Subir
25 May

Jose Serralvo: “Hay gente en el sistema que piensa que los lectores son imbéciles”.

Entrevista Jose Serralvo por Joaquín Galán 01

Fotografías de Joaquín Galán

Jose Serralvo (Jerez de la Frontera, 1984), publica su segunda novela, El niño que se desnudó delante de una webcam (Los libros del lince), una obra que reúne un puñado de cualidades que la emparentan con la gran narrativa y que tiene grandes posibilidades de captar la atención al unísono de lectores y críticos. En esta entrevista el autor desentraña las claves de su escritura.

Háblame de la concepción de esta novela. Surge de la crónica de sociedad, de una noticia periodística. ¿Cómo se genera la novela a partir de ahí?

La génesis de la novela es un reportaje que el New York Times publicó en torno a la figura de Justin Berry, un menor de edad que aceptó quitarse la camiseta delante de su webcam a cambio de 50 dólares. A partir de ahí, Justin fue accediendo a peticiones más extremas, hasta que acabó convirtiéndose en la piedra angular de una red de pornografía infantil que movía miles de dólares. La historia me llamó muchísimo la atención y decidí archivarla. Por aquel entonces yo estaba escribiendo un libro de relatos, que ni siquiera intenté publicar porque mi exagente literaria me dijo que los relatos en España no vendían y debía centrarme en escribir novelas. Había escrito una veintena de relatos bajo el título Tragedias contemporáneas y esta historia estaba destinada a ser uno de esos relatos, pero finalmente lo dejé aparcado. Un par de años después retomé la historia de Justin Berry. Por razones laborales, no puedo dar muchos detalles. Como sabes, yo trabajo para el Comité Internacional de la Cruz Roja. Es una organización que se encarga de hacer llegar ayuda humanitaria a las víctimas de los conflictos armados. El caso es que conocí a un comandante de un grupo armado que me contó la historia de cómo él se había metido en dicho grupo con trece años, por qué razones y qué supuesta ideología lo había llevado a integrarse en él. El tipo había llevado a cabo ejecuciones extrajudiciales, a menudo mataba a civiles y no permitía que la familia recogiera el cadáver, etcétera. Pero luego, cuando me contó su historia, que lo reclutaron de pequeño, que había sufrido abusos de la otra parte del conflicto y que vivía en un contexto en el que tenía que elegir entre matar y ser matado, empecé a plantearme que el tipo era, efectivamente, un monstruo, pero ¿era su culpa serlo? Yo todas estas historias las había guardado por este afán que tienen los escritores de acaparar vidas ajenas y utilizarlas en algún momento. La historia de Justin Berry la dejé aparcada en su momento hasta que volví a esta reflexión de qué ocurre cuando alguien se mete en una dinámica en la que pierde su humanidad y se convierte en un monstruo. Fue entonces cuando decidí retomar la historia de este chico norteamericano que sufrió abusos a través de Internet. De modo que la génesis de la novela no es sólo la historia de este chico, sino también una reflexión un tanto sociológica basada en mi propia experiencia.

 

Estando como estamos inmersos en la moda de la autoficción, te alejas, un poco a contracorriente, de los conflictos personales y familiares y construyes esta novela sobre un verdadero tabú contemporáneo, un tema con mucha fuerza desde el punto de vista social.

Creo que la autoficción funciona cuando tienes una vida que justifica ser contada. Dice Vargas Llosa que él admira mucho a los escritores con vidas demoníacas, porque son escritores que de verdad pueden contar una historia sin tener que hacer el esfuerzo de caer en la autoficción, que a veces no aporta demasiado. Sí, yo creo que para hacer autoficción tienes que tener, si no una vida demoníaca, al menos sí algo que contar. Porque si vas a hablar de tu rutina en el trabajo, que ya la conocemos todos, o de la muerte de un familiar, o del desamor que te produce la novia que te ha dejado, hay ya demasiada gente que ha contado eso y creo que son historias que aportan poco. En mis novelas intento hablar de cosas que no hayan sido contadas antes y quizá en ese sentido tengo algo de suerte porque tengo una vida muy poco tradicional. Eso ayuda. En todo caso, es evidente que la autoficción tiene sus límites.

 

Entrevista Jose Serralvo por Joaquín Galán 04En esta novela destacan cualidades que se podrían asociar a la narrativa clásica: se parte de una historia con mucha fuerza, hay una trama y una arquitectura narrativas con un diseño impecable, unos personajes muy ricos en matices; y además hay una tesis, hay pensamiento, que creo que es un rasgo esencial de la gran novela.

La novela es una mezcla de muchas influencias. En términos de estructura hay una influencia enorme de Vladimir Nabokov, el autor de Lolita. Yo diría que es una novela muy nabokoviana en varias cosas y no sólo en el argumento. En primer lugar, el narrador. Nabokov es el creador de lo que en inglés se llama unreliable narrator [narrador no fiable]. En Lolita, Humbert Humbert es un narrador del que uno desconfía, sabes que te está mintiendo y sabes que a veces está reconociendo que abusa de Lolita, pero otras veces está tan perdido en esto de “Lolita, pecado mío, alma mía, etc.” que olvida lo que ha hecho y entonces tienes que desconfiar de él. Cuando yo le ofrecí el manuscrito a mi exagente literaria, su reacción, sin siquiera leerlo, fue decirme “este tema es tabú, no se publica y no queremos recibir el manuscrito”. Entonces rescindí el contrato con ellos y me puse a buscar editorial. La primera persona a la que se lo mandé fue a Enrique Murillo, del que ya había escuchado hablar. Su respuesta, que se me quedó grabada a fuego, fue: “yo sólo publico cinco o seis libros al año, pero a este viejo traductor de Nabokov le interesa leer esa novela”. Enrique, a parte de escritor y de editor en Plaza y Janés, Planeta, Alfaguara, Anagrama, etc., ha sido traductor de muchos autores: Conrad, Martin Amis, Truman Capone, además del propio Nabokov. En los años ochenta, él tradujo Desesperación, de Nabokov, para Anagrama. Cuando finalmente leyó el manuscrito me dijo que la historia le había cautivado, pero que la podíamos mejorar. Me dijo que no me diría cómo, tan solo que me leyera Desesperación y que yo entendería lo que tenía que cambiar. En la novela de Nabokov, el personaje principal, Hermann Karlovich, nunca dice, por ejemplo, que su mujer le es infiel, pero el lector se va dando cuenta a pesar de que el propio narrador no lo sabe. Es ese juego en el que el estado psicológico y la realidad del personaje es mejor aprehendida por el lector que por el propio narrador, lo que a mí me interesaba. Yo he intentado adoptar para mi novela esta técnica del narrador no fiable, que es clásica de Nabokov. En cuanto a la forma, Nabokov es también un autor tremendamente divertido y yo he intentado transmitir algo de eso. Él suele usar juegos de palabras, mientras que en mi caso me he centrado más en las situaciones, tal vez por influencia de David Foster Wallace. También me gustaría señalar Dinero, de Martin Amis, una novela que también tradujo Enrique Murillo para Anagrama. Es una novela con un personaje bastante psicótico. Amis dice que para él el humor es llevar lo absurdo hasta el límite de la farsa. Este absurdo te hará sonreír si tienes un mínimo de percepción inteligente. Yo he intentado reflejar todo esto en la novela. El estilo es una mezcla de toda esta tradición, que yo diría que es más anglosajona que española, de intentar llevar el humor con inteligencia hasta lo absurdo, hasta el límite que el absurdo puede tolerar. Luego, tanto el narrador como la estructura de la novela son muy nabokovianas.

 

La violencia cotidiana que vive el protagonista de la novela, sobre todo al principio, cuando se presenta al personaje, a su familia, su entorno social, me recuerda, a pesar de esa filiación anglosajona de la que hablas, a cierta tradición en la literatura en Español, que va desde El Lazarillo a Juan Rulfo, pasando por la escuela tremendista.

Es muy gracioso que me digas eso de El Lazarillo, porque tengo un amigo que es doctor en literatura por la Universidad de Deusto y profesor en la Universidad de Lisboa, además de ser uno de los autores del blog Un libro al día, que me dijo que la novela le recordaba mucho a la picaresca y que no le gustaba el título, que tenía que haberla llamado La vida de David Timberthirdleg o Aventuras y desventuras de David Timberthirdleg. Ahora bien, de todo lo que mencionas, si me ha llegado algo, y al margen de que me encanta El Lazarillo, es más por la literatura latinoamericana, que he leído muchísimo más que literatura española; Vargas Llosa, García Márquez, Cortázar, Borges, Rulfo, Alejo Carpentier… son autores que he leído muchísimo, pero el dramatismo excesivo de la historia me viene más bien de David Foster Wallace. Todos sus personajes son muy retorcidos y todos tienen una vida muy dramática. En La broma infinita, se menciona una estadística según la cual el sesenta por ciento de las personas que han sido detenidas por delitos relacionados con el alcohol o las drogas reportan haber sufrido abusos cuando eran menores. Esto lo dice el narrador y a continuación empieza a presentar a una serie de personajes que han sufrido abusos en su infancia, por ejemplo aparece una chica que duerme con su hermanastra, que es minusválida, y que es violada todas las noches por su padrastro; luego esta chica se convierte en alcohólica, drogadicta, etc. En la obra de D. F. Wallace se vincula el haber tenido una infancia dura con una vida adulta jodida. Esta idea me ha llegado sobre todo por la literatura norteamericana, más que por la española.

 

Debido a tu actual trabajo también eres testigo de mucha violencia, o al menos de sus efectos.

Sí. He estado en la República Democrática del Congo, en Colombia, en Somalia… cuando uno regresa a Europa después de haber visitado o vivido en algunos de estos lugares, todo parece irreal. Y sí que es algo que te influye obviamente a nivel personal. Creo que escribir sobre este tipo de situaciones es una forma de lidiar con esa realidad que ves a diario. Lidiar con la violencia y los excesos. También ocurre que en la Cruz Roja Internacional, al contrario que en Naciones Unidas u otras organizaciones como Amnistía Internacional o Human Rights Watch, tenemos una política de confidencialidad muy estricta. De hecho, no podemos ser llamados como testigos ante la Corte Penal Internacional porque en los estatutos de la Corte se concede inmunidad tanto a nuestro personal como a nuestros informes. Los Estados han aceptado que somos la única organización que puede estar, por ejemplo, en un país en guerra viendo como están matando a machetazos a alguien pero no vamos a ser llamados como testigos a declarar. Y esta es la forma de garantizar que nos dejen entrar en todas partes, o en casi todas partes, a auxiliar a las víctimas. Ves muchas barbaridades y reflejarlas de otra forma en la literatura, no directamente porque no puedo, es quizá una forma de lidiar con la violencia.

 

Entrevista Jose Serralvo por Joaquín Galán 02Meterse en la complejidad de un fenómeno como es la pornografía infantil, que representa un mal absoluto, no debe ser fácil.

No es fácil. Lolita no se pudo publicar inicialmente. El libro fue rechazado en Estados Unidos. Se publicó en Francia e inmediatamente fue prohibido en el Reino Unido. Un crítico literario inglés muy prestigioso dijo que le parecía “pornografía desbocada”. Luego el libro llegó a prohibirse en Francia también. Hoy está considerada una de las mejores novelas del siglo XX, pero la reacción cuando se publicó hace sesenta años fue considerarla pornografía. Nabokov cuenta en el epílogo de Lolita que el tema de los abusos de menores es un tabú absoluto, junto a otros dos temas: ser ateo, no creer en dios y, aun así llevar una vida feliz, y formar parte de una pareja mixta racialmente, casarte, tener hijos y ser feliz también. Los otros dos parece que están empezando a ser tolerados, mientras que los abusos a menores siguen siendo algo de lo que no se puede hablar. Es un rechazo que sigue estando ahí sesenta años después, como mi antigua agencia se encargó de dejar claro, rechazando el manuscrito aun sin leerlo, algo muy parecido a lo que le pasó a Nabokov en su día. Yo decidí adentrarme en esto por varias razones. Contrariamente a muchos editores, tengo una concepción muy sartriana o vargasllosiana de la novela. La literatura tiene que servir para concienciar a la gente, pero también para cambiar las cosas. Es lo que he intentado con esta novela, y es lo mismo que intenté hacer con la primera, llamar la atención sobre una situación. Hoy día con las redes sociales y el anonimato que internet hace posible, además de la impunidad que se puede alcanzar a través de la red, creo que está más justificado que nunca hablar del tema de los abusos a menores. Hace veinte años para abusar de un menor te tenías que acercar a él. Hoy día no. Hoy te puedes meter en Facebook y añadir a un menor a tu lista de amigos o te puedes meter en un chat y mentir sobre tu edad, puedes pedir una foto y una vez que tienes la foto del niño o la niña desnudo puedes empezar a chantajearle, etc. Hay mucho más peligro ahora que antes en este asunto.

 

Siendo todo esto cierto, tu novela, sin embargo, es una investigación literaria, no es un reportaje de denuncia.

Estoy de acuerdo. Yo tenía una historia que me parecía que merecía la pena ser contada. Una historia de muchísima narratividad. Pero creo que para contar una historia de verdad tienes que convertirla en literatura. Esto es una historia inspirada en hechos reales, pero al mismo tiempo he intentado ficcionalizarla y llevarla al terreno de la novela de una forma que sea creíble como literatura. Ahí debemos tener en cuenta diferentes elementos. Está el juego de la reflexión temática de la que ya hemos hablado: hasta qué punto cuando tú has sido criado en esta clase de ambientes, el de los abusos a menores o el de la guerra, puedes luego llegar a salir de él. Ésta sería la reflexión más moral que hay en la novela. La reflexión literaria consiste en haber tomado de los autores mencionados hace un momento ciertos elementos para construir la historia. Mi objetivo no era hacer un reportaje de denuncia, sino hacer literatura. La temática puede ser nueva, porque ahora hay webcams y hace veinte años no había, pero yo creo que al final, en la literatura, como insinúa Vargas Llosa en La verdad de las mentiras, todo está contado. Puede haber nuevas situaciones, de hecho las hay, pero al final cualquier sentimiento humano ya ha sido contado. Si leemos a los clásicos griegos vemos que hay muchas experiencias que coinciden con las nuestras. Es legítimo preguntarse qué ha cambiado en estos veinticinco siglos. La evolución biológica del ser humano en esos dos mil quinientos años es prácticamente nula. Nos guste o no, somos iguales que esos griegos: nuestras inquietudes son las mismas y algunas de ellas tienen probablemente una explicación biológica, aunque yo más bien pienso que somos el producto social de una realidad biológica. Lo que el escritor debe intentar es llevar eso que ya ha sido contado a su época. Los problemas que hay en la novela no son nuevos, pero están contados con una voz nueva y desde una perspectiva actual que he intentado reflejar en cómo se comunican los personajes, en la política que de alguna forma impregna la novela. Y sí, es cierto que reflejo un poco la sociedad norteamericana, pero es que a través de las series y de las novelas, del cine, de la prensa, de la televisión, en definitiva, a través de la hegemonía cultural norteamericana, todo esto también es ahora parte de nosotros. Es algo que puede vincularse a la idea de la performatividad. Lo que se ve en las series o en una película, por ejemplo, acaba influenciando nuestra realidad social. No digo que para bien, pero esa influencia existe. No me gusta mucho el término occidental, pero creo que si esa palabra tuviese algún sentido, podría decirse que mi novela refleja bastante bien la cultura occidental. Al menos ésa era la idea.

 

Temáticamente, esta novela se sustenta en dos pilares. En primer lugar, el origen humilde del protagonista como contexto necesario de los abusos que va a sufrir, y por otro, el cuestionamiento final de su autorretrato como víctima inocente por parte de otro de los personajes de la novela.

Para mí es la gran temática de la novela. Como te dije anteriormente, mi idea es que somos el producto sociológico de una evolución biológica. Esta idea de la construcción social de la realidad me viene del famoso libro de Berger y Luckmann. Pero la otra cara de la moneda de esta concepción sería el determinismo social, el hecho de que por nacer en un determinado ambiente o tener unas ciertas influencias acabes haciendo una cosa u otra. En cierta medida, este determinismo implica que no somos libres. Sartre dice que cuando eres adulto, a partir de un cierto momento tienes que dejar de echarle la culpa de todo lo que te pasa a tu educación, a tus padres y a la Iglesia; a partir de cierto momento, el ser humano tiene que asumir sus responsabilidades. Esto es lo que yo intento cuestionar en la novela. El principio de la historia es muy patético y la infancia del protagonista es tremendamente dura. La idea, expresada con brocha gorda, era confrontar el existencialismo sartriano, según el cual el ser humano ha de aceptar la responsabilidad de lo que hace, con las tesis del psicoanálisis freudiano para el que gran parte de lo que estamos haciendo mal es culpa de un trauma infantil e incluso prenatal, con lo cual, caricaturizando un poco, no habría ni que culpar a los individuos de lo que hacen. A Nabokov no le gustaba nada el psicoanálisis, se reía mucho de él, lo mismo que se reía también de Dostoievski. Yo en la novela he intentado jugar un poco con eso. Hay una burla al psicoanálisis y al mismo tiempo intento cuestionar los límites del existencialismo sartriano. Si tienes una vida como la del protagonista de mi novela es muy posible que acabes tomando malas decisiones. En mi opinión, cuando la sociedad le ha fallado al individuo hasta ese punto, sería muy difícil echarle la culpa a ese adulto de las decisiones que ha tomado por el camino. Hay una línea borrosa entre la tesis de Freud y la de Sartre que da pie a un problema moral muy interesante para el que yo no tengo respuesta, pero que la novela plantea como una pregunta al lector.

 

Entrevista Jose Serralvo por Joaquín Galán 03La novela plantea también el problema de la verdad, la fiabilidad que pueda tener un discurso supuestamente verdadero dicho por un sujeto. En la elección de ese unreliable narrator se ve que este tema va a ser clave, pero también se juega con él ya desde la propia estructura externa de la novela: cada parte está titulada con un fragmento del juramento que hacen los testigos cuando van a declarar en un juicio o ante una comisión oficial en los Estados Unidos: “prometo decir la verdad, toda la verdad …”

“…y nada más que la verdad”. Sí. El tema de la verdad es muy importante en la novela, desde varios aspectos. Para empezar, porque uno puede preguntarse si una historia como esta podría ser cierta. La respuesta es que sí, y el caso de Justin Berry o el del comandante que mencionaba son ejemplos de ello. Ahora bien, en ningún momento he intentado construir una novela verosímil. Me he tomado muchas licencias a la hora de trazar el argumento y lo he hecho con pleno conocimiento de causa. En este sentido, estoy casi en las antípodas del realismo literario del siglo XIX. La literatura, sobre todo hoy día, tiene que cautivar al lector. Y lo real no siempre cautiva. A veces cautiva tanto o más, pero no siempre. Por otra parte, una ficción literaria es, por definición, una mentira. Aquí habría que citar de nuevo La verdad de las mentiras. Precisamente Vargas Llosa dice que una novela, incluso si está basada en hechos reales o experiencias personales del autor, acaba convirtiéndose en una mentira. Esta mentira, a su vez, puede tener distintos objetivos, entre los que se encuentra criticar el mundo que nos rodea. Muchos de los autores que más admiro reconocen que la mejor forma de llevar a buen término esta crítica es a través de la ironía. Por eso la novela no tiene grandes pretensiones de verosimilitud. En cambio, El niño que se desnudó delante de una webcam sí tiene la pretensión de cuestionar cosas que damos por sentado y de obligar a que el lector reflexione. No todo lo que aceptamos como una verdad es cierto.

 

¿Cómo ves tu evolución desde tu primera novela? Es una trayectoria aún corta, pero creo que han pasado muchas cosas por el camino.

La evolución ha sido dar un giro de ciento ochenta grados. Quizás podría comenzar diciendo que otra de las pretensiones de mi segunda novela es entretener. Esto era algo que yo no me planteé con mi primera novela. Tengo una concepción tan elevada de la literatura que pensaba que bastaría un buen argumento, una estructura complejísima, muchas voces y un lenguaje rebuscado para llamar la atención de los lectores y los críticos. No fue así. Ahora veo mi primera novela como un error de juventud. El niño que se desnudó delante de una webcam no es solo una obra más madura, sino también una obra mucho más literaria. Y más ambiciosa, pese a que sea más corta. Ahora estoy convencido de que la primera virtud de una obra literaria es atrapar al lector. Creo que esa ha sido mi principal evolución: comprender que una novela es buena no por su complejidad, sino por su capacidad por captar la atención del lector y hacerle creer que la mentira que cuentas es, o podría ser, cierta.

 

Esta novela también es una apuesta de riesgo del editor, Enrique Murillo, por muchas razones.

Enrique es un editor muy inteligente. No solo inteligente, sino respetuoso con los lectores. Hay demasiada gente en el mundo literario que cree que los lectores son criaturas infantiloides que solo son capaces de leer Cincuenta sombras de grey. Esto es completamente falso. También es falso que la pederastia sea un tema tabú. Hay obras literarias que tratan este tema desde la antigüedad grecorromana. El problema es que hay demasiada gente en el sistema, y no quiero enzarzarme con nadie, que ha leído muy poco o que piensa que los lectores son imbéciles. Enrique no es así, como lo demuestra su larga trayectoria y el magnífico catálogo de su editorial. Y las críticas a El niño que se desnudó delante de una webcam le están dando la razón. En menos de dos semanas hemos recibido elogios por todas partes. Creo que esto muestra más bien lo contrario: que la apuesta arriesgada, y si me apuras incluso estúpida, fue la de mi exagencia literaria, que rechazó un manuscrito con mucho potencial sin siquiera leerlo.

Mariano Cruz

Fundador y coordinador editorial de Vísperas. Licenciado en Filosofía. Ha cursado estudios de Filología Clásica. Ha publicado ensayos sobre arte, cine y literatura en diversas revistas. Tiene dos novelas en el cajón, una de las cuales está en proceso de corrección, y otra en la cabeza. Imparte talleres de iniciación a la técnica del cuento.

Todavía no hay comentarios

¡Danos tu opinión!