Subir
25 May

La corriente, de Juliana Restrepo

juliana restrepo angosta

la corrienteLa contemplación del mar es algo que filosóficamente nos ha trastocado. Cuando nos acercamos a esa inmensa extensión de agua siempre abordamos, de una manera o de otra, lo desconocido. Para nuestros antepasados, el mar, como el bosque, eran nidos acaudalados de misterio, donde brujas, ninfas, sirenas y toda clase de monstruos residían para atraparnos y hacernos desfallecer. Con el paso de los siglos, especialmente el mar se ha convertido en sinónimo de descanso y contemplación. Observar el horizonte en las cercanías de una playa se ha convertido en el símbolo de nuestras cualidades meditativas y poéticas, pero ya pocas veces, al estar frente al mar, nos preguntamos qué discurre bajo la aparente tranquilidad de las aguas. Resulta que inmensas corrientes mueven los fondos marinos, desplazan a sus criaturas, cuando desde nuestros ojos vemos unas aguas apacibles e insustanciales.

Con esta metáfora funciona la colección de cuentos La corriente, ópera prima de Juliana Restrepo publicada por la editorial Angosta. Los doce relatos que conforman La corriente hablan de situaciones que se aposentan sobre la vida cotidiana como aguas mansas, pero que esconden en los fondos del arrecife corrientes que arrastran, que destruyen, que carcomen o que acumulan tesoros por doquier. La base de la escritura de Restrepo son la sutileza y la cotidianidad. Interrumpidas por situaciones ocultas y extraordinarias, construyen una apertura que nos muestra lo insólito o lo sorpresivo en anécdotas que no pasan de la vida diaria.

A mi modo de ver, la obra de Juliana Restrepo revitaliza la cuentística colombiana. La brevedad de sus relatos y la sencillez de sus anécdotas se suman a la tensión que genera un inevitable boom en sus escritos. Esta gran explosión, que nos abre las puertas a un universo inesperado, se da gracias al uso de herramientas sorpresivas y contundentes. Quedé asombrada, por ejemplo, del maravilloso descaro de la autora en sus relatos, que muchas veces termina siendo la apertura hacia ese universo social paralelo que va más allá de las apariencias, tan arraigadas en las clases altas colombianas. Otra notable herramienta es la mirada tan particular con la que recoge las experiencias más diversas y las disfraza con las vestiduras de la juventud, de la vejez, de la adolescencia y de la mediana adultez, confluyendo todas en una misma voz que al final habla de lo íntimo y de lo profundo, de aquello que tratamos de ocultar ante los ojos ajenos.

Una oda al cuento: exorcismo de la corriente íntima

Los cuentos de Restrepo son un maravilloso homenaje a muchos de los autores más reconocidos del género, pues logran captar pequeñas fotografías que, como avatares o como recuerdos, nos transportan a circunstancias significativas de la vida. Si debiera definir con una palabra la característica más importante de la cuentística de Juliana, esa palabra sería exorcismo, pues ella, con su asombroso manejo de la oralidad y del fluir del pensamiento, logra imprimir en cada una de sus páginas aquellos demonios que todos llevamos dentro y que, de una forma inusual e inesperada, irrumpen en nuestras vidas dejando huellas imborrables. Ese exorcismo, que a mi juicio es un continuum en el debut de Restrepo, es la herramienta primordial de la increíble explosión que se lleva a cabo en sus relatos.

En este sentido, mi cuento favorito fue «Las promesas». En él, Paula, editora constante y esposa legítima, a través de la lectura de un libro abandonado en su biblioteca, vuelve a su pasado, añorando viejos amores, lugares ya lejanos de su existencia y antiguos sueños guardados en el desván, que demeritan por completo la vida que lleva actualmente en Medellín. Esos viajes en el tiempo que la mente y el corazón de Paula describen para los lectores no son sino corrientes que corren por debajo del agua tranquila y mansa. «Que yo llore con un libro no es raro, que yo llore por el libro no es raro», dice Paula en sus reflexiones, tratando siempre de mantener una imagen inquebrantable ante los ojos de su esposo: «Santiago no sabe nada. No me pregunta nada, pasa por detrás, me da un beso en el pelo y me lo acaricia». Ese dolor interno arde en la mente de la protagonista, que en sus insomnios espera la respuesta de un antiguo amor.

Y lo más extraño es que, a pesar de la acción, nada cambia en la vida de Paula. Mientras Santiago duerme apacible a su lado, Paula imagina ansiosa la respuesta ideal para comenzar su vida imaginada: «Creo que me duermo como a la una. Aún no leo su email porque mi celular no suena cuando entran emails. Escribimos su respuesta al mismo tiempo: él en su computador y yo en el cielo mal alumbrado de mi cuarto». En el corazón de la noche ella le da vueltas a un futuro posible pero improbable, y al día siguiente, dejando sus demonios impresos en la versátil pluma de la autora, seguirá, probablemente, con su vida cotidiana, mientras esa corriente interna le carcome el corazón.

El suspenso que Juliana Restrepo crea alrededor de sus narraciones, y el exorcismo que la mayor parte de las veces se queda solo en la pluma, es el boom de los deseos contenidos de los personajes, que muchas veces, sufriendo tormentas internas, se quedan con sus anhelos grabados en la piel.

Recato y descaro: exorcismo de la corriente social

Cada uno de los relatos de Restrepo es una gran revelación. En términos sociales, la autora explora los linderos de nuestra identidad de clase, mostrando que en estos términos tampoco somos blancos o negros, sino que existe toda una gama de grises en los que dialogamos con otras comunidades. En este sentido, los cuentos también juegan con la apariencia social, que serían las aguas que observamos en la superficie, y al mismo tiempo, analizan las corrientes marinas que por debajo de esa apariencia trastocan nuestro ser social ante los ojos de los demás.

En La corriente hay varios relatos que tocan este tema. En «Ménage», por ejemplo, podemos ver cómo la estratificación social se nubla en esos no-lugares donde todos podemos vivir en términos de igualdad, pero al mismo tiempo, muestra cómo esa igualdad se borra tan pronto regresamos a nuestro contexto.

En otros cuentos, como en «Vol-au-vent», Restrepo expone con claridad todo aquello que descaradamente se piensa, sin tener en cuenta ningún tipo de recato social. Dicho relato comienza de esta forma: «Me llamo Camila Santamaría Cock: pene-en-inglés. Mi hermana mayor, Juliana Santamaría Cock, se casa este sábado con Jacobo Kabierschke. Mis papás están felices, le pegaron al jackpot (…). Yo solo lo considero un tipo aburridísimo que vive de la renta y le va a ser infiel a mi hermana a los cincuenta y cinco». En este comienzo tan verbal, la protagonista pone en claro su identidad de clase, lo que piensa de dicha pertenencia, y hace énfasis también en la desavenencia sexual, que bien que mal es un elemento común a todas las personas y clases sociales; un salvajismo primigenio del que nadie está a salvo. Camila, la protagonista, encuentra en ese relato el lugar perfecto para sincerarse y para exorcizar, de algún modo, su aburrida ascendencia de clase que de una manera o de otra, enjaula su comportamiento «salvaje» y «poco decoroso».

Travestismo literario: exorcismo de la identidad

En muchas de las entrevistas que Juliana ha concedido a los medios, ha hablado de que en el libro hay mucho de sí misma. Menciona que muchas veces va de paseo en su auto y recoge las sensaciones que le llegan, y que luego, en sus historias, les pone nombre, lugar y personaje a cada emoción o experiencia de su vida diaria. Todo esto se percibe en la escritura, que en los múltiples rostros que aparecen en La corriente, habla a través de la mirada que Juliana tiene del mundo, descubriendo que en esencia los seres humanos estamos dotados de emoción y fragilidad, sin importar nuestra ascendencia, nuestra forma de vida, nuestro trabajo o edad.

El relato que más me impactó en este sentido fue «Cuchitril», que cuenta la historia de una anciana que un día cualquiera tiene un encuentro doloroso con el pasado. Así comienza: «Ninguno de los que están vivos sabe esta historia. Entonces, para desahogarme, me toca escribirte a vos, a mí misma, a la Carmen que era hace sesenta años». El cuento, además de ser el refugio del personaje para poder contar su historia, es también una expresión del travestismo literario. «Hablar con el pasado, con aquella que fui entonces, alguna vez, me define como un ser nuevo, pero al mismo tiempo yo, la de hoy, soy la misma de años atrás», parece decir la narradora.

Este tipo de digresiones se revelan como un exorcismo, no solo de la autora misma, que se disfraza de su personaje, sino también de la heroína de su cuento, que adquiere las vestiduras de su yo más joven y que a su vez muestra cómo esa mujer, silenciosamente, escucha el porvenir que le dicta la mujer anciana, ese yo de rostro arrugado y corazón compungido que viene a contarle su destino. El relato, al final, es el refugio constante donde miles de realidades e identidades pueden dialogar.

El libro de Juliana me ha encantado. Me ha hecho pensar que el pudor y la vergüenza, que en tantas formas se expresan en nuestra vida, tienen una cura infalible y un refugio seguro en la escritura de un relato.

Valentina Coccia

Literata de la Universidad de los Andes. Magíster en Historia de la misma universidad. Bailarina profesional. Aunque realizó investigaciones sobre el tema migratorio a nivel histórico, artístico, literario y político, se ha dedicado al periodismo cultural escribiendo para el diario El Espectador, uno de los dos cotidianos nacionales más importantes de Colombia. Con gran interés por difundir el consumo de arte, cultura y lectura en su país, ha emprendido proyectos televisivos para difundir la idea de que la educación y la cultura son para todos. En España escribe para las revistas Vísperas y Le Miau Noir.

Todavía no hay comentarios

¡Danos tu opinión!