ilustrada, una educada profesional que opta por renegar de la familia y la urbe y los conocidos y el trabajo para exiliarse a la poesía de la botánica, de las vueltas a casa andando, de los silencios expresivos, de la lectura y la escritura fragmentaria, del viaje introspectivo. Y, porque me arde la boca si no lo digo: Mara, una mujer protagonista que ni habla principalmente con hombres ni habla principalmente de hombres con otras mujeres ni requeriría cambio de carácter alguno para poder llamarse José Luis o Alberto o Pedro y seguir protagonizando la misma novela.

En Mara se sienten, y no es nada malo, algunas aristas autobiográficas de la autora: sus años de estudiante de Letras en la Universidad de Buenos Aires se encriptan en referencias a Benjamin y su aura, a Borges y sus infinitos anaqueles, al escritor francés Huysman y su misticismo fin de siècle, a la ensayista Sylvia Molloy y sus análisis del escritor francés Huysman y su misticismo fin de siècle. Pero ahí justamente reluce la buena mano de Cristoff: no es el vicio de la referencia inconexa y sin legitimar, sino el mérito de saber insertar todo en un gesto global de estilo, en un sutil cuentagotas de lucidez discreta, “una ola hecha de todas las olas”, que diría cierto poeta chileno. En buena medida eso es lo que presentan los constantes pasajes del cuaderno de notas de la protagonista, entre cuyos mayores empeños de evasión están establecer buen contacto lumbar con la silla, leer un surtido variado de libros (desde manuales sobre jardinería del siglo XVIII a panfletos propagandísticos sobre caballos criollos) y escribir como resultado textos que son parte reseña, parte observación aislada, parte diario.

A las notas del cuaderno de Mara se añade, como voz conductora de la novela, un narrador externo, a través del cual Cristoff pone a pruebas registros de su escritura. Las dos primeras partes están marcadas por un lenguaje tanto o más sutil que el de la propia Mara, un fraseo un pelín más largo y mesurado, además de una proclividad a soltarse en metáforas y en sucintas imágenes poéticas. Avanzada la trama, sin embargo, un taxidermista tan célebre como verborrágico –que entra en juego de repente, para la desgracia de Mara y a punto de usurpar el protagonismo– será la piedra de toque perfecta que permite variar la narración de Cristoff hacia un estilo indirecto libre acertadísimo, divertido, recalcitrante. Así funciona el talento de Cristoff: no toma uno consciencia del lírico silencio que había creado en su prosa hasta que viene un personaje palabrero a quebrarlo.

Inclúyanme afuera no es una apuesta a la gran novela de trama y envergadura, no se construye en pos de la espectacularidad o de la tensión o siquiera de la esencialidad cohesiva, por lo que no convencerá al lector que busque eso. Ahora bien, ¿quién dice que hay que ser ese tipo de lector? Las 170 páginas de Cristoff son un salto hacia otra plantilla posible de novela: una novela del gesto más que del grito, más del mosaico-collage que del retrato monárquico o el gran paisaje, más del sobrio lirismo en clave menor que de la ingeniería prosística para rascacielos.

Sea ello la condena o la bendición de la literatura, los lectores estamos destinados, por naturaleza, a interpretar un mismo texto de formas distintas. Pero también, por adiestramiento (que se da, y más de lo que pensamos) a fijarnos en una serie de cosas, y no en otras. Sirva ese discurso determinista sobre la lectura para desearle al lector de Cristoff opiniones conciliadas con las mías. Ya no por la bobaliconada de darme a mí la razón, sino en pro de captar lo que capté yo: que hay literatura actual fina, delicada, hecha con mimo de la lengua, y con talento.

María Sonia Cristoff, Inclúyanme afuera, Mardulce Editora, Buenos Aires, 176 páginas, 2014

Gaizka Ramón Melendo

Máster en Estudios Comparados de Literatura, Arte y Pensamiento por la Universitat Pompeu Fabra y graduado en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca. Ha estudiado además en Berlín, Buenos Aires y Estados Unidos. Trabaja como traductor y corrector (para el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona, para el festival de videoarte LOOP y para Ediciones Alfabia, entre otros). Escribe sobre literatura, cine y cultura local en revistas como Buensalvaje, BCN Més y La Linterna del Traductor. Es devoto de un credo articulado en torno a la lasaña, el ping-pong, el ajedrez y el aguacate.

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