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16 Nov

La suspensión del tiempo, de Alberto Campo Baeza

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9788490972885Escribo estas líneas desde la prudencia y, sobre todo, desde el respeto. El respeto hacia un ámbito que excede mis competencias como es la arquitectura y desde el respeto que suscita la admiración que siento hacia el autor del libro como arquitecto. Es por ello que empiezo a redactar esta reseña empleando la primera persona -algo que nunca hago- porque la escribo, como digo, desde la admiración y porque creo es lo que demanda el tono de esta publicación, pues es tan personal que solicita, a su vez, una valoración personal.

De hecho, es tal la cercanía en su escritura que uno tiene la sensación de estar hablando con el autor, casi de conocerle gracias a la franqueza con la que expone las emociones que siente o ha sentido ante determinadas obras de arte. Sin embargo, antes de considerar aspectos concretos de esta publicación, precisemos que se trata de una compilación de textos escritos por Alberto Campo Baeza que giran en torno a diversos temas totalmente comprensibles para los lectores que carezcan de una formación arquitectónica. De hecho, en ellos se tratan cuestiones que tienen que ver con impresiones estéticas y con conceptos clave, entre otros, como la famosa tríada vitruviana; todo ello, articulado a partir de diferentes reflexiones que le sugieren al autor la lectura o contemplación de determinadas expresiones artísticas.

Por ello, este libro resulta de gran interés en una doble dirección: aporta ideas y observaciones de gran provecho en torno a los propios actos de ver, mirar, percibir o vivir las obras y, al mismo tiempo, posibilita el conocer mejor los puntos de vista e intereses de un arquitecto, es decir, nos permite aproximarnos mejor a su manera de concebir la arquitectura y sus obras. De hecho, en el texto traslucen algunas de sus preocupaciones que busca y/o encuentra repetidamente en determinados lienzos que luego se convierten en elementos clave en sus propios proyectos, caso por ejemplo de la luz o del color blanco.

Además, una de las grandes virtudes del libro es que el autor logra transmitir de manera clara y directa las sensaciones y conmociones que siente ante determinadas obras, al mismo tiempo que es capaz de demostrar su erudición y gran cultura sin caer en un regusto academicista o en la ampulosidad. En otras palabras, derrocha conocimientos sin cometer alarde alguno. Todo lo contrario, convierte en sencillo aquello complejo, logrando comunicar de manera eficaz conceptos inefables. Podemos loar como acto de sinceridad -o incluso de generosidad- el confesar las emociones que le han despertado ciertas experiencias estéticas, así como mantiene al lector tomando nota de edificios o pinturas que, si no ha tenido ocasión de ver o visitar antes, ahora desea ver en vivo (¡ese pequeñito autorretrato de Goya!).

Sin embargo, aquello que me interesa subrayar especialmente es su modo de abordar un concepto que, desgraciadamente, hoy en día parece estar fuera de muchas agendas: la belleza. Suprimida como idea, como categoría estética en un contexto como el actual, en el que cada día nos inventamos nuevos términos aun cuando éstos en la mayoría de los casos no son ni tan siquiera ingeniados, sino que derivan de una tendencia expansiva -por no decir desmedida- de añadir prefijos y sufijos a las palabras o, incluso, adicionando más de uno y más de dos. Todo ello, en pos de crear nuevos conceptos o de precisar mejor aquellos ya existentes, quizá para actualizarlos, aunque a tenor de su durabilidad, uno diría que al final se antojan como inválidos, caducan pronto o, por lo menos, nos empeñamos en seguir produciendo todavía más. En cambio, la belleza, parece haber caído en el olvido. Es más, incluso se intuye cierto recelo en determinados ámbitos y sectores a la hora de emplear dicho término como si fuese algo añejo cuando, probablemente, estemos ante una de las pocas ideas imperecederas que existen. Por ello, resulta reconfortante el acercamiento que este libro plantea al respecto, pues prácticamente en todos los capítulos, de una manera más directa o indirecta, se alude a ella en tanto que aspiración final de cualquier creación artística. Una belleza que se asocia a la razón y a la imaginación, así como se reivindica la capacidad de trascender de ciertas obras, algo que se expone con una claridad meridiana a través de una perspectiva plenamente interdisciplinar, exponiendo las emociones que le despiertan al autor ciertas obras literarias, musicales, pictóricas, escultóricas o cinematográficas. Pero me parece especialmente sugerente la premisa de asociar un concepto como la belleza no sólo a la verdad o a la razón, sino también a la libertad, un juicio que Alberto Campo Baeza expresa magníficamente en el párrafo que es posiblemente el más bello –no puedo (¡ni quiero!) emplear otro adjetivo- de toda la obra: “Porque la búsqueda de la belleza habla siempre de la búsqueda de la libertad. Buscar en la arquitectura la libertad que da la radicalidad de la razón indiscutible acordada con el deseable soñar acaba siempre en la verdad que desemboca en la belleza”. Un poco más adelante se menciona de nuevo el concepto de radicalidad, en este caso en forma adverbial, para acompañar a la belleza, pues define su intencionalidad creativa en los siguientes términos: “Intento hacer una arquitectura esencial, radicalmente hermosa, con la profunda belleza procedente de la verdad. Y así, permanecer en la memoria de los hombres”.

Así, según lo comentado, ya puede advertirse que el lector está ante un libro que ahonda en las emociones profundas, en las sensaciones, todo ello jalonado de conceptos e ideas, de modo que se alternan y concatenan diversas impresiones, desasosiegos, exaltaciones, inquietudes y asombros con reflexiones sobre escritores, arquitectos o pintores. Por otra parte, el tiempo es otro de los conceptos clave en estos escritos, ligado de nuevo al terreno de la emoción a partir de considerar cómo algunos espacios arquitectónicos son capaces de crear una conmoción interior tan elevada que incluso logran una suspensión del tiempo. Y, justamente, esto es lo que me ha provocado la lectura de este libro, esa detención temporal, esa extracción momentánea que genera el disfrute intelectual; un tema, precisamente, magníficamente abordado en esta publicación y que, muy probablemente y así lo espero, tendrán el placer de experimentar si se sumergen en sus páginas.

Marta Piñol

Licenciada en Historia del Arte por la Universidad de Barcelona, realizó el Máster de Estudios Avanzados en Historia del Arte en el mismo centro, obteniendo en ambos casos premio extraordinario. Actualmente realiza una tesis doctoral en la misma universidad, centrada en la representación de la emigración española en el cine y goza de una beca FPU2012 concedida por el Ministerio de Educación. Ha participado en numerosos congresos nacionales e internacionales y ha publicado diversos artículos, cuestiones que combina con la docencia en el Departamento de Historia del Arte de la UB y con labores en el ámbito editorial.

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