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16 Mar

El espectáculo del tiempo, de Juan José Becerra

becerra

Fotografía de portada: Alejandro Guyot.

978841593422Fechar el tiempo, pautarlo: esa es la reacción de Juan José Becerra para poner título al apartado de cada una de las Partes de que consta El espectáculo del tiempo (Candaya, 2016), reacción ante el presentido riesgo de desintegración del tiempo, en la que percibimos un claro interés por guiar el transcurso de esa temporalidad que, por lo demás, parece no existir más que convertida en espacio, como si los lugares en los que todo ocurre fuesen los resortes por los que, insurrectos, se dan los momentos. Parte del mundo en que vivimos y morimos «de verdad» se muestra al colisionar el espacio y el tiempo en el punto «imaginario» que es nuestra conciencia. Este es el espectáculo del que Becerra escribe virtuosamente tras ofrecernos como entrada estas palabras de Macedonio Fernández: «Fluye el tiempo, que hace llorar», efluvio sintético inspirado, por una parte, en el mágico e inaugural fogonazo de pensamiento que al parecer Heráclito nos legó; y, por otra parte, en el contundente existencialismo al que pocos escritores consiguen darle una forma convincente. Enraizada en esta síntesis, la savia literaria que hace monumental este texto no podría dar lugar más que a una novela de conciencia, con las implicaciones que ello acarrea.

En el fluir del tiempo se localiza una eternidad ideal, inhumana entelequia nuestra que es como el gran recipiente en cuyo interior se arremolinan nuestros instantes, los de las vidas peregrinas y singulares. La pretensión de Becerra, que al escribir se entrega a la soberbia y lo omnímodo del artista, es, en cada página, plasmar un concepto de historia. Esto lo hace con una lupa que le permite ver la belicosidad con la que en la desorientación de lo particular, en la cueva de la ignorancia, florece la abstracta y a veces vacía estructura desde la que, con generosa reciprocidad, cuelgan como murciélagos los iniciales hechos a modo de terrosos vocablos, y a partir de ellos los amplios territorios, los caminos y las casas. Si se asume esta titánica tarea y uno se dedica a ella con valentía y también sin medida, un autor como Becerra consigue algo al alcance de pocos: situar la existencia en su sitio, es decir, a nuestro alrededor, en nuestro espacio, para que nos llene, y aproximar a nuestra piel, e incluso descubrir en nuestra carne, las marcas de los más sofisticados y difíciles problemas metafísicos del decurso occidental. Estamos ante un escritor que sabe armar los textos con meticulosidad. Su ventaja es tener por cincel varias agujas de finísima punta. Así que husmea y exhorta a la enorme, aunque inmedible temporalidad, a salir, a que se muestre, a que cuaje. Es por ello que el método de composición debe de haber sido determinante para El espectáculo del tiempo, como si del montaje de una película se tratase. Y es que mientras se lee la novela uno se pregunta si Becerra, además de estar urbanizando algunas de las cuestiones filosóficas de más calado, está haciendo de historiador del cine. Hasta que el lector no acepta como plausible esta posibilidad, algo chirría en el diálogo que mantiene con el libro. Muy probablemente Méliès haya sido un referente para Becerra. En esta novela subyace el esbozo de un tratado del movimiento de las imágenes en forma de revancha planteada a la interacción del tiempo y el espacio.

No es suspicaz el lector que piensa que los episodios de este libro no fueron, en un principio, escritos para ser secuenciados como nos han llegado a nuestras manos. Más bien es razonable pensarlo. Hay muchas horas de escritura vividas convergiendo sin atemperarse en el sueño tranquilo, en el sopor de un párrafo apaciguado. Estamos ante otro cansancio. El espectáculo del tiempo es una historia concreta de seres singulares que juntos arañan sin delicadeza ni ningún tipo de privación el abstracto ritmo de una somera metafísica que se inclina por explicar el movimiento, es decir, los días y los trabajos y tantas otras actividades que se suceden en el conjunto que es este mundo. Es la realidad de una robustez literaria y un pensamiento contundente, y por obra de una y otro, ante ellos el lector se sabe próximo a la derrota. Becerra trata el intransigente y sucesivo fluir de la vida con lo que consideramos, en primer lugar, lo mejor y más genuino de una filosofía parca, wittgensteiniana, con la que forja la resistente gramática que emplea, y en segundo lugar, entrelazándose con dos puntos relevantes del existencialismo que se nos ha venido encima de tan contemporáneo: a) la repetición de los finales; b) el duelo por los difuntos. Por ello el tiempo, a su paso, nos hace llorar. Durante la lectura hemos hecho nuestras unas pocas palabras del poeta francés Rimbaud: «En otro tiempo, si mal no recuerdo, mi vida era un festín en el que se abrían todos los corazones y en el que se derramaban todos los vinos».

El espectáculo del tiempo se parece constantemente a una obra maestra. Uno de los aspectos que de ella tiene es el ímpetu reflexivo que por exceso se deshace en su quehacer. Porque en este libro, pese al protagonismo del tiempo, las fechas mandan únicamente de un modo subrepticio, pues es en el proceso de la construcción de los acontecimientos donde la temporalidad existe: el espacio es la tierra del tiempo, es su cuerpo, su somatización. En cada página leemos trozos de años, de minutos, esquinas de imágenes en las que si vamos sin prisas, ¡ay!, las esquirlas del reloj se ponen a temblar a la luz de una débil y —en consecuencia, por compensación— presuntuosa comprensión; y lo que atisbamos detrás, en la oscuridad postrera de nuestros ojos, es el verdadero sentido, el que Becerra no ha querido ahogar con el peso del lenguaje, el que ha protegido desistiendo de proyectarlo en el conmovedor film que ha escrito. Y no se proyecta porque es ese excedente ausente, ese resto, el «afuera», creemos, el que el autor desea constatar con lo escrito: oscura vida. Si vamos sin prisas, el placer es inmenso y se detectan series de detalles que contribuyen a pergeñar cual ha podido ser el motor del escritor. En buena medida ha sido romper la linealidad y la necesidad de lo destinado para así dejar surgir la singularidad y contingencia vividas, otro tipo de insuperable necesidad en tanto que irrelevancia de cada uno.

Becerra no nos permite concretar más, no queremos adueñarnos de lo inexistente ni inventar lo que señalamos con el meduseo gesto que en sí es señalar. Cabe detenerse. Nada más que esto: la Segunda Parte de El espectáculo del tiempo es una compacta historia de la humanidad. La Primera Parte, que presentamos en segundo lugar, concluye, después de 55 momentos, con el 56, capítulo dedicado íntegramente al discurso del astronauta Charly Hossinger. En el discurso encontramos otro estribo de la novela: «Como el hombre es finito solo sabe de la finitud, y que el lugar adecuado para hablar de las cosas humanas eran los velorios: y que para saber algo sobre la inmortalidad debería ser eterno, es decir un dios, quien para los que amamos la ciencia y el pensamiento, decía Speroni, es un sujeto imaginario, como Pinocho, que es de madera, y que carece de todas las experiencias. De todas». Esta primera parte no viene identificada en el libro como la Primera Parte, simplemente ocupa ese lugar. La Segunda, que el autor sí reconoce como tal, ¿es un imprevisto?, ¿fue escrita después de estar acabada la novela, creyendo el autor al principio que ésta iba a constar únicamente de los primeros 56 instantes, sin saber que estos fragmentos iban a abrir lentamente el porvenir de un libro al dar paso a los otros más de 70 instantes (sólo unos pocos pertenecen a la Segunda Parte) en que se va posponiendo el FIN con el que han comenzado los centenares de páginas de este inigualable espectáculo? En todo caso, la historia de la humanidad que se nos muestra va a sublimarse, dice Becerra, con lo que sería el acabamiento de la misma. Con ello, enseguida se da paso a la extensa Última Parte que hemos indicado (el autor no la reconoce como Tercera Parte, pero ocupa ese lugar) y puntualmente se ciñe a la revolucionaria proeza que es hacer fotografías. El escritor recurre a ellas para dar respuesta a la pregunta: «¿Cómo fue que se detuvo el tiempo?». Las fotografías (potenciales fotogramas) son uno de los lugares más modernos del tiempo, en ellas se puede ver lo invisible, y recuperarlo, aunque sea de la manera más desgarradora, porque nos damos de bruces con un decepcionante descubrimiento: en la novela la recuperación del pasado va a ser tan sólo memoria. Aún consterna más porque se descubre que también hay olvido: «1976, 1979, 1987, 1988. No sé qué hice», dice Becerra, colocando otro estribo de la novela. Quizá esta sea la declaración imprescindible de la enmarañada red de secciones y subsecciones de El espectáculo del tiempo. Posiblemente, ese «no sé qué hice», ese olvido, esa tesela sin luz, pieza muerta del mosaico sea, ¿por qué no?, semilla de vida del narrador, y en consecuencia, en este caso, del autor, que trae a sus padres hacia él. El espectáculo del mundo «es una larga secuencia de fotos», se clama desde su núcleo. Obviamente faltan muchísimas instantáneas, más de las que hay recopiladas y en movimiento en este álbum literario. Esos huecos, los olvidos, sin embargo, también promueven la imagen-movimiento.

Como se puede ver, no hemos sabido reprimir nuestro deseo de numerar la totalidad de los apartados restantes a medida que hemos avanzado la lectura, pero no agotaremos nuestro definitivo golpe matemático dando cifras acerca de las partes del tiempo según Becerra, sino para segmentar la imaginaria eternidad, espacio de tiempo al que atribuimos, como recordamos que hizo Salinas en poéticas pero circunstanciales meditaciones distintas a las de aquí, un bello a la vez que siniestro cuerpo horizontal. Así, una fecha remota en la que se ubica un instante: 1752; otra fecha, en la que se proyecta un sitio por venir: 2067, que casualmente (¿sin querer?) es el título del apartado 67, el último apartado de la Parte que no lleva la identificación de Tercera sino de Última, y que pone FIN al libro. El espectáculo, más o menos inconcluso, transcurre entre ambas cifras. Con Becerra, pues, también hemos reflexionado acerca de si la literatura es cuestión de números, de si se trata de hacer un cálculo a veces equivocadamente infinitesimal. El resultado que consigue el autor con estas grandes cantidades de frentes abiertos relacionándose dialécticamente entre sí, es un brillo estelar que irradia desde cada punto narrado hasta refulgir en la totalidad de la composición. Por ello, si unas veces su técnica es un puntillismo descriptivo, otras es obvio que recurre a potentes telescopios para enterarse de las condensaciones de tiempo acaecidas en momentos muy lejanos. Al final, la población que es Junín, el habitante de ahí, en quien están todo el tiempo y todo el espacio. En Becerra apreciamos, y se lo debemos reconocer, un indiscutible talento, poco común hoy, para traducir el mundo y reformularlo.

El espectáculo del tiempo es un mosaico al que Becerra, inmisericorde, como lo es el fluir del tiempo, tesela a tesela de celuloide, le sustrae la quietud moribunda para poner el inacabado conjunto de sus partes a navegar sobre las turbulencias del élan vital, transcurso acaso querido, acaso abominable, y después, acaso, lo contrario. De todos modos, transcurso impasible. Este libro, pues, puede leerse en un orden distinto al que está dispuesto. Puede saltarse sobre sus ditirámbicos momentos, como si fuese una rayuelita, hacia acá, hacia allá, en infinidad de direcciones distintas. Pero comprobadlo, la temporalidad permanecerá desbordando la narrativa; cada biografía insinuada en las páginas quedará, al final, en una nada, en la oscuridad espectacular del tiempo excelso. Sin embargo, ninguna arbitrariedad se percibe en el orden en que se consuma el libro que comentamos, pues está montado como una pirámide, tallado con axonométrica exactitud y rigor aritmético. Becerra vuelve y vuelve y se pasea por ángulos de vida, acción que exige saber moderar la vertiginosa secuenciación final que ha sido elegida como genealogía de la voz que narra. Lo lleva a cabo de un modo que no conseguimos explicitar, ese es el secreto de la obra maestra que alberga El espectáculo del tiempo. Hemos quedado fascinados ante este descomunal libro que se mantiene, y nosotros con él, codo a codo con la muerte, y la hace hablar. Creemos que este libro es dueño de la muerte y a ella se consagra. Es decididamente para ella. Este libro es el tiempo a la muerte debido, que de ella surge y a ella vuelve, donde se ampara y se llega a morir casi en total soledad y con fría tranquilidad. Muchas veces, sin ton ni son, sin más, fluye sucesivamente. Recordemos que la primera palabra que Becerra balbucea después de las seis citadas de Macedonio Fernández es: «Murió». Gracias, Juan José, por todo lo que le sigue a ese final con que comienza el libro, gran compañero del momento más difícil, contorno de una edad.

Alicia Azán-Ulli
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