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10 Feb

Los refugios que olvidamos, de Jesús Cárdenas

jesús cárdenas II

PORTADA_REFUGIOS_SOMBRAEspejo de nosotros, la palabra,

la luz por la que nuestra alma se estrena.

—Jesús Cárdenas

El que un buen día ha empezado a abrir el abanico del recuerdo, ése siempre encuentra piezas nuevas piezas, nuevas varillas, ninguna descripción le satisface, pues se ha dado cuenta de que cabría desplegarla, de que únicamente en los pliegues reside lo auténtico 

Walter Benjamin.

Por segundo año consecutivo, la editorial Anantes ha publicado un nuevo poemario de Jesús Cárdenas. Al libro Sucesión de lunas (2015) le siguió, en el recién acabado 2016, la edición de Los refugios que olvidamos. Y para recibir la primavera de este 2017, dándole extensión poética a la memoria, saldrá otro libro titulado Raíz olvido. Ambos conforman el momento último de la que puede entenderse como primera etapa de la obra de Jesús Cárdenas. Estos tres libros han sucedido a La luz de entre los cipreses (2012), Mudanzas de lo azul (2013) y Después de la música (2014). Y todos ellos, a su vez, fueron precedidos por Algunos arraigos me vienen (2005). Algunas de estas labores poéticas de Jesús Cárdenas han sido reconocidas con premios o con menciones especiales. Asimismo, goza también de la especial consideración que significa la traducción de algunos de sus poemas a la lengua inglesa.

1. A un lector atento al sentido cifrado de los títulos, no le escapará la posible conexión entre aquello («arraigos») que vino al comienzo de la obra y esto («refugios»; «raíz») que fue quedando en el olvido hasta ser rescatado en la actual y última fase del trabajo poético de Jesús Cárdenas. Y si aquí hablamos de un término (final sin cierre) en el presente poético de Jesús Cárdenas, es precisamente porque nos ajustamos a lo que desvela el título y el contenido del poema con que termina Los refugios que olvidamos, a saber, «Fin de etapa».

Lo que venga después, y lo que se vaya quedando de nuevo en el olvido, será parte de una nueva fase en la obra de un poeta que: «Insiste en aferrarse a cada libro,/ a lo único que le queda. Fin de etapa./ Se acabó. Resígnate. Entorna esta página./ Ya sabes lo que hacer: ponme a resguardo». Para ayudarnos a comprender el momento procesal que es este fin de etapa, podemos ayudarnos de la imagen que utiliza Sloterdijk para seguir a Celan y abordar así la escritura poética como un exponerse: «La imagen de que todo hombre encarna una sílaba, […], una sílaba viva que va de camino a la palabra, al texto. Además […], sílabas que no se pueden leer a sí mismas. […]. Lo que ayuda a esas sílabas vivas y ocultas para sí mismas a encontrar la huella de su propio sonido sería la escritura.». En consecuencia, nos dirá el filósofo de las esferas, todo ser humano está «a punto de lenguaje». Lo cual, en el caso de Jesús Cárdenas es muy cierto: su reescritura está siempre a punto en cada nuevo instante de su vida. Esta seguirá escribiéndola, según nos dice en sus poemas, como «historias que sudan y sangran» y que «retoman fracasos transitados», pues «la causa excede su salvación», y en cada momento de la existencia a punto de lenguaje, el poeta verá «a sus espaldas, el genio mofándose». Nada en la vida, ni en la vida poética que la acoge, nos es dado sin un componente de ironía trágica.

Según se indica en el epígrafe editorial de la última página de Los refugios que olvidamos, las tareas de impresión se acabaron un 3 de septiembre, un día y mes en el que murió el poeta E.E. Cummings en el año 1962. Para este escritor, un poeta está principalmente preocupado por ese «Hacer» con el que se puede disfrutar de una verdad irresistible. Y bien, algo de esto puede que le pase a nuestro poeta Jesús Cárdenas. Claro, que en este asoma un huella de especial estoicismo creativo, como muestran los versos que acabamos de leer. Además, lo ya hecho y lo no hecho no caen en saco roto, no quedan arrumbados. Las palabras hacedoras quedan puestas a resguardo, y con ellas el poeta, aunque eso sí, un resguardo incierto e inseguro afectado por el olvido. Y es que, al igual que a Moisés en la ópera de Arnold Schönberg, tal como bien recordó George Steiner a propósito de Walter Benjamin, siempre falta la palabra. Y «siempre» quiere decir un inagotable siempre en el tiempo finito de las inciertas e infinitas composiciones del lenguaje. Siempre falta la palabra en el suceder de la palabra. Por eso, una obra poética, de acuerdo con Rainer Maria Rilke, es una obra que surge de la necesidad.

Y hablamos de suceder en los libros de Jesús Cárdenas para acentuar que no son solo un suceso de edición, sino libros de una obra poética que anda haciéndose, poemarios que no son algo fungible. No padecen un simple preceder y suceder, pues entre ellos hay un especial laberinto creado con una cifra de sentido que va siendo legada en herencia sucesiva y, a la par, retroactiva. El preceder y el suceder poético no se reduce a ser un antecedente y un consiguiente, sino que tiene lugar como un proceder y descender que hacen renacer lo ya sucedido. Por eso, no habiendo sido aún suceso el uno, le empujan los otros desde el útero creativo. En este sentido, retomamos otra vez una máxima poética de Rainer Maria Rilke: «En un pensamiento creativo viven mil noches de amor olvidadas, que lo llenan de altura y grandeza». Esto ofrece al lector un criterio para decir algo sobre la «altura y grandeza» del hacer del poeta, y también sobre la cualidad de su propia lectura. Y es que se escribe con palabras y con ideas. Pero, si se sabe leer sin falsificar, tal como requería Ramón Sijé, lo que no impide re-significar lo leído, entonces se ha de leer también con palabras y con ideas que penetren en el pensamiento creativo que siempre anda en falta.

Ponerse al resguardo, que dice el poeta Jesús Cárdenas, quiere decir ponerse al abrigo de la palabra que siempre nos falta, bajo cubierto del pensamiento que piensa esa falta y que se da a sí mismo la emoción de las palabras. Ponerse al resguardo es seguir escribiendo y leyendo, continuar haciéndose en ese hacer de palabras con ideas y de ideas con palabras. Conscientes y responsables de que lo que somos, plantas de débiles raíces y animales de guaridas inestables, necesitamos el arraigo y el refugio de lo humano. Y para esto contamos con unas palabras y con unas ideas que, sin embargo, también están en falta. Y esto es parte de lo trágico, eso a lo que queda expuesto y por lo que se expone un poeta.

Por tanto, entre aquellos primeros «arraigos», que advinieron con las palabras poéticas de Jesús Cárdenas, y estos «refugios» que su voz poetizó en el hoy, se perciben vínculos de sentido. Y entretanto aquellas palabras de ayer y esta voz de hoy, los rayos de luz que atravesaban la fronda del mundo y de la vida nos han dejado sentir la metamorfosis del color, el paso de los sonidos y el transcurrir de los astros. Y este entretanto, en verdad, es el tiempo. El tiempo poético de Jesús Cárdenas que sucede a través de su obra, entre el arraigo y el refugio, sin que un extremo del tiempo le dé la espalda al otro. De ahí que la obra de Jesús Cárdenas, lo que hoy por hoy tenemos de su hacer poético, pueda verse como un camino, un sendero del tiempo al que superpone un camino de memoria. Preguntamos, a tenor de lo dicho hasta ahora, ¿cómo se decanta esa obra en su propio fin de etapa que es Los refugios que olvidamos? Intentaremos dar una respuesta.

2. El libro lo forman cuarenta y nueve poemas distribuidos en cuatro partes. La primera («La humedad») y la última («Sumideros») están compuestas cada una de catorce poemas. La segunda («Hojas secas»), con su dieciocho poemas, es más extensa. Siendo la tercera parte («Anclaje») la de menor número, con cinco poemas. Solo uno de los poemas está, a su vez, dividido en partes; y solo un poema va precedido de una dedicatoria: el poeta vuelve, una vez más, hasta su madre. Los tipos de versos y de estrofas son libres. Predominan los poemas con extensión entre once y quince versos, por un lado, y entre dieciséis y veinte por otro. Destaca, sobre todos, en este aspecto, el penúltimo poema compuesto por un centenar de versos en los que Jesús Cárdenas habla consigo mismo en medio de la «Deserción de la materia».

En relación con la simbología, resaltan —en un marco de naturaleza otoñal— los siguientes: la tarde, hojas, cumbres, bosques, jardines, manchas, luz, la noche, la oscuridad, ceniza, isla, llamas, fuego, espejo, espacio, silencio, nombre, palabra, muerte, etc. Con este conjunto de símbolos se podrían enlazar los títulos de cada parte y darle al libro un sentido previo —provisional— tras un primer acercamiento. Y al ir aproximándose a estos refugios, pregúntense ¿qué verán nuestros ojos al mirar? Para hallar respuesta, habrá que escuchar la voz del poeta decir: «Acércate, mira estos ojos/ que vieron tantas sombras en la casa/ […]/ que se atrevieron a soñar/ en silencio callado, con palabras que escribo».

Si al leer el libro se mira a los ojos con los que mira el poeta, se verá y se sabrá con él «qué hay detrás de tanta entrega», cuando se transita «el solitario sendero» que es la existencia otoñal. Esa lectura, que es ojo hacia el ojo, aportaría conciencia de lo que trae consigo caminar entre la humedad de las hojas caladas, empapadas de lluvia, pesadas, verdes, y —al fin— hojas secas: no hay anclajes que no sean también sumideros («lo perplejo en el corazón oscuro»). Tal lectura nos sumergiría en una peculiar dialéctica del erotismo poético de las hojas. Y es que para el poeta, el tránsito otoñal siempre es «Aún no»; y, en consecuencia, él mismo aparece como «un fugitivo que no comprende / […] // Siempre un huésped fijo». Y en esa fuga realizada «en el silencio que se bebe la hora», en la que «el espacio no es menos desalmado», el poeta es consciente, cual alusivo Ícaro, que son necesarias otras alas para finiquitar «la aventura/ de rozar leve un sol sin destruirte,/ llegar al más allá de lo soñado».

Tal «espacio desalmado» hace que este poeta, y con él, el lector que le mira a los ojos, vuelva a vivir «deshabitado/ […] deshojando el silencio/// […] en los jardines del silencio añejo». Pero lejos de sentirlo como causa de irremediables males, se lo experimenta como la oportunidad de un bien del que nada ni nadie puede despojarlo. De aquí extrae nuestro poeta «jardinero» la energía «celeste y vibrante» para renovar su escritura. De ahí saca fuerzas para no claudicar cuando la luz se transforma en robusta voluntad, cuando —en las cercanías de una «Fontana imposible»— las sombras, agitándose entre ella, anuncian que no habrán aperturas de frutos primaverales «en un paisaje de dolor y llanto». Ciertamente, el poeta «jardinero», no obstante lo imposible, sabe mimar la flor —que es la vida en sí misma— en cada nuevo instante anterior a esos instantes en los que la flor se da por perdida ante el invierno que se avecina.

En virtud de ese mimo que el poeta da a la vida, casi desesperado, hallará «belleza hecha de luz y de vacío», incluso cuando se extiende, en el tiempo, «la mancha del invierno dañando la memoria», «y ese instante permanece/ iluminado y roto en la memoria». En última instancia, cuando la naturaleza y la materia ofrece su silencio, el poeta acude al único refugio, el de una voz, para preguntarse acerca de lo que reina en la oscuridad y sobre la escritura que ha de poder salvarle: «¿Es posible otro anhelo camino de la delicia,/ sin retorno a la víspera callada,/ donde se venza a los que nos aturde: …?». La pregunta es formulada desde la duda que emana de un «cuerpo derramado», cuya metamorfosis es síntoma de que «el amor se volvió pulpa podrida,/ esquirlas de ceniza fina en el horizonte/ después de haber agonizado». Y, sin embargo, el interrogante no naufragará en la duda que lo provoca, puesto que el poeta ya había anunciado que «el amor no muere, se reinventa». De esta manera, la incertidumbre da paso a la «conjetura» de que el amor es «un bosque vivo …/ nuestro propio refugio, …/ donde ningún ser se disfraza de otro,/ … la región secreta/ en la que los amantes afrontan el vacío».

Por tanto, el lector de este libro de Jesús Cárdenas, asistirá a una honesta, doliente y bella labor poética. El lector verá que el hacer creativo se realiza con la esperanza de reajustarse a sí mismo y de inaugurar el mundo que se ha heredado. A esta labor, en consecuencia, la empuja un «anhelo» que va «en busca de equilibrio, de certezas/ con que seguir por la vía avanzando/ para no ser orilla seca del globo azul». Y se percibirá más honesta y bella cuanto se tiene más conciencia de que «el viento atrapa segundos vacíos/ desnudando deseos de certeza/ en la tarde sin equilibrio, muda». Y en esta búsqueda, el poeta fugitivo, sigue el camino por donde huyeron el nombre y la imagen, entregado a «inventar otros nombres, otros rostros». Y al seguir el lector este mismo camino en su lectura, verá cómo la dialéctica del erotismo de la hoja se convierte en la dialéctica de la hoguera, de las llamas y de la ceniza. El lector verá en los ojos del poeta cómo el devenir simbólico «conjetura un refugio de transparencia líquida» donde el exílico nombre halla presencia, pero siempre con la voluntad de «ser parte del misterio, abismo y amenaza».

La condición poética de toda esta escritura poética de Los refugios que olvidamos nos la da Jesús Cárdenas en el poema titulado «Enemigo interior»: «Le he quitado la máscara al verso./ Lo he desafiado a mirar así el mundo». Y ahí también está la condición poética de la lectura poética de este libro. ¿Aceptará el lector también este desafío que a él lanza el poeta? ¿Mirará el lector con sus ojos a los ojos del poeta con la mirada honesta y valiente que exige la escritura y la lectura de una palabra ajena a la impostura? Pero no conviene confundirse en asuntos de convergencia. No crea el lector que la finalidad del hacer poético de Los refugios que olvidamos apunta a que todos estemos unidos bajo el feliz yugo de la única Palabra, la Palabra del Uno. Esto sería una pérfida versión poética de la servidumbre voluntaria contra la que escribió Étienne de la Boétie. Al igual que éste, nuestro poeta escribe hoy no tanto para que estemos todos unidos cuanto para que todos —cada cual— seamos unos: «Necesito saber si hoy valgo uno», dice Jesús Cárdenas en un verso del poema titulado «Más allá». Y es que, en efecto, la escritura que aquí pueda leerse consiste en ir más allá, en aventurarse por caminos memoria. En no permanecer acomodado frente a unos «dilemas marchitos», sino en tener el valor de quien «errante, destripa laberintos».

Si el lector acepta incorporarse con un lectura —que sea también un mirar y un escuchar libres— a este libre hacer poético —que es rehacerse uno y rehacer el mundo— entonces tendrá que presentar cara a una realidad «transoceánica», la que gobierna con fatal soberanía «allá tras la frontera del silencio». Si el lector se atreve a mirar esa realidad, percibirá momentos de terrible duda: en donde «párpados desechos, descolgados», en donde «alas rendidas de tanto abrirse», en donde «compruebas que nada vale nada», en donde «como si nada nuestro comprendiéramos,/ como una muestra de vacío más». Y, sin embargo, ese lector de valiente libertad sentirá que el poeta no lo dejará sumido y sumiso en la clausura de un mundo que conduce al cierre de la mirada. Por todo esto, quien entre en los refugios olvidados, se encontrará con la esperanza de que «Hay una realidad más allá de ésta./ Hay una ventana que se abre sobre otra.// Dobleces sobre la piel de este mundo». Adentrarse en los refugios olvidados lleva, por tanto, a percibir que «nada es lo que parece cuando abro la ventana». De ahí que la poesía de este libro de Jesús Cárdenas, sea una poesía de un fin de etapa, pero no el fin de su hacer poético. El lector, los lectores, cada uno al valer uno, tienen un libro ante sí mismos que abre la ventana para que las horas dejen de ser el tiempo en que cada uno se despierta como si fueran «noches sin luna». ¿Te atreverás tú, lector, a abrir tu ventana y mirar por ella? ¿Hacia dónde abre la ventana? A los caminos de memoria.

Tomás Valladolid Bueno

Doctor en Filosofía con formación en Teología y Derecho. En su carrera docente y administrativa, ha sido catedrático de Filosofía de Educación Secundaria. También fue miembro del seminario de investigación La Filosofía después del Holocausto en el CSIC. Ha publicado varios libros, así como capítulos en diversas obras colectivas y artículos para revistas especializadas, en especial en torno a temas como el pensamiento judeocristiano, memoria política y democracia, víctimas y justicia. Su libro más reciente es Por una justicia postotalitaria (2005). En el ámbito literario, escribe poesía y reseñas en Internet, tanto en Facebook como en su blog personal.

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