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27 Feb

Mac y su contratiempo, de Enrique Vila-Matas

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Fotografía de portada: Pere Tordera.

Su apariencia tornó fácil su disfraz.

Marcel Schwob, Vidas imaginarias

 

enrique vila-matasEn su ensayo El fuego y el relato, Giorgio Agamben reflexiona sobre una historia que el escritor israelí Yosef Agnon le contó al filólogo e historiador Gershom Scholem acerca del fuego, el lugar y la fórmula. Aquella historia venía a decir que si en el origen Baal Schem, fundador del jasidísmo, acudía a un determinado lugar del bosque, encendía un fuego, recitaba la plegaria y así su voluntad se realizaba, el paso del tiempo nos ha hecho olvidar progresivamente cómo encender el fuego, cómo recitar la plegaria y cómo encontrar el lugar en el bosque, pero, aun así, como concluye Rabbi Israel de Rischin: «de todo esto podemos contar la historia». Nos alejamos progresivamente del misterio, pues los fundamentos y las referencias se evaporan y se difuminan. Sin embargo, según Agamben, a la naturaleza de la novela pertenece al mismo tiempo ser pérdida y conmemoración del misterio. Ese misterio que liga la narración a su origen y, por tanto, al olvido del mismo, por lo que aún seguimos siendo capaces de relatar la ausencia, de reescribir el vacío que ocupa ahora el lugar del relato originario.

Aunque pudiera parecerlo, esta arqueología del relato no carece de sentido, pues represente el telón de fondo contra el que se proyecta la sombra de Mac y su contratiempo, la última novela de Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948). Este autor, que ya se ha enfrentado en otras ocasiones al vértigo de lo desconocido, lo hace ahora con el valor y la calidad de quien, como decía Bolaño, se sabe derrotado de antemano y aun así sale a pelear. En ese detalle crucial radicaba para el genio chileno el valor de la literatura, quizá también el de la vida. Para mí, ahí radica el valor de Vila-Matas como escritor y como púgil de lo inasible. También el valor de esta espléndida novela que desde hace tiempo esperaba leer –quién sabe si desde el origen de todo relato–. Levantarse y seguir peleando, así parece marcar Vila-Matas el itinerario de una Obra en movimiento perpetuo, inacabada e inacabable, única en su multiplicidad, perfecta en su imperfección.

Publicado por la editorial Seix Barral, este nuevo artefacto literario reúne lo mejor del universo narrativo de su autor, al mismo tiempo que da la bienvenida a una serenidad inusitada. Sin renunciar al juego de imposturas y referencias cruzadas que algunos pueden esperar —y otros temer— en la obra de Enrique Vila-Matas, Mac y su contratiempo parece escrito con la conciencia limpia y desnuda de quien está en paz consigo mismo y con el devenir de su escritura. No parece absurdo decir que en esto recuerda a las mejores digresiones de Sergio Pitol. Aquellas que se sienten escritas con el corazón en la mano, pero un corazón tranquilo, como durmiente y feliz de poder seguir soñando. ¿Habrá alcanzado Vila-Matas esa autenticidad que desde hace un tiempo le obsesiona?

A este discreto lector no le competen cuestiones tan profundas. Sin embargo, sí es cierto que las páginas de esta novela se suceden con la naturalidad de una muerte dulce. Y pocas cosas se me ocurren tan naturales y auténticas como la muerte, a pesar de que nos empeñemos en trascenderla con absurdo tesón. «Me fascina el género de los libros póstumos», escribe el narrador en la primera línea de su diario, que, a su vez, es la primera línea del libro que tenemos entre manos. Como en el Génesis, el comienzo cronológico de la historia y el del discurso coinciden en el mismo punto. La palabra, que busca en esta novela su origen y su posible futuro, se demuestra creadora en el más radical de los sentidos: «hay días en que al contar creo que estoy creando el mundo». Si en la Biblia corresponde al Verbo el alumbramiento de las cosas y los fenómenos, en Mac y su contratiempo será el lector quien recree los senderos transitables, como el portador de una antorcha primitiva, haciendo aparecer el camino bajo el suelo que pisa.

El narrador de esta historia se llama Mac y es un hombre tan extraño como todos los hombres. Tras perder su trabajo se dedica a vagar por las calles del Coyote, un barrio barcelonés plagado de ecos y de sombras como las que parecen alejarse en la ilustración de la portada, obra del artista neoyorquino Geoffrey Johnson. Empujado por la ociosidad y los paseos sin fin, Mac se propone escribir un libro «póstumo e inacabado» que empezará en forma de diario, sin otra hoja de ruta más que la propia vida. El propósito es escribir y hacer de la vida una escritura, pero ¿por dónde empezar? Afortunadamente, en el Coyote vive también Ander Sánchez, «insigne vecino» de Mac y «reconocido escritor barcelonés» que acostumbra a negar el saludo, y que, como buen reconocido escritor, reniega de su opera prima, una novela repleta de incongruencias y demasiados pasajes confusos: Walter y su contratiempo.

Nada más empezar el libro nos enteramos de que Mac debe su nombre –el que conocemos, pues del verdadero no tenemos noticia– a una escena de la película My Darling Clementine, de John Ford, aunque hay pistas suficientes para pensar también en el misterioso Macintosh del Ulises de Joyce. De una manera velada y profundamente metafórica, Mac es un personaje de ficción que ha aterrizado en la vida visceral para escuchar a Sánchez hablar de su primera novela con Ana Turner, la librera del barrio. Desde ese momento, su propósito como escritor debutante no será otro que reescribir (y mejorar) la novela de su vecino, cosa que Mac hará invitándonos a entrar en un divertido torbellino de final imprevisible. Al igual que sucede con los géneros que se entrelazan hasta hacer de la etiqueta una insignificancia, el humor absurdo, una inteligente trama criminal, una buena dosis de autocrítica e incluso una amarga historia de amor confluyen en el argumento de esta caja china.

Bajo la apariencia de una partida de dados, Mac y su contratiempo pone en funcionamiento una estructura cuidada y llena de sentido. Si bien es cierto que forma y contenido nunca fueron elementos separados, en este libro la cohesión es tal que una estructura reversible significa también el carácter reversible de una cadena infinita de dicotomías: ficción y realidad, lectura y escritura, principio y final… Donde convencionalmente deberíamos encontrar capítulos –escalones, estadios, secuencias– se hallan las piezas de un tapiz que se dispara en muchas direcciones. Las partes en las que está dividido el libro mantienen diferentes puntos de conexión a distintos niveles y sin jerarquías, como en las formas rizomáticas proyectadas por Deleuze y Guattari. De tal modo que, sin anular la tranquilizadora posibilidad de un sentido lineal y progresivo, en Mac y su contratiempo un pasaje puede enviarnos hacia una parte anterior o posterior de la novela, hacia el texto de otro escritor o hacia otra página de la variada bibliografía de Vila-Matas. Desde esta óptica, la tensión dramática, que sin duda existe y es eficaz, se ve complementada por la complejidad de los niveles del relato.

«Yo soy uno y muchos y tampoco sé quién soy», escribe el narrador cuando ya no es Mac y quizá ni siquiera es ya el narrador. «Acaso Schopenhauer tiene razón: yo soy los otros, cualquier hombre es todos los hombres, Shakespeare es de algún modo el miserable John Vincent Moon», escribe Borges en uno de sus relatos más citados. De estas palabras se deduce que la historia de la literatura se manifiesta en forma de repetición continua e interminable, siendo un texto en cuya creación participamos todos. La recepción de un libro modifica y crea su lugar en la historia, lo que significa que la lectura modifica y participa en la creación del texto leído. Esta idea, no siendo nueva, cobra en Mac y su contratiempo una riqueza de dimensiones inéditas. Mac, como personaje, no sólo comenta y reescribe el libro de Sánchez, sino que vive en su propia piel la historia que el libro cuenta, al mismo tiempo que, como narrador, repasa la poética de distintos autores fundamentales, entre ellos John Cheever, Ernest Hemingway, Djuna Barnes, Samanta Schweblin, David Foster Wallace o el mismo Jorge Luis Borges.

En un momento dado, Mac se propone «convertir el mundo en un gran comentario perpetuo, sin una página final». Sin dudar demasiado podemos decir que lo consigue, pues su diario se convierte en un Aleph donde identificar desde el origen de la literatura oral –la palabra efímera, la inflexión de la voz, la modificación por repetición– hasta la propia trayectoria literaria de Vila-Matas —Una casa para siempre, «Aunque no entendamos nada» o «Porque ella no lo pidió»—, pasando por lo mejor de la literatura moderna y contemporánea. En Mac y su contratiempo todo es objeto de comentario, ya que, como ha escrito Foucault, «lo propio del saber no es ver ni demostrar, sino interpretar», e interpretar, en este caso, no es otra cosa que escribir. Escribir para «saber qué escribiríamos si escribiéramos», escribir para dotar de un origen y un sentido a este vientre sin ombligo que es la historia de la literatura.

Episodios tan disparatados como el del rescate de la cotorra argentina en casa de Mac aseguran una diversión gratificante, carcajada incluida, al mismo tiempo que otros temas más serios como los celos, el fracaso o la soledad se imbrican en la trama con total naturalidad. Fracasado en el terreno laboral, incomprendido o ignorado en el artístico, indeciso en el amoroso, desafortunado en lo económico… Mac es un personaje que emociona y que resulta cercano a pesar —o por causa— de su excentricidad. Conforme leemos creemos estar conociendo a Mac, a la vez que las indagaciones sobre el proceso de escritura nos embaucan por su belleza y su lucidez. Que una obra de Enrique Vila-Matas acoja diversos géneros, registros y temas no es novedad, pero que los haga interactuar como en la mejor de las sinfonías es un regalo para el lector que busca tras lo anecdótico una sintaxis mayor y sin fisuras.

Mac construye un juego de ausencias sobre el texto mismo que desea reescribir. La novela de Sánchez, el original, está y no está presente al mismo tiempo, por lo que es responsabilidad de Mac representar como un signo la realidad de esos relatos. Ahora bien, ¿con qué voz se expresa Mac? Yo considero que es la tradición literaria la que habla por boca del narrador, y esto significa que, a pesar de algunos, es la vida misma la que habla y la que se deja decir en palabras de este entrañable personaje. Una vez más —ojalá fuera de forma definitiva— los miembros de la pareja literatura y vida dejan de mirarse con inquina para reconocerse mutuamente. «Sabía que los efectos de un cuento podían ser arrolladores, pero nunca los había probado en carne propia», afirma Mac al comprobar que la lectura del libro de Sánchez está afectando a su propia realidad, al punto de hacerle volver a amar o incluso de hacerle sentir celos. ¿Acaso puede un texto modificar nuestra vida como se supone que nuestra lectura puede modificar el texto?

Si trato de esbozar una respuesta es sólo a través de mi propia experiencia. El libro comienza con una contradictoria confesión, como queriendo compartir una verdad que en el fondo nadie conoce, pero sin hacerlo. «Todo lo que diga en este diario me lo diré a mí mismo, pues no habrá de leerlo nadie», escribe Mac al poco de embarcar en su narración. Cuando yo leí esa frase, tenía entre mis manos un avance editorial de la novela, es decir, una edición no definitiva que tuve la suerte de leer antes de que Mac y su contratiempo saliera publicada. En ese preciso instante, al íntimo placer de sentirme un privilegiado por tener acceso al libro antes que muchos otros, se sumó la certeza de saberme interpelado por Mac. Al pensar que el narrador, que se creía solo escribiendo su diario privado, no podía conocer que yo lo estaba leyendo, supe claramente que la novela había empezado a funcionar. Como una suerte de voyeur o un amante de Kafka sin escrúpulos, me imaginé leyendo el diario de Mac por encima de su hombro. De modo que ahora yo también formaba parte de ese reglón repetitivo e interminable que es la historia de la literatura, y no podía más que leer, reescribir, escribir, vivir.

He de decir que esta placentera ilusión continuó después de mi lectura y aún no me atrevo a decir que vaya a extinguirse. «Hay cuentos que se introducen en nuestras vidas y prosiguen su camino confundiéndose con ellas», le dice Mac a su vecino hacia el final del libro. Todos los fragmentos, todas las tramas subyacentes y todas las voces de esta novela confluyen en un único punto de fuga: el lector, quien –me atrevo a decir– es el que realmente se encuentra en el origen de todo relato, y quien, como esos recuerdos de infancia que sólo reviven con un sabor o un perfume, aún intuye el lugar en el bosque, el calor del fuego, el sonido lejano de la plegaria. Por mi parte, como el Petronio dibujado por Marcel Schowb en Vidas imaginarias, viví lo que Vila-Matas había escrito, dejé que la novela se introdujera en mi vida y prosiguiera su camino confundiéndose con ella, como espero que se confunda con las vidas de otros muchos lectores, todos interpelados por Mac, todos partícipes de la creación del gran libro del mundo.

Mario Aznar Pérez

Graduado en Lengua y Literatura Españolas por la Universidad de Murcia y máster en Estudios Literarios por la Universidad Complutense de Madrid. Actualmente escribe una tesis doctoral acerca de las relaciones entre Borges y Vila-Matas. Mantiene el blog de crítica literaria Lector salteado.

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