Subir
8 Jul

Mansa chatarra, de Francisco Ferrer Lerín

Ferrer lerín

sobrecubierta blogEl sueño y la ensoñación, la realidad hecha sueño, el sueño hecho realidad, la ficción que irrumpe en la cotidianeidad. ¿Dónde están las fronteras? ¿Quién impone los límites a la mente soñadora? ¿Quién piensa el marco que cierra el pensamiento y la ficción? Mansa Chatarra ofrece una antología vertebrada por lo onírico, por el sueño como hilo conductor de diversos textos que, en el sentido más etimológico del término, tejen sensaciones, emociones, estados y universos de un yo lírico que se desvanece por el cosmos febril del subconsciente.

El texto se convierte, a lo largo de las páginas, en un ser extraño y extrañado de los cánones, ser que se hibrida en infinito, ser que se vuelve continuum de los múltiples géneros que lo constituyen. El poema en prosa o la prosa poética, así como el microrrelato, entraman el cosmos de Mansa Chatarra, un cosmos que se caracteriza por la indefinición de su propia esencia, desparramada, literalmente, por las líneas que se despliegan ante los ojos de un lector que abre sus sentidos al mundo inconsciente del sueño.

A su vez, esa apertura de los sentidos hará de los diversos relatos algo completamente sinestésico, ya que se pretende captar desde la vista, el oído, el tacto, el gusto, el olfato y un sexto sentido que los aúna y hace que podamos leer con el cuerpo, con la carne. Francisco Ferrer Lerín presenta una auténtica pirotecnia de imágenes, veloces fogonazos de luz y de color en los cuales el lector se encuentra encadenado, incapaz de dejarlos atrás y volver al mundo real que, a su vez, parece haber dejado de serlo. Imágenes como puños, puños que cortan la visión tradicional y construyen una otredad, un no-sé-qué-que-atrapa. “Y la noche embrionaria y olorosa que nos convierte en animales recién nacidos”. Imágenes que angustian, que mueven a la reflexión, que avergüenzan, que redimen.  Paradigma de ello es el relato que da nombre a la antología, en el cual el lector asiste a un horizonte visual que no tiene fin, que lo embriaga y lo aturde a un mismo tiempo.

Sueño de día y sueño de noche se entrelazan en cada uno de los relatos que componen la obra, logrando la difuminación y difamación de fronteras, de límites, y creando así un todo en el que miles de dimensiones de la (¿i?)realidad se dan la mano.  Este cosmos de índole cuasi febril trae a la mente aquel cierto terror fantástico de la cuentística de Maupassant, forjando de este modo un interesante intertexto en el que tampoco pueden olvidarse pinceladas de claro tinte borgiano. No se escribe el sueño, decía aquel, sino la memoria de los sueños. Y, a su vez, José L. Falcó se pregunta, a modo de prólogo, si Borges no estaría también pensando en que la memoria es, de igual forma, un sueño. Las fronteras copulan una vez más, haciendo de sí mismas una masa amorfa en la que es difícil discernir los cuerpos entrelazados.

Angustia. Miedo. Incertidumbre. La inestabilidad emocional subyace a gran parte de los relatos a los que el lector se enfrentará, sumergiéndose en ellos a base de golpes sintácticos, sintaxis entrecortada, acelerada, atemorizada. Fondo y forma también se unen. ¿Cuál es quién? ¿Quién es cuál? Una vez más la masa, el cuerpo informe, aglutinado, ma(n)sa chatarra.

La editorial Jekyll y Jill vuelve a impresionar con una edición tridimensional que permite crear espacios en el interior del libro gracias a las imágenes, externas a la impresión y a las letras. Estas tres paredes albergan historias, miedos, sueños y ensoñaciones que seducen al ingenuo lector, quien en unos minutos alzará una cuarta pared para yacer en el suelo de la irrealidad que Ferrer Lerín esculpe con cinceles verbales que van dando forma a las sensaciones y a los sentimientos inmateriales, inmortales y eternos.

Nerea Oreja
Todavía no hay comentarios

¡Danos tu opinión!