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19 Ene

Juan Gracia Armendáriz: Cercanía en Madrid

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La biografía de Juan Gracia Armendáriz (Pamplona, 1965) aloja un vasto haz de logros, experiencias y luchas vitales. Escritor, periodista, exprofesor universitario, lector, músico a ratos… Muchos zapatos lo calzan, aunque la literatura sea, probablemente, la piedra presente en todos ellos. Entre otros géneros, ha cultivado la narración breve en Cuentos de la frontera, Queridos desconocidos y Cuentos del Jíbaro. Las novelas La línea Plimsoll, Diario de un hombre pálido y Piel roja componen la Trilogía de la enfermedad. La Pecera, su última obra (2015), sumerge al lector en el veraz infierno de un alcohólico.

El encuentro se produce en la plaza Mayor de Madrid, donde buscamos refugio —hace frío— y algo que tomar en uno de sus bares. Habituada a la penumbra holandesa, me choca la recia iluminación interior de las tabernas patrias: no hay dónde esconderse bajo esta luz potente, como de cocina de casa. Me pregunto si esa claridad favorece, inconscientemente, una comunicación más directa o natural, si impulsa a que uno muestre lo que lleva encima sin ocultar parches ni lamparones.

 

Así quedaron preguntas y respuestas:

Política: cómo lo lleva el siglo XXI.

Parece que hemos entrado con el pie cambiado. Sin embargo, decir que vivimos tiempos convulsos me parece una melonada… ¿Cuándo no lo han sido? A pesar de los problemas evidentes que existen en España y del regreso de los fantasmas del populismo de extrema derecha e izquierda en Europa, este continente lleno de cicatrices es el mejor lugar del planeta. De esto no tengo la menor duda. Pero ojo: este invernadero lo abonan millones de cadáveres. Soy europeísta sin olvidar todos los sacrificios que han costado las conquistas sociales y democráticas de las que gozamos. Pero es un estado muy frágil; debemos cuidarlo; todo puede cambiar en un día. Hacen falta pocos ingredientes para desatar el desastre: una crisis económica, el descrédito de la clase política, un mesías… En todo caso, debo ser sincero: no soy optimista. La Historia no me lo permite… ¿Cómo íbamos a sospechar, por ejemplo, que regresaríamos a los años de la amenaza nuclear? Por la misma razón descreo de las utopías, tanto de las neoliberales como de las antisistema. ¿Equidistante?, no: realista.

La columna de opinión. ¿Baluarte o centro receptor de ataques?

Ambas cosas. Me encantaría escribir solamente de lo que me gusta: literatura, arte, cine, música…, pero cuando comencé a escribir mi columna en el Diario de Navarra, ETA mataba policías, políticos, guardias civiles, militares… Y periodistas. No todos los escritores, ni mucho menos, estaban por la labor de defender los derechos humanos más elementales. Por miedo, por indiferencia, por conveniencia, por parentesco ideológico… Recibí más de una coz. Desde el principio, me propuse utilizar la columna para denunciar lo que estaba pasando. Y fui fiel a ese compromiso. Así que en estos años he hecho muchos amigos…Y muchos enemigos. Pago gustoso la factura que algunos, en mi tierra, me pasan en forma de desprecio o de absoluto desdén hacia mis libros. A veces, me doy respiros y un día escribo de lo que me gusta o practico una modalidad breve de la crítica literaria. También hay días en que me levanto sin opiniones. Y eso, aunque es muy higiénico, para cualquier columnista es un poco aterrador. En esos casos el oficio me salva el compromiso.

Pamplona.

Es bonita y un poco hosca, como una diva del cine mudo. Voy con frecuencia a la casa materna, que está en pleno campo: de la Gran Vía a un bosque de robles centenarios. Allí me remanso, respiro un oxígeno demasiado puro y veo a los amigos. Pero me costaría mucho acostumbrarme a la oscura mansedumbre de la ciudad. Por otro lado, el cuatripartito que gobierna ahora Navarra, con alcalde de Bildu incluido, ha enrarecido el ambiente social. El oxígeno se vuelve niebla. Pasados unos días regreso sin aprensiones al monóxido de carbono.

México.

México fue para mí un rito iniciático. Leí El bandido adolescente de Sender, porque pensé que nos íbamos al salvaje Oeste… Y algo de eso había. En 1982 México no era destino turístico y los únicos españoles que había allí eran hombres solitarios en busca de trabajo o exiliados republicanos… ¡Hablaban como si no hubiera salido de Aragón o Cataluña! Sin rastro de acento mexicano. Algunos de ellos o sus hijos eran a quienes había que acudir si tenías algún problema. De hecho, uno de ellos nos sacó a un amigo y a mí del patio de una cárcel que parecía salida de un spaguetti western. Nuestra furgoneta chocó con un “escarabajo” Volkswagen. Llevábamos el equipo de un concierto que habíamos dado la noche anterior en una fiesta, y tras el accidente nos rodeó una multitud poco amistosa: éramos dos güeritos en medio de una barriada marginal. La policía decidió que la culpa era nuestra. Era domingo y todos los presos estaban borrachos y cantaban el Rock de la cárcel. Llegó “el padrino” de la colonia española y nos sacó de allí sin cargos ni denuncias. Fue delirante.

El rito iniciático al que me refería tiene que ver con el sexo, las drogas y el rock and roll pasados por el tamiz de los años setenta. Mientras aquí escuchábamos a Joy Division allí sonaba Jimmy Hendrix. Leí a Marx, Bakunin, a los autores de la Escuela de Frankfurt… Fue un regreso al pasado lleno de descubrimientos. México amplió mi horizonte vital e intelectual. Además, guardo amigos que son auténticos tesoros de juventud y madurez. Skype es mi aliado. Hemos envejecido a través de la cámara del ordenador. Después de veinte años regresé, como Ulises. Y fue un reencuentro inolvidable.

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Madrid.

Dejé a la que era mi novia, acabé la carrera y me vine a Madrid. Era el año 1989. Aquí respiré la libertad del anonimato; también la desazón por encontrar un sustento. Recordemos que la tasa de desempleo entre los menores de 25 años era del 31%. Fueron años de pelea y de ir a salto de mata: elaboración de índices onomásticos y de conceptos para una editorial; algún premio literario, una beca,  colaboraciones esporádicas y mal pagadas… Pasé por la redacción de El Mundo en jornadas de trabajo maratonianas. Fue el año de Puerto Hurraco y del exorcismo de Almansa, que me tocó cubrir. Estudié un postgrado en Filosofía del Arte y luego me doctoré en Ciencias de la Información. Fui profesor en la Universidad Complutense. Aquí publiqué mis primeros libros: un poemario, una colección de microrrelatos… Fue en 1994. También hubo tiempo para la juerga en un delirante piso de Lavapiés, que compartí con mi amigo el escritor Ismael Grasa; luego en Vallecas, Argüelles… En Madrid vive mi hija, que es como decir aquí es donde debo y quiero estar. Es una ciudad jovial y un poco salvaje. Me gusta Madrid.

Redes sociales.

Un entretenimiento que permite detectar afinidades electivas, que no es poco. Lo peor: el ruido, las discusiones que no sirven para nada y la cantidad de tiempo que puede llegar a perderse en ese laberinto de egos y gatos entecos, donde se intercambian corazoncitos y pulgares alzados como los cromos en el patio del colegio. En realidad, las redes han cambiado nuestro modo de relacionarnos y también el concepto de identidad, pero no quiero  ponerme estupendo.

Estar enfermo.

Si hablamos de una enfermedad grave y crónica, no de una gripe, es un peso enorme. La primera pregunta que uno se hace: ¿Y por qué a mí? La respuesta: ¿Y por qué no? En mi caso es una pelea constante con mis propios límites. Cuando publico un libro, por ejemplo, debo limitar los viajes y presentaciones. No doy para más y me cuesta acostumbrarme a dosificar energías pero la realidad está para ser comprendida y aceptada, de otro modo se acaba en el gabinete de un psiquiatra.

Lo que (casi) siempre está de menos.

La educación. No sólo la educación cotidiana a la que se refería Joyce en Dublineses, y que es una papelina que nos separa de la barbarie, sino también una educación humanística sólida. De otro modo, la generación de mi hija está abocada a ser un rebaño de tristes tecnólogos, personas desprotegidas, maleables, carne de cañón de las cárceles ideológicas o de la manipulación publicitaria. Está de menos la mesura, el respeto, cuidar el lenguaje hablado y escrito… Vivimos en un país estupendo pero nos falta cultura, respeto y honradez.

Lo que (casi) siempre está de más.

La respuesta sencilla sería decir políticos corruptos. Pero esa gente no son extraterrestres sino una muestra alícuota de todos nosotros. Cobramos en metálico y luego nos quejamos de ellos. ¡Pero si actuamos igual! Está de más el ruido, el hablar a voces, la chapuza, la picaresca, la violencia contra los más débiles: mujeres, niños, inmigrantes, marginados… Está de más el profundo sentido autodestructivo que tenemos los españoles. No sabemos discrepar sin sacar el garrote o insultar. Están de más los nacionalismos embrutecidos y embrutecedores… Y la nostalgia de pasados sangrientos y futuros que prometen más baños de sangre.

Un temor y un deseo confesables.

El temor no lo voy a decir porque creo a pie juntillas en el poder performativo del lenguaje. El deseo no es inconfesable: vivir en paz conmigo mismo y con los demás. Una tarea para toda una vida. Estoy en ello.

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La vida ideal.

Si es ideal es irrealizable, así que me conformo con la que llevo. Ahora bien, si me dieran un deseo, no dudaría en qué pediría: la salud de esa gente que nunca ha pisado la consulta de un médico. Para mí son como si no hubieran ido nunca a la peluquería. Me hubiese gustado ser un aventurero, un explorador, algo así, pero me ha tocado pelear con una mano atada a la espalda.

La muerte ideal.

La de Unamuno: sentado a la mesa con unos amigos después de comer; apoyar la barbilla en el pecho y no despertar. Las agonías, como las despedidas, cortas. Eso sí, me gustaría ser consciente de ese instante, como cuando Lev Tolstói dijo en su lecho de muerte: «Ahora no sé qué tengo que hacer…». Siempre me ha hecho gracia esa frase agónica, parece un chiste absurdo.

La compañía ideal.

Mi pareja, mi hija, mis amigos, todos alrededor de una buena mesa y el mar detrás.

Qué quedó de Umbral.

Un cadáver de casi dos metros que escribió decenas de miles de artículos y más de cien libros. Si se reuniera toda su obra obtendríamos un gigantesco fresco de la España de la segunda mitad del siglo XX. Ignoro qué le depara la historia de la literatura pero entre su obra literaria y periodística hay auténticas joyas, y no me refiero únicamente a Mortal y rosa. Hoy es difícil explicar la influencia que tuvieron sus artículos en los doce años que estuvo en El País, por ejemplo. Y estamos hablando de alguien que no fue un analista político, ni mucho menos, sino un intuitivo que sacrificaba una idea para expresarla en un endecasílabo, en un artefacto verbal persuasivo. Un trabajador incansable de la palabra que prefería la belleza a la verdad.

El futuro.

Terminar un libro de relatos ya muy avanzado; esperar la publicación de mi próxima novela, que está contratada para 2018 en una excelente editorial; ver crecer a mi hija, acompañar a mi pareja, no perder contacto con la naturaleza y tocar mal un blues con mi guitarra. Es decir, seguir haciendo lo que ahora hago.

Dónde cree Juan Gracia Armendáriz que está hoy Juan Gracia Armendáriz.

Aunque me siento joven vivo un momento interesante: ese en el que cobras conciencia de que debes ser selectivo porque ya no hay tiempo que perder. A los dieciocho años piensas «¡Leeré muchos libros!»; ahora te preguntas «¿Cuántos libros buenos tendré tiempo de leer?». Ocurre también con la escritura, con los viajes… Hay sitios a donde ya nunca iré pero no siento amargura. Y libros que ya no escribiré. Bueno, ¿y qué? Me preocupa más esta disyuntiva vital: ser un viejo apacible o un cascarrabias. Creo que si consigo lo primero escribiré mi mejor libro.

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Leonor Ruiz Martínez

Nació en España y vive en los Países Bajos, donde trabaja como profesora de español y literatura en una escuela internacional de secundaria. Estudió sociología, música y demografía. Tiene un máster en lengua y literatura españolas por la Universidad Internacional de Valencia y es correctora profesional. Desde octubre de 2012 publica microcríticas en su propio blog de reseñas literarias: www.microcriticasliterarias.blogspot.com.

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