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28 Nov

La piedra oscura, de Alberto Conejero

Fotografía de marcosGpunto

9788415906070

En términos generales, leer teatro en España no está de moda. Ir al teatro, tampoco. ¿Saben qué les digo? Que ni falta que hace. Leer no es una moda, ni una tendencia, es una necesidad. Y dentro de las necesidades de todos cuantos vivimos en el planeta está la de recordar, mantener vivo el aliento de algo que hemos hecho, o no, de alguien importante en nuestras vidas, de una mirada, un abrazo… Todo es puro recuerdo. Sólo se inventa mediante el recuerdo, como dijo Alphonse Karr.

Pero cuando el recuerdo se hace tan potente que puede alumbrar una poesía, una novela o un texto dramático, la fuerza de la remembranza se hace carne y puede transportar a realidades que parecen tan increíbles que lo dejan a uno fuera de juego.

No bastan un par de páginas para reseñar La piedra oscura, de Alberto Conejero (publicada por la editorial Antígona), una buena muestra de todo lo dicho hasta ahora. Les sitúo: la España del año 1937. La contienda más inhumana que probablemente haya vivido este país y que dejó un largo rastro de muertos, de desolación, y la apertura de un periodo aún más oscuro. En una pequeña habitación de hospital, al borde del Cantábrico, está Rafael Rodríguez Rapún, el que fuera secretario del grupo de teatro universitario La Barraca y, según muchos, el último amor —secreto o no— del afamado poeta y dramaturgo Federico García Lorca.

Lo custodia un guardia al que se le ha encomendado la tarea de vigilarlo (Sebastián), sin hablar con él, sin mantener ni entablar conversación alguna. Silencio y desprecio, eso es lo único que se le pide, mientras en otra estancia del edificio se juega con el destino de Rafael.

De esta sencilla escena —en fondo y forma— se destila un texto que nos eriza la piel hasta decir basta. Construir desde elementos tan básicos un texto complejo que combina, con mucha destreza, realidad y un poco de ficción no es tarea fácil. Incluso partiendo de la base de que son dos personajes antagónicos que tienen destinos diferentes y realidades vividas, y por vivir, absolutamente contrapuestas. De hecho, es el propio autor, Alberto Conejero, el que ha dicho que su intención no era escribir sobre la Guerra Civil. Y lo ha conseguido, porque ha tomado el drama de una guerra para situarnos ante una escena real y a partir de ahí contar la evolución de dos hombres en un proceso de acercamiento personal que hace posible que los contrarios se convierten en semejantes.

Y es justo la memoria, ese concepto con el que abría esta reseña, la que se convierte en hilo conductor en la conversación entre Rafael y Sebastián. El primero aferrado a ella y referida a una persona importante y fundamental en su vida (García Lorca); el segundo, convertido con el paso de las horas en albacea de dicha memoria.

Resulta obvio que, con el pasar de las páginas de La piedra oscura, el lector se conmueva y pase a convertirse en testigo de cómo dos seres opuestos sean en el fondo tan iguales, tan inocentes y víctimas de una violencia irracional. No hay marcha atrás. Para ninguno de los dos, por lo que el lenguaje profundamente lírico de Conejero nos aboca a la desesperanza de un tiempo que, sin haberlo vivido, nos convierte en testigos mudos y en responsables de evitar que cualquier cosa parecida vuelva a suceder.

El extraordinario valor del texto reside quizá en la capacidad para eliminar prejuicios y enfrentarnos a la Memoria, con mayúscula, gracias a su capacidad para combinar los hechos reales con ciertas licencias que no maquillan, enmascaran o engrandecen la verdad de los hechos. Unos hechos que se desarrollan en un espacio pequeño, estrecho, íntimo y en el que flota permanentemente el nombre y la presencia de Lorca. Un espacio que une a dos hombres buenos, víctimas de la sinrazón de otros que los han colocado, ironías del destino, como protagonistas de la Memoria… de la suya y de la de todos nosotros.

Fotografía de portada de marcosGpunto (fotografo-de-escena.hol.es)

Luciano Vázquez

Licenciado en Derecho, en la UNED cursa las últimas asignaturas de Filosofía, su verdadera vocación junto con la escritura. Profesor de español como lengua extranjera titulado por el Instituto Cervantes, corrector de estilo y redactor de contenidos. De profunda devoción lectora, con especial admiración por la poesía, se inicia en la aventura de la crítica literaria de la mano de Vísperas. Seguidor de Montaigne y Russell en lo filosófico y de Gil de Biedma, Ángel González o Joan Margarit en poesía. Con algunos poemas publicados por la Editora Regional Extremeña, aspira a componer un poemario redondo y un ensayo sobre filosofía contemporánea.

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