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19 May

La muerte del padre, de Karl Ove Knausgård

Karl Ove Knausgard

La muerte del padreA veces la radicalidad es un motivo más que suficiente para alimentar la creación. En otros casos esa barrera de la suficiencia se rompe y se traspasa hacia terrenos en los que la imprescindibilidad se convierte más en una necesidad que en un anhelo. Tanto en uno como en otro caso, son lugares comunes para la literatura, la buena literatura, la que consigue alejarse de críticas y de maniqueísmos que lo único que hacen es confundir al lector, llevándolo a unos terrenos que parecen estar abonados y cosechados por la crítica -tan necesaria, sin duda- pero que no pulsan la verdadera intencionalidad de quienes se enfrentan al folio escrito, bien desde la perspectiva del creador o desde la del lector.

Proust concibió una obra inmensa. Un largo pasaje de la literatura de la que pocos hemos podido escapar “indemnes”. Sobre todo los que han convertido a À la recherche du temps perdu en una forma arriesgada, comprometida y pasional de abordar la lectura. Una forma -una enorme obra que abarca desde 1908 hasta 1922, exquisita en su lenguaje, en su poder evocador- y un fondo -un homenaje a la memoria, al recuerdo, a la capacidad de un autor para transponer literariamente la verdad de la vida de los personajes de reales a ficticios- que son capaces de conformar una unidad insuperable… para todas las épocas. Y es justo ese poso de epopeya cíclica el que es capaz de germinar en algunos autores contemporáneos. La inmersión en una obra que convierte a la vida en un conjunto de episodios que responden a la valentía de enfrentarse a la realidad, de forma descarnada y personalista.

Es el caso de Mi lucha, un proyecto literario en seis novelas y cuyo título evoca infaustos recuerdos, pero que dice mucho de la intención del autor, Karl Ove Knausgard, de romper con estereotipos y facilitar una vía alternativa al lector ya desde su propio rubro. Una manera decidida de sensibilizar y advertir al mundo de que no todo es apariencia. Mi lucha es una obra monumental, formada por seis tomos, que trata de poner en pie la vida de un novelista, de un narrador, de alguien que quiere hacer algo radicalmente nuevo y que, afortunada o desgraciadamente, puede ser leída de forma independiente.

Con la novela La muerte del padre el autor noruego inaugura esta “doble trilogía”, que da forma a Mi lucha, y pone en jaque a la perspectiva de la autobiografía que cualquier lector puede tener en mente. ¿Romper estereotipos literarios está en la frontera de hacer algo radicalmente nuevo o se sitúa más allá de ella? A todos los efectos y desde cualquier perspectiva, sí. La muerte del padre es capaz, por sí misma, de abrir puertas y hacer que respiremos aires diferentes y frescos.

Lo difícil en la obra de Knausgard es distanciarse, por ejemplo, de comparaciones con Proust. No es una novela sobre una época determinada de su vida. Es su vida con mayúsculas, con toda la intención y en toda su extensión, incrustada de forma cruel en un conjunto de textos. Y es cruel -por realista, por directa, por descarnada- tanto para él como para los que le rodean y acompañan a lo largo de las páginas que va creando.

Destacable es la exactitud de su prosa, el cincelado preciso de su lenguaje, de las descripciones, y la capacidad para extraer de los detalles vitales más pedestres elementos que pueden llegar a formar parte de una obra literaria consolidada.

Es fácil pensar que el género autobiográfico -del que no es seguro que La muerte del padre sea un puro representante- consiste en recrear, recordar y plasmar negro sobre blanco los acontecimientos que se arraciman en torno a la vida. Sin embargo, esta primera novela de las seis que forman parte de Mi lucha, aporta un valor añadido: la capacidad exploratoria del autor para dar respuesta a su devenir vital, para construir a partir de ruinas, para reconstruir sobre los escombros de lo que para cualquier persona sería, para siempre, un suelo yermo y sin vida.

A menudo, La muerte del padre trae a la memoria otras obras semejantes -si bien no en el fondo aunque sí en la forma, en el atrevimiento, en el acercamiento entre vida y literatura-. A nadie le es ajeno que George Perec construyó su originalísima e inimitable La vida instrucciones de uso sobre la base de una amalgama de vidas individuales e inconexas que habitan en el 11 de la calle Simon-Crubellier, en París. Si escribir, describir y recrear más de 179 historias que se entrecruzan no es afrontar la creación de forma radicalmente nueva estamos inmersos en un grave problema. Si abordar la vida en seis novelas entrecruzadas pero independientes -como lo hace Knausgard- tampoco se considera pura creación y salto al vació, que paren todo que yo me apeo.

En igual medida, y sin salir de la contemporaneidad más creativa, el no siempre comprendido pero inmensamente original y brillante Enrique Vila-Matas, tiene un hueco en esta reseña. Y no es casualidad que mencione a estos dos grandes novelistas (Perec y Vila-Matas) toda vez que el autor barcelonés ha reconocido de forma reiterada que Perec es uno de sus autores fetiche, y del que más directa inspiración ha recibido. Vila-Matas, con el que se me acumulan los ejemplos para situarse en el lado más original de la creación, ha sido capaz de crear una voz propia, como gustan ahora en llamar a los escritores que ponen una pica en el territorio de la ruptura, de la originalidad, de la capacidad de entretener y disfrutar, que son dos verbos consustanciales al acto de la lectura-. Una de sus últimas creaciones, Kassel no invita a la lógica interpone entre el lector y la obra escrita su propia vida y experiencia, tamizada por su presencia en una prestigiosa muestra de arte contemporáneo.

Estos ejemplos entiendo que son válidos y con la capacidad suficiente para sumarse e invitar así a la obra de Knausgard. La muerte del padre es un excelente comienzo, porque lo mejor -aún si cabe- está por venir en Un hombre enamorado y La isla de la infancia.

Luciano Vázquez

Licenciado en Derecho, en la UNED cursa las últimas asignaturas de Filosofía, su verdadera vocación junto con la escritura. Profesor de español como lengua extranjera titulado por el Instituto Cervantes, corrector de estilo y redactor de contenidos. De profunda devoción lectora, con especial admiración por la poesía, se inicia en la aventura de la crítica literaria de la mano de Vísperas. Seguidor de Montaigne y Russell en lo filosófico y de Gil de Biedma, Ángel González o Joan Margarit en poesía. Con algunos poemas publicados por la Editora Regional Extremeña, aspira a componer un poemario redondo y un ensayo sobre filosofía contemporánea.

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