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6 Feb

La parte soñada, de Rodrigo Fresán

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la parte soñada

“El insomnio como un lugar sin sitio donde se piensa en lo que pasa y en lo que pasó y en lo que pasará”. Esto escribe Rodrigo Fresán (Buenos Aires, 1963) en algún punto perdido de su último libro: La parte soñada (Random House, 2017). Esta frase, extraída casi al azar de entre las quinientas ochenta y siete páginas que componen el texto, puede servir muy bien para representar el epicentro de un fenómeno perturbador en forma de novela, un seísmo literario extrañamente quieto y calmado.

La parte soñada es un libro imponente, que infunde respeto, miedo y asombro a partes iguales. Me atrevo a decir incluso que intimida ya desde su dilatada extensión o desde la imagen inquietante y algo enigmática de su portada: una especia de muñeco de hojalata, orondo y sonrosado, que porta en una mano un osito de peluche amarillo y en la otra un candil dorado y una desproporcionada maleta con una llave para darle cuerda indefinidamente. Con esta primera aproximación, aparentemente ordinaria e insustancial, pero tan profunda y útil como toda primera aproximación, quiero hacer de dos elementos superficiales (el número de páginas y el diseño de la cubierta) el correlato material de la frase que he citado al principio: “El insomnio como un lugar sin sitio donde se piensa en lo que pasa y en lo que pasó y en lo que pasará”.

La ambición de totalidad es clara, tanto en la cita como en la primera impresión que el lector siente al coger el libro del estante de una librería. Analiza rápidamente el muñeco de hojalata, pasa los dedos por entre las páginas, sopesa el volumen y lo voltea para leer el texto de la contracubierta. Ahí el lector se encuentra con que La parte soñada busca respuestas a una pregunta tan difícil como sugerente: ¿Cómo sueña un escritor? Sin embargo, como si se quisiera dilucidar el silencio hablando de los sonidos, la voz narradora se pregunta por los sueños del escritor describiendo una larga y sobreestimulada noche de insomnio en la que todo cabe: lo que pasa, lo que pasó y lo que pasará. La escritura fluye sonámbula, adormecida, ensoñadora, pero en ningún caso parece dormida.

Decir que La parte soñada represente el segundo volumen de una trilogía iniciada con La parte inventada (2016), y que cerrará La parte recordada (aún inédita), es una forma racional y eufemística de ponerle puertas al campo y de nombrar lo que en realidad es un auténtico work in progress sin principio ni final. Con insólita valentía, en este poliedro mutante Fresán se ha propuesto indagar las tres maneras de abordar una historia: la invención, el sueño y el recuerdo. En el fondo se trata del proyecto macedoniano –teorizado con lucidez por el desaparecido Ricardo Piglia– de una novela que durase toda la vida de su autor, pero despojado aquí del aura romántica y sometido a un cuidadoso proceso de editing y temporización.

El propio autor ha declarado que la composición de La parte soñada y la del libro que cerrará la trilogía fueron, en parte, simultáneas, lo que puede ayudarnos a entender aún mejor el carácter rizomático del libro, sus conexiones secretas con los que lo preceden y con el que lo sucederá, su naturaleza en cierto sentido no durable, que se muestra dinámica dentro de una trayectoria que no es lineal. Cuando uno se sumerge de lleno en las páginas del libro y se deja envolver por la constelación de anglicismos, siglas y nombres propios de sonoridad exótica, tiene la sensación de flotar en un océano embravecido pero encerrado dentro de una pecera, o de estar dentro de una de esas cápsulas de atracción de feria que rotan sobre sí mismas sin desplazarse del sitio (hasta aquí la idea del mareante dinamismo estático de La parte soñada).

El libro está dividido, a su vez, en tres partes que conforman un corpus ambicioso, arriesgado, contradictoriamente ligero y difícil, capaz de cansar al lector más tenaz y de entusiasmar al más volátil e inconstante. De hecho, la desmesura de los sueños, sus lindes difusas y dinámicas son la materia con que está escrito. De ahí que para disfrutarlo el lector deba dejarse arrastrar por la corriente de pensamientos, episodios y breves historias que lo conforman, como en un proceso de meditación en el que solo importa seguir respirando de la mano de la voz-mantra que, en esta suerte de tratado, escribe y describe síntomas, causas y efectos del sueño en sus infinitas modalidades.

Rodrigo Fresán hace gala una vez más de su radical “manía referencial” (“Palabras que dijeron otros para que después las repita uno. Paréntesis como el eco de algo que ocurrió o pudo haber ocurrido”), y a partir de ella construye un mecanismo de fuerza centrípeta que atrae y atrapa todo tipo de alusiones, citas y “personajes” de la cultura occidental (especialmente contemporánea y, particularmente, norteamericana). Shakespeare, las hermanas Brönte, Nabokov o Bob Dylan son algunos de los héroes que cargan a hombros las páginas más ricas del libro. En otros niveles se siente también el gusto del autor por las producciones del Hollywood dorado y las historias de ciencia-ficción que ya se hacían notar en las mejores páginas de su “novela nodriza” La velocidad de las cosas, de 1998. Por supuesto, en este saco también caben Jorge Luis Borges, William Burroughs, David Lynch o Laurence Sterne, entre otros muchos incluidos al final del libro en la completa nota de agradecimiento a la que Fresán tiene acostumbrados a sus lectores.

Sería tan aventurado afirmar que hay personajes en esta novela como afirmar que verdaderamente se trata de una novela, o, en todo caso, de una novela en la que de algún modo pudieran “vivir” personajes. Si admitimos del existencialismo sartreano que al hombre lo configuran sus acciones, fácilmente deduciremos que el “personaje” –máscara del hombre– necesita de acciones, peripecias y argumento para existir, cosas que no abundan, o que, por el contrario, sobreabundan en esta obra. De hecho, de poco o nada serviría enumerar aquí algunas de las microfibras argumentales con está tejido el libro, convocando a un escritor insomne que no escribe, a la excéntrica fundación Onirium, a Nabokov perseguido por un extraño agente del FBI, o a IKEA, estereotipo del escritor latinoamericano al que interesa más ser escritor que escribir.

Tanto en su predecesora inmediata, La parte inventada, como en la anterior Jardines de Kensington (2005), Fresán dio un paso más allá en el abandono del plot convencional, ya fuera por defecto o por exceso, dejando progresivamente más espacio al despliegue de la autorreferencia, a la revelación del propio procedimiento textual. Así, en este caso, las variaciones tipográficas, las notas a pie de página figuradas (entre paréntesis y después de un asterisco) y la tematización del escritor como excritor, entre otros, son recursos que contribuyen a desenmascarar la convención de la ficción realista, a la que Fresán considera la más irreal de todas, en favor de una obra en la que la digresión, el fragmento, la libre asociación de ideas o la enumeración caótica campan a sus anchas  en una compleja metáfora de la vida inconsciente.

Como en La parte inventada, el espíritu de William Gaddis deambula retorciendo párrafos y recordándonos las bondades de la dificultad. Lo cual no impide que la poesía de La parte soñada y su forma propia de entender la literatura tengan la facultad de crear lectores de cuño propio, ya sean adeptos o amantes. Si bien es cierto que algunos pasajes resultan demasiado pesados e incluso prescindibles, la complejidad, la dispersión y la ambigüedad no opacan los logros de esta creación, entre los que se cuenta –sin lugar para la ironía– el placer de la somnolencia. En definitiva, se trata sin lugar a dudas de un libro que realiza una de las apuestas literarias más arriesgadas del siglo xxi, y cuyo empeño y ambición no deben pasar desapercibidos al lector más exigente.

Mario Aznar Pérez

Es graduado en Lengua y Literatura Españolas y máster en Estudios Literarios. Aunque nació frente a las tranquilas aguas del Mediterráneo, pronto se perdió en el particular Triángulo de las Bermudas que forman Florencia, Nápoles y Madrid. Ha colaborado con diversas revistas de literatura, así como también ha participado en seminarios y congresos internacionales en universidades españolas y extranjeras. Actualmente redacta su tesis mientras alimenta con pasión caprichosa el blog de crítica literaria Lector salteado. Mario padece una irrefrenable tendencia logocida que le hace olvidar, descartar o sencillamente dejar pasar de largo sus mejores ideas. En las pocas ocasiones en que este trastorno remite, utiliza esas ideas para escribir.

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