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29 Jul

La débil mental, de Ariana Harwicz

harwicz

La debil mental

El verano se hace viejo, madre de sangre fría.
Los insectos son escasos, escuálidos.
En este hogar palustre solamente
croamos y nos marchitamos.

-Sylvia Plath

 

No sé a quién echársela, pero sí sé que cuando termino de leer el librito de Ariana Harwicz lo que siento es una ligera culpa. ¿Dónde diantres había estado hasta ahora? (Ella o yo, bendita homonimia verbal del castellano). ¿Por qué nadie me había hablado de esta prosa que es un portento? Ariana Harwicz nace en 1977 en Buenos Aires y espera hasta cumplir los 35 para ir sacando sus obras al mercado. ¿Sensato proceso de maceración de la voz propia? ¿Acaso le daba reparo figurar en la lista Granta y ser tildada de escritora promesa? Sea como fuere, en 2012 publica Matate, amor (editada en Argentina por Paradiso y luego en España por Lengua de Trapo). En 2013, publica como coautora la novela-ensayo Tan intertextual que te desmayás (Contrabando). En 2014 se estrena en Mardulce, editorial argentina de reciente desembarco en España, con La débil mental.

Lo que uno se encuentra desde la primera hasta la última de las 100 páginas de La débil mental es una voz literaria de fuerza avasalladora. Si tenemos en cuenta la brevedad del librito y lo consistente que es el catálogo de la editorial Mardulce en su apuesta por aproximaciones alternativas a la narrativa, no nos sorprenderá que La débil mental coja los preceptos de la novela al uso y se suene los mocos con ellos. No hay juego entre las partes de la superestructura narrativa porque apenas hay superestructura narrativa, no es reina y señora la descripción de espacios, ni tampoco el desfile de personajes, ni el transcurso lineal del tiempo y los acontecimientos. A lo que se nos abre la puerta es, sencillamente, a la relación entre una madre y una joven hija. Viven en el campo, alejadas de la gran urbe pero no de sus problemas: el alcoholismo, el acecho de la pobreza, la soledad, la interdependencia, la figura paterna como el vago recuerdo de un pene prófugo. Admiro y celebro el coraje con el que la autora saca a relucir los ángulos más pudorosos y retorcidos del vínculo materno-filial, que para una madre soltera y para su hija única puede ser a la vez el virus y la cura. Harwicz nos hace testigos de una relación íntima, visceral, tortuosa, llena de pequeños traumas y reproches, marcada por la escatología y por la pulsión sexual, marcada por una feminidad que se comparte tanto o más en lo corporal como en lo mental. «La aureola densa y transparente en el colchón prueba que vivo». Ese es el cogito, ergo sum de la protagonista, afligida por una desazón afectiva que la lleva a regalarnos frases como agujas (pero agujas terapéuticas, porque la buena literatura es en ocasiones una acupuntura hecha con palabras). «Quiero arrojar mi infancia como esas pelotas que escupen las lechuzas con restos de dientes y de los cerebros, que no pudieron deglutir».

Hay, qué duda cabe, un tema universal en la base de la obra. Hay una trama calentándose a escondidas que al final rompe a hervir en borbotones. Para mí, sin embargo, el mayor atractivo de la nouvelle de Harwicz es el estilo, ese tratamiento palpitante tan logrado (entre lo doméstico, lo violento y lo erótico, dijo otra crítica; lo suscribo). Una protagonista que nos habla en primera persona, como liberándose de una vida en la que «te llenas de imágenes que son una porquería para tu salud». Cuando la niña ve cómo penetran a su madre. «¿Hace cuánto que no te la meten, mamá? (…) Mamá te hace falta el rapto del coito». Cuando la madre se maravilla ante las tetas de su hija. Cuando la niña sale al campo a masturbarse como el ciervo de un cuadro de Kahlo. «La copa de la arboleda se mueve y es esa duna de caracolas marinas con una lona rasposa compartida por la abuela, mami y la niña. Un trío de trastes colorados sobre las almejas. Tres espaldas rollizas con crema protectora. Tres vaginas arenosas al final del día». Se habla en la contraportada del libro de que el relato de Harwicz «roza la poesía». No dejemos que la disposición no versificada del texto nos amedrente y vayamos más lejos: en ciertos pasajes, es poesía. Es una Woolf carnal en la decadente Argentina rural. Es una Pizarnik de los pájaros y la naturaleza siniestra, aunque sin atisbo de religiosidad ni pulcritud blanquecina a lo Storni. Hay un estado mental para la protagonista en el que «la penetración es un claro de luna y el resto es mugre»; así escribe Harwicz, que comparte con Carson McCullers la ambientación regional y con Sylvia Plath cierto aire de muerte, cadáveres y formol. No sé si hermana o prima segunda, pero Harwicz quizá sea además pariente literaria de Selva Almada, con la que comparte nacionalidad, generación, editorial y rasgos de forma y contenido. En otra reseña me permití la cursilería de referirme a la escritura de Almada como «prosa flor». Diré hoy —con la misma buena intención y acaso la misma gratuidad— que la de Harwicz es una hermosa planta carnívora.

Saliendo un pelín del texto, podríamos debatir también, al hilo de La débil mental, sobre la tendencia del mercado editorial a comercializar tanta novela como sea posible, cabezonería que lleva a muchos editores a intentar darnos gato por liebre cada dos por tres (comentaba Andrés Neuman entre bromas que los editores de su peculiar diccionario poético, Barbarismos, habían barajado comercializarlo como «novela alfabética»). Para no caer en la típica discusión de huevo o gallina ni en pescadillas que se muerden la cola, convengamos que el eclipse comercial de la novela sobre el resto de géneros literarios habla tanto del gusto de los lectores como del afán pecuniario de los editores. En palabras del escritor canadiense George Fetherling, decir que una nouvelle no es más que una novela corta es como decir que un poni no es más que un potrillo. Algún lío de esos parece existir en la percepción actual.

A veces, cuando uno como lector atestigua la conquista de cimas literarias altas, cuando ve alcanzado un objetivo ambicioso, ese éxito le hace de repente cambiar de prisma y la celebración adquiere una cara oscura que conduce a relativizar el logro. «Sí, bien, se ha conseguido vehicular un evento narrativo de interés al tiempo que se estiliza con energía el lenguaje, ¿y? ¿Y ahora qué?», podría preguntarse uno, preocupado porque la nouvelle poética, impresionista y fragmentaria existe desde hace mucho. «¿Y qué? ¿Qué viene luego?», cabría preguntarse. Me consuela de inmediato saber que habrá voces que atesoren la respuesta a esas preguntas. No me extrañaría nada que entre ellas estuviera, tronando con su feminidad fulgurante, la de Ariana Harwicz.

 

Daniel López García

Durante años trabajó la acción social vinculada a la creación artística en campos de refugiados de Bosnia y Herzegovina, en el norte de Marruecos y el sur del Peloponeso. En la actualidad, es escritor de comentarios sobre literatura y artes plásticas que pueden leerse en revistas como Quimera, Revista de Letras o Maasåi Magazine, entre otras. Ha entrevistado a más de una treintena de escritores en lengua española, y a otros tantos artistas y fotógrafos. Está realizando un documental sobre literatura y creación joven junto con Carolina Cebrino y Daniel de Zayas, y redacta su tesis en estudios comparados de literatura los fines de semana.

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