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11 Nov

Laura Ferrero: “La literatura tiene sentido, la realidad no”

Laura Ferrero

Laura Ferrero es el claro ejemplo de que la autoedición puede ser considerada una cantera para las editoriales. Tras recibir varias respuestas negativas, Ferrero no lo dudó: aprovechó su formación como editora y publicó en la plataforma de autoedición MeGustaEscribir una serie de relatos bajo el título de Piscinas vacías. En poco menos de dos semanas, su libro había alcanzado los primeros puestos entre los treinta más vendidos en castellano, despertando así tanto el interés de la prensa —cuyos elogios no tardaron en llegar— como el de la editorial Alfaguara. Dos años después, en una edición ampliada con nuevos relatos, Piscinas vacías forma parte del catálogo dirigido por Pilar Reyes, y Laura Ferrero comparte sello con nombres como Mario Vargas Llosa, Rosa Montero, John Berger, Marcela Serrano o Roberto Bolaño.

Piscinas vacías es el título de uno de los relatos, pero, en cierta manera, todos tus personajes son piscinas vacías.

Ahí está. Tú imagínate un jardín con una piscina vacía; pasa el tiempo y la piscina se llena de óxido, de hojas, de residuos… y tú no puedes olvidarte de que hay algo allí que no está siendo utilizado. Hay cosas pequeñas que puedes esconder, como puede ser un mechero que no funciona, pero cuando tienes algo ahí tan visible, ese algo se convierte en el recordatorio de algo que no estás haciendo bien. Los personajes de los relatos son reflejo de estas piscinas vacías, todos ellos se han quedado atascados, con algo sin solucionar.

Y es imposible rellenar ese vacío.

No, porque para cuentos felices ya está Walt Disney. En la vida, muchas veces, las piscinas siguen vacías durante años, incluso para siempre. A mí lo que me gustaba del hecho de escribir un libro de relatos es el no dar respuestas, el proponer relatos frente a los cuales el lector pueda plantearse qué hubiera podido pasar y, sobre todo, como ese «qué hubiera pasado» se puede relacionar con su propia vida. Si tú cierras el relato, no das la posibilidad al lector, no sólo de decidir sobre el propio relato, sino tampoco de alegrase o de indignarse con lo narrado; los finales abiertos permiten mucho más.

¿La ausencia de final, por tanto, responde más a la voluntad de crear un efecto en el lector que a la imposibilidad de hallar un final a las historias?

Yo sí que creo que hay relatos que pueden tener un final e, incluso, creo que algunos de esos finales responden a eso que podríamos llamar «un final feliz». Lo que pasa no es tanto que el final abierto me parezca más literario, sino que la vida por sí misma no tiene finales: el final llega cuando te mueres. Escribir tan grandilocuentemente no tiene que ver conmigo, no puedo poner final a algo que no lo tiene.

¿La ausencia de final es la imposibilidad generacional de ver un horizonte claro?

¿No te da la sensación de que nuestra generación ha vivido en la incertidumbre? Yo tengo la sensación de haber vivido durante muchos años con la incertidumbre del que vendrá y, por tanto, frente a un posible final, se me aparecen cuatrocientas mil maneras de resolver la trama. Al final, los personajes son hijos de uno mismo, todo lo que hemos vivido se transmite, y yo no podía sino transmitir este sentimiento de incerteza.

Al sentimiento de incerteza, se suma el de la pérdida.

Tú viajas a lo largo de tu vida y, en un determinado momento, te paras a mirar atrás y ves todas las cosas que no han llegado a ser. Vives a partir de las cosas que tienes, es decir, a partir de las cosas que han llegado a ser, pero las imposibilidades, aquello que nunca pudo ser, sigue estando ahí. E, incluso, todo aquello que nunca fue posible, que nunca se realizó, da más sentido aún a la vida que las cosas que sí fueron o son. Por ello, en mis relatos no planteo tanto una mirada nostálgica hacia aquello que no se consiguió, sino una toma de conciencia de lo que no fue para integrarlo en la vida.

Pese a todo, tus personajes siguen en la inercia de una vida que no les satisface.

Se trata de la comodidad. ¿Qué es más fácil, irse o quedarse? Solemos, todos, seguir con cosas que nos cumplen las funciones básicas, aunque no nos convenzan. Es lo mismo que cuando estás en coma y te suministran las dosis médicas necesarias para que siguas con vida, aunque sea una vida muy ficticia. Nosotros en nuestro día a día hacemos lo mismo; miras a tu alrededor y te das cuenta de que hay mucha gente que está viva porque está enchufada a la rutina, gente que, si se parara a pensar, tendría que romper con su rutinaria vida. Para hacerlo, sin embargo, hay que ser valiente y, obviamente, es más fácil seguir enganchado a la rutina que desengancharse para buscar algo nuevo.

¿Somos una sociedad de adormilados?

Estamos adormilados en todos los aspectos. Hay muchas vidas, pero todos terminamos por vivir la misma: llegan los treinta años y empiezas a plantearte unas cosas, llegan los treinta y cinco y te tienes que preocupar por otras, a los cuarenta las problemáticas tienen que ser otras… y así la vida se convierte en un carril en el que todos circulamos. Por esto te decía que estamos adormilados, y lo estamos en todo. Llega un momento en que todos deberíamos ser capaces de parar y ser conscientes de que las cosas no tienen que ser como forzosamente creemos que deben ser.

Sin embargo, el miedo a la ruptura paraliza a tus personajes.

El miedo es un elemento potente y, sobre todo, el miedo es aquello que te impide hacer cosas. Hay que vencer el miedo, sino vas a estar constantemente enganchado a esa máquina de la rutina.

Los únicos que se enfrentan a la realidad en tus relatos son los niños.

Cuando eres niños no conoces los peligros que supuestamente existen; si eres un niño como el del relato y se te muere un hermano, puedes pensar que si consigues volar conseguirás alcanzarle y verle otra vez. En cambio, en la medida en que te haces mayor pierdes la esperanza, porque de adulto te niegas y te niegan que las cosas puedan ser de otra manera. Los niños me permiten ver la realidad de manera distinta, a través de ellos me doy cuenta de cuánta ingenuidad hemos perdido y de cómo hemos dejado de apreciar la sencillez. Se trata de no olvidar cómo se actuaba de niño, donde no había hipocresía: si estabas bien, lo decías con entusiasmo y, si estabas mal, lo decías sin problema alguno. En cambio, de adulto, te muestras como no eres, nunca responderías que estás mal a la pregunta tan común de «¿cómo estás?».

La hipocresía social se evidencia en la apariencia, en el mostrarse como la sociedad quiere que te muestres.

Evidentemente, y es normal que así sea. Fíjate: Mr. Wonderful, los anuncios de Coca-Cola o de cualquier otra marca…. ¿Qué te dicen? Te repiten constantemente que tienes que ser feliz, que hoy es tu día, que tienes que mirar hacia el futuro… Nadie te dice que es normal tener un mal día o, incluso, que mañana el día puede ser tan malo como el de hoy. Esta felicidad que nos imponen es absolutamente hipócrita y lleva a que, al final, te sientas mal por estar mal.

El libro iba a titularse Agudo como el mundo, ¿por qué?

Agudo es el mundo es uno de los versos que abren el libro, son versos de Anne Carson, que se pregunta por qué llega el amor. Se lo pregunta delante del espejo, ya mayor, y se da cuenta de que en verdad ya ha muerto, ya no vale la pena preguntárselo. Por tanto, «es agudo como el mundo» evoca un mundo en el que es imposible aprehender las cosas, porque el mundo va más deprisa que tú.

¿La escritura te permite apresar aquello que en la vida se te escapa?

La escritura te permite dar una segunda oportunidad a las cosas. La literatura, a fin de cuentas, existe para dar sentido a muchas cosas que no lo tuvieron. Quería que estos relatos tuvieran ese sentido que, en su momento, la realidad de la que nacieron no tuvo. La literatura tiene sentido, la realidad no.

Muy poco alentador.

No es que no sea alentador, es que no vivimos las cosas como las tendríamos que vivir. Es mucho más alentador que alguien te diga: «A veces las cosas son una mierda, pero pueden mejorar» y no que «todo es de puta madre». Me parece que es una mirada más realista de la vida aquella que incluye todo lo negativo.

En tus relatos la actualidad se diluye, el tiempo presente y lo generacional parece importarte poco.

Creo que lo generacional, a nivel mental y psíquico, sí que está en los relatos; es decir, no hablo explícitamente de la crisis, pero sí de la incertidumbre que ha traído consigo. Muy probablemente, hace cuarenta años, no se vivía con la incerteza con la que se vive ahora y, en estos relatos, he omitido voluntariamente todo elemento que hiciera referencia al contexto presente, pero hay en ellos la pesadez que ha recaído sobre nosotros y sobre nuestras decisiones.

¿La literatura, como denuncia o testimonio de su presente, no debe ser forzosamente explícita sobre su tiempo?

La denuncia, en literatura, puede ser muy sutil. No hace falta explicitar la precariedad para denunciarla. A mí, personalmente, no me hace falta, también porque no es mi campo, ahondar en cuestiones políticas o económicas, cuestiones cuyos ecos pueden resonar en la literatura de forma sutil, sin ser explicitados.

La historia de Piscinas vacías empieza con la autoedición para luego finalizar en Alfaguara. ¿Cómo fue este recorrido?

Hace ya unos cinco años, tenía unos veinte relatos que ninguna editorial quiso publicar, así que decidí autopublicarlos a través de la plataforma de Penguin Random House, Me gusta escribir libro. A la segunda semana de su publicación, el libro ya estaba en el puesto número dos del top treinta de Amazon. Fue entonces cuando Alfaguara me contactó interesada en mi trabajo; les entregué la novela que todavía hoy estoy escribiendo y decidimos publicar Piscinas vacías, incluyendo algunos relatos nuevos.

Con este recorrido a tus espaldas, ¿la autoedición es una oportunidad o algo tentador pero de segunda división?

Prejuicios va a ver toda la vida, y yo misma los tenía con respecto a la autoedición, pero necesitaba hacer algo con mis relatos y autoeditarme era la única salida que tenía. Soy editora, por tanto, conocía el trabajo de edición, algo esencial. Cuando decides autoeditarte tienes que plantearte muy bien cómo lo haces, dónde lo haces…. No es un camino nada fácil, lo único bueno es que tienes un acceso directo al proceso de edición, pero careces de un equipo de prensa o de un respaldo editorial y esto hay que tenerlo en cuenta.

Tendría la tentación de preguntarte, ahora que estás en Alfaguara, si algún editor del grupo Penguim Random House te rechazó.

Sí, hubo un editor que no me contestó. Ahí está el tema de la autoedición, supongo.

Creerás entonces en la némesis histórica.

¿Es némesis histórica?

En la contraportada, se te asocia a dos nombres Lorrie Moore y Raymond Carver. ¿No es osado tener estos padrinos?

No me gustan nada los apadrinamientos, pero debo reconocer que uno de los relatos que más me ha marcado en mi vida es Cathedral de Carver, y Lorrie Moore es una autora que escribe de forma impresionante. No creo ni de lejos que en mis relatos suenen ecos de estos autores, aunque el hecho de que aparezcan sus nombres en la contraportada es un gran orgullo, además subrayan mi filiación anglosajona: desde siempre he leído, sobre todo, autores norteamericanos, como el propio Carver, pero también Cheever, Salinger o Capote.

¿Y si te pido un autor en castellano?

Me encantan David Trueba y Leila Guerriero, aunque no tengan nada que ver con mi literatura. Guerriero es una autora a la que vuelvo cuando quiero leer algo que me guste, tiene unas ideas y unas maneras de decir y sentir con las que me siento muy identificada.

Estás trabajando en una novela. ¿Un reto tras haber publicado relatos?

Lo veo como reto, porque llevo muchos años escribiendo relatos, pero ambos géneros me gustan por igual y no creo que se deban jerarquizar los géneros, no creo que la novela sea la hermana mayor del relato. Lo que sucede es que hay más interés por la novela. Un editor siempre te preguntará si tienes una novela escrita, no si tienes relatos, cuya escritura tiene el mismo mérito y la misma dificultad que la escritura de la novela. Lo que pasa es que el relato no vende.

Por último, ¿cómo te defines? ¿Escritora y escritora de literatura de mujeres?

Soy escritora y punto. Esto de los géneros femenino y masculino me da mucha pereza; creo que la literatura no atiende a géneros ni hay una literatura eminentemente masculina o femenina. Quedará mal decirlo, pero no creo que haya una literatura de «emociones» que solo puedan realizar las mujeres; cuando hablamos de las cosas universales, los hombres y las mujeres lo hacemos de manera similar, pero distinguir entre dos tipos de literatura me parece absurdo. Me gusta pensar en la literatura en general y en los autores en particular, es decir, cada autor como distinto de otro, no me gusta pensar en generaciones o en grupo de escritores similares. No creo que los escritores seamos nocilleros.

Anna María Iglesia

Anna Maria Iglesia quiso hacer periodismo, pero la literatura la atrapó. Decidió estudiar Filología, aunque pronto se dio cuenta que aquel estudio todavía tan historicista no era su camino, así que tras licenciarse en Filología Italiana se volvió a licenciar, esta vez en Teoría de la literatura y Literatura comparada. No contenta con eso decidió proseguir con el máster, la tesina y el doctorado. Se pelea cada día con una tesis a medio hacer. No soporta que le pregunten: «¿Y cuándo la defiendes?». Colabora con distintos medios, como Revista de Letras, Culturamas, El Asombrario, Nueva Revista.... Escribir y hablar la definen. @AnnaMIglesia

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