Subir
12 Dic

Los diarios de Emilio Renzi. Los años felices, de Ricardo Piglia

piglia

los años felices pigliaUn diario debiera leerse únicamente en su versión facsimilar. Una geografía trazada por la letra manuscrita, las anotaciones al margen, las tachaduras, los dibujos y garabatos, la alteración de tintas. El diario de un escritor se convierte en un territorio, en un campo magnético, de ciertas obsesiones y simulacros la coartada para tener otra vida, o al menos una. Los años felices, segundo tomo de Los diarios de Emilio Renzi, es el laboratorio de un pensamiento y el plano caligráfico de la vida íntima. Para Ricardo Piglia el diario no es tanto la forma de registrar un destino sino el modo de reemplazarlo: «No vivir la experiencia más que por escrito».

Si un lector quiere saber qué es la obra de Piglia, basta con leer una página (cualquiera) de su diario. Ahí está todo. La vida como una serie de secuencias autónomas, la proto-idea de salir de la narración por la vía del ensayo, la literatura como gran estrategia paranoica. La escritura sintética y elusiva, el pensamiento ansioso y calcinante, el destiempo como forma de la vanguardia. Estos diarios hacen posible la obra de Piglia. Como si de pronto, todos sus libros ahora fueran póstumos.

Piglia se para frente al mundo como un lector divisa borgeana por excelencia. Lector de los que ubica como sus precursores (Hemingway, Pavese, Brecht) pero también de sus contemporáneos (Manuel Puig). Reconstruir al Piglia lector da una respuesta de lo que entiende por literatura, como si de cierta forma solo pudiera encontrarse una definición de la literatura en su modo de leer.

La política es un tópico recurrente en las anotaciones de Renzi, fantasma del autor que ha hecho de los nombres falsos y las atribuciones cruzadas una marca de estilo. Piglia (quizás al igual que Juan José Saer) no practica una literatura de temas políticos y sus diarios no son la excepción. Más bien lo que hace es afirmar el carácter político de la literatura, una política de la sintaxis y la lengua, de la tensión con los medios de masas y las escrituras periodísticas. Piglia anota hechos de la vida política (el triunfo de Allende en Chile o los efectos del Cordobazo) pero parece hacerlo para hablar siempre de otra cosa o del lugar que le da a eso en la lógica interna de su vida. Un punto de contacto indirecto con el Kafka que anota en su diario: «Alemania declaró la guerra a Rusia. Por la tarde, en la Escuela de Natación». En un diario no hay frases ni temas más importantes que otros, es el espacio de una igualdad absoluta de los materiales.

En 1968 Ricardo Piglia anticipa la tesis de Boris Groys anotando que «Pronto no hará ya falta escribir, bastará con tener una vida agitada y decir que uno es escritor». Una preocupación central de ese periodo en el que Piglia construye, a veces a su pesar, la identidad o el ser social de lo que significa un autor. Rápidamente se da cuenta de que la vida pública le quita tiempo para escribir, que siempre le falta tiempo y parece implorar una especie de condena kafkiana para quedarse en una habitación escribiendo sin que exista nada más en el mundo.

Si se recolectaran todas las anotaciones sobre David Viñas se obtendría quizás el mejor retrato posible del autor de Dar la cara. Del mismo modo si se rastrea la desconcertante Serie E podría leerse de corrido el manifiesto estético de Piglia. El libro está repleto de series que podrían aislarse y constituirían textos autónomos. Para Piglia escribir es siempre poner en relación hechos aislados, que parecieran no tener conexión aparente hasta que se los lee en la misma página.

Mientras escribe el diario, Piglia se pregunta por el mismo estatuto del género (o quizás anti-género, el diario pareciera aspirar a una especie de literatura total, todo es posible después de anotar la fecha) y prueba distintas definiciones: el diario como locura («género psicótico, negación de la realidad»), como forma de objetivarse y trazar las coordenadas de la vida como si fuera otro («un modo de estar por encima de mí mismo») o como forma de la pelea interna («diarios escritos contra uno mismo»). En todos los casos Piglia pareciera decir «no nos podemos conocer, pero que tal vez nos podamos narrar». Los cuadernos son el espacio en el que la narración se transforma en un modo de conocimiento provisorio y desajustado.

Cuadernos (siempre el mismo) en los que se anotan los viajes mentales, las preguntas, las ideas sueltas, los microensayos o los comentarios sobre los ensayos, las visiones, la vida nómade pero también la vida subalterna, las ambiciones y competencias, los trabajos, las lecturas obligatorias, las ideas para libros, las revistas, los proyectos colectivos, las recorridas nocturnas, el café como gabinete de trabajo, el encuentro con Borges, las referencias continuas a la pérdida de tiempo y el grabador como método. Un diario de misterio y amor, de dinero y soledad. Un diario, al fin de cuentas, no sea quizá otra cosa que el modo «irreal pero matemático» de la enumeración caótica.

Leonardo Sabbatella

Autor de tres novelas publicadas por la editorial Mardulce: Tipos móviles (2017), El pez rojo (2014, en vías de adaptación cinematográfica) y El modelo aéreo (2012, recientemente traducida al francés). Ejerce la crítica literaria en las revistas Ñ y Otra Parte, en el blog Los Efectos y en otros medios.

Todavía no hay comentarios

¡Danos tu opinión!