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6 Feb

La casa y la isla, de Ronaldo Menéndez

MADRID  29 11 2016  ICULT  Ronaldo Menendez  escritor cubano  FOTO  JOSE LUIS ROCA

Fotografía de portada: José Luis Roca.

Casa IslaEdimburgo. Finales de noviembre. Frío y humedad. Sábado por la mañana, el móvil parpadea constantemente. Lo miro. Fidel Castro ha muerto. Lo primero que pienso es: «La historia me cogió de vacaciones». Y lo segundo: «Y ahora, ¿qué?». Estas y otras cuestiones me asaltaron la mañana que murió Fidel Castro, uno de los personajes más emblemáticos, y polémicos, del siglo XX y de parte del siglo XXI. Cuba, la isla que ha estado regida por su autoritario régimen, acaba de comenzar un simulacro de aperturismo gracias a la mejora de las relaciones con los EEUU. La coyuntura histórica no puede ser más fascinante. En ese mismo momento, se publica La casa y la isla, la nueva novela del escritor cubano Ronaldo Menéndez (La Habana, 1970), editada por Alianza de Novelas. Está claro que no fui al único al que la historia le sorprendió.

La casa y la isla cuenta la historia de tres personas, Anabela, Rebeca y Montalbán, cuyos destinos se cruzarán en la casa del último. Una infidelidad, la del marido de Rebeca con Anabela, será el punto de partida de la novela. En una primera parte el lector va a conocer brevemente a los tres personajes. El accidente mortal de Pedro, el marido infiel de Rebeca, dará como resultado que Anabela acuda a casa de Montalbán donde Rebeca se encuentra, para comunicarle la triste noticia. En ese momento, el lector ya sabe que Anabela y Rebeca se conocen de antes, es decir, tienen un pasado. Las dos siguientes partes de la novela, serán utilizadas por el autor para narrar, en primer lugar, la vida de Anabela hasta el momento en que se (re)encuentra con Rebeca. En segundo lugar, el libro continúa contando la azarosa vida del médico Montalbán para acabar desembocando en un clímax final donde el narrador se incluye como parte de la acción del libro. El narrador, que comparte nombre con el autor, conoce a los distintos personajes en diversas etapas, de ahí su participación en la obra. En la historia de Anabela no deja de ser un mero espectador mientras que con Montalbán si traba un contacto más directo. Hacia el final, el juego narrador-autor se fuerza aún más si cabe para confundir al lector y jugar con la relación entre ficción y no ficción del relato.

Menéndez se mueve en diversos registros a lo largo de la obra. En la primera y en la última parte, se opta por un registro serio, firme y seguro, en las dos partes intermedias el lector se encuentra con una escritura mucho más desinhibida, cuya principal virtud son los distintos manejos del humor para narrar las vidas de Anabela y Montalbán. El autor hace un notable alarde, siendo capaz de narrar penurias con gran sentido del humor a la par que esclarece conceptos del régimen cubano. Este se esfuerza en describir y ejemplificar muchos de los elementos que forman la historia reciente de la isla. Con un divertido didactismo, el narrador explica términos y sucesos históricos para que nada quede al azar. Esto es clave, el autor quiere que su postura sea clara. No hay medias tintas y tiene una imagen firme sobre Cuba y la dictadura castrista. El lector tiene múltiples ejemplos de interpelaciones a izquierdistas venidos de Europa, defensores del régimen en la isla y miopes políticos de cualquier cuño. Todo con ironía, sarcasmo, juegos de palabras y mucho ingenio (a veces demasiado).

Quedarse en el humor sería desmerecer otras claves que nos ofrece el texto. La crítica no solo surge desde la ironía sino que también está presente en los personajes, como los policías del servicio de información en permanente búsqueda de informantes, la frívola burguesía socialista o el absurdo sacrificio de aquellos que se encomiendan a la revolución. El autor es consciente de la imagen que proyecta Cuba en el exterior y hace lo posible por desmontarla. En esta ocasión, debajo de los adoquines no hay playa. Es cierto que mantiene una postura festiva en muchas ocasiones y que el tono se ajusta a las circunstancias. Existe un fuerte contraste entre la fiesta permanente que suponen los años ochenta que retrata el autor y las miserias del «Periodo Especial» que impuso el régimen cuando cayó la URSS. Además la crítica se desliza de manera sutil, como los homenajes/parodias que hay a García Márquez y el comienzo de Cien años de soledad, al inicio de varios capítulos en la parte de Anabela. Es cuando menos sintomático que justamente el homenajeado sea el nobel colombiano, defensor acérrimo del castrismo y sus logros. Hay referencias cruzadas a muchos autores entre los que destaca Orwell y su novela 1984. Son ineludibles las apropiaciones de la emblemática obra sobre el totalitarismo, como el doble pensar o la neolengua. Sin desvelar nada, el autor cierra la obra con un guiño literario sensacional.

Las preguntas que me hice con la muerte de Castro no han sido ni remotamente contestadas por el texto de Menéndez. Afortunadamente, la novela trata otros asuntos y deja la ficción política para otro momento. La casa y la isla trata de un régimen a la deriva que arrastra en su decadencia a sus ciudadanos. Estos viven, sobreviven y sacan adelante sus vidas a fuerza de resistir o huir de una isla que se asemeja a una prisión cuyas rejas son el agua y un régimen asfixiante. Detrás del humor del autor se enmascara una realidad extremadamente dura. No existe neolengua que pueda disfrazar eso.

Enrique León

Nacido en Sevilla y Licenciado en Historia por la Universidad de Sevilla. En esa misma institución cursa el Máster de Enseñanza Secundaria y el Máster de Estudios Americanos. Actualmente es doctorando en Literatura Hispanoamericana con una tesis sobre literatura centroamericana. Lector desde siempre, en los últimos tiempos también escribe reseñas de narrativa hispanoamericana contemporánea. Es el responsable del blog Fondo de Lectura (fondodelectura.wordpress.com).

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