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8 Jun

Los niños perdidos, de Valeria Luiselli

Valeria Luiselli Lenny Oosterwijk

Fotografía de portada: Lenny Oosterwijk.

9788416677481Valeria Luiselli nació en Ciudad de México, en 1983, y actualmente vive en Estados Unidos, su patria adoptiva según plantea el prólogo de este libro. Valeria Luiselli es escritora, y sus escritos han pivotado entre obras de ficción —Los ingrávidos (2011) y La historia de mis dientes (2014)— y los géneros ensayísticos tanto en su faceta periodística —The New York Times, El País— como en forma de libros —Papeles falsos (2010). Los niños perdidos pertenece a este último grupo de escritos, publicado en España por la editorial Sexto Piso en 2017, también responsable de sus anteriores obras.

La situación personal de Luiselli caracteriza el proceso de creación de esta obra, y así lo narra la propia autora. Durante el proceso de solicitud de su Green Card, llave del permiso de residencia y trabajo en Estados Unidos, su marido y su hija reciben este documento sin que llegue el suyo. En esta coyuntura, tiene noticia a través de su abogada de la «priority juvenile docket», una medida de la administración Obama encaminada a acelerar los procedimientos de deportación de menores indocumentados en EE.UU. ante el aumento de las cifras de llegada en menos de un año (de 80 mil a 102 mil a finales de agosto de 2015), asunto que fue calificado por este gobierno como «crisis migratoria». Luiselli decide trabajar como traductora en la corte durante los procesos de entrevista que determinarían la posible deportación de estos menores. En la recta final del libro, es la propia escritora quien plantea la relación entre su vivencia personal y los casos en los que se implica: «Quedaba la pregunta de si tenía “permiso” de seguir escribiendo mientras esperaba mis papeles —después de todo escribir es mi trabajo. Por supuesto que decidí escribir. Sabía que si no escribía, sobre todo en esa circunstancia, enloquecería». Por tanto, siguiendo estos planteamientos y situándonos dentro de los cauces del ensayo, esta obra se podría entender cercana a las formas testimoniales, en la medida en que son el contexto y las pulsiones individuales sentidas en una coyuntura el motor de la escritura; libros que desde el centro del estómago pugnan por salir afuera, ¡ejem!

Es muy probable que la inmigración se haya convertido en el hecho de mayor relevancia en la puesta en cuestión de los actuales modelos de organización político-social y la gestión del estatus de ciudadanía. En un mundo hoy, inevitablemente interconectado, la circulación de personas entre estados y la posibilidad de desarrollo de estrategias vitales más allá de los contextos de origen evidencia tanto el grado de (in-)capacidad para asumir esta realidad como los propios límites y retos que presentan nuestros modelos de convivencia: la marginalidad endémica, la importancia del empleo como vínculo social, la crisis de las políticas para el bienestar común, la vulnerabilidad de las mujeres, la persistencia de las clases sociales o la violación de los acuerdos internacionales y las fisuras entre el derecho nacional y el internacional. Dentro de este marco, la obra de Luiselli gana en interés cuanto más se acerca a la descripción de lo vivido y se aleja de la teoría, aportando ejemplos que esbozan los hechos y el tema en los que estos se enmarcan. La estrategia narrativa hasta cierto punto está dotada de ingenio. Propone un ejercicio de escritura a partir de las mismas preguntas que tuvo que realizar a los niños entrevistados. Por un lado, esta maniobra tiene como valor el evidenciar las carencias de las herramientas (el lenguaje y su traducción) y los tiempos concedidos al trabajo de entrevistar a menores para dictaminar su deportación, en la medida en que la experiencia vital y el propio hecho migratorio excede de sobra estos cauces y lo máximo a lo que acceden es a «generalizaciones de los relatos personales, distorsiones; toda traducción de las historias de los niños es una imagen fuera de foco». Por otro, porque Luiselli va más allá en las conexiones de estos testimonios y, a partir de la crónica de estas experiencias, logra hilvanar un fresco que va de lo concreto hacia aspectos globales: el horror y la violencia de la respuesta del gobierno de México hacia los inmigrantes centroamericanos (la matanza de 72 inmigrantes en Tamaulipas); la crisis en la vertebración social que supone las violentas gangas en países como Honduras, El Salvador y Guatemala (la Mara Salvatrucha 13 y Barrio 18); la importancia que tiene un trozo de papel en EE.UU., una denuncia en el país de origen y a pesar de su ineficacia allí, capaz de paralizar un proceso de deportación; la terrible consecuencia de ser mujer, niña o adolescente migrantes, y los espeluznantes datos que refleja esta realidad (más del 80% son violadas en su periplo); o la descripción de las distintas paradas que efectúan estos menores en su trayecto desde que cruzan la frontera (entre las que se encuentra la terrorífica «hielera», donde parecen reducidos a trozos de carne a desinfectar).

Sostengo que Luiselli realiza una labor de interés en la exposición de esta realidad. El ritmo de la crónica se alterna con el propio proceso de entrevistas a menores de edad migrantes. Con ello, reflexiona sobre algunas de las cuestiones que estos plantean e investiga sobre ellas, ofreciendo al lector un retrato más concreto, sin que su prosa se cargue de referencias y engorrosos pies de página. No hay un abuso del dato y, quizá, eso logra una participación más directa del lector. Sin embargo, en ocasiones Luiselli parece cifrar su objetivo en el más allá, como si tratara de, tras esta aparente sutileza narrativa, elevarse y alcanzar la clave de la materia que tiene entre manos. Sus reflexiones sobre las posibles causas y soluciones tienden a oscurecer el entendimiento de la realidad sobre la que escribe, al mismo tiempo que son poco operativas desde el punto de vista de la crítica política y la determinación de responsabilidades concretas. Me centraré en uno de los varios aspectos del libro que responden a esta lógica. En un intento de justificar el estatus de estos menores como solicitantes de asilo político, plantea que «sería un avance que hubiese un reconocimiento por parte de nuestros gobiernos de las dimensiones hemisféricas del problema, así como del hecho de que hay una interconexión absoluta entre fenómenos como la guerra del narco, las pandillas centroamericanas, el trasiego de armas desde Estados Unidos, el consumo de drogas, y la migración masiva de niños del Triángulo del Norte a Estados Unidos a través de México (…) (Los niños) son refugiados de una guerra y, en tanto tales, tienen derecho a asilo político». Si bien esa interconexión podría ser cierta, también es muy discutible su apelativo de «absoluta». Además, ni siquiera el asilo sería necesario para los menores migrantes en EE.UU., ya que la propia legislación contempla su amparo, como ella misma cita: «La ley estadounidense garantiza a todos los menores de edad educación pública gratuita, sin importar su nacionalidad o estatus migratorio (…) En el verano de 2015, el Departamento de Educación del estado de Nueva York hizo una inspección formal de las escuelas de la zona y dictaminó, al final, que ninguna escuela pública tenía derecho a pedir papeles migratorios a los estudiantes que quisieran registrarse». Por tanto, esta tendencia totalizadora en la búsqueda de causas globales para la justificación de soluciones radicales entorpece tanto el conocimiento de la realidad como la denuncia política que, en este sentido, debería interpelar al cumplimiento de la ley y la crítica de la falta de voluntad de los gobiernos en el tratamiento de los menores de edad indocumentados. En casos como este, en los que desde la experiencia y el testimonio Luiselli trata de conectar con diferentes caras del hecho migratorio, sus planteamientos e hipótesis (el sentido de lo comunitario, el relativismo en la visión de la marginalidad, la conexión de esta con la sociedad de origen y acogida, etc.) muestran más sus carencias que su capacidad de dar respuestas.

Plantea Luiselli en las últimas páginas de este libro que «mientras la historia no termine, lo único que se puede hacer es contarla y volverla a contar». En ese sentido, creo que tiene valor lo que escribe porque nombrando su experiencia interpela a una realidad que la sobrepasa en una circunstancia vital, y al contarla, nos relaciona con ella, la hace visible. Pero discrepo que eso sea lo único que se pueda hacer, también desde la escritura; de hecho, ella lo intenta, situarse más allá de la experiencia, pero es cuando aparece la impostura. Escribir sobre estos «niños perdidos» con la ambición de ofrecer respuestas exige un grado de compromiso muy elevado no solo con esa realidad, sino también con el conocimiento; compromiso político, entendido como opción de vida y, sobre todo, desde la humildad y autocrítico.

Daniel López García

Durante años trabajó la acción social vinculada a la creación artística en campos de refugiados de Bosnia y Herzegovina, en el norte de Marruecos y el sur del Peloponeso. En la actualidad, es escritor de comentarios sobre literatura y artes plásticas que pueden leerse en revistas como Quimera, Revista de Letras o Maasåi Magazine, entre otras. Ha entrevistado a más de una treintena de escritores en lengua española, y a otros tantos artistas y fotógrafos. Está realizando un documental sobre literatura y creación joven junto con Carolina Cebrino y Daniel de Zayas, y redacta su tesis en estudios comparados de literatura los fines de semana.

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