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20 Ago

Los ingrávidos, de Valeria Luiselli

Valeria Luiselli

los-ingrávidosLos ingrávidos, la novela de la que voy hablar ahora, no es una novedad, sino un libro publicado en el 2011 (por Sexto piso) y que ya va por su tercera edición. Tampoco la estructura del texto, en apariencia fragmentaria, es realmente novedosa. Varios críticos han señalado este rasgo como una de las tendencias de la literatura actual. Sin embargo, parece haber algo más profundo e interesante en esta novela que la aspiración de ser «absolutamente contemporánea», que puede reprochársele a muchas otras del mismo estilo. De eso quiero hablar hoy.

Primero, una breve descripción: al inicio de la novela tenemos la voz de una mujer que vive en México. Es una traductora y escritora, casada y con dos hijos. Las escenas de la vida en familia, de la relación con el marido y los hijos alternan con otras en las que la misma mujer nos describe su juventud en Nueva York, en donde trabajaba como editora para un sello especializado en encontrar autores latinoamericanos aún no traducidos al inglés. Así, buscando al «próximo Bolaño» en las bibliotecas de la ciudad, la mujer decide presentarle a su jefe la falsa traducción de unos poemas de Gilberto Owen, hecha, supuestamente, por Louis Zukofsky. La farsa de la traducción termina, por supuesto, en el despido de la joven editora. Su fijación por Owen, en cambio, no se acaba ahí.

A pesar de este primer intento fallido por conjurar al poeta mexicano, la atracción permanece y la narradora, muchos años después, resuelve escribir su biografía. Decide partir de sus notas dispersas (post it en los que ha ido anotando todo tipo de información, desde anécdotas hasta citas y apartes de cartas) para reconstruir los días del poeta en la Nueva York de García Lorca, de Duke Ellington y Zukovsky. Así, va creando una historia a partir de los retazos de su investigación, inventando encuentros y amistades que pudieron ser posibles, pero de los que no hay registro alguno. Lo primero que llama la atención es que esa biografía novelada se cuenta en primera persona, como si el fantasma (una de las palabras clave, ya van a ver) de Gilberto Owen se fuera apareciendo poco a poco para contarnos estas cosas, como si fuera robándole la palabra a la narradora del principio.

Porque la apuesta de la autora es aún más ambiciosa de lo parece. No se trata solo de inventarse la biografía de un célebre poeta y contar la vida de la protagonista que la escribe desde la subjetividad del yo. Las historias de uno y otro, de la joven traductora, de la mujer casada en la que luego se convierte y la del poeta van articulando un único relato que transgrede con mucha gracia los limites temporales. “Gracia”, digo, porque hay por un lado un tono cómico, a veces irónico, que además acompaña los saltos temporales que se hacen cada vez más sutiles. Así, van surgiendo, en cada una de las anécdotas que nos cuentan estas voces, temas recurrentes, que se corresponden de una vida a otra: el matrimonio, la muerte, los hijos, el amor y la escritura, por ejemplo. Todos son casi tópicos que vuelven, que saltan de una historia a la otra, como si hubiese un eco posible en la narración, como si la escritura pudiera ser un puente sobre el abismo del tiempo y el espacio. Entonces, el asunto de lo fragmentario va cobrando otro matiz, se vuelve casi necesario para hablar de estos asuntos y entendemos que esos personajes que nos hablan pueden ser ecos o fantasmas, que van perdiendo gravedad porque están como perdidos en el tiempo de la escritura que no es el de la realidad que los rodea, sino uno que se rige por normas propias. 

Pero todo esto puede parecer más bien abstracto sin algún ejemplo que lo ilustre. Aquí va: la primera narradora, la mujer adulta y madre de familia, está escribiendo la biografía del poeta al tiempo con esas extrañas memorias sobre su juventud en Nueva York. Para ella no se trata de dos relatos separados sino de uno solo, de algo que debía ser un texto sobre la vida de Owen, pero que se ha ido poblando de su propia experiencia, de los recuerdos y voces que el biografiado le inspiran. Mientras se dedica a escribir esta historia, a encontrar al poeta en su propia vida, nos enteramos de que su marido, escritor también («Dios los hace y ellos se juntan»), ha estado leyendo su texto a escondidas. Vienen entonces preguntas y reclamos producto de esta lectura de las anécdotas de juventud, más bien bohemia, de la esposa. Ella las registra en el relato y a medida que las confrontaciones se van haciendo más recurrentes, los recuerdos de juventud van perdiendo lugar en el libro, no sólo para esconderlos del marido, como uno pudiera pensar, sino para darle paso, por fin, a la voz Owen. Pero el autor mexicano aparece no para hablar únicamente de poesía: también nos relata con detalle la tormentosa relación con su ex mujer y sus hijos.

Es estos momentos de sutil comunión, digamos, cuando las voces se rozan, que la novela es más brillante. La escritura de Luiselli parece lograr entonces conjurar fantasmas y doblar el tiempo, juntar el pasado y el presente, hacerlos dialogar. También la realidad y la ficción se cruzan, se enredan. Cada uno de estos personajes parece ser una marca en la vida del otro, una presencia con la que se carga de por vida y que aparece de vez en cuando, que se va acercando, más bien, lentamente, como si un encuentro final fuera posible.

Así nos sorprende, precisamente, el final de la novela, con un temblor que puede o no significar la cercanía inevitable del fantasma que ha legado al fin al presente de la narradora. Un fantasma, que además puede haber estado ahí desde el principio, pues ya se nos había advertido de una presencia extraña que los hijos de la escritora podían ver y a la que había llamado Consincara –nombre, por lo demás, excelente para un fantasma doméstico. De hecho, llegados al final de la novela, es imposible no cuestionarse sobre la existencia de los otros personajes en la vida de la narradora, sobre esas otras presencias que han marcado su vida y que habitan ahora el relato. Los amigos de juventud que entraban a su casa cuando querían, con copia de las llaves, que usaban su baño, su cama y a veces se volvían más invasores que invitados; ella misma con su improbable trabajo de falsificación de traducciones y su obsesión por un poeta que nadie recuerda… Todos podrían ser casi reales, como seres que a veces se ven a lo lejos, presencias frágiles que pueden desaparecer en cualquier momento.

Llegados a este punto, parece pertinente ilustrar con un ejemplo del texto mi sospecha sobre la existencia casi etérea de los personajes: en algún momento, la protagonista entra sin permiso a la azotea del edificio en donde vivió su queridísimo Owen. Allí encuentra un árbol muerto y se convence de que perteneció al poeta. Quiere llevárselo, pero la puerta se ha cerrado y ella debe esperar ahí por horas, toda una noche, hasta que logra llamar la atención de una niña que sale del edificio y sube a abrirle. Esta es la conversación que tienen las dos:

«-¿Tú eres el fantasma que vive aquí arriba?

-No, nomás subí a regar mi planta temprano por la mañana y me quedé encerrada.

-Mi mamá no nos deja subir, dice que acá arriba hay fantasmas.

-Tiene razón.

-¿Tú eres un fantasma?

-No, los fantasmas no existen en Estados Unidos.»

Juzguen ustedes, pero a mí se me hace que el tono cómico de la escena no hace sino resaltar esto de la ingravidez de la protagonista.

Ahora bien, más allá de esto, lo que queda de la lectura de la primera novela de Valeria Luiselli, es la sensación de que hay un intento por construir una historia desde varios puntos, desde tiempos y voces diferentes. No hablo de una historia secuencial, que progrese hacia una meta determinada, sino del relato de una experiencia, tal vez abstracta. La narradora lo advierte en varias ocasiones al hablar sobre su proyecto literario: «No una novela fragmentaria. Una novela horizontal, contada verticalmente.» Parece apropiado, pues el libro no es sólo un juego con la forma, con la manera de contar una historia, sino un relato que cuenta algo más allá de una acción y un desenlace, que quiere tal vez mostrar el reflejo de una vida en lo que podría llamarse, parafraseando a la narradora, el cristal roto de la memoria.

Santiago Uhía

Nació en Bogotá, pero vive en París; lee sobre todo novelas, pero escribe cuentos y poemas para muchachitos; está haciendo un doctorado en literatura, pero prefiere discutir sobre la estructura narrativa del stand up comedy.

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